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24 de junio de 2026

24 de junio de 2026

7 de junio de 2025

HEY LUDD

Pablo Marchetti González (desde Barcelona)

@marchettipablo
DE FRENTE MAR
Tiempo de lectura: 7 minutos

Un fantasma recorre Barcelona: el fantasma de Ned Ludd.

Ned Ludd nunca existió. Fue, literalmente un fantasma. Lo que sí existió fue el luddismo. Y el luddismo está asociado con la lucha por lo imposible.

En el nacimiento de la revolución industrial en Inglaterra, se dice que en una fecha también incierta (entre fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX), en el condado de Leicestershire, un tal Ned Ludd quemó dos telares, en respuesta a las malas condiciones que estaban sufriendo los trabajadores textiles.

Incierta la fecha, incierto el personaje. Pero, aunque no se tiene certeza de que Ned Ludd existió, sí se cree que era originario de la aldea de Anstey, en las afueras de Leicester. Y si bien tampoco es posible precisar una fecha, se supone que la acción inicial de Ludd se produjo en 1779. Es decir, más de 20 años antes de la irrupción del luddismo.

Los ludditas tomaron como referencia aquella supuesta acción inicial del supuesto Ned Ludd. Y quemaron máquinas como una forma de protesta. El movimiento comenzó en Nottingham el 11 de marzo de 1811 y se extendió por toda Inglaterra. Molinos, piezas de las máquinas, todo era destruido por los insurgentes. Y el ejército británico comenzó a reprimirlos.

Por entonces, los magistrados británicos comenzaron a utilizar infiltrados en el movimiento luddita para que, ante la opinión pública, los luchadores por condiciones laborales dignas quedaran como alborotadores sociales y hasta terroristas. Una práctica que, como se ve, no es nueva. La respuesta de los ludditas fue enviar cartas con amenazas a los magistrados. Y en esas cartas se agigantó la figura de Ludd. Porque llevaban las firmas de “Rey Ludd”.

El ejército británico movilizó a 10 mil soldados para terminar con los ludditas. Pero los insurgentes tenían una organización horizontal, carecían de líderes y se escondían entre una población que, mayoritariamente, los protegía. Ned Ludd encarna la paradoja de un ismo sin líder. No es cristianismo, no es marxismo, no es peronismo. Tampoco tiene una idea detrás, como capitalismo, comunismo, liberalismo, socialismo o anarquismo. No, el luddismo, en su esencia paradójica, está más cerca del absurdismo. Absurdismo activo, sindical, reivindicatorio, militante. Pero absurdismo.

Para entender el carácter absurdista del luddismo no hay más que revisar los nombres alternativos a Ned Ludd que usaban los militantes para enviar sus cartas a los magistrados y a los miembros del ejército: “Mr. Pistol”, “Lady Ludd”, “Peter Plush” (felpa), “General Justice”, “No King”, “King Ludd” y “Joe Firebrand” (el incendiario).

Eric Hobsbawn definió la destrucción de máquinas de los ludditas como “una forma de negociación colectiva por disturbio”

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La red de espionaje y agentes provocadores e infiltrados que montó el ejército británico para destruirlos, sólo se había usado en caso de guerra externa. Pero nunca para combatir un enemigo interno. Y el luddismo dio origen oficial a esta práctica tan difundida en años posteriores.

El luddismo fue tan poderoso como efímero. Y como suele ocurrir con los movimientos que sufren una derrota (tanto real como discursiva), el relato posterior sobre ellos se tergiversó por completo. Hoy el luddismo es recordado como un movimiento de delirantes que quemaban máquinas porque se oponían al progreso. Cuando en realidad, la quema de máquinas era una forma de protestar contra las pésimas condiciones de trabajo.

En su libro Los ludditas (1970), el historiador británico Malcolm Thomis explica lo siguiente: “Estos ataques contra las máquinas no implicaban necesariamente hostilidad frente a las máquinas como tales. La máquina era solo un objetivo conveniente contra el que un ataque podía ser llevado a cabo. El objetivo de los luditas era ganar una mejor posición negociadora con sus empleadores. No tenían miedo de la tecnología por sí, sino que se trataba de estrategas laborales”.

Eric Hobsbawn definió la destrucción de máquinas de los ludditas como “una forma de negociación colectiva por disturbio”. Y el sociólogo y ensayista Christian Ferrer, investigador de los movimientos anarquistas, explica así, tanto el fin como el olvido posterior en el que cayeron los luddistas, que los trasformó en parias y malditos: “Si a los acontecimientos que lograron tener en vilo al país y al Parlamento los devoró el incinerador de la historia, es justamente porque el objetivo de los ludditas no era político sino social y moral: no querían el poder sino poder desviar la dinámica de la industrialización acelerada. Una ambición imposible”.

“Seamos realistas, pidamos lo imposible”, decía unos de los graffitis-clisé escritos en las paredes de la Sorbonne, en 1968, en París, en otro movimiento tan romántico como efímero, llamado Mayo Francés. Demasiadas derrotas, demasiados mitos sin reivindicaciones. Sin embargo, lo imposible parece seguir ahí, al alcance de la mano. Entonces, a pesar del sinsentido, cabe la pregunta: ¿puede lo imposible ser motor de la historia?

