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19 de junio 2021

Pablo Touzon

UNA RESPUESTA A SEÚL

Tiempo de lectura: 10 minutos

En la Argentina el carácter de las palabras es performativo; parece que las Revoluciones se hacen porque se enuncian, y los conflictos se resuelven porque se plantean. Parte del ethos político de esta época se divorció fundamentalmente de la idea de resultado, estableciendo en reemplazo el culto a las identidades y la sustitución de cualquier agenda de transformación colectiva real por la escrituración de fetiches ideológicos. De esta manera, la justicia social se establece en el país automáticamente cuando el movimiento que la proclama, el peronismo, llega al poder –aunque las cifras de pobreza no paren de crecer- y “el capitalismo” brota, sin más, de los bolsillos de Mauricio Macri cuando se coloca la banda presidencial. El capitalismo es mío, mío, mío. 

Algo de esto subyace de manera permanente en los textos que el ensayista y escritor Hernán Iglesias Illia escribió estos días en la Revista Seúl sobre el dossier de revista Panamá, y que, valga aclarar, celebramos sin ironía. Cuando uno escribe, publica, propone debates y plantea conflictos, es más que obvio que se esperan las réplicas e impugnaciones. Sobre todo cuando dichas discusiones se proponen en torno a la lectura atenta y minuciosa de textos y a un corpus de ideas, y no exclusivamente alrededor de las biografías personales y políticas de los que las sostienen: lo político no es personal, o terminamos todos en la hoguera. Asumo entonces –asumimos, sólo en este punto adopto una voz más colectiva- la esencial buena leche de la crítica ideológica –natural, por otro lado, al pensar tan distinto- que expresa Hernán en sus líneas. Y dicho esto, paso a enumerar y tratar de sistematizar por qué no estoy de acuerdo.

"Parte del ethos político de esta época se divorció fundamentalmente de la idea de resultado, estableciendo en reemplazo el culto a las identidades y la sustitución de cualquier agenda de transformación colectiva real por la escrituración de fetiches ideológicos."

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Otra vez, la Grieta 

En primer lugar, y muy breve –cuando uno co-escribió un libro que lleva por titulo “La Grieta Desnuda”, lo último que quiere es seguir hablando sobre el concepto dos años después, un poco porque el pensamiento sobre el particular volcado ahí podría replicarse hoy casi exacto, pero también por una cuota importante de tedio con el propio “disco”- la idea sobre la Grieta y la polarización que nos atribuye Hernán está llena de equívocos. Nunca estuvimos en contra de la “intensidad” o de la “sobrepolitización”, y tampoco pensamos que el fin de la Grieta implique una suerte de solución “por promedio”, sin conflicto ni disputas. Estamos como ante el fracaso de un amor: pensamos que la solución no consiste en no enamorarse más, sino enamorarse de otra cosa. Después de todo, no hay nada mas intenso que sostener contra viento y marea hace siete años una revista que explícitamente pretende enfrentar el mainstream político de su época. El marcospeñismo de izquierda y de derecha, la resignación entre haragana y cínica de “la gente quiere esto”. El supuesto de una política siempre “detrás” de la sociedad.

El fracaso colectivo que experimenta la Argentina desde hace -por lo menos- una década, y del cual uno podría fechar su inicio, sin demasiada arbitrariedad, en el desarrollo del conflicto con el campo –no casualmente, la partera de la historia del cristinismo y el macrismo de masas- invita, por lo menos, a tratar de proyectar y pensar otra cosa. No se trata de darle tres rivotriles al cristinismo –la que terminó siendo, en el fondo, la única hipótesis del albertismo- o quitarle la botella de cloro al bullrichismo. En este punto, el “es más complejo” se justifica. 

La polarización extrema es, entre otras cosas, la expresión política, en nuestro país y en medio Occidente, de una crisis profunda, material y espiritual, de los sectores medios y trabajadores que modelaron nuestras sociedades de posguerra. El fin de una cierta idea de progreso. La crisis abierta de socialdemocracias, laborismos y socialcristianismos varios grafica esta ruptura de gravedad de ese centralidad política. No hablo acá de ningún politológico “sistema de partidos”: Estados Unidos tenía los mismos dos partidos en los años sesenta que ahora. Se trata, más bien, de una pauta de relación entre las élites del poder que perdió por completo los objetivos societales comunes; un sistema sin eje, que no sabe qué quiere, ni para qué.

