Un momento...

24 de junio de 2026

24 de junio de 2026

12 de octubre de 2025

MILO J Y SU DESTINO SOBRE EL RÍO

Gabriel Plaza

@gabyplaza
Música
Tiempo de lectura: 10 minutos

El 25 de octubre Milo J cumplirá recién 19 años. A esa altura ya habrá grabado tres discos solistas, dos Ep, uno de ellos con el productor argentino Bizarrap, un disco en vivo, una edición de lujo del álbum 166, y estará por hacer dos conciertos, el 18 y 19 de diciembre, en el estadio Vélez, su segundo estadio de fútbol: el primero fue en su cumpleaños número 18 en la cancha del Club Morón, el lugar donde nació, se crió, grabó sus primeros demos, tiene sus amigos y donde sigue viviendo con sus tres hermanos y su madre.

Hace dos semanas editó el álbum Mi vida era más corta, que está entre las mejores producciones que salieron en la Argentina este 2025: una constelación de quince temas que conversan de manera emocional con la memoria popular y con el presente. Es un disco que provocará un cambio, en parte de la generación Z que lo sigue y creció escuchando trap, y que jamás se imaginó aprendiendo de memoria una zamba en la guitarra, o cantando una chacarera, o yendo a buscar a partir de este disco las grabaciones de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, o Cuti y Roberto Carabajal.

El tercer disco solista de Camilo Joaquín Villaruel, editado por Sony Music, que conectará por sus melodías con aquellos que se sienten afuera del código de la música urbana, habla de ese imaginario cultural que está en el origen de una familia santiagueña. Su bisabuela llegó desde la provincia siendo muy joven y después crió a su nieta, la mamá de Milo.

Esa canción de amor que Milo J escuchó de Horacio Guarany, cobra otro significado en su propia pluma: una carta que le escribe un padre a su hijo, desde otra dimensión. Uno de los tantos momentos del nudo en la garganta que tiene el disco

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La vida era más corta trae al primer plano del mainstream musical esa Argentina marrón y sus historias invisibilizadas por la mirada centro-porteña: la que se resignifica en estos días con la discriminación de una policía al actor Oski Guzmán sólo por portación de rostro.

Milo J, camina por la huella ancestral de su linaje provinciano y se reencuentra con ese país escondido que habita en su adn: una raíz santiagueña que primero conoció a la distancia, a través de historias que le contaron los mayores, que escuchó en zambas y chacareras, que redescubrió en mitos y creencias populares, y que ahora forman parte de su argot urbano y el mapa emocional de estas canciones.

Porque siempre queremos volver

a donde uno antes fue feliz

y nos olvidamos que vivir

es estar ahora

es estar aquí

Estos versos que canta Milo J en la canción “Luciérnagas”, definen el carácter de clásico de su nuevo disco. El tema está bendecido por la cita de “Zamba para no morir”, con aquellos versos de Hamlet Lima Quintana que inmortalizó Mercedes Sosa y aparece en el eco de un sample fantasmal que repite en loop “me voy, siempre”. El vibrato de Milo, es triste, melancólico y se acuna sobre la cadencia de la melodía de aires norteños con el sonido acústico y delicado del piano, la guitarra, el violín y unas texturas digitales. La voz metálica de Silvio Rodríguez, acompaña y se clava en el corazón como un puñal, mientras el ritmo de la canción crece sobre unos acordes solares hasta convertirla en un himno.

Milo J condensa, en este tema del álbum La vida era más corta, todo lo que quería lograr en una composición y convirtió esta pieza escrita al momento de la muerte de su abuela en un acto de justicia poética: ella era fan del ícono de la nueva trova, Silvio Rodríguez y es quien terminó cantando este tema. Es un círculo que se cierra.

Todo el disco es así: un diálogo con las memorias heredadas y propias. El álbum está lleno de referencias ocultas, citas musicales y poéticas, y melodías que definen una manera de hacer música en el fin del mundo, entre esa visión contemporánea de la raíz y una forma de componer un disco como si fuera un tapiz artesanal, donde todos los hilos crean una trama cultural que conforman su/nuestra identidad.

