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18 de agosto 2023

Florencia Angilletta

VIVA LA CLASE MEDIA, CARAJO!

Tiempo de lectura: 5 minutos

“Cartas en el asunto” es el primer newsletter de Revista Panamá, escrito por Florencia Angilletta, sobre los 40 años de democracia. Aquí la suscripción para recibir quincenalmente los siguientes envíos por mail.

“Se viene el estallido”

Es más posible obtener diez millones con la base de un millón. Es una de las lecciones básicas de la educación financiera. La gran clase media argentina, y en sus mejores momentos, la gran clase trabajadora argentina ha sido un modo de torcer ese enunciado, y de ensanchar la imaginación política de la región. No importaba que tuvieras ese millón de arranque porque tu vida no la definía el patrimonio inicial: ése ha sido el nervio de la movilidad social ascendente. Romperse el alma que la nave va, hay otra tierra del otro lado del espejo. Camina, Alicia, camina. Escalera, empujones y el cielo por asalto. Un poco.

Queremos que vuelva el futuro. Cuarenta años de democracia cumplidos en una época rota. La democracia, querida carta. Bienvenidos/as a un nuevo envío de estas cartas panameñas: esta vez, una canción urgente para esta semana, adelantado a su envío habitual.

El domingo a la noche alguien dijo en un grupo de whatsapp: “Che digamos la verdad todos votamos a Milei, ¿no?” Fue un chiste así, en el aire, sin ratificaciones ni rectificaciones. Subrayo esto: ¿y por qué no lo hubiéramos votado a Milei? El que votó a Milei es el otro, es un “facho”, un “antiderecho”, el que no lee, no entiende, lo dominan sus emociones, no está alfabetizado. O, a lo sumo, es quien ejerce el voto “bronca” o “castigo” –como una forma de paternalización de ese sufragio, un déficit de compresión lectora en el que los votantes tendrían un “velo”–.

Seguir discutiendo si estamos ante el final del kirchnerismo es inconducente. Porque es seguir leyendo lo que pasa como un cambio de oferta electoral, de sistema de partidos: estamos viviendo una transformación social sin precedentes en los últimos veinte años

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Una cuenta simple: si el 80 por ciento de la sociedad argentina, al menos hasta antes de la pandemia, se percibía de clase media, y si a Milei lo votó el 30 por ciento de la sociedad argentina, a Milei también lo votó la clase media. Y si no lo votó, al menos encontró ahí, como me dijo una amiga, algo del orden de “no me animé a tanto, fui tibia, pero estoy aliviada con lo que pasó”. Lo que pasó. Decirle derechización es no poder escuchar nada. Hacerle oídos sordos.

¿Cuál fue el punto de quiebre en los últimos diez años que rompió a la clase media? El cepo. El quid de todos los problemas no es exactamente la inflación porque, incluso los buenos años kirchneristas, tuvieron inflación. Aunque fueron años con recomposición de sueldos –el salario le gana a la inflación– y con acceso a dólares. Puchito que quedaba, puchito que se compraban verdes. Ping pong de homebanking. ¿Por qué organizan tanto los dólares? Porque son la posibilidad del acceso patrimonial: viajes, electrónica, auto, vivienda. Hoy hay una rotura inédita entre los dólares y la clase media. Que es decir: hoy hay una rotura inédita entre la clase media y cualquier tipo de acceso patrimonial. Seguir llamado “clase media” del mismo modo a quienes son propietarios y a quienes están a merced del pago de un alquiler (podría haber sesión la semana próxima sobre modificaciones a la ley de alquileres) es casi un ejercicio de ciencia ficción. Clase media inquilina. Y gracias. Y con suerte (cada vez son más los jóvenes de clase media que no pueden independizarse del hogar parental).

