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05 de julio de 2026

05 de julio de 2026

27 de julio de 2025

MATÍAS KULFAS: “ARGENTINA PUEDE SER UNA POTENCIA ENERGÉTICA, PERO SIN ESTRATEGIA NO HAY FUTURO”

Facundo Carmona

@FacundoJCarmona
Entrevistas Panamá
Tiempo de lectura: 14 minutos

Hace unos años circulaba en Twitter un meme que acusaba a Jorge de ser un fracasado. La imagen mostraba un pasacalle con tipografía de kermesse y una bajada brutal: “Todos progresan menos vos”. Más allá del chiste, la frase funciona como un diagnóstico de época. Según datos del Banco Mundial, en 2024 Argentina fue el único país del Mercosur que no creció: mientras Paraguay, Brasil y Uruguay tuvieron expansiones de entre el 3 y el 4%, Argentina cayó un 1,7%. El meme se vuelve metáfora nacional.

En las últimas cinco décadas, países tan disímiles como Chile, Perú o Corea del Sur lograron consolidar estrategias de desarrollo. ¿Por qué Argentina se estancó? ¿Qué alternativas tiene para insertarse en el nuevo orden global? De eso hablamos con Matías Kulfas, economista y exministro de Desarrollo Productivo, que desde hace más de treinta años combina investigación académica, gestión pública y reflexión política.

En su último libro, Producir en la nueva globalización (Siglo XXI Editores), Kulfas analiza una etapa distinta de la globalización: más inestable, más fragmentada y más tecnológica. Un escenario donde ya no se trata de abrirse o cerrarse al mundo, sino de decidir cómo insertarse. Mientras China lidera la transición energética y redefine las cadenas de valor, Estados Unidos y Europa relanzan sus políticas industriales. En ese contexto, países como Argentina enfrentan un dilema: resignarse a ser usuarios tardíos de tecnología ajena o subirse -con lo que tiene- al tren de la innovación productiva. Esta entrevista explora ese dilema con una pregunta tan sencilla como incómoda: ¿cómo se produce en el nuevo milenio?

Hace 20 años cruzar a Montevideo era como asistir a una ciudad detenida en el tiempo. Los autos antiguos, escasa infraestructura, dependencia energética. Hoy parece una ciudad hipermoderna, desarrollo inmobiliario, empresas financieras, tecnológicas, autonomía energética. Lo mismo pasa cuando visitás otras capitales de Sudamérica.  ¿Por qué regiones históricamente postergadas crecen a un ritmo sostenido y Argentina se estancó?

Hay dos cuestiones para entenderlo. Primero, América Latina es probablemente la región a la que peor le fue con la globalización. No logró encontrarle la vuelta. Hasta las reformas neoliberales -alrededor de 1980- la región crecía más, la productividad aumentaba y había un camino de desarrollo más claro. A partir de entonces, la globalización incentivó un corrimiento del eje productivo hacia Asia, y América Latina quedó desacomodada. En ese momento, la región enfrentaba el desafío de reconvertir su modelo industrial. Algunos países, como México y Brasil, vivieron lo que se llamó “milagros económicos”. Argentina, con menos fuerza, también avanzó bastante en varios sectores. Pero cuando llegó el momento de integrarse más profundamente al mercado global y modernizar esa base industrial, estallaron las crisis de deuda. Y las reformas posteriores desalentaron la inversión en manufacturas y sectores de alto valor agregado. Nos fuimos quedando cada vez más atados a los recursos naturales, las materias primas y algunos servicios.

Al mismo tiempo, esa globalización terminó beneficiando a países intermedios que no tenían estructuras industriales fuertes -como Chile, Uruguay, Perú o Colombia- y que encontraron una vía de crecimiento más clara. En contraste, Argentina, Brasil y México quedaron estancados. Están hoy claramente peor en muchos aspectos centrales del desarrollo. Y el segundo factor tiene que ver con nuestra dificultad para gestionar la macroeconomía. Los problemas que hoy tiene Argentina también los tuvieron nuestros vecinos: Brasil y Perú sufrieron hiperinflaciones, Chile atravesó crisis graves. Sin embargo, todos -salvo Venezuela- lograron resolverlos. Argentina no. Parecía que en los 90 lo resolvía, pero en realidad consolidó un esquema que trajo una inflación relativamente baja, sostenida por un ancla monetaria artificial. Después del shock de 2002, hubo una oportunidad, pero creo que se desperdició por malas decisiones económicas y políticas. Desde entonces, seguimos sin resolver cuestiones fundamentales que nos impiden sostener un sendero de desarrollo.