Entre el 2001 y el 2008 se resquebrajó el consenso noventista sobre la inevitabilidad del maridaje entre reforma de mercado y democracia liberal y también la “unidad de Occidente”, expresada en la crisis de la War on Terror y la Guerra en Irak. Después del colapso financiero mundial, lo que quedaba de ese consenso estalló por los aires. Se inicia la era de los outsiders en política –del cual Macri fue, de alguna manera, un representante local- y cierta fascinación tanática por esa idea de derrumbe; todos un poco contemplando Roma arder, un proceso profundizado después de la elección de Donald Trump en 2016. 

Desde este 2021 ya es posible extraer algunas conclusiones: después de la crisis de las izquierdas latinoamericanas de los años 2000, llegó la crisis de las derechas populistas de los años 2010. Un tipo de extremismo político que parece plantear más una forma de expresar y vivir la crisis social y política que una forma de resolverla; ni Bolsonaro armó ningún Estado Novo neoliberal, ni Trump convirtió a Estados Unidos en Rusia, y hasta el mismo Brexit sufrió un aburridísimo e interminable enpantanamiento por años hasta su resolución final. La era de la polarización es también la era del empate y del conservadurismo, del gataflorismo colectivo, de la histeria de las redes, de la reafirmación de la identidad por sobre la voluntad de transformación. De una política que no genera nada y solo refleja fielmente, demasiado, las fracturas de su propio electorado. Es la ironía fundamental: nunca se politizó tanto la vida cotidiana –hoy, “abrir” una identidad nueva no cuesta nada- y nunca la política sirvió para menos. O al menos en los términos en los que muchos la pensamos: como una herramienta de transformación consciente de la realidad y no sólo una forma de sobrellevarla. 

"Parafraseando a Juan Bautista Yofre, en la Argentina de los últimos diez años “no fue nadie”. Y sin embargo, sí fueron: el fracaso colectivo o social no exculpa las responsabilidades principales de aquellos que se sentaron en el sillón de Rivadavia."

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En la Argentina, esta fue la política de la década pasada, la década huérfana, la que no reivindica nadie. Ni Macri ni Cristina. Parafraseando a Juan Bautista Yofre, en la Argentina de los últimos diez años “no fue nadie”. Y sin embargo, sí fueron: el fracaso colectivo o social no exculpa las responsabilidades principales de aquellos que se sentaron en el sillón de Rivadavia. Lo contrario implica construir una cadena de equivalencias que destruye directamente la idea de poder político, su diferencial, su singularidad y su función. La política no puede imitar a Twitter, el lugar donde también nunca nadie fue

Evitar el regodeo o la explotación impúdica de este escenario de fragmentación, pobreza, estancamiento y crisis fue parte del espíritu inicial de la revista, incluso al margen de las diferencias ideológicas que pudimos tener -y que tenemos- entre sus integrantes más estables hasta la actualidad. Puede ser un pecado de leso realismo -o al menos de un realismo entendido en los términos de un consultorio político poco imaginativo- aunque no lo creo. Creo que es una posición política y cultural, un combate y una causa. Podemos enumerar referentes históricos como Abraham Lincoln, Charles de Gaulle y Juan Perón, personajes no precisamente reacios al conflicto pero que pelearon sus propias guerras civiles con un sólo objeto: darles fin. La guerra civil puede ser una causa o una consecuencia no buscada, pero jamás un programa. 

Por ese motivo, nunca podríamos “bailar” sobre ninguna Grieta; los que bailaron –con globos y música de Gilda- fueron aquellos que construyeron una formidable y eficaz máquina electoral explotándola hasta el paroxismo, y que construyeron una gobernabilidad basada excluyentemente en jugar al off side contra Cristina, hasta el día que la pelota entró y fue gol. 

