14 de junio de 2026
(Fragmento de la novela “Las cartas que no te dije”, El bien del Sauce, 2023)
La espera bajo la lluvia le dio un soplo de deja vú a nuestra segunda cita. No me dominó el nerviosismo. Me entretuve hablando con Chiche a quien había conocido diez minutos antes. Ella arribó en taxi con un paraguas rojo y un talante que encendió el pasaje San Ignacio. No podía dejar de mirarla. Esta vez me sedujo al instante.
Pedimos dos camparis y el temario se abrió con la naturalidad de las hojas al caer de una rama. Fue todo tan atípico que me aflojé hasta inclinar los hombros y el espíritu hacia su boca. Me entregué a su embrujo. Una caricia en la mejilla y una conversación abierta generó un interrogante: ¿Será real? Salimos y caminamos bajo la lluvia acobijados por el paraguas rojo y un andar de no ser de ahí.
La llovizna me insinuó el comienzo de una historia, al tiempo que un temor me sujetaba y las palabras asilaban mansamente por el cordón. El corazón golpeaba cómo olas en las escolleras y ella me cedió una mirada inesperada. Nadie logra ocultar nada cuando mira directo a los ojos.
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Una oleada de gaviotas nos recibió al llegar a la banda ribereña. El cielo se cerró de nubarrones. La vía peatonal nos albergó con sus peces grabados en el pavimento que labran signos de piscis (si tuviera diez años los hubiese contado).
Entender la rosca me llevó un tiempo, pero venía del fútbol donde vi cosas espantosas. Formarme en el periodismo deportivo tuvo sus ventajas
Descendimos por las escalinatas entre la enramada agreste. Estábamos solos. Un vendedor nos procuró anteojos de sol. Compré a pocos reales una réplica de unos Ray Ban estilo Dylan. Fingí una fotografía con la hechura del viejo Bob en la portada del disco «Infidels». Luciana festejó la ocurrencia y en un click encarceló el momento. En las costas cariocas me permití las payasadas que no haría en La Bristol.

Las nubes ociosas asediaban el limbo. El mar residía alborotado y las olas sacudían vehementes. Decidí permanecer en la arena mientras Luciana se rehundía entre las olas y se perdía en la efervescencia de la espuma. Se zambulló libre, como instrumento de poesía. El agua se tornó verde esmeralda al acariciar la orilla y se deshizo en un azul verdoso sobre un trazo blanco discontinuo. Me calcé mis lentes Dylan para sortear la solana y me entregué al colchón de arena reluciente.
Enderecé mis oídos al retumbo de las olas, cerré mis ojos y logré percibir Barra da Tijuca en toda su extensión. Visualicé el Pan de Azúcar con un velo de bruma. Una consonancia sonora me amparó en el planeo. En la cima del Cerro Corcovado, envolví al Cristo Redentor. En mi agudeza figuré uno por uno los peces grabados en el asfalto inquebrantable de la distinguida Rio. Los conté, como lo haría de chico. Tengo más de cuarenta, pero el niño de diez aún persiste. Nunca seré demasiado viejo para ser más joven.
Era evidente el cambio de trapos en la temporada de cobro; lookeados con trajes nuevos se los veía más seguros
Ahí estábamos, aliviados en nuestro éxodo sin quehaceres, como criaturas vigorizadas en las aguas cariocas. Excitados, ebrios de Lapa y vibrando en un balcón de Rio sin vista al mal. Todo marchaba para bienes pero el espectro de la indecisión me asaltó.
¿Acaso una relación que fluye es perder la libertad?
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La Honorable Cámara de Diputados era un desmán. Por un lado, entrevistaba a parlamentarios versados, con tres y hasta cuatro mandatos en “la casa”, y por otro, a mujeres y hombres novicios de los saberes legislativos.
Era evidente el cambio de trapos en la temporada de cobro; lookeados con trajes nuevos se los veía más seguros.
Por un lado acertaba con ex miembros de un consejo deliberante provincial, con cierta ductilidad que auxiliaba mi labor; en el peor de los casos, con paracaidistas que formaban parte de un proyecto político y asomaban como una dureza sintomática de lo que pasa en el poder.
Muchos de ellos no lograban desempatar un proyecto de resolución de uno de ley, al tiempo que detonaban sus tarjetas de crédito en “Cara Cruz” y “La Gran Taberna” de Combate de los Pozos.
Entender la rosca me llevó un tiempo, pero venía del fútbol donde vi cosas espantosas. Formarme en el periodismo deportivo tuvo sus ventajas. Forjé un músculo que otras especialidades no te ofrecen. Concretar una entrevista presentable con un jugador del ascenso es más difícil que tomar sopa con tenedor. En cambio en el Congreso cuando los tipos veían un micrófono se hacían paso a los empujones para hablar.
Luciana festejó la ocurrencia y en un click encarceló el momento. En las costas cariocas me permití las payasadas que no haría en La Bristol
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“Ella me hablaba con voz de caramelos, la veía atizada en sus ojos almíbar a caballo de dos espejos donde tumbarme ante tanto ruido (…) Cuando sus sentidos reposaban en estado presente relucían como un semáforo en amarillo…”
— ¿Semáforo amarillo?
— El amarillo es la cautela… ella apaciguaba nuestra marcha y “yo aceleraba a la espera del paso a un verde fugaz. Ella avivaba un rojo impreciso antes de ser carmesí…”
— ¡Cómo mola!
— … “Su sonrisa era un retozo de molares y premolares que afloraban con galanura. Entreveía unos hoyuelos en suspensión que acentuaban su gesto prodigioso…”
— Qué buen rollo. Sigue…
—… “Sacudía su cabellera como si su flequillo fuera una visita imprevista braceando en la frente (…) Empuñaba las copas de vino con el pulgar y el índice creaban una u extendida sobre el cristal. Su meñique apuntaba hacia mí como las plumas rectrices de un pájaro en el ribete.”

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Salimos. Amparo se quitó las sandalias y simuló jugar a la rayuela entre el adoquinado de Constitución. La alcé con los dos brazos y nuestros labios se presionaron fuertes. Nos besamos por última vez. Bajamos hasta la calle Perú como un coro de nieblas. Caminar en silencio sin sentir incomodidad debería ser considerada la octava maravilla.
Después de unas copas, nos despedimos en el bar Gibraltar. Preferí esquivar un adiós dramático. La reportera extranjera que me transmitió las ganas de volver al oficio y alumbró mis tinieblas sin juzgarme, me miró firme y definitiva como un mármol — Quiero que sepas que a partir del tercer polvo… Tú sabés.
— Entiendo, preciosa. Yo también comencé a disfrutarlo — mientras tanteaba un pañuelo de carilina con un cuarto de sildenafil oculto.
— ¡Argentino de los cojones! Adiós. Observaré cada noche estrellada vuestra Aldebarán y sabré que estás allí.
Me quedé callado. ¿Para qué hablar? Su despedida entristecerá otras noches.