Coincido en que está muerto el AMBA-centrismo. Me parece que, por las cuestiones tecnológicas y productivas del país y del mundo, el futuro es un crecimiento mucho más fuerte en el resto de las provincias y otras ciudades de la Argentina

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¿Cuáles fueron esas malas decisiones?

La principal fue subestimar el problema inflacionario cuando reapareció hacia fines de los 2000. Mientras la mayoría de los países de la región adoptaban políticas macroeconómicas orientadas a mantener una inflación baja -con costos, sí, pero con resultados sostenibles- Argentina eligió mirar para otro lado. Esa decisión nos alejó de un sendero de estabilidad.

Otro problema grave que nunca resolvimos es el monetario. No tenemos una moneda funcional. El peso sirve para transacciones cotidianas, pero no como reserva de valor ni como unidad de ahorro. Eso genera como consecuencia la falta de crédito de largo plazo, que no haya financiamiento para la inversión, ni siquiera para algo tan básico como el crédito hipotecario.

Esa combinación de inflación persistente e inestabilidad monetaria nos coloca en desventaja frente a otros países de la región. No es que Chile o Uruguay se hayan transformado en naciones desarrolladas, pero sí lograron estabilizar sus economías y avanzar de manera más sostenida en varios frentes. Acá, en cambio, seguimos atrapados en los mismos cuellos de botella.

Macri prometió una lluvia de inversiones que nunca llegó. El RIGI mueve mucho menos de lo esperado. ¿Por qué no funcionan los incentivos para la radicación de empresas?

El principal obstáculo es la inestabilidad macroeconómica y el cambio permanente de reglas de juego. Eso hace muy difícil proyectar a largo plazo. En el libro planteo que Argentina oscila pendularmente entre extremos. Por un lado, una visión liberal -o directamente libertaria- que propone retirar al Estado de casi todo. Y eso no funciona en ningún lugar del mundo. Las inversiones no llegan porque la confianza no se construye de un día para el otro. Cuando un país cambia sus reglas de manera imprevisible, nadie quiere hundir capital. Y menos si se trata de proyectos grandes: el que tiene que invertir cinco mil millones de dólares necesita previsibilidad, garantías. Ni siquiera el RIGI -que en mi opinión otorga beneficios excesivos- logró generar un boom de inversiones.

Y hay algo más, que parece una obviedad, pero conviene repetir: para que haya inversiones, tienen que existir oportunidades de negocios rentables y sostenibles. Los gobiernos liberales suelen achicar ese espacio porque fijan precios relativos que hacen poco atractivo invertir en sectores no primarios. En los noventa sí hubo un pico de inversión, pero se explicó por años previos de desinversión. Se invirtió fuerte en servicios, telecomunicaciones, supermercados. Hoy eso ya está montado. No vas a ver una ola de nuevos shoppings o cadenas de retail. Por eso es clave construir nuevas oportunidades. Pensar en sectores como la electromovilidad, las energías limpias, las tecnologías del siglo XXI. Eso requiere políticas públicas activas. Y, por supuesto, estabilidad y confianza: que el capital privado sepa que, si arriesga, va a poder recuperar su inversión. Medidas como el cepo cambiario, por ejemplo, han sido un freno directo para la inversión de largo plazo.

Cada vez que viajo veo muy pocos productos argentinos en los países latinos. Cruzás una calle en Lima y la gente no maneja una Amarok ni consume productos La Serenísima. ¿Es posible desarrollar al país sin exportaciones?

No, claramente no. Es cierto que Argentina está muy rezagada en materia exportadora. La inestabilidad macro y la volatilidad de reglas de juego terminan empujando a nuestras empresas a especializarse en sectores primarios, que requieren menos previsión y escala. Pero cuando se trata de agregar valor, la cosa cambia. Ahí quedamos afuera. Pensemos en un ejemplo concreto: podés producir un vino excelente, pero no podés esperar que el comprador internacional tolere que el precio salte de 5 a 10 dólares en cuestión de semanas. El mercado global no funciona así. Cuando trabajás con bienes diferenciados, la previsibilidad es fundamental.