Tal vez lo imposible no tenga nada que ver con la realidad. Pero sí está vinculado con el deseo. Y el deseo resulta tan intangible como real. El deseo existe, aunque sepamos de antemano que tiene forma de imposible. Por eso el fantasma luddita recorre hoy Barcelona. En este caso, lo que se quiere destruir no son las máquinas, sino el turismo.

Barcelona es la segunda ciudad europea que más turismo atrae, luego de París. En 2024, Barcelona recibió 15 millones y medio de turistas. Lo que representa una baja del 0,7 por ciento respecto de 2023. Aunque las ganancias fueron mayores, pues los turistas fueron un poco menos, pero gastaron bastante más: unos 100 euros por día en promedio.

El fenómeno del turismo en Barcelona no es algo espontáneo, sino que fue planificado hace más de un siglo. En 1906 se creó con ese fin la Asociación de Forasteros y Turistas, al mismo tiempo que se reconfiguraba por completo la ciudad. Por un lado, se determinaba que “lo gótico” era un símbolo de identidad histórica. Por otro, se edificaba la parte moderna, lo que se conoce como el Eixemple, y tiene como principal atractivo al modernismo en general, y a Antoni Gaudí en particular.

Los nuevos ludditas de la Barcelona de hoy boicotean el turismo. Y pusieron en el centro de la escena una palabra que aquí es de uso cotidiano: gentrificación

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La Barcelona gótica es un invento de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. La Catedral era gótica, pero no tenía fachada. Y la fachada gótica es, en realidad, de 1890. El famoso “puente gótico” sobre el Carrer del Bisbe, al costado de la Catedral (fotografiado a diario por miles de turistas) es de 1928. Una construcción gótica que aún no cumplió un siglo.

Cuando se construyó la Via Laietana, muchas de las casas antiguas que se derribaron, se trasladaron, pieza por pieza, al Barrio Gótico, para que se volviera aún más gótico. Barcelona se transformaba en Ciudad Gótica mientras daba el salto a la modernidad. Una modernidad que terminaría siendo su verdadera identidad. Al menos su identidad turística. “Visit Gaudí” se lee en el primer afiche que se ve en el aeropuerto de El Prat, apenas aterrizar en la ciudad. Un afiche que no está en catalán ni en castellano, sino en inglés.

El plan de fomento turístico de Barcelona siguió adelante y tuvo varios hitos históricos. Como la exposición internacional de 1929, que dejó un pabellón internacional alemán de la República de Weimar, made in Bauhaus, construido por Ludwing Mies van der Rohe y Lilly Reich, diseñadores también de la famosa silla Barcelona, especialmente creada para la ocasión.

Tras el franquismo, el gran impulsor de la Barcelona turística, moderna y cosmopolita fue Pasqual Maragall, intendente de la ciudad durante 15 años clave: de 1982 a 1997. Durante su mandato, Maragall gestionó la realización de los Juegos Olímpicos de 1992, el mismo año en el que España celebraba los 500 años de la llegada de Cristóbal Colón a América. Y Monserrat Caballé le cantaba al mundo, junto a Freddy Mercury, de qué iba la nueva Barcelona.

Los nuevos ludditas de la Barcelona de hoy boicotean el turismo. Y pusieron en el centro de la escena una palabra que aquí es de uso cotidiano: gentrificación. Que no es más que algo que sufrieron, sufren (¿y sufrirán?) la mayoría de las grandes ciudades del mundo: la remodelación de zonas marginales, que produce el desplazamiento hacia allí de gente con mayor poder adquisitivo, y el desplazamiento a otros barrios (generalmente fuera de la ciudad, en los suburbios) de la población que vivía allí.

La gentrificación de Barcelona no sólo provoca este tipo de desplazamientos: también incluye al turismo. Porque es mucho más rentable el alquiler temporario a turistas que el alquiler a largo plazo a gente que vive en la ciudad. Por eso las manifestaciones no sólo son contra el turismo, sino contra plataformas de alquiler temporario, como Airbnb.

Lo de manifestaciones es literal: cada tanto se organizan marchas contra el turismo, con gente que se manifiesta en la Rambla, que es el lugar con mayor cantidad de turistas de la ciudad, y de los de mayor concentración turística del mundo. En el barrio de Gràcia hay una huerta orgánica, un terreno ocupado por anarquistas autogestivos, con un pequeño bar, donde se lee un cartel: “No photos, no tourists”. Sí, también en inglés. El antiturismo habla el mismo lenguaje que el turismo.

“Tourists go home” dicen las pancartas, también en inglés, de las marchas antituristas. Lo mismo que los afiches y stickers que pueden verse por toda la ciudad. No se trata de protestas masivas. Más bien, son un grupo muy minoritario y muy intenso. Como los ludditas. Pero que, al igual que los ludditas, expresan un sentimiento bastante más mayoritario que el que del escueto número de activistas. ¿Otro reclamo imposible? ¿La historia se repite como imposibilidad?

Mientras tanto, en la Argentina, la oposición se plantea un dilema que no está muy lejos del imposible luddista. Imposible canalizar el descontento, imposible dar vuelta un discurso bestial, imposible articular una respuesta contundente a políticas devastadoras, imposible encontrar una salida. Además, por el momento, lo único que se rompe no son máquinas, sino los cuerpos de quienes manifiestan cada miércoles en los alrededores de Plaza Congreso.

Tal vez la clave esté en empezar a romper algo. Seamos realistas, rompamos lo imposible.

DE FRENTE MAR