El Peronismo Protestante

En algo, sin embargo, Hernán tiene razón. Nuestra discusión tuvo históricamente como primer destinatario el mismo peronismo, lo cual tenía sentido dado nuestros propios orígenes y trayectorias. Sin embargo, intentamos que esas discusiones fuesen un punto de partida y no un punto de llegada: la identidad nunca puede ser una cárcel. Porque,además, podríamos decir, nos gusta antes la Argentina que el peronismo.

Pero, es cierto, Panamá siempre intentó contener esa conversación dentro del marco de este espacio. El resultado empírico hacia afuera, desde el punto de vista político y partidario, está a la vista con el no nacimiento del albertismo. Efectivamente, hay algo ahí que no sucedió. Ideas que no encarnaron, o encarnaron mal. 

Pasando ahora a la primera persona, y habiendo participado de múltiples –exitosos por momentos, fallidos casi siempre- intentos de establecer aunque sea una alternativa política a la nueva hegemonía cristinista dentro del peronismo, soy plenamente consciente de la ironía de la situación de esta suerte de silent majority transformada en printed minority. Un destino de polaco en la Segunda Guerra Mundial. Incluso me inventé definiciones “en chiste” al respecto: soy del peronismo protestante, el que se peleó con Roma, tiene su propia interpretación del texto sagrado, se dividió en cincuenta sectas y aboga por una Reforma que nunca llega. O soy del peronismo de la Diáspora, que vive en distintas ciudades y pueblos extranjeros y que en las fechas simbólicas se junta a cortar el pan y prender el candelabro de las siete velas, a celebrar el rito. Massismos, moyanismos, sciolismos, randazzismos fueron solo nombres de representaciones parciales, volátiles e insustentables en el tiempo de un proyecto que en el fondo nunca llegó a ser. Parte de ese diagnóstico, si se quiere más “profundo”, sobre la crisis de la cosmovisión peronista está incluida en el capítulo “¿Perón vive?”, del libro que escribimos con Martín. La posibilidad de una unidad peronista superadora, una nueva alquimia que pudiese incluir parte de la fuerza dinamizadora del kirchnerismo pero que ampliase sus miras, perspectivas y alianzas, fue la última apuesta de un peronismo que se había cansado de perder, colectivamente hablando, y que hoy demuestra su prematurísimo agotamiento. También fue una apuesta personal: con todos los escepticismos y dudas que podría implicar un proceso de este estilo y hecho en tanta cámara rápida, creí –y no me arrepiento- que había que dar vueltas las cartas y ver. Me parecía lo más honesto política e intelectualmente, y así lo sigo considerando hasta el día de hoy, a pesar de este resultado. 

Puede ser, claro está, un consuelo frente al fracaso político, pero yo creo que, en todo caso, la fortuna pone las cosas en su lugar, y tal vez el rol de la revista sea otro. Imaginar y proyectar la Argentina que podría ser, la que querríamos que sea. Siempre admiré el esfuerzo titánico de la imaginación de un Theodor Herlz, o de nuestra generación del ’37: fabricar un país que –todavía- no existe. 

Das Kapital

Ahora bien, creo que el núcleo del problema, más allá de historias personales y políticas, es lo que podríamos llamar “la cuestión del capitalismo”. Hernán parece sostener que la idea de la constitución de un capitalismo viable, sustentable y desarrollado en la Argentina la inventaron una tarde en la Fundación Pensar -algo así como el equivalente al descubrimiento del LSD en la ducha de Timothy Leary- cuando en realidad esta discusión –muchas veces cruenta, en términos económicos y políticos- es LA discusión de la Argentina desde 1983 a esta parte, por lo menos. Una de la que participa activamente, a su manera, el propio cristinismo. Ahogada en sangre primero y pasada por arriba por la Historia después, la alternativa revolucionaria en clave socialista no existió nunca de manera real en estas ultimas décadas, y ese fantasma del comunismo que pulula en las redes es en definitiva sólo eso, un fantasma. 