Con commodities como la soja, el gas o el litio es distinto. Los precios los fija el mercado internacional y los márgenes de ganancia se ajustan, pero difícilmente quedes fuera de juego por un salto de costos. Ahora, si querés tener presencia industrial afuera, necesitás otra macro. Y necesitás una estrategia. Porque tampoco alcanza solo con estabilizar. Podés tener baja inflación, como en los años noventa, pero si tenés un tipo de cambio atrasado y una estructura productiva de baja productividad, vas a exportar lo de siempre: productos primarios. Nada más. Dicho eso, hoy tenemos una oportunidad concreta. Entre Vaca Muerta y la minería, Argentina puede duplicar su volumen exportador y crear una nueva “pampa húmeda energética”. Pero para eso necesitás estabilidad monetaria y política industrial. El mundo va en esa dirección.

Mientras acá se plantea un Estado ausente, Estados Unidos y Europa están relanzando sus políticas industriales. Brasil, México, China también. Nadie espera que el desarrollo surja de manera espontánea. La discusión no es estabilidad o política productiva: son ambas cosas. Y si la estabilización se hace mal, con costos sociales altísimos, puede dejar tierra arrasada para cualquier estrategia de largo plazo.

La discusión real es entre nacionalismo de fines y nacionalismo de medios. Entre quedarnos con consignas o construir soluciones concretas

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En el libro trabajás bastante el caso Asia. La industria automotriz coreana pasó de copiar modelos europeos a exportar al mundo modelos propios en cuarenta años. China lo logró en diez. Argentina, en cambio, no logró consolidar una industria ni desarrollar marcas propias. ¿Qué nos pasó? ¿No hay burguesía nacional? ¿No innovamos lo suficiente? ¿Tenemos sectores prebendarios?

Creo que la historia industrial argentina se puede dividir en tres etapas: un modelo exportador exitoso, aunque con limitaciones estructurales; un modelo industrial que tuvo logros significativos -en industria liviana, pesada, energía- pese a sus dificultades; y finalmente, una etapa sin modelo, marcada por la inestabilidad y los vaivenes.

Cuando llegó el momento de internacionalizar esa industria, de integrarla con el resto del aparato productivo, estallaron los conflictos políticos, las crisis de deuda, las aperturas indiscriminadas. Y desde mediados de los 70, Argentina empezó a perder su rumbo de crecimiento. Ya no se trataba de discutir si producíamos más acero o más autos, sino de que directamente dejamos de crecer. Hoy el PBI per cápita es muy parecido al de 1975. Eso es una tragedia. En términos industriales, seguimos por debajo del pico que se alcanzó en 2011. Lo recuperamos por un tiempo, pero se volvió a perder. Y eso tiene que ver, entre otras cosas, con la incapacidad de construir un proyecto de desarrollo con consensos básicos.

Un país no puede discutir cada cuatro años si quiere ser agroexportador, agrominero, industrial, tecnológico, o si va a fabricar satélites o tractores. No hay posibilidad de desarrollo con un modelo que cambia cada vez que cambia el gobierno. Esa volatilidad es devastadora. Ahí hay una responsabilidad muy grande de la dirigencia política: encontrar equilibrios, trazar horizontes de mediano y largo plazo. Incluso si Milei logra estabilizar la economía -algo que está por verse, porque el esquema macroeconómico no parece sostenible-, el costo productivo y social será altísimo. Y eso tarde o temprano va a generar una reacción política. Porque, incluso si consigue bajar la inflación, la pregunta sigue en pie: ¿cómo se crece a largo plazo? ¿Con qué sectores? ¿Con qué estrategia? La idea de que el mercado lo resuelve todo, con estos precios relativos, nos deja exactamente con lo que ya tenemos: un país primario, con algunos servicios. Nada más.

Pensar con estrategia es planificar. No puedo dejar de pensar en el Plan Argentina Productiva 2030 que lanzaste durante tu gestión en Producción. ¿Cuál es el modelo de planificación para la Argentina?

