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21 de julio de 2026

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10 de diciembre de 2024

CAYÓ LA ETERNIDAD

María Constanza Costa

@constanzacost
Mundo
Tiempo de lectura: 6 minutos

En 2011 cuando las protestas pacíficas comenzaron en Daara, e inauguraron el capítulo sirio de la “Primavera Árabe”, los partidarios de Al Assad cantaban “Assad o quemamos el país”, mientras el presidente acusaba a todo aquel que se plegara a las protestas de “terrorista”. Y así lo hicieron: destruyeron su propio país y construyeron la guerra civil que el clan Al Assad tanto anhelaba para seguir manteniéndose en el poder.

Con la decisión de abrir las cárceles y liberar a los yihadistas presos que habían regresado de Irak, Assad se construyó el enemigo a su medida para así justificar los crímenes contra su propia población y destruir la revolución.

La brutalidad del régimen, la liberación de los terroristas, las sanciones internacionales, medio millón de sirios muertos, 7 millones de refugiados, 9 de cada diez sirios bajo a línea de pobreza y el sostenimiento en el poder, a sangre y fuego, de una dictadura corrupta y sanguinaria son algunas de las cuestiones que martirizaron a la población siria por más de una década.

La rápida captura de Alepo, a finales de noviembre de este año, sorprendió a propios y ajenos, y rápidamente se vaticinó que comenzaba el fin de 54 años de régimen assadista en Siria. La debilidad de los aliados Rusia e Irán, que habían evitado que Bashar Al Assad cayera en manos de los rebeldes en 2015, hizo que esta vez no se esforzaran ni un poco en revertir la situación.

Para muchos intelectuales y militantes nostálgicos de la guerra fría, incapaces de reconocer los horrores del régimen sirio, con la caída de Al Assad se va el último bastión del panarabismo, un foco de resistencia contra el imperialismo, que sólo seguía existiendo en sus cabezas

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La toma de Alepo

La ofensiva fue liderada por Hayat Tahrir Al Sham (HTS) una coalición de fuerzas heredera del frente Al Nusra, la antigua filial de Al Qaeda en Siria. Desde 2017 HTS domina el norte del país por medio del llamado Gobierno de Salvación de Siria. En los últimos años el grupo trató de “moderar” su imagen despegándose de las ideas de una yihad global, y enfocándose en brindar a lo población del norte salud, educación y una economía basada en la lira turca. Abu Mohamed al Julani es su líder, tiene alrededor de 40 años y nació en Arabia Saudita, hijo de exiliados sirios y nieto de desplazados de los Altos del Golán (ocupados por Israel desde 1967). En 2003 cruzó la frontera para combatir la ocupación ilegal de EE.UU. en Irak, y se sumó a la rama iraquí de Al Qaeda. Con el estallido de la primavera árabe regresó a Siria donde fundó Al Nusra, una sucursal fiel al liderazgo del egipcio Ayman al Zawahiri.

Al Julani trabajó en alianza con el líder del estado islámico, Al Baghdadi, pero rompió en 2013 para enfocarse en la derrota del ejército sirio. En una entrevista con CNN días antes de tomar el poder, Al Julani se mostró como un político pragmático y moderado, comprometido con el respeto de las minorías cristianas, drusas y kurdas en Siria. Al estilo del Talibán 2.0 que Occidente trató de vender antes de la retirada estadounidense de Afganistán, hoy se difunde una imagen de HST alejada de la sombra de su pasado yihadista.

Siria es un país balcanizado, divido en cuatro áreas de influencia diferentes. Hasta el sábado el gobierno de Assad controlaba el 70% del territorio incluidas las principales ciudades de Alepo, Homs, Hama y Damasco. El control del régimen se completaba con Latakia y Tartus (litoral) y la ciudad de Deir Ar Zor a orilla del Éufrates.

Las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), conducidas por los kurdos, tienen dominio sobre el norte del Eufrates y son apoyadas por los EE.UU. En las zonas fronterizas del norte existe un gobierno cuya autoridad es el Ejército Nacional Sirio, grupos armados que cuentan con entrenamiento, armamento y apoyo político de Turquía, que buscan ocupar parte del territorio dominado por los kurdos.

El ejército Árabe Sirio, bajo las órdenes del presidente, no pudo contener el avance de los yihadistas de HTS en Alepo y en cuestión de días avanzaron sobre Homs y Hama (una ciudad históricamente opositora, donde en 1982 Hafez Al Assad asesinó a más de 10 mil personas y arrasó la ciudad entera para reprimir una protesta encabezada por los Hermanos Musulmanes sirios), para finalmente llegar a Damasco.

Bashar Al Assad está asilado en Moscú desde el sábado, se fue sin decir una palabra, ni siquiera dirigida hacia los que le ayudaron a “quemar el país” para que siguiera en el poder

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La soledad de Al Assad

En 2015 una victoria rebelde sobre el régimen de Al Assad parecía inminente, el auxilio de la defensa área rusa y las milicias pro iraníes, incluido Hezbollah, le permitieron sobrevivir en el poder. Desde ese momento Rusia consiguió volver a Medio Oriente por la puerta grande y jugar un papel protagónico en el orden multipolar junto a China y EE.UU. Esa intervención llevaba el mensaje de que Rusia nunca dejaría caer a sus aliados, pero casi diez años después la historia es otra.

Con la invasión rusa a Ucrania mucho de los efectivos fueron retirados de Siria, disminuyó la presencia de cazas, por lo tanto, de bombardeos hacia las zonas rebeldes del norte para trasladarlos hacia el frente ucraniano. Además, la debilidad del ejército árabe sirio desmoralizado, durante los primeros años perdió alrededor de 300 mil soldados ya sea caídos en combate o pasándose a las filas de la oposición, un ejército empobrecido afectado por las sanciones económicas que EE.UU. implementa contra el régimen desde 2019.

A su vez, la Revolución islámica de Irán, su otro gran aliado desde los tiempos de Haffez Al Assad, cuando ambos países se reunieron por la rivalidad contra Saddam Hussein, tampoco acudió en su ayuda. Debilitado por el descabezamiento de Hezbollah, la ofensiva israelí, amenazado en la seguridad de su propio país y vaticinando que tendrá que fortalecerse en un entorno más hostil con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, se desentendió del problema sirio y hasta declaró que su rol en Siria se limitaba a luchar contra el Estado Islámico. Con la caída de Al Assad Irán pierde su acceso directo terrestre a Hezbollah.

Tampoco las milicias shiíes en Irak socorrieron a Al Assad, el clérigo Mussa Al Sadr, shií pero enfrentado con Irán, jefe del Parlamento iraquí, y el primer Ministro, Mohamed al Sudani, se negaron a enviar tropas a Siria a pesar de los pedidos de las milicias pro iraníes de Irak.

El ejército Árabe Sirio, bajo las órdenes del presidente, no pudo contener el avance de los yihadistas de HTS en Alepo y en cuestión de días avanzaron sobre Homs y Hama

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Frente a la debilidad rusa e iraní, Turquía sale fortalecida, si bien el gobierno turco niega haber participado de la operación del HST para tomar Alepo, al menos es responsable de haber dejado hacer. El gobierno de Erdogan apoyó las revueltas sirias desde 2011, recibió millones de refugiados y armó a los grupos rebeldes armados islamistas. Ahora está dispuesto a pasar a cobrar por los servicios prestados, Erdogan busca tener una influencia en la transición, ampliar una zona de amortiguación a lo largo de la frontera y el retorno de los más de 3.6 millones de refugiados que residen en su país. Y por supuesto la participación de las empresas turcas en la reconstrucción de Siria. También espera ganar influencia en las regiones hoy dominadas por los kurdos, una vez que Trump retire sus tropas como lo prometió en campaña.

Para muchos intelectuales y militantes nostálgicos de la guerra fría, incapaces de reconocer los horrores del régimen sirio, con la caída de Al Assad se va el último bastión del panarabismo, un foco de resistencia contra el imperialismo, que sólo seguía existiendo en sus cabezas. Sin titubeos pueden condenar los abusos de EE.UU. en la cárcel de Abu Ghraib durante la invasión a Irak, la violación de los DDHH de los detenidos palestinos, pero reconocer los horrores de la prisión de Sednaya donde hay presos que hace 40 años que no ven la luz del día, no tienen contacto con nadie y hasta creen que Hafez Al Assad sigue gobernando y los ha liberado el ejército de Sadam Hussein, se les torna “más complejo”. 

Bashar Al Assad está asilado en Moscú desde el sábado, se fue sin decir una palabra, ni siquiera dirigida hacia los que le ayudaron a “quemar el país” para que siguiera en el poder. Probablemente a los sirios que salieron en 2011 a las calles les hubiera gustado ver al régimen caer por el peso de la movilización popular, pero igualmente salieron a celebrar en todos los rincones de Siria y en todas las ciudades del mundo donde fueron desplazados. En redes sociales escriben: “Eternity has fallen” (la eternidad ha caído) no saben el futuro que les depara, pero sí saben el pasado que dejan detrás.

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