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11 de febrero 2024

Martín Rodríguez

VENGAN DE A UNO

Tiempo de lectura: 7 minutos

Uno

Esta mañana me bajé del Roca en Constitución y cuando fui a hacer el trasbordo por el subsuelo para tomar el subte de la línea C, había como 400 metros de cola, todos laburantes que estaban para registrar la SUBE. Como yo también tenía que hacerlo y estaba con tiempo, me puse a la cola, pero no avanzaba nada. Había puteadas por el aumento del boleto, puteadas porque la cola no avanzaba, muchos habían estado el día anterior y se habían comido horas sin que los lleguen a atender. Y empezaban las puteadas a Milei porque ‘che nos sube el colectivo, nos sube el subte, nos sube el tren y encima nos tenemos que comer esta cola para que no nos suba más todavía’. También escuché a una jubilada que decía que ganaba 150 mil pesos, y que Cristina tenía una jubilación de millones de pesos y Alberto estaba tramitando otra. Y después, en el Roca, muchos pibitos que siempre cantan con bastante contenido político y que hablan de lo mal que se vive en sus barrios con un discurso bastante antipolítico, y que obviamente hasta el 10 de diciembre le pegaban al gobierno anterior por cosas puntuales, ahora sus letras ya hablan de los aumentos al tren, al colectivo o al gas. Aunque todavía no nombran mucho a Milei.

Dos

Así habla José, que trabaja en una prepaga y se come ese viaje todos los días. Su vocación por hacer sociología de raje lo envalentona a describir lo que ve. Es lo que hacen todos. La estación de Constitución fue el famoso hervidero de votantes a Milei según la televisión. Y más tarde, según las urnas también.

La fila de esta semana en el Ministerio de Capital Humano fue la respuesta evidente a un diagnóstico que funciona bien de leitmotiv, porque simplifica problemas complejos, pero no resuelve absolutamente nada. El quid de los intermediarios. Esos que están entre una cosa y la otra. “Yo voy a atender uno por uno a los que tienen hambre, no a sus referentes”, dijo la ministra desafiante, y exponiéndose potencialmente a un calvario peor que el de los intermediarios: que vengan efectivamente de a uno. En 2001 -y sus alrededores- se puso de moda una palabra: articular. Cualquier funcionario o militante o coordinadora de ONG le encantaba usarla en sus reuniones vespertinas. “Tenemos que articular”. El Estado y la gente estaban llenos de articulaciones, como un muñeco de alambre. Una de ellas, y que Kirchner usó como sistema, era la articulación entre la gente humilde, sus necesidades, las organizaciones que representaban esas necesidades, la economía de esas mismas organizaciones y el Estado. D’Elía, Pérsico, Milagro, se incorporaban a un nuevo sistema político tras la peor crisis. El mandato de “no estallar” tenía en ellos a los primeros bomberos, al personal de primeros auxilios. La diferencia entre un movimiento social y la militancia partidaria clásica tenía de base que los movimientos sociales pueden ser piantavotos, pero no alérgicos a “los últimos”. No sirven para contener a todos, sirven para contener a los últimos orejones del tarro. Cuando la crisis se hizo sistema, cuando el modelo de posconvertibilidad empezó a colapsar, la solución empezó a ser vista cada vez más como problema: se puso de moda la palabra “planero” y comenzó a señalarse el gasto social y el plan como causa de la crisis. De contener la crisis a desatar la crisis. De no estallar a estallemos. Así comenzó a correrse el límite de la tolerancia. La sociedad ya no está disciplinada por el 2001.

La llanura de la gran paritaria nacional. El problema no son los que resisten, el problema son los que negocian.

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A su vez, el gobierno que efectivamente se hizo eco y promotor de este ataque a los “intermediarios”, esta semana buscó empezar un cambio lógico: tener intermediarios propios. La ministra Pettovello hizo pública la firma de un convenio con una importante confederación de iglesias evangélicas (pentecostales). Eso significa una asistencia alimentaria que administrará la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la Argentina (ACIERA) para casi 40 mil personas. Inicialmente se plantearon hacerlo con los intendentes porque, en el fondo, nunca hablaron tan claramente de suprimir la intermediación, sino de reintroducirla al Estado. Pero dieron un pasito queriendo mojarle la oreja al peronismo y a los movimientos sociales, y llamaron a estas iglesias, cuya importancia existencial para miles de personas es indiscutible y legítima. Se desprende un acto de fe de esta gestión puntual: terminar de engendrar una base social propia. ¿Cuánto efecto positivo y cuánto negativo tendrá en el mundo evangélico?, se preguntan incluso en ese universo evangélico. ACIERA es, de las confederaciones de las iglesias evangélicas, la más grande. Paradójicamente no quiere decir que la mayoría de las iglesias esté en ACIERA; o, incluso, “la mayoría de las iglesias que vemos, en general, no pertenecen a ninguna confederación”, confirma el antropólogo Pablo Semán. ¿Por qué pasa esto? “Porque la visión anti evangélica del progresismo penetró mucho en el peronismo de los últimos años. Si el peronismo no lo contiene, los evangélicos terminarán encontrando contención en otro lugar”, resume Semán.

Frente a este paso que dio el gobierno se pronunció Grabois en un posteo en Facebook con una serie de reflexiones en las que no duda de la buena fe de ACIERA. Dice en su segunda reflexión: “con el convenio suscripto, se reproduce lo que el gobierno llama ´intermediación´ porque si en vez de generarse el vínculo ESTADO-CIUDADANO, se genera el vínculo ESTADO-ACIERA-CIUDADANO objetivamente opera una ´intermediación´. Salvo en la cabeza de Pettovello no hay nada de malo en ello. Se llama participación comunitaria y entra en el marco del principio social de subsidiariedad del Estado”.