Primero, hay que mirar el mundo no para copiarlo, sino para inspirarse. Cada país tiene su historia, sus instituciones, sus tensiones sociales. Corea del Sur, por ejemplo, es un caso fascinante: pasó de ser un país devastado por la guerra a una potencia industrial. Pero lo hizo bajo una dictadura, y luego consolidó una democracia. Algunos decían que el secreto era el autoritarismo, pero Argentina ya tuvo dictaduras, y no nos sirvieron para desarrollarnos. Esa no es la lección. Lo que sí podemos aprender es que el desarrollo requiere un proyecto colectivo y sostenido. Y eso, en nuestro caso, implica construir consensos. Porque es muy difícil que haya una hegemonía duradera que imponga un modelo único. Por eso, lo que algunos llaman tibieza, yo lo veo como moderación: la capacidad de articular acuerdos básicos entre distintas fuerzas políticas, sociales y económicas. Esa moderación es la que permite políticas estables y duraderas en el tiempo.

Lo contrario son los espasmos. Gobiernos que creen que pueden refundarlo todo, y al primer golpe de realidad se desmoronan. Lo estamos viendo ahora. No sabemos cuánto durará el experimento actual, pero ya se empiezan a ver sus límites. Planificar no es imponer un dogma, es establecer prioridades, ordenar recursos, construir una visión compartida. El Plan Argentina Productiva 2030 apuntaba a eso: a definir sectores estratégicos, metas concretas, instrumentos de política pública, y hacerlo con participación de empresarios, sindicatos, provincias y universidades. Era una hoja de ruta, no una camisa de fuerza. Sin planificación, todo es improvisación. Y sin consensos, cualquier avance es efímero. Argentina necesita ambas cosas: una mirada de largo plazo y un piso común desde el cual construir.

No es que Chile o Uruguay se hayan transformado en naciones desarrolladas, pero sí lograron estabilizar sus economías y avanzar de manera más sostenida en varios frentes

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En tu libro describís a China como líder de las industrias verdes y de la transición tecnológica. Algunos, como Peter Thiel, sostienen que China solo escala lo que ya existe, que innova de 1 a infinito, pero no de 0 a 1, como haría EE.UU. ¿Qué lectura hacés del rol chino en esta nueva globalización?

China es el gran protagonista del cambio de época. Lidera con claridad las industrias verdes: es el principal productor mundial de autos eléctricos, de paneles solares, de baterías. Controla la cadena completa, desde la extracción de litio hasta la fabricación de componentes intermedios y baterías terminadas. También es un actor central en otras ramas de la transición energética. Hoy, la narrativa de Peter Thiel quedó totalmente atrás. China domina muchas de las tecnologías más relevantes a nivel global. Tiene empresas líderes en sectores estratégicos, y está a la vanguardia de la innovación. Decir que China no innova es un grave error. Quizás era discutible hace veinte años, pero hoy es indefendible. Basta mirar su peso en inteligencia artificial, biotecnología, vehículos eléctricos, tecnologías verdes. Es un actor central.

El caso chino refuerza la idea de que no podemos seguir siendo solo usuarios tardíos de tecnologías ajenas. Necesitamos insertarnos en las nuevas cadenas de valor con conocimiento propio, con diseño, con capacidades tecnológicas que nos permitan participar activamente del nuevo paradigma. En el mundo hoy tenemos una doble oportunidad. Por un lado, cambiar los métodos productivos para hacerlos compatibles con los límites del planeta. Y por otro, insertarnos en este nuevo paradigma desde un lugar activo. Esa fue una preocupación que tuve cuando me tocó gestionar en el Ministerio de Producción: cómo Argentina podía subirse a ese tren, en vez de ver pasar el desarrollo desde el andén. No podemos limitarnos a importar tecnologías desarrolladas en otras partes del mundo. Tenemos que generar capacidades propias, apropiarnos de parte del conocimiento, invertir en innovación. Si no, vamos a quedar siempre a la cola de los grandes jugadores.

¿La digitalización, la robotización y la inteligencia artificial volvieron obsoleto el viejo lema de “más producción, más trabajo”?

No lo creo. Pero sí creo que nos obliga a reformularlo. Cada vez que hay una revolución tecnológica, la reacción inicial es el miedo. Pasó con la electricidad, con la máquina de vapor, con la computadora. Y ahora pasa con la inteligencia artificial. Hoy hay muchas predicciones distópicas: que la IA va a destruir el empleo humano de manera irreversible. Yo me resisto a esa idea. Es cierto que hay trabajos que van a desaparecer, o al menos a transformarse profundamente. Pero lo que nadie puede anticipar con precisión es cuántos empleos nuevos van a crearse a partir de estas tecnologías. Y eso también hay que decirlo.

