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LA NUEVA ERA DEL SOCIALISMO CHINO


Ya sea por la opacidad de su proceso decisorio o por las aparentes tendencias contradictorias en su evolución reciente, China suele generar confusiones en Occidente. Si bien la prensa internacional cubre de forma relativamente extensa los principales sucesos políticos y económicos, como por ejemplo el reciente cónclave del Partido Comunista Chino (PCC), las características fundamentales de su sistema de liderazgo escapan al análisis convencional.

La visión predominante en Occidente tiende a caracterizar al sistema político Chino como un autoritarismo estático y resiliente. Un partido monolítico que supo adoptar la bandera del capitalismo en la esfera económica al tiempo que suprime con mano de hierro las demandas por apertura democrática. Se presenta como un hecho relativamente evidente que el proceso de desarrollo mas exitoso de la historia contemporánea consistió en una progresiva liberalización económica y la adopción de mecanismos de mercado combinados a un poderoso aparato represivo estatal.

Mas curioso aún es que la visión de China post-1978 como una simple vía de transición capitalista es una narrativa que también tiene fuerte arraigo entre la izquierda académica occidental. Todavía nostálgico del fracaso soviético, el marxismo académico se niega a pensar la experiencia China definiéndola bajo el simple mote de “capitalista”. En cierto sentido, la incomprensión del modelo económico-político chino desde el punto de vista del marxismo occidental ya encontraba paralelo en la década de 1930 y el pensamiento de Mao sobre las particularidades de la vía china hacia el socialismo.


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Al tiempo en que la opinión pública en general acepta subrepticiamente y de forma bastante consensuada la tesis del ascenso chino (incluso no pocas veces a partir de afirmaciones sensacionalistas del tipo “China va a dominar el mundo”), la misma se niega a indagar demasiado en que consiste realmente el modelo político-económico que esta trastocando el funcionamiento del capitalismo a nivel global.

 

El modelo chino

Si el PCC sobrevivió en el poder las últimas tres agitadas décadas de la política internacional al tiempo en que posicionó a China como una potencia global ineludible es porque de forma continua introdujo nuevos mecanismos, innovaciones institucionales, normas y regulaciones para resolver sus posibles deficiencias y problemas inherentes. Le guste o no al liberalismo bien pensante, algunos de estos mecanismos son de hecho mucho mas “democráticos” de lo que el mundo occidental suele reconocer.

Desde 1993 el partido ya concretó tres transiciones de poder pacíficas de un líder vivo a otro a través de procedimientos internos democráticos, al menos en sentido intra-partidario, que enfatizan el liderazgo colectivo y la competición entre las distintas facciones, así como la aceptación de formas comunes de representación. En las últimas décadas China atravesó una profunda transformación en su estructura institucional que trastocó un modelo de gobierno basado en la autoridad de un líder todo poderoso a un sistema de liderazgo colectivo. Este liderazgo se refleja desde el funcionamiento de lo que podemos llamar el centro neurálgico de la dirección política china, el Comité Permanente del Politburó, hasta los 80 millones de miembros y las mas de 4 millones de organizaciones territoriales del partido político mas grande del mundo.

"La visión predominante en Occidente tiende a caracterizar al sistema político Chino como un autoritarismo estático y resiliente"

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El reciente ascenso de Xi Jinping no constituye mas que un movimiento pendular de la política china que tiende a oscilar entre centralismo y liderazgo colectivo. Si bien es innegable que Xi Jinping en los últimos años acumuló poder como pocos políticos en la historia reciente, tampoco es cierto que sea capaz de renegar de las normas y regulaciones del liderazgo colectivo. Xi está muy lejos de ser un dictador que gobierna por edicto personal: ha trabajado dentro de las instituciones e intentado fortalecer el sistema del partido en lugar de derribarlo.

El hecho de que China no haya adoptado las instituciones democráticas occidentales no significa que el PCC sea una institución políticamente estancada y completamente resistente al cambio institucional, ni que no haya representación en el sistema político.

Desde el año de 2007 el informe anual del Pew Research Center sobre actitudes y tendencias globales demuestra que mas del 80% de los ciudadanos chinos encuestados afirman estar “satisfechos” con las condiciones generales nacionales y el estado de la economía, superando con creces a la gran mayoría de las democracias liberales de Occidente.

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Se podría argumentar que en verdad la gente en China desearía protestar mucho mas y reclamar por instituciones democráticas, pero que el sistema autoritario chino oprime todas las manifestaciones contrarias al régimen. Ciertamente el PCC posee un aparato de seguridad interno de magnitudes considerables que vigila las posibles fuentes de disturbio social. Pero esta respuesta es de por sí incompleta. Ningún régimen político se sostiene apenas a través de la represión sin lidiar con las causas subyacentes de los problemas sociales. El histórico de éxitos económicos, la estabilidad política conseguida desde 1989 y las amplias actitudes positivas develadas en las encuestas rebaten la visión simplista de una población subyugada y oprimida a través del miedo.