Esta semana cumplí 37 años. Cuando mi abuela cumplió 37 ya era propietaria. Cuando mi mamá cumplió 37 ya era propietaria. Y cuando digo propietaria no me refiero a que habían recibido una herencia. Habían adquirido una vivienda a cambio de trabajo: ese sueño de la modernidad que hoy está hecho mierda. Mi abuela con el Plan de Vivienda Eva Perón, al final de los años cuarenta. Mi madre con un crédito hipotecario a tasa cero, al final de los años noventa. Las dos veces con gobiernos peronistas. Caminé la adultez entre el kirchnerismo y el macrismo y no fue ni remotamente posible con ninguno de los dos. Ambos me convirtieron en clase media inquilina. (De paso, por supuesto, les comparto esta búsqueda de departamento para alquilar, una vez más.)

La clase media del mes. La clase media del vamos viendo. La clase media del puro presente, porque el futuro…¿quién sabe?

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“Que se vayan todos” arengaban el domingo en el bunker de La Libertad Avanza. Aguante corazón aguante… es el fin del armado del kirchnerismo y el macrismo como “hijos” del 2001 tal como los conocimos. Vivimos otra crisis, singular, indomable, fiera, homeopática, amesetada y extensa. A Larreta –a ese voto republicano, moderado, de “centro”– no lo votaron ni los amigos. Las contenciones antiperonistas clásicas forman parte de este fin de época. Seguir discutiendo si estamos ante el final del kirchnerismo es inconducente. Porque es seguir leyendo lo que pasa como un cambio de oferta electoral, de sistema de partidos: estamos viviendo una transformación social sin precedentes en los últimos veinte años.

Se viene el estallido: lo canta un partido político que es, en verdad, un partido social. Analizarlo como partido político (“no ves que te van a sacar lo que tenes”, “listemos lo que perderías”, “acá estoy yo al que le quitarían este derecho”) oblitera que se ha vuelto el partido de los que hace mucho no tienen nada. La porción de desposesión que nos habita. La porción del desamparo al que cada vez menos son ajenos. Porque no son sólo los pobres y su sobrevivencia –los primeros, sin dudas, en la línea de fuego– es también la clase media que sólo pueda aspirar a pagar el resumen de la tarjeta y ver cómo sigue dándole a la rueda el mes que viene. La clase media del mes. La clase media del vamos viendo. La clase media del puro presente, porque el futuro…¿quién sabe?

Menem ganó prometiendo revolución productiva. Milei dice lo que va a hacer. De frente: si la sociedad no estalla, el que estalla soy yo. Si la crisis no termina de estallar, el que estalla soy yo. Si la moneda no termina de estallar, el que estalla soy yo. Es el estallido. El final de los años de estatización de la imaginación política. ¿Y entonces? Ya lo había dicho Alejandro Galliano: lo mejor que podemos hacer por el Estado es pensar un rato sin él. Cantarle a la democracia no es cantarle exclusivamente al Estado-Nación.

¿Por qué organizan tanto los dólares? Porque son la posibilidad del acceso patrimonial: viajes, electrónica, auto, vivienda. Hoy hay una rotura inédita entre los dólares y la clase media. Que es decir: hoy hay una rotura inédita entre la clase media y cualquier tipo de acceso patrimonial

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Las promesas están rotas: para el profesional con posgrado que alquila, para el cajero de Día, para el estudiante de inicio o pequeño emprendedor de Pyme, para quien pedalea en Rappi o Uber. Vivimos un tiempo en el que no se puede vivir del trabajo. Hay trabajo, sí, no hay crisis generalizada de desempleo, aunque la clase media no puede vivir plenamente del sueldo del trabajo –hace ya demasiados años, dijimos, que perdió su condición de clase patrimonial– y los más pobres rayan, con resortes, en la sobrevivencia. ¿Podrá este cimbronazo ser escuchado? ¿Podrá el peronismo volver a ser un partido de los trabajadores? ¿Podrá la imaginación política volver a ensancharse (porque a muchas personas ese Estado de derechos ya nos les rozaba el cuerpo desde antes de este domingo)? Volver al futuro. Sin clase media, no hay futuro en la Argentina. Sin futuro en la Argentina, no hay clase media.

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