La IA permite resolver tareas que antes eran inaccesibles para mucha gente. Emprendedores que tenían una idea, pero no sabían cómo llevarla adelante, hoy pueden resolver cuestiones contables, legales o comunicacionales en minutos. Eso democratiza herramientas. El problema no es la tecnología. El problema es la velocidad con la que avanza la tecnología comparada con la lentitud de nuestras instituciones sociales y políticas. Las “tecnologías duras” como la IA avanzan a un ritmo vertiginoso. Pero las “tecnologías sociales”, las herramientas con las que organizamos la vida colectiva -la política, la regulación, el diseño institucional- avanzan mucho más despacio.

Un país no puede discutir cada cuatro años si quiere ser agroexportador, agrominero, industrial, tecnológico, o si va a fabricar satélites o tractores. No hay posibilidad de desarrollo con un modelo que cambia cada vez que cambia el gobierno

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Ni granjas porcinas, ni exploración del lecho marino, ni criaderos de salmón, ni gasoductos, ni minería. Durante tu gestión, muchas iniciativas productivas estuvieron bajo fuego amigo. ¿En qué momento el peronismo, que era un movimiento desarrollista y productivista, se transformó en un movimiento animista?

No creo que esa visión represente al conjunto del peronismo, pero sí es cierto que algunas expresiones adoptaron posturas que yo considero equivocadas. Lo llamo “pseudoambientalismo”, porque el ambientalismo serio no es anti-desarrollo. Por el contrario, busca armonizar la vida humana con el entorno natural. Prohibir toda actividad productiva no es ambientalismo. Pensar que la humanidad puede vivir sin minería, sin energía, sin industria, es un delirio. Si queremos computadoras, celulares, energías renovables, necesitamos extraer minerales. Lo que hay que hacer es minería bien hecha, con controles ambientales, con participación ciudadana. La democracia no es un obstáculo: tiene que ser parte de la solución. El desarrollo, para ser justo, también tiene que ser democrático.

Una agenda progresista, desarrollista, justicialista debería tener como principal objetivo generar abundancia: más bienes para distribuir mejor, sacar gente de la pobreza y construir una sociedad más igualitaria. Y eso no se logra con menos producción, sino con más. Claro que esa producción debe ir de la mano de una mirada que integre lo ambiental, no que lo ignore. Esta confusión no es solo local. En Estados Unidos, por ejemplo, hay sectores del Partido Demócrata que también cayeron en una mirada culposa sobre la producción. Hay un libro reciente, Abundancia, que discute precisamente eso: cómo la izquierda entregó la bandera del desarrollo a la derecha. Y no debería ser así. Si querés distribuir mejor, necesitás producir más. Si querés igualdad, necesitás crecimiento. La justicia social no es compatible con el estancamiento.

Dentro de estas posiciones que cuestiono, veo tres grandes corrientes. Una es juvenil, bien intencionada, que adopta discursos importados desde Europa, a veces muy bien financiados. Pero creo que, en muchos casos, con más información y debate, esas miradas evolucionan hacia una agenda verde pero también productiva. Después tenés un sector de la izquierda tradicional, sin brújula desde la caída del Muro de Berlín, que encontró en el ambientalismo una veta de anticapitalismo light. Y otro sector vinculado al nacionalismo clásico, que se quedó atado a esquemas del primer peronismo, como la soberanía energética entendida solo como control estatal absoluto. Pero incluso Perón, en los años 50, entendió que no tenía sentido importar energía si la teníamos en el subsuelo y planteó un acuerdo con la Standard Oil. Perón entendió que la idea más estúpida que podés tener es gastarte los dólares en importar la energía que tenés en el subsuelo. Revirtió esa idea y lo mismo hizo el peronismo más tarde, con la recuperación de YPF y los acuerdos para explotar Vaca Muerta. La discusión real es entre nacionalismo de fines y nacionalismo de medios. Entre quedarnos con consignas o construir soluciones concretas. Y en eso el peronismo tiene que volver a ser lo que fue: una fuerza que combine desarrollo con justicia social y sostenibilidad ambiental. No hay que elegir entre producción y ambiente. Hay que hacer las dos cosas bien.