Todo esto no fue en cualquier semana. Fue en la semana en que el gobierno desgastó su relación con un sector político que es colaborador, aunque no subordinado. Gobernadores de zona núcleo, peronistas, radicales, ex Pro, el lado Pichetto/Monzó de las cosas. Los gobernadores fueron señalados como “traidores” de un pacto. Diríamos que el presidente libertario, como Macri promediando su gobierno, descubre cuál es el “verdadero problema operativo” de sus ideas. Y no lo encuentra en el extremo opuesto, en la radicalidad de la identidad de izquierda (trotskistas, cristinistas) del otro polo. Lo encuentra ahí, más cerca, en la figura de otros, también, intermediarios, en despachos colmados que funcionan como modulares en la política pública, en jefes de bloque propio que negocian con otros bloques. La llanura de la gran paritaria nacional. El problema no son los que resisten, el problema son los que negocian.

El deseo de gobierno y comunicación directa con las masas hace agua desde hace varios gobiernos. Yo y Platero, yo y el pueblo. Los presidentes sueñan con barrer toda intermediación. A la obvia cercanía de Macri esta semana se sumó la versión de que CFK es cauta y simpatiza con el estilo Milei. La pax judicial y la propensión del libertario al “¿qué te pasa, Clarín?” podrían ser la síntesis de esta “buena onda”. Como dice Diego Labra, “para Milei gobernar es tuitear”, vivir pendiente de lo que se dice de él, que lo sigan los que la ven. Duhalde, en su lejana presidencia, en el big bang de este ciclo, por ejemplo, dedicaba una tarde por semana a llamar a una larga lista de intendentes, gobernadores, sindicalistas, dirigentes sociales -mientras más remotos mejor-, con promesas de visitas, carcajadas de chistes de pueblo y una secretaria que en voz baja le apuntaba las biografías: “acordate que su mujer se llama Silvia y la operaron de un cáncer de mama hace seis meses”. Para una revolución o una reforma puede haber una nueva imaginación política, no su ausencia. Duhalde, a su vez, fue el artífice de la estructura más virtuosa del modelo de estos años. Por eso pagó tantos costos.

Podríamos decir que en Argentina todas las fuerzas comparten que es más fácil ganar elecciones que gobernar

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Pero el Estado, para los ansiosos, los vanidosos y egocéntricos, es sencillamente un bajón. Se ha visto que mucha gente que ingresa al Estado desde “afuera”, desde el sector privado -habiendo sido Ceo de una compañía- o desde la militancia social -con capacidad de resolver problemas cotidianos con chaucha y palitos-, en todos los casos asumen la gestión pública con euforia. Luego, pasados los meses, comprobados que lo que entró por mesa de entradas tiene semáforo lento, un resultado “complejo”, que depende de una voluntad arbitraria o de inercias irreductibles, van adquiriendo algo así como un mal que contagian los edificios públicos y la burocracia: la bipolaridad, de la euforia al bajón.  

La historia se repite: porque a la burocracia se le suma que el problema de fondo para toda política no son los radicalizados, las toneladas de piedras de un mortero, el picnic piquetero, sino cualquiera que se sienta con capacidad de interlocución e ingrese a la cocina de leyes y decretos a tocar el menú. Milei repite el karma de Macri. Para quien el problema era con los gobernadores peronistas, y no sólo con ellos, también con radicales y sindicalistas, y con una Iglesia católica apegada a los movimientos sociales. Todo eso que somete el decisionismo del cambio a la negociación. Usemos arbitrariamente las palabras de Daniel James: el problema no son los resistentes, el problema son los integrados. Los que se quedan del lado de adentro del sistema.

Tres

Claro, el affaire del gobierno con su caída ley Ómnibus, coloca a muchos en la arrogancia clásica de “darle la bienvenida a la política” a un presidente y su equipo. Gesto que se repetía con Marcos Peña y Macri en los albores amarillos. Sin embargo, el anterior gobierno, el del Frente de Todos, también fracasó, y justamente en nombre de esa política clásica que da las bienvenidas. Al presidente operador, al volumen político de gobernadores, al “mueve la reina”… les ganó Milei. Les ganó porque no hicieron pie, fue “un gobierno casi sin oficialismo”, como lo sentenció Matías Kulfas para definir que un giro obvio hacia la sensatez macroeconómica y la racionalidad política no tuvo lugar por pánico al veto o el eterno sobre-giro ideológico. Podríamos decir que en Argentina todas las fuerzas comparten que es más fácil ganar elecciones que gobernar y que finalmente se vota cada dos años no sólo porque así lo dice la ley, sino también porque a los gobiernos no se les ocurren mayores logros de gestión que el “logro electoral”. La expectativa de mayor transformación social es esotérica: yo gano y vemos con mi triunfo qué cambio se produce en la atmósfera. Milei quiso romper la inercia de estos años (la de gobernar sin transformar) con un menú ansioso, crepuscular, una tormenta del desierto que incluía hasta el debate por el uso de la toga y martillo judicial. Si no es todo, es nada. Y fue nada. La ley Ómnibus se disolvió en el aire, y ahora parirá una nueva etapa del gobierno. Sabemos qué modelo quiere Milei. Sabemos qué pueblo quiere. Lo que no sabemos es con qué gobernabilidad. Ahí, sobre esa debilidad, camina la idea de más fusión con el macrismo.

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