03 de julio de 2026
“Yo soy socialdemócrata. Y es imposible que mi hijo defienda a la oligarquía y al imperialismo, porque yo siempre le hablo del socialismo de Francia y de Suecia”.
El sketch de Peter Capusotto es de aquellos que tienen un nombre fijo y sólo tiene un par de entregas. Lo pueden encontrar como Padre de policía o Padre de piquetero. Y no tuvo la contundencia de otro más recordado, como Padre progresista, que sí tenía título. Un gran título.
El protagonista de Padre de policía es un hombre que va a increpar a un piquetero porque le tiró una piedra a su hijo. Le pide a su hijo que se acerque, y vemos que su hijo es un policía antidisturbios, con casco, escudo y machete. El piquetero le responde que le tiró una piedra porque el policía le había tirado antes una granada de gas lacrimógeno. El protagonista socialdemócrata deja entonces de increpar al piquetero y pasa a enojarse con su hijo policía.
-¿Es verdad que le tiraste una granada de gas lacrimógeno al señor -pregunta, indignado. Cuando el policía le responde que sí, el hombre toma el machete del policía, y comienza a golpearlo, mientras le dice: “¿Para esto te mandé al Pellegrini?”.
El sketch sigue con los tres yendo a tomar un café con leche para charlar. Y más adelante, con los tres yendo a terapia. El padre repite siempre, aún después de insultar y pegarle a su hijo: “Lo importante es el diálogo, yo soy socialdemócrata”.
El sketch es buenísimo, entre otras cosas, porque ese socialdemócrata es un personaje reconocible en el imaginario social y político argentino. Tanto que, en lo personal, me recuerda a mi abuelo Treño, escultor y titiritero, nacido en La Plata, pero que toda su vida vivió en Valentín Alsina.
Mi abuelo era profundamente antiperonista. Por muchos motivos. Entre ellos, algunos perfectamente comprensibles y entendibles. Mi abuelo era delegado sindical. Y como no se quiso sumar al sindicato peronista, lo persiguieron. Esto parece un cliché de época, como el parquet y el asado. Pero sucedió.
Durante el peronismo se persiguió a socialistas y comunistas. Osvaldo Pugliese estuvo preso. Y Pugliese es uno de los comunistas más comunistas de la historia argentina. Un tipo que mantuvo su orquesta siempre como cooperativa.
El piquetero le responde que le tiró una piedra porque el policía le había tirado antes una granada de gas lacrimógeno. El protagonista socialdemócrata deja entonces de increpar al piquetero y pasa a enojarse con su hijo policía
(En 1992 entrevisté a Pugliese para la revista La Maga, en el Bar Celta, de Rodríguez Peña y Sarmiento. El Maestro no escuchaba muy bien y muchas preguntas las respondía su mujer, que lo acompañaba. Hasta que le pregunté por el comunismo, por su comunismo, en un momento en el que seguramente en algún lugar en el mundo estaban tirando abajo una estatua de Lenin. La mujer amagó a decir que el maestro no quería hablar del tema, pero el maestro, que hasta entonces parecía ajeno a todo, de repente pareció recuperar el oído, la interrumpió y le dijo: “¡Chito!”, haciéndola callar. Y luego siguió: “El materialismo dialéctico es la única herramienta que tiene el ser humano para terminar con la opresión, yo sigo creyendo en eso”).
Además de Pugliese, el peronismo también metió preso al escritor Alfredo Varela, también comunista, y autor de El río oscuro. Sobre ese libro, Hugo del Carril filmó su obra maestra, Las aguas bajan turbias, mientras Varela estaba preso. Del Carril intercedió ante Perón para que liberaran a Varela.
Mi abuelo era muy antiperonista. Pero también reconocía muchos derechos sociales que implementó el peronismo. Criticaba las formas, por supuesto. Y siempre aclaraba: “Perón le copió todo al socialismo”. Porque mi abuelo era socialista. O sea, mi abuelo era gorila. ¿Era gorila? ¿Un gorila es simplemente un no peronista? ¿Cuál es el límite? ¿Una molécula de peronismo te salva de ser gorila? ¿Alfredo Bravo era gorila, pero López Rega no?