Me acuerdo del caso de Andalgalá, Catamarca, durante el 2021. Hubo una gran movida alrededor de la contaminación del agua. El discurso que circulaba combinaba contaminación, extractivismo y entrega de los recursos naturales.

Sí, fue uno de los casos más fuertes de desinformación. Se decía que la mitad de la población de Andalgalá tenía cáncer por culpa de la minería. Cuando escuché eso, llamé directamente a Carla Vizzotti, que era ministra de Salud, para chequear los datos. Me confirmó que la incidencia de cáncer en la zona estaba en el promedio nacional. Entonces me puse a investigar de dónde había salido esa versión. El origen fue un testimonio judicial. En una causa ambiental, un juzgado local convocó a un médico del pueblo. Él contó que en su consultorio tenía seis pacientes, y tres tenían cáncer. A partir de eso, extrapolaron que el 50% de la población estaba enferma por la actividad minera. Una barbaridad. Eso no es preocupación ambiental, es terrorismo informativo. Y, lamentablemente, es muy efectivo: instala miedo, paraliza decisiones, bloquea oportunidades.

La discusión no es estabilidad o política productiva: son ambas cosas. Y si la estabilización se hace mal, con costos sociales altísimos, puede dejar tierra arrasada para cualquier estrategia de largo plazo

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Lo que necesitamos no es prohibir, sino hacer las cosas bien. Por eso fue tan importante crear YPF Litio, fortalecer Y-TEC, y avanzar hacia una minería con estándares serios, con control ciudadano y trazabilidad ambiental. En Canadá, por ejemplo, vi cómo las comunidades participan activamente en los monitoreos. Pueden ver en tiempo real si los niveles de minerales en los ríos se mantienen estables o no. Y cuando hay cambios, intervienen. Eso es transparencia, eso es control democrático. En las zonas mineras siempre hay presencia de minerales en el agua, porque es parte del ecosistema geológico. Lo que hay que garantizar es que no se disparen esos niveles, que se mantenga una línea de base ambiental. Y eso se logra con información rigurosa, con participación ciudadana y con políticas públicas que articulen producción y sostenibilidad. El peronismo, históricamente, fue una fuerza que apostó a mejorar el bienestar colectivo produciendo más y distribuyendo mejor. No puede resignar esa bandera. Hoy más que nunca necesitamos discutir cómo volver a una agenda de desarrollo con conciencia ambiental, pero sin caer en la parálisis productiva.

Siento que Argentina está quebrada en dos. Una Argentina próspera sobre los Andes y una Argentina en decadencia sobre el AMBA. En este contexto, ¿qué sectores estratégicos deberíamos priorizar para construir un camino de desarrollo?

Coincido en que está muerto el AMBA-centrismo. Me parece que, por las cuestiones tecnológicas y productivas del país y del mundo, el futuro es un crecimiento mucho más fuerte en el resto de las provincias y otras ciudades de la Argentina. Lo cual no quiere decir que el AMBA esté muerto, sino que, insisto, hay que dejar de apostar a que todo pase por las grandes ciudades. ¿En qué sectores pondría mucha fuerza? Argentina va a tener un fuerte desarrollo en actividades primarias. Es casi criminal no tener una política de desarrollo de todas las redes de proveedores de esas industrias: tecnología, capital, software, etc. Hablamos de energía, minería, nuevas energías verdes y, por supuesto, del agro.

Entonces, necesitamos exportar de manera embebida y también de manera directa tecnología. Y eso es como una industria que se desarrolla a la par de las actividades primarias. Ese es un primer aspecto fundamental. Además, Argentina tiene la oportunidad de ser la gran potencia energética del sur. Tiene todo: petróleo, gas, hidrógeno, litio, biocombustibles, solar, eólica. Lo peor que podría hacer es no tener una estrategia. Y eso es, precisamente, lo que está pasando ahora. Aun así, Argentina es un país que siempre busca la manera de reinventarse, que, frente a la crisis, a los problemas, reacciona de manera no sumisa. Argentina no se resigna. Con lo cual creo que efectivamente, ya sea porque a Milei le va bien estabilizando, pero muy mal en los social y productivo, eso va a generar una reacción en términos de adicionar un proyecto político que a la estabilidad le aumente los desafíos productivos, o bien a generar otro tipo de estabilización en el caso de que a Milei no le vaya bien.

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