"Hernán parece sostener que la idea de la constitución de un capitalismo viable, sustentable y desarrollado en la Argentina la inventaron una tarde en la Fundación Pensar"

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Constituir un capitalismo nacional viable es, en el fondo, el programa de todos. El conflicto, natural, se da en el cómo. Pero incluso si tomamos la versión de mercado más libre y ajustada a las definiciones más contemporáneas, fue en la década del noventa –y no en los cuatro años macristas- cuando se pudo encontrar su versión más acabada. Carlos Saúl Menem podría reclamar, con justicia y legitimidad, esa cucarda de campeón del capitalismo realmente existente. Mauricio Macri, con su capitalismo narrado, inmaterial, tuiteado, no. Esa tal vez sea la piedra en el zapato del liberalismo argentino: la versión del sistema capitalista más ajustada a sus creencias y valores fue inventada y regenteada por peronistas, no por liberales. En el fondo, la pretensión de escriturar como tema propio “el” tema nacional es una operación política típica de esta época, que supone que lo que se enuncia existe –curiosa versión del nominalismo- y que entonces cree que basta con “cantar pri” para abrochar una idea. Un concepto que sintoniza con la hipótesis que tuvo el macrismo en su gobierno, uno que parecía sostener en la práctica que bastaba con el acceso de Mauricio Macri al poder para que sucediese el “shock de confianza” necesario y la lluvia de inversiones consiguiente. Una versión perezosa del liberalismo que sostenía que lo único que tenía que hacer el Estado era “correrse” y dejar que las fuerzas productivas hagan lo suyo, opuesta casi en un 100% al activismo reformista estatal que supo tener el menemismo. 

Este minimalismo programático está reafirmado incluso en “Primer Tiempo”, el libro autobiográfico del ex presidente Macri. En éste todo el programa de reformas -enunciadas en los slogans del Cambio– parece terminar reduciéndose, en un efecto embudo, a la simplificación de trámites por internet. Apenas siquiera menciona las pocas transformaciones que sucedieron, como la Revolución de los Aviones, en una curiosa y sintomática elección de prioridades. El capitalismo de Macri es una batalla cultural, y de ahí la obsesión por reafirmar siempre la posesión del copyright; si existiese en las cosas, no habría necesidad de escriturarlo. El problema del macrismo, en definitiva, no fue tanto su fracaso final -después de todo, en este país, en los últimos años fracasamos un poco todos- sino ese vacío de partida. Alfonsín también “fracasó” al final, pero se llevará para siempre en su nombre el signo y la pasión de una profunda agenda institucional y democrática,  incluso a pesar del Punto Final y la Obediencia Debida. ¿Cuál fue el Juicio a las Juntas del macrismo? 

All Together Now

Finalmente, el último punto en el que me interesaba decir algo, el resto se los dejo a los autores de los textos en cuestión. Es sobre el carácter “tecnocrático” que le imputa al dossier, de una suerte de desarrollismo peronista -que nosotros, en particular, no negamos- sin actores sociales, que Hernán asimila al onganiato, regalándole la riqueza de la década del sesenta a Onganía. Es una realidad que cualquier discusión que remita el desarrollo despierta en la Argentina ecos de la década del ’60; después de todo, fue su gran promesa mancada. 

Sin embargo -y esto podría decirse que es sistemático en todos los textos de nuestra sección de economía política- nuestro énfasis está puesto siempre en que la Argentina viene con sus actores adentro. Feos, sucios, buenos y malos, pero adentro. De Pérsico a Galperín. Una diferencia de fondo con el mainstream político de la década, que montado en las categorías de “sectores concentrados” o de “círculo rojo”, rubricó una idea de sociedad en donde sólo tenían legitimidad efectiva el Estado y el electorado. La reinterpretación macrista del “Vayan y armen un partido” consistió en establecer un gesto que podríamos definir como “esnobismo de Estado”, que consideraba antiguos, viejos, corporativos o no representativos a todos los poderes medios que transitan las calles de la Argentina sin patente de unicornio. Un seguidismo conceptual que se completa hoy con el “faltó militancia” que parece sostener en el llano el “Resistiendo con Aguante” del macrismo callejero; en lugar de lo contrario del cristinismo, el de Macri terminó siendo un cristinismo inverso. Un juego en el que está destinado a jugar