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01 de diciembre 2023

Paula Salerno

¿Y QUÉ PASÓ CON LA ARGENTINA DE 1985?

Tiempo de lectura: 4 minutos

A dos días del balotaje que derrotó al peronismo, se repitió un enunciado que venía circulando en las últimas semanas y que adoptó carácter de confirmación: nuestro país es incoherente, el éxito de la película Argentina, 1985 es contradictorio con la victoria electoral del partido libertario.

El film de Santiago Mitre reivindica la búsqueda de justicia por los crímenes de lesa humanidad y condena la misma dictadura que la vicepresidenta electa, Victoria Villarruel, avala abiertamente. El juicio a los dictadores que supo erigirse en nuestro país como motivo de orgullo ve borroneado su sustento político y ético ante el triunfo de la nueva derecha. ¿Cómo es posible que lo que parecía un terreno sólido de convicciones sociales, plasmado en la llegada de esta película a 800 mil espectadorxs, sea seguido de una preferencia por un presidente extremista como Javier Milei?

Una lectura de esta contradicción, real o aparente, puede empezar por la distinción entre los sentidos asociados a la película en tanto objeto cultural y los sentidos que guían la práctica social de ver la película.

Si nos detenemos en el tema central de Argentina, 1985, podemos entender el éxito de taquilla como un ejercicio memorial: una práctica que busca recordar deliberadamente un hecho del pasado reciente con el fin de reflexionar sobre él desde y para el presente. Pero esto no aplica necesariamente al hecho de mirar la película. Desconozco qué motivó a cada persona a ir al cine, pero es posible que la lógica de consumo y el efecto de bola de nieve (querer ver lo que están viendo todxs) hayan sido más importantes de lo que queremos asumir. Así como mucha gente fue al recital de Taylor Swift en el último noviembre sin que necesariamente le guste o se sienta identificada con la cantante, otra gente fue a ver la película del momento en 2022, la más vista del año, cuya nominación a los Oscar le agregó indudablemente valor de consumo.

Imaginemos que la mayoría de quienes vimos la película repudiamos la dictadura del 76: esto no significa que compartamos una misma postura sobre el rol que tiene la memoria en nuestra sociedad

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Argentina, 1985 está, de hecho, pensada para un público amplio que, como tal, no necesita compartir posiciones ideológicas para disfrutar el film. Quizás para complementar la tristemente precisa sucesión de crudos testimonios orales y el emocionante “Nunca más” ante el cual algunxs lagrimeamos y muchxs aplaudimos, la película ofrece también una narrativa simplificada de la búsqueda de testigos en la fase de preparación del juicio: un grupo de adolescentes que parecen bastante ingenuos viajan por el país cual excursión escolar, en un tono liviano que roza la diversión, para nada cercano al clima de la época que se retrata. Ese equilibrio narrativo que propone Mitre permite también la construcción de un destinatario heterogéneo que, si no quiere emocionarse políticamente, seguro puede entretenerse.

En otras palabras, ser espectadorx no implica adoptar una actitud memorialística. El límite entre el soporte memorial -noción de Hugo Vezzetti- y la banalización de la memoria, entendida esta como condimento del entretenimiento, no solo es difuso, sino que varía de acuerdo a la actitud espectadora. De ahí, el error -en el que yo misma incurrí- en atribuir una posición ideológica, política o ética a un público cinematográfico pretendidamente homogéneo.

Argentina, 1985 no canaliza un acuerdo ideológico, como quisimos creer. Esto, incluso aunque se comparta el interés por un hecho histórico, que podemos situar en el pujante marketing de la nostalgia, acompañado en la película por cuestiones tan atractivas como la estética ochentosa y el famoso elenco -excelente, por cierto-. Desde esta lógica, compartir el interés por el pasado reciente no significa compartir el punto de vista sobre ese pasado. Y si así fuera, esto tampoco significa coincidir en los múltiples sentidos que se construyen en torno a este objeto cultural.

Desconozco qué motivó a cada persona a ir al cine, pero es posible que la lógica de consumo y el efecto de bola de nieve hayan sido más importantes de lo que queremos asumir

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De todos modos, supongamos que sí hubiera un acuerdo general sobre cómo interpretar el pasado, imaginemos que la mayoría de quienes vimos la película repudiamos la dictadura del 76: esto no significa que compartamos una misma postura sobre el rol que tiene la memoria en nuestra sociedad.

La consigna “Memoria, verdad y justicia”, un sintagma cristalizado y largamente repetido, presupone una relación entre estos tres términos que para muchxs dejó de ser evidente, si es que alguna vez lo fue. La verdad y la justicia, en estos casos, parecen no estar asociadas a la rememoración ni a políticas memoriales concretas.

Aunque suene paradójico, el marketing de la nostalgia ocurre en paralelo al “elogio del olvido”, popularizado por David Rieff y presente ya en la posición de Mauricio Macri durante su presidencia: la prioridad son los derechos humanos del siglo XXI (sic). Posiblemente, el boom de la nostalgia se articula sobre dimensiones más personales, íntimas y familiares de un pasado que cuadra en trayectorias de vida. La memoria, en tanto práctica social y colectiva de alcance nacional pero también regional, ha ido cediendo lugar a la voluntad de olvido, motorizada por la asociación entre pasado y retroceso o, su inversa, entre futuro y progreso, que es un progreso ansioso, rápido, con ínfulas de instantáneo. El llamado a recordar para no repetir, posición que Elizabeth Jelin desarrolla en el concepto “deber de memoria”, ha sido avasallado por el presente de crisis en que se desenvolvió el balotaje y en que se despliega un mundo enojado y desesperanzado, donde las certezas se disuelven y los valores fundantes de la democracia actual descienden en el ranking de prioridades.