Después de decir que era socialista, lo primero que hacía mi abuelo era aclarar que estaba en contra del comunismo, porque allí no había democracia. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tenía en su nombre la palabra “socialismo”. Pero ese socialismo era autoritario.
Como el personaje de Capusotto, mi abuelo también buscaba ejemplos en el mundo. Cosa muy común entre los socialistas por entonces. En su caso, su ideal era Suiza, la verdadera democracia real, el verdadero socialismo. Un socialismo que, en la Argentina, tuvo una muletilla identitaria: “Socialista de Palacios”.
El ser “socialista de Palacios” es un lugar común, un mito fundante de un determinado arquetipo. Un arquetipo que existe. Por eso existe la sátira. La frase “socialista de Palacios” se la escuché decir alguna vez a mi abuelo. Tampoco es que la decía todo el tiempo, porque mi abuelo detestaba los personalismos. Como buen socialista de Palacios.

Mi abuelo decía que a diferencia de “peronismo”, algo definido por el personalismo, al “socialismo” lo definía una idea. Por eso, la frase “socialista de Palacios” la dosificaba mucho. Pero la usaba. La figura de Alfredo Palacios había sido demasiado grande en su conformación política. Palacios había vuelto realpolitik su idealismo.
Como el personaje de Capusotto, la frase “socialista de Palacios” iba a volverse relativamente célebre durante un cacerolazo contra Cristina. En un video que se hizo viral, Álvaro Zicarelli, actual militante libertario, le dice a Cristina: “Guanaca, víbora, harpía, yegua, mentirosa, miope, cerrada, negligente. Ustedes hicieron guita durante la dictadura, con la gente que se tuvo que exiliar. Yo no soy de derecha, yo soy socialista de Palacios”.
Alfredo Palacios fue el primer diputado socialista de América, en 1904, a los 26 años. Y fue también el primer senador socialista de la Argentina. Palacios murió siendo diputado nacional, a los 86 años, el 20 de abril de 1965, el mismo día que mi mamá cumplió 24 años.
El “socialista de Palacios” es una especie tan argentina como el peronismo o el radicalismo. Más minoritaria, es cierto
A Palacios lo velaron en el Congreso Nacional y mi mamá fue al velorio. Fue su primer velorio, la primera vez que mi mamá vio a un muerto. Por entonces, mi mamá estaba más cerca del comunismo que del socialismo. Pero fue al velorio de aquel político que la había enamorado. Literalmente.
Mi mamá y mi papá se conocieron en un comité socialista, en Valentín Alsina. Ellos decían públicamente que se habían conocido en la Biblioteca Sarmiento, un lugar que frecuentaban y donde se pusieron de novios. Pero se conocieron militando en el mismo “socialismo de Palacios” de mi abuelo. Esa fue su puerta de entrada a las drogas duras de la política, como el comunismo o el posadismo.
Valentín Alsina tiene una historia socialista importante. Por eso hay una calle que, desde la restauración democrática, se llama Alfredo Palacios. Una que antes se llamaba Curupaytí. Una paralela a Palacios es Jean Jaurès, que ya se llamaba así desde antes.
En Alsina, a la calle se la pronunciaba como se escribe, “Jean Jaures”. Y la misma gente que le decía así (como mi mamá, mi papá o mi tía), a la calle que lleva el mismo nombre, pero en Capital, en la zona de Once, la pronunciaban correctamente, como se pronuncia en francés y como le dice todo el mundo: “Yean Yoré”.
El socialismo de Palacios era por entonces tan conurbano como lo fueron el punk y el heavy en los 90. Un socialismo para Jean Jaures y para Yean Yoré. Valentín Alsina, capital nacional de la social-democracia: eso era el socialismo de Palacios. Por eso mi abuelo es el escultor de Valentín Alsina.
