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03 de marzo 2024

Daniela Slipak

ZONA DE INTERÉS

Tiempo de lectura: 5 minutos

Apuntes sobre la película de Jonathan Glazer

1.

Hace veinte años, se estrenó The door in the floor. Más allá de la “ridícula” traducción del título –Una mujer difícil, o Una mujer infiel-, el film planteaba una pregunta vital y compleja: qué hacer con el dolor. Su protagonista, Ted, era escritor de cuentos infantiles. Tanto él como su esposa habían perdido a sus dos hijos adolescentes en un accidente de tránsito. La película transcurre varios años después de la tragedia. Allí, con relatos infantiles o imágenes soñadas sin dormir, ambos intentaban sobrevivir a lo impensado, a aquello que estaba por debajo de la puerta del piso.

2.

Siempre me dieron dolor de panza los cuentos infantiles. Intento buscar una expresión más precisa, pero no la encuentro. Es “dolor de panza”. Aunque me sucedía con todos, el peor era Hansel y Gretel. La historia me daba una sensación corporal desagradable. No solo por el abandono pa-materno inicial. No solo por la bruja caníbal. No solo por el encierro de Hansel en un corral. Lo que me daba nauseas era también la resolución del drama: entre todas las maneras posibles de escapar, la que Gretel encontraba era horrorosa. Empujaba a la bruja adentro de un horno; ese que había sido preparado para cocinar a su hermano. La restitución de la justicia implicaba incinerar viva a la bruja (que era un poco la madrasta o la madre, se dirá por ahí).

No hay huevos de serpiente que ya contengan en sí sus monstruos, sino que hay acontecimientos contingentes

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3.

Hace poco se estrenó el film Zona de interés, que vuelve sobre uno de los temas troncales del siglo XX: el totalitarismo. Dirigida por Jonathan Glazer y basada en un libro de Martin Amis, pinta -el verbo es intencional- la vida cotidiana de la familia del comandante del campo de concentración de Auschwitz, Rudolf Höss. La familia vive exactamente a un muro de distancia del campo. Las actuaciones, la fotografía y el sonido del film son impactantes. Escena tras escena vemos, en un primer plano, a la familia Höss -padre, madre y cinco blanquísimos hijos- que desayuna, almuerza, conversa, disfruta del jardín, de sus flores y de su pileta. Los colores de ese micro-clima son intensos y puros. En un segundo plano, casi fuera del encuadre, vemos y escuchamos el sonido de los trenes que llegan al campo, los disparos de los guardias, la desesperación de los prisioneros, el humo de la incineración de los cuerpos, las cenizas que flotan en el aire. Creo que me quedé corta: nosotros y nosotras, los espectadores, no solo vemos y escuchamos; sentimos y somos testigos de toda esa administración de la muerte. Aunque Mr. y Mrs. Höss lo intenten, nada de ese horror logra quedar detrás de la puerta del muro. No hay distancia posible, como lo muestra la escena en la que el padre y dos de sus hijos disfrutan de un río cercano hasta que deben abandonarlo al advertir que ese río no es sino un río de muerte y cenizas. Esta es, probablemente, una de las pocas escenas en las que Mr. Höss parece vislumbrar -en nombre de sus hijos, en nombre de las miradas que vendrán-, algo del horror que imparte. Por el contrario, Mrs. Höss jamás parece hacerlo. Ni siquiera cuando su propia madre huye de la casa dejándole una carta. La “reina de Auschwitz”- como se jacta de ser- la lee, pone una cara levemente desagradable y la mete en el incinerador. Quema así la crítica (la de la madre y, con ella, la de toda la tradición antiquísima del “no matarás”). Los niños y niñas tampoco reaccionan igual: mientras que algunos parecen representar el huevo de la serpiente, rememorando La cinta blanca, otros deambulan por la casa dormidos, como si fueran -aquellos- fantasmas vivos.

4.

La narración del film es interrumpida sucesivamente por una secuencia en un negativo blanco y negro que muestra a una de las empleadas-sirvientas de la casa. En el medio de la noche, busca manzanas para dejárselas a los prisioneros y prisioneras del campo mientras son convertidos en mano de obra esclava. Busca así restituirles un instante de humanidad. Podría decirse que ese es el único momento de luz en toda la película. Solo que, en paralelo a estas imágenes en blanco y negro, escuchamos la voz en off de Mr. Höss leyéndole a su hija-deambuladora un cuento infantil. Trata de convencerla de que hay que dormir y que hay que esconder lo innombrable debajo de la puerta, del muro o del piso. Desde luego, lo que le lee es Hansel y Gretel, ese cuento infantil alemán decimonónico que da nauseas.

Todo esto existió, está ahí, en nuestras vidas, infancias, pasados, presentes y futuros. Es nuestro río (de muertes y cenizas)

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5.

Para que no haya malentendidos, aclaro que no todo es lo mismo. Como ya sabemos, la historia no va de atrás para adelante, sino de adelante para atrás. Los horrores decimonónicos no explican causalmente los del siglo XX. Esa explicación es, en todo caso, nuestra fantasía -de progreso, de control. No hay huevos de serpiente que ya contengan en sí sus monstruos, sino que hay acontecimientos contingentes. En todo caso, como dijo Hannah Arendt, una vez sucedidos intentaremos rastrear aquello que los hizo posibles. No para explicarlos sino para comprenderlos, y actuar con algo de responsabilidad y ética weberiana en los asuntos humanos -y vivientes, agrego.

6.

A partir de ahora, viene con spoileo. Las dos últimas escenas de Zona de interés finalizan magistralmente un film que vale la pena ver, a pesar del dolor y de la inevitable angustia corporal -y quizás precisamente por esa angustia corporal. La primera escena es una especie de intruso en la ficción. El film muestra el museo de Auschwitz hoy. Con esa intromisión, el director insiste en algo que ya sabemos: nada de esto es solo ficción, ni solo un cuento infantil, ni solo un film. Los personajes son reales. Todo esto existió, está ahí, en nuestras vidas, infancias, pasados, presentes y futuros. Es nuestro río (de muertes y cenizas). Como titulaba una vieja película, A river runs througt it. La segunda escena muestra a Mr. Höss descendiendo por unas escaleras. Lo hace con paso firme -como el de la locomotora del progreso que, no causalmente, pero sí contingentemente terminó en los campos de concentración. Mrs. Höss se frena. Luego de unos instantes, tiene una arcada. Intenta continuar la marcha, pero vuelve el malestar. Como ya sabemos gracias a una escena previa, el horroroso comandante de Auschwitz no tiene problemas de salud. Al contrario, es un hombre de mediana edad rozagante. Sus náuseas muestran, por segunda y última vez en el film, algo de incomodidad frente a todo el horror y frente a su contribución en ese engranaje. El punto es que, después de las arcadas, mira a su alrededor. Silencio. “¿Hay alguien allí?”, pareciera preguntarse. ¿Hay alguien que advierta el genocidio, la matanza atroz de millones, la técnica de la muerte, en fin, lo que nunca debería haber ocurrido? ¿Hay alguien allí mirando? ¿El resto de los alemanes de ese entonces? ¿Aquellos que vivían lejos de la “zona de interés”, como la llamaban los propios nazis para evitar testigos? ¿Quienes habitaban en otros países? ¿Quienes habitamos hoy otras décadas? Es decir, ¿cuán lejos hay que vivir para no ver lo que sucede alrededor, detrás de nuestras puertas, muros y pisos?

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