A través de sus canciones logra que otras almas musicales reencarnen para sentarse a la mesa y compartir una última conversación: Mercedes Sosa, Hamlet Lima Quintana, Violeta Parra, Canario Luna, Jaime Davalos, Totó La Momposina, aparecen convocados en el álbum desde grabaciones y citas junto a contemporáneos como Trueno, Radamel, Akrilla, Paula Prieto, Nicki Nicole, Yamil Safdie, Imbal Comedi, y referentes de otra generación como Silvio Rodríguez, Soledad, Cuti y Roberto Carabajal y la murga Agarrate Catalina. En esta charla no faltan las voces de los pueblos originarios y las coplas anónimas del norte.

El disco funciona como ese río, donde se encuentran el pasado, el presente y el futuro. Al final del video hay una leyenda de grafiti: Mercedes Sosa vive para siempre

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Milo J traduce toda esa información al sonido del siglo XXI junto a los productores Santiago Alvarado y Tatool, para convertirse en un narrador omnisciente, el médium de todas esas aguafuertes fragmentadas, de todas esas leyendas populares, que se cuentan en la narrativa de La vida era más corta: su escritura trabaja en varios planos, el simbólico, el poético y la historia.

El cantante y productor está más centrado en el adentro, que en el afuera, en lograr un estilo que pueda marcar su presencia en la tierra. Durante estos últimos dos años – en paralelo a que grababa su disco 166 – viajó a Santiago del Estero y encontró inspiración en La Banda y en Cuti Carabajal, autor de clásicos del folklore argentino, que fue la base y la inspiración para este disco.

El viaje del disco comienza en “Bajo de la piel”, un mosaico compacto a caballito del pulso adrenalínico del seis por ocho – un ritmo, además presente en todo el continente-, que refusila musicalmente en los bombos legüeros, las voces sampleadas de pueblos originarios, la variación del bandoneón, los beats digitales, los sintetizadores, los coros y una guitarra arpegiada.

La canción es un prólogo de lo que vendrá: en el video, dirigido por la productora española The Movement, que rodó durante tres meses todos los clips en Santiago del Estero, aparecen todos esos rostros marrones, jóvenes y viejos, curtidos por la tierra. También, aparece Milo en el medio de un campo santo, golpeando el piso, invocando y despertando a esas almas.

El artista crea su propio aleph telúrico y emocional, sobre la pérdida de la inocencia, la infancia, la muerte, la traición, la realidad de los trabajadores golondrina, las malas decisiones, los amores prohibidos, la pertenencia a un lugar, la nostalgia de la distancia, las cicatrices, la belleza de los ritos populares y la musicalidad de ese país escondido.

Milo va detrás de su propio grial, las perlas ocultas en el barro del dolor. En sus historias aparecen destellos que relumbran en la oscuridad del pesimismo, frases que resumen un sentimiento, un estado emocional de la región y sus habitantes.

“Ya soy ayer, olvidándonos, si las luces nos curasen lo que nos dolió”.

“Morocho color lodo, que aprendió a estar con nada y con poco tiene todo”.

“Hoy recordé cuando moría, pero creo que era en la otra vida”.

“Niño haz las paces con la vida/(..)la nostalgia de tu antes no te deja caminar“.

“Que mal se debe estar vivo/pa’ que el fin no nos asuste/no encuentro un puto velero en el camino de las luces”

En cada canción se despliega el libro de la vida de los pueblos del interior y sus leyendas populares como La Telesita (una joven bailarina que murió quemada y a la que promesantes santiagueños le asignan milagros) en la canción “Lucía”, y la Salamanca (un lugar de reunión de brujas y demonios donde se intercambian almas por destrezas musicales, fama, fortuna o poder) en “La vida era más corta”.

Lo que se escucha no es una canción sino una página de la historia

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Es un disco de música popular argentina que mira al resto de América latina. Aquí conviven influencias de la nueva canción chilena como el sample preciso de Violeta Parra en la doliente y bellísima canción “Llora, llora” con la artista Akrilla: una postal cruda de los trabajadores golondrina que a los 30 ya se sienten de 60 años. También está el samba carioca y el coro de murga en “Gil” con Trueno y Agarrate Catalina: las rimas catárticas se mezclan con cierto espíritu de redención cuando suena un piano alegre con el clásico tumbao de la salsa.

En “Ama de mi sol”, la intro de “Giros” de Fito Páez a cargo de la rosarina Nicki Nicole abre el juego a una canción con aires de bossa nova y que en su letra hace referencia al “diablo blanco” (el patrón), una imagen de la canción “Duerme negrito”, grabada por Atahualpa Yupanqui en los cuarenta: un tema que habla del sufrimiento y la explotación de las mujeres que trabajan en el campo.

En lo musical, el disco navega por la zamba, la chacarera y el chamamé, sin distanciarse de la herencia afro y amerindia del continente: samba, murga, carnavalitos. Los dos productores del disco fueron aliados en ese tratamiento musical que buscaba Milo J: tanto el polifacético Tatool ya venía experimentando con los sonidos telúricos en producciones con Trueno (recordar el single “Tierra zanta”), al igual que Santi Alvarado, santiagueño de La Banda, productor del equipo de Bizarrap, que tiene el conocimiento y la sensibilidad para acompañar un disco así.

Es un álbum hecho por capas que sintetizan la complejidad de esas identidades múltiples que conforman esta región, pero con un tratamiento minimalista. Cada instrumento -sintetizadores, guitarras, violín, bombo legüero, charango y piano- está incluido con precisión, cumple su rol, y cada sample o programación digital da pie para cerrar el cuento que Milo está contando.Lo que brilla en el disco son los detalles sonoros – las voces dobladas, o “picheadas” de tal manera que parecen niños, (un recurso del hip hop y el r&b), y la buena utilización de los silencios, como en el folklore.

Por ejemplo, el comienzo de “Niño”, una canción de cuna creada a partir de un motivo musical compuesto por Santi Alvarado, tiene una atmósfera cinematográfica con los versos iniciales de “Puente Pexoa”, el popular rasguido doble de Tránsito Cocomarola y Gregorio Armando Reinaldo Nelli de 1953.Esa canción de amor que Milo J escuchó de Horacio Guarany, cobra otro significado en su propia pluma: una carta que le escribe un padre a su hijo, desde otra dimensión. Uno de los tantos momentos del nudo en la garganta que tiene el disco.

En la chacarera “Lucía” junto a Soledad Pastorutti, se cruza el sonido del violín agudo característico del monte, atravesado por los samples de coros wichis y la cita del estribillo de “Zamba de amor en vuelo” de Jorge Milikota (autor muy grabado por Los Nocheros en los ’90), que popularizó la cantora Tamara Castro, fallecida en un accidente en la ruta en 2006.

“Recordé”, es una evocación a la música afro brasileña, que retoma al Milo J de su primer éxito “Milagrosa”. Aquí le suma el sonido de la batería de murga, una cuerda de tambores de candombe, y una letra que es como un bucle de los errores de las personas y la insatisfacción por el significado de la vida: “tengo miedo de la oscuridad, porque soy otra piedra en la arena, que algún día desaparecerá”.

Los carnavalitos de espíritu desenfadado aportan otro estado de ánimo al disco. El charango endiablado tocado por Santi Alvarado (interpreta prácticamente todos los instrumentos del disco con un toque de quién conoce la cocina del género folclórico) con ese irresistible pulso en zig zag que evoca a Jaime Torres aparece en “Solifican12”, que seguro se bailará en los carnavales de la quebrada. “Cuando el agua hirviendo”, es otro hit instantáneo con el coro de la murga Agarrate Catalina, el sample de “Tres golpes” de la colombiana Totó La Momposina, y un estado de ánimo festivo, que hace un rebaje de tempo hacia el final para entrar en otro capítulo del disco.

¿Por qué Milo J hizo un disco así en 2025, un disco que profundiza en las heridas sociales y personales de la Argentina, en las raíces folklóricas, en las mitologías del pensamiento popular?