El ser “socialista de Palacios” es algo tan vintage como el peronismo. Un anacronismo cuya existencia, no tan lejana, aún resuena en alguna realidad, no muy paralela. El recuerdo emocional está vivo en alguna gente.
El “socialista de Palacios” es una especie tan argentina como el peronismo o el radicalismo. Más minoritaria, es cierto. Pero esta condición gourmet en lo local lo compensaba con una buena representación internacional, que el peronismo y el radicalismo no tenían.
El socialista de Palacios siempre invocaba una proyección internacional y un aire europeo. Por eso a mi abuelo le fascinaba Suiza. Por eso el personaje de Capusotto habla de Suecia o de Francia. Por eso mi mamá quiso que yo estudiara francés y no inglés.
La socialdemocracia europea (y particularmente la socialdemocracia sueca) es lo que se evoca cuando se quiere hablar en política de lo más impoluto, de las antípodas de la Argentina. Un socialdemócrata sueco es, en el imaginario social, lo exactamente opuesto a un peronista del conurbano.
Decir “socialdemócrata sueco” es como decir “carmelita descalza” o “la Madre Teresa de Calcuta”. Por eso, “socialdemócrata sueco” fue una muletilla que utilizaron plumas políticas memorables, como Osvaldo Soriano o Mario Wainfeld.
En realidad, todo es una construcción simbólica. Seguramente, la social democracia sueca debe tener sus contradicciones, sus miserias, sus manejos turbios o sus momentos bizarros. Al menos es lo que se ve en la película sueca The Square (2017), dirigida por Ruben Östlund. Está en Netflix. Y es una sátira muy divertida y muy despiadada al progresismo y a la corrección política, desde el centro del estado de bienestar.
Lo mismo ocurre con el “socialismo de Palacios”, que se convirtió en identidad nacional a fuerza de contradicciones y bajezas. Como no votar el voto femenino, a pesar de haberlo militado. O como Palacios embajador en Uruguay de la Revolución Libertadora.
Valentín Alsina, capital nacional de la social-democracia: eso era el socialismo de Palacios. Por eso mi abuelo es el escultor de Valentín Alsina
El “socialismo de Palacios” como identidad nacional: eso representaba, políticamente, Beatriz Sarlo.
Sarlo era una intelectual política. Y su condición de intelectual política la volvió una intelectual muy popular. Muy conocida y, al mismo tiempo, muy respetada y prestigiosa.
El rol social de un escritor que tuvo Sarlo sólo es comparable a Borges. Dos autores muy populares, que casi todos conocen, pero que casi nadie leyó. Pero Sarlo, además, opinaba permanentemente sobre la coyuntura política. Desde un lugar activo y central, no desde los márgenes.
Sarlo representaba el espíritu “socialista de Palacios”, desde su rol de intelectual. Asumiendo la posibilidad de juego político real de ese socialismo, de esa social-democracia. Desde el grupo de intelectuales gramscianos que, desde Punto de Vista, apoyaron a Alfonsín, hasta su proyecto político más afín y cercano: el Frepaso. Sarlo estuvo allí, poniéndole el cuerpo a la política.
Sarlo fue muy crítica del kirchnerismo desde un lugar de izquierda socialdemócrata y progresista, que era parte de la construcción kirchnerista. Por eso su crítica dolía tanto. Probablemente, uno de los mayores momentos de exposición mediática de Sarlo fue su visita a 6,7,8, el 22 de mayo de 2011. Ese día iba a legar al mundo un estribillo que se convertiría en megahit anti K: “Conmigo no, Barone”.
Sarlo dijo esa frase cuando Orlando Barone intentó vincularla con la apropiación de bebés durante la dictadura, por trabajar en ese momento en Clarín. Barone decía eso, pero él sí había trabajado en Clarín durante la dictadura. No digo esto para “escrachar” a Barone. Sino para recordar lo ridícula que era la forma de “escrachar” que tenía 6,7,8. Mirar hoy aquel programa da un poco de vergüenza ajena.
