23 de junio de 2026
Entre el fin de la historia y el fin de la rebeldía. Terminator 2 y el despertar de los hackers.
En 1989, Francis Fukuyama publicó un ensayo -luego convertido en libro- donde sostenía que la lucha ideológica había terminado y que la democracia liberal occidental se alzaba como modelo invencible. Inauguraba, así, el debate más discutido, remachado y repetido de la década siguiente.
El politólogo leía los acontecimientos que le pisaban los talones para proyectar un futuro cerrado. Triunfalista, pero también explícitamente nostálgico (lamentaba el fin de “la voluntad de arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta”), declaraba clausurada la era de las subjetividades marcadas por la audacia, el coraje, la imaginación.
Dos años más tarde, mientras los grandes pensadores seguían con si fin de la historia sí o fin de la historia no (spoiler: no), se estrenaba Terminator 2. John Connor ponía a los Guns N’ Roses a todo volumen, agarraba la moto y robaba cajeros automáticos. En teoría tenía diez años, pero su estética y actitud eran las de un adolescente (Edward Furlong, el actor, tenía trece).
El futuro líder de la resistencia vivía con padres adoptivos y ya había sido arrestado por allanamiento, hurto, vandalismo y perturbación del orden público. Desobediencia y abandono; amigo de sus amigos; campera de jean y pelo al costado; código callejero y de programación. Mugre para el sistema, chispa para la insurgencia. Un muchachito ciberpunk.
Como docente, me frustré reiteradamente ante los ojos perdidos de los chicos, siempre apuntando al celular. Pero también leí sus ensayos, donde vomitaban malestares por la digitalidad, tristezas y desasosiegos que nadie les reconoce
Para el ensayista David Foster Wallace, Terminator 2 era mala (“una mierda”). Pese a que la distinguía levemente de otros éxitos de taquilla y halagaba la primera entrega (“una obra de ludismo metafísico oscura”), la ubicaba dentro de lo que llamaba “porno de efectos especiales”: narrativas atrapadas en la contradicción de denunciar la dependencia tecnológica mientras se montan sobre millones de dólares en CGI.
Pero algo se le escapaba. Mientras el discurso académico y gobernante celebraba un presente teleológico neoliberal que negaba el pasado e inyectaba desesperanza al futuro, la película proponía otra posibilidad: una cronología alterada. Pasado, presente y futuro mezclados, impredecibles, donde nada estaba escrito, todo era acción. Y la violencia -lejos de haber sido archivada por la civilidad poshistórica- se restituía como herramienta de transformación… a manos de un pibe, su vieja y un androide reconfigurado.
También la Argentina noventosa -y sus ramificaciones dosmileras- tuvo a sus jóvenes díscolos: víctimas del ajuste, contestatarios, con zapatillas de lona, pañuelos rolingas, pelo metalero. Reivindicaban el barrio obrero (¡Valentín Alsina!), alentaban al cansado Homero de Viejas Locas, vengaban al pibe tigre, se la agitaban al patrullero. Más analógicos, sí, pero con una irreverencia forjada en el barro de la protesta: cultural, histórica, física y, en ese sentido, política.

¿Qué quedó de todo eso? Podría conjeturarse que los pibes de hoy son muy ciber, muy poco punks. A veces, parecen ejecutar -sin saberlo- presagios de la ciencia ficción. Como aquel descrito por Ray Bradbury, hace tres cuartos de siglo, en su cuento La pradera, donde dos hermanos vivían hipnotizados en una habitación de realidad virtual capaz de recrear sensorialmente la sabana africana. Para preservar a la máquina, los niños llegaban a coquetear con la muerte de sus padres, quienes, demasiado tarde, advertían la realidad: la fantasía se volvía acto.
En el ciberpunk más crudo, expresado en “Dogfight”, de 1982, William Gibson y Michael Swanwick contaban la historia de un adolescente obsesionado con un simulador de batallas aéreas. Deke, el protagonista, experimentaba con drogas para mejorar el foco, manipulaba sus sentidos y hasta traicionaba a su amigo, un chico discapacitado que le había enseñado a conectar su sistema nervioso al juego, con tal de lograr una victoria efímera y cibernética. La lealtad se diluía como una imagen pixelada.
El problema no es solo que ignoren a los docentes, sino que pierdan su propia voz y mirada. Que se traicionen entre ellos
En Fragmentos de una rosa holográfica, también de Gibson, el futuro olía a encierro. La historia, escrita en 1977, transcurría en una ciudad sombría y contaminada, donde ya nadie podía dormir sin ayuda y surgían grabaciones de estimulación simulada para reemplazar el descanso. El mundo se encontraba emocionalmente estéril, hundido en la desesperación posindustrial. Los recuerdos y las relaciones se disolvían en datos perdidos en la nebulosa.
Esta literatura no anticipaba mágicamente profecías inmodificables, ni planteaba un único destino, sino advertencias. Constituía formas de mirar más allá de su tiempo, sí, pero desde los peligros contemporáneos. Plantándose menos en inteligencia artificial que en desarrollos ya disponibles, los autores detectaban tendencias sociales. Y siempre dejaban un resquicio: posibilidad de desobediencia, deseo de interrupción, promesa de fisura.
Se dice -con tono de novedad- que los adolescentes no respetan la autoridad, que la rebeldía ahora es de derecha. Tal vez el problema sea más profundo y haya una ausencia de rebeldía explícita, una docilidad disfrazada de autonomía e impasibilidad.

Como docente, me frustré reiteradamente ante los ojos perdidos de los chicos, siempre apuntando al celular. Pero también leí sus ensayos, donde vomitaban malestares por la digitalidad, tristezas y desasosiegos que nadie les reconoce. Los vi encenderse con cuentos de Asimov (“¡Si Elvex podía soñar… tenía conciencia!”) y plantear espontáneamente discusiones historiográficas complejas (“¿Por qué el estalinismo se parecía tanto al nazismo, si eran opuestos?”), como rayos potentes, de corta duración.
El problema no es solo que ignoren a los docentes, sino que pierdan su propia voz y mirada. Que se traicionen entre ellos, como en Dogfight, en un submundo de filtros, monedas virtuales y bullying de redes sociales. Que la inteligencia artificial les quite las ganas de crear (o de destruir creativamente). Que pierdan la conexión con su entorno y con la belleza.
Mientras el discurso académico y gobernante celebraba un presente teleológico neoliberal que negaba el pasado e inyectaba desesperanza al futuro, la película proponía otra posibilidad: una cronología alterada
No fueron ellos quienes nos trajeron hasta acá: no inventaron la indiferencia política, ni el híperconsumismo, ni el machismo, ni las nuevas derechas, ni los algoritmos, aunque se los asocie todo el tiempo a esas ruinas. Sí les toca -con suerte, a tiempo- frenar devenires distópicos que, como las utopías, implican rupturas profundas, ganadores, perdedores y escenarios impredecibles.

Tal vez los adultos debamos dejar de actuar como tribunal creador de categorías, y convertirnos en eslabón: ofrecer un gesto, una chispa de tradición, enseñarles esos raros peinados viejos. Para que, como John Connor, usen a su favor los dispositivos que los anestesian y saboteen las alarmas de quienes buscan destruir lo humano.
Contra la idea del fin de su historia, los adolescentes con ganas de hackear el mundo -ya sin Topper gastadas- están ahí, en estado latente. Quizás, con ejemplo y empujón, puedan volver a llenar las aulas, los pasillos y las calles del mundo con canciones propias.