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El enganche es perfecto. Hay un fluir de una canción a otra. Un tempo natural de un estado emocional al otro.

“En la vida era más corta”, track que da nombre a esta nueva producción, se pone en el centro a la zamba, que relata la historia trágica de un amor temprano. Debajo de todo eso está la huella rioplatense y una cita milimétrica de “Brindis por Pierrot” de Jaime Roos. Es cómo incorporar un amuleto oculto de buena suerte.

El lado 2 del disco es otro viaje y abre con el cover de “Zamba para un bohemio guitarrero” de Carlos Carabajal, rebautizada en el disco como “Radamel”, nombre del artista de 15 años de Suncho Corral, que canta el tema con esa voz agreste conectada en un salto generacional a Jacinto Piedra, que popularizó esa canción en los ochenta: se convirtió en mito de la cultura santiagueña, cuando murió a los 36 años en un accidente.

Con la chacarera “El invisible”, Cuti y Roberto Carabajal y Milo conforman un trío de payadores post-capitalistas (cita de la colega Camila Caamaño de su blog Triste y Tropical) y hacen una canción de corte social: “sueño con un sueño que me está prohibido/soy el invisible, el que nunca ha sido”. La canción finaliza con la voz de unos copleros anónimos que son como el subconsciente de ese legado ancestral presente en todo el disco.

Cuando el álbum llega al final con “Jangadero” nadie querrá que termine. Un piano apoya la armonía de la intro de la canción. La voz de Mercedes irrumpe con ternura en una charla informal de la grabación rescatada de un ensayo con Soledad en 2006. Unos sintetizadores galácticos la envuelven como si estuviera cantando desde otra dimensión. El arreglo es minimalista. Milo J ingresa con suavidad, casi tímidamente. Después la voz de Mercedes es suficiente para llenarlo todo, apenas un golpe como el latido de un corazón, y los sintetizadores como esas ondas que se reproducen cuando se tira una piedra al agua.

Lo que se escucha no es una canción sino una página de la historia. Milo recrea junto a Mercedes Sosa, un clásico del folklore del poeta salteño Jaime Dávalos, una obra escrita más de medio siglo atrás que ahora relumbra en esta versión ínter generacional: Milo de 18, Mercedes eterna.

En el video de “Jangadero”, el cantante aparece rodeado por un montón de niños y adolescentes mirando una embarcación prendida fuego que va río abajo. Es un gesto poético y político. El disco funciona como ese río, donde se encuentran el pasado, el presente y el futuro. Al final del video hay una leyenda de grafiti: Mercedes Sosa vive para siempre.

Es una ofrenda a una precursora de la canción con todos. En el año 1982, en su regreso a la Argentina reunió al folklore con el tango y el rock para romper barreras generacionales y trazar una lengua común, una canción popular argentina que sea una sola. En ese sentido, La vida era más corta, es una continuidad de ese espíritu colectivo.

¿Por qué Milo J hizo un disco así en 2025, un disco que profundiza en las heridas sociales y personales de la Argentina, en las raíces folklóricas, en las mitologías del pensamiento popular? ¿Se trata de “argentinizar” la música en un gesto a contramarcha de estas nuevas relaciones carnales con Estados Unidos, de buscar una brújula propia de la identidad?

Un artista puede ser producto de su tiempo, o en todo caso tirar una flecha hacia el pasado o hacia el futuro. En el caso de Milo J, no importa el lugar donde lo quieran poner en este momento, porque no es un espacio que haya reclamado, sino que como otros artistas genuinos, que son y serán importantes para su cultura, demuestra con este disco que está conectado a ese flujo musical del inconsciente colectivo, donde confluyen todos los ritmos, todas las canciones, todas las épocas y todos los futuros posibles.

Es un espacio al que están destinados los grandes discos, las grandes canciones que definen el zeitgeist de una época -como señaló el crítico y ensayista Greil Marcus- un lugar de la música que nunca permanece quieto, que nunca queda en manos de nadie y que siempre busca un nuevo cuerpo, una nueva voz donde encarnarse.

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