Más allá de la chicana, en ese programa hay una respuesta que sirve para entender dónde se paraba Sarlo políticamente. En un momento le preguntan cómo ve el país. Y Sarlo, en lugar de hablar del Gobierno y de Cristina, habla del crecimiento político de sectores que le interesaban.
Sarlo habla del triunfo del Frente Progresista en Santa Fe, dos días antes, cuando Antonio Bonfatti le sacó tres puntos a Miguel del Sel y se iba a transformar así en el segundo gobernador socialista de la provincia. Y también estaba entusiasmada con lo que podía pasar en Capital con Pino Solanas (sobre todo, pues representaba al espacio que el “socialismo de Palacios” representaba a nivel nacional), pero también con Daniel Filmus y la posibilidad de ganarle a Macri.

El contexto histórico en el que Sarlo dice eso tenía al “socialismo de Palacios” en el mayor apogeo de su historia. Ese mismo año, en la elección presidencial, Cristina iba a sacar el 54 por ciento en primera vuelta. Pero el segundo puesto en aquella elección fue para la fórmula Hermes Binner-Norma Morandini. Con un muy lejano 17 por ciento, pero segundo al fin.
En la capital, Pino quedó tercero y Filmus perdió el balotaje con Macri. Para esa elección, una fórmula que competía por la Jefatura de Gobierno porteño le copió el nombre a la alianza santafesina entre socialistas y radicales.
El Frente Progresista + Buenos Aires sacó en esas elecciones 1,76 por ciento. Si hubiera habido PASO, no la superaba. Sus candidatos a Jefe y Vicejefe de Gobierno porteño eran Jorge Telerman y Diego Kravetz, que obtuvieron 31.326 votos de puro progresismo.
Sarlo fue muy crítica del kirchnerismo desde un lugar de izquierda socialdemócrata y progresista, que era parte de la construcción kirchnerista. Por eso su crítica dolía tanto
Para quienes ven hoy “un país totalmente derechizado” por el 56 por ciento que sacó Milei en el balotaje en 2023, tengan en cuenta que en 2011, si sumamos el 54 de Cristina y el 17 de Binner, nos da un 71 por ciento de votos progresistas o de centro izquierda. ¡Para vos, Mirtha Legrand! ¡Esto es zurdaje, no el 2003!
El “socialismo de Palacios” tuvo tres gobiernos en Santa Fe. Doce años al frente de la provincia que es el cuarto distrito del país, y que incluye la intendencia de la tercera (¿o segunda?) ciudad de la Argentina, que gobernó durante 18.
Así como el comunismo nació en Alemania e Inglaterra, pero la revolución se hizo en Rusia, el socialismo de Palacios nació en La Boca, en Buenos Aires, pero logró su experiencia más masiva en una provincia del centro del país. La provincia de Santa Fe tiene una población de 3 millones y medio de habitantes. Igual que Uruguay. Los 12 años de Binner-Bonfatti-Lifschitz se parecen mucho a los 10 en los que Tabaré Vázquez gobernó Uruguay.
Un gobierno con una gran política de salud pública. Con un laboratorio provincial que fabricaba misoprostol antes de que el aborto fuera legal. Con una Ministra de Innovación y Cultura galáctica: la Chiqui González. Una vez, Pedro Saborido dijo que los socialistas eran “como kirchneristas que no eran peronistas”.

En noviembre de 2003, Chacho Álvarez juntó en su programa de televisión a cuatro intendentes progresistas, que incluía a los de las tres ciudades más importantes de la Argentina: Aníbal Ibarra (Buenos Aires), Luis Juez (Córdoba), Hermes Binner (Rosario), más Martín Sabbatella (Morón).
La nota de Clarín sobre aquel encuentro, decía lo siguiente: “Juez se alineó con el Presidente, al igual que Ibarra. Sabbatella optó por un perfil opositor y Binner se mostró en un punto intermedio”. Las cosas, tiempo después, iban a cambiar mucho. Muchísimo.
En esos 12 años en los que gobernaron Santa Fe, los socialistas de Palacios no se quedaron cuidando el territorio. Apostaron a crecer y lo hicieron como lo que eran: un partido político centenario. Pero cuando alcanzaron ese 17 por ciento de Binner no lograron ir más allá. Nunca pudieron validar, ni utilizar como piso esa elección histórica, en la que no participó Macri. Que iba a terminar siendo el líder de la oposición. Capital mata Santa Fe.
Desde entonces, Sarlo votó al FIT y en 2023 firmó un documento antes de las elecciones generales, en el que muchos intelectuales no peronistas se comprometían a votar a quien enfrentara a Milei en un balotaje. Y por eso votó a Massa. Beatriz Sarlo fue una intelectual de izquierda. Así se definía ella. Nada de “centro izquierda”. Hubiera sido una falta de respeto a su formación marxista.
Para Sarlo, ser de izquierda incluía intentar formar una opción política real, de gobierno. No bastaba con ser testimonial. Si creía que no había opciones, votaba al FIT, como hizo, porque “al menos culturalmente significaba mantener viva la identidad de izquierda”, como decía.
La muerte de Beatriz Sarlo representa muchas muertes. Y puede ser una tentación hablar de la muerte del “socialismo de Palacios” como identidad nacional. O de la izquierda. Pero puede servir también para pensar en todo eso que ella representó como nadie. Y pensar qué queda hoy de eso que llamamos izquierda.

Lo que más odia este gobierno de derecha es el comunismo, el socialismo y la izquierda. Al menos en su retórica. ¿Será que eso que llamamos el fin de una era puede transformarse en el comienzo de otra?
Había una pintada de Los Vergara (el grupo de graffiti y performance que tenían los hermanos Korol en los 80) que decía: “Tiemblen fachos, Maradona es zurdo”. Los Vergara hicieron esa pintada cuando todavía no sabíamos que, efectivamente, Maradona era zurdo. Antes de enamorarse de Fidel y de Chávez, antes de tatuarse al Che.
(El Che tatuado en un brazo de Diego es el único caso en que uno se pregunta si no habría que invertir los roles entre quien está en el retrato y quien pone la piel).
Maradona es zurdo.
Y también Messi.
Y Sarlo.
El gobierno es anticomunista, de un comunismo que no existe. Pero, ¿y si existiera? ¿Si algún marxista asumiera que no hay nadie mejor para enfrentar al anticomunismo del Gobierno que reinventar el comunismo? ¿Qué pasaría si se ocupara ese vacío, ese espacio imaginario que Milei sirve en bandeja?
Comunismo, trotskismo, socialismo de Palacios, lo que fuera. No digo sumar identidades y mucho menos candidatos. Sabemos que eso ya no funciona así. Hablo de romper el molde. Del factor sorpresa. De lo inesperado.
Marxismo en cualquiera de sus variantes. Exactamente eso que tanto dice combatir el Gobierno. Zurdaje puro y duro. No lenguaje inclusivo, no hétoropatriarcado, no cambio climático: marxismo. Que Fernando Rosso sea el nuevo Gordo Dan. Y Mariano Schuster el nuevo Agustín Laje. Y Américo Yuarman el nuevo Nicolás Márquez.

Eso sí: nada de batallas culturales. Política de verdad, de esa que cambia las condiciones de vida de la gente. Como cuando el peronismo hizo realidad aquello que soñó Palacios. ¿Estoy pidiendo mucho? Tal vez me pegó mal la muerte de Sarlo. Tal vez soy sólo un zurdo que no sabe qué hacer con tantas lágrimas.
Pero por las dudas, insisto, ahora somos todos zurdos. ¿Alguien se copa?
¿Algún marxista en la sala?