Esta visión equivocada conlleva a un segundo error de análisis, la convicción de que el Partido Comunista Chino mantiene un régimen ilegítimo. Este supuesto de ilegitimidad conduce a una cierta presunción de fragilidad. Se suele sostener que debido a que los líderes de China no tienen un mandato electoral deben mantener el crecimiento económico a una tasa arbitrariamente alta (8%? 7%? 6%?) para evitar el colapso del régimen. Se afirma que si no se adopta, tarde o temprano, el estado de derecho al estilo occidental, se generará un descontento social que provocará, nuevamente, el soñado colapso del régimen. Ningún problema en China puede ser simplemente un problema, debe ser una crisis existencial.

"Desde 1993 el partido ya concretó tres transiciones de poder pacíficas de un líder vivo a otro a través de procedimientos internos democráticos, al menos en sentido intra-partidario"

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Aquí esta la verdad: el Estado chino no es frágil. El régimen es fuerte y cada vez más seguro de sí mismo. Su gestión económica es competente y pragmática. Su receptividad a las presiones sociales sobre cuestiones como el medio ambiente y la desigualdad es imperfecta, pero está bien informada por investigaciones y sobre todo por el amplio enraizamiento social del partido. Deriva legitimidad real de su constante habilidad demostrada para elevar la calidad de vida de la población, proporcionar un rango creciente de bienes públicos y mantener un alto nivel de orden mientras se deja a la gente hacer lo que quiera en sus vidas diarias. A pesar de los diversos problemas que aquejan a un país en vías de desarrollo del tamaño de China, el consentimiento de los gobernados sigue siendo alto.

 

Una China Post-reformas

En términos económicos, si hay algo no caracteriza a las políticas implementadas desde Deng Xiaoping bajo el conocido eslogan de reforma y apertura (gaige kaifang) es la simple liberalización de mercado. El Estado y el partido comunista fueron y continúan siendo los pilares fundamentales de un modelo económico que a través del uso extensivo de planes quinquenales, empresas y bancos públicos, políticas industriales, restricciones financieras, proteccionismo, ensayos y errores, constituyó un sistema mixto que combina incentivos de mercado con un significativo control estatal de los activos clave.

Todo esto resulta particularmente importante hoy, ya que el reciente Congreso del PCC proporcionó evidencia suficiente como para concluir que Xi Jinping y el núcleo político del partido consideran que este proceso de reformas ya ha sido concluido y que China ha llegado al tipo de economía política que creen es la que debe ser. Una economía en donde la mayoría de los bienes y servicios se comercializan a precios de mercado, pero el Estado conserva una considerable discreción para intervenir y corregir los “precios erróneos”, ya sea en el mercado de viviendas, de valores, de divisas o cualquier otro mercado. A las empresas privadas se les permite un amplio alcance, pero en la mayoría de los sectores el Estado todavía es propietario de las compañías más importantes. En las áreas en donde las mayores empresas son privadas, como por ejemplo servicios de internet y bienes raíces, el Estado deja en claro que su supervivencia continua depende de la voluntad de cumplir con los objetivos de desarrollo económico de la nación.[1] El leninismo del siglo XXI.

A partir de ahora, los gestores chinos deberán preocuparse menos por reformar la estructura económica y más por brindar una tasa de crecimiento alta y sustentable, manteniendo el control estatal de los activos clave de la economía y mejorando las capacidades tecnológicas de la nación.

La proyección internacional del país será cada vez mayor. Durante décadas China mantuvo una política externa deliberadamente restringida, guiada por el cauteloso principio introducido por Deng Xiaoping a inicios de lo ´90s: mantener el perfil bajo y esperar el momento (taoguang yanghui). Desde la llegada de Xi Jinping al poder la política externa china ha dado un giro mas activista que progresivamente llevará al país a ocupar un espacio primordial en los asuntos regionales y globales. Talvez la faceta mas notable de este proceso sea la ya bien conocida “One Belt, One Road”, una diplomacia de la infraestructura destinada a reformular la geopolítica asiática y consolidar la influencia de China a nivel global.

"El leninismo del siglo XXI"

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El “efecto China” ya no puede entenderse como la mera aparición de un nuevo competidor dentro del capitalismo globalizado del siglo XXI. El ascenso de China implica un cambio significativo en la lógica globalizadora y la aparición de nuevas “tendencias pesadas” dentro del sistema internacional. La comprensión de este fenómeno en la opinión pública suele basarse en modelos analíticos anticuados e ideológicamente sobrecargados. Nuestra teoría política y económica parece no brindar las herramientas necesarias para comprender el enigma.

O quizás se trate de un poder anormal, ininteligible, sobre el cual no se pueda aclarar nada, sino apenas aclararse uno mismo a partir de él.

Más que lo que uno pueda decir sobre China, ¿que dice China sobre nosotros?

[1] Kroeber, A. A Post-Reform China. Gavekal Dragonomics, The Daily, October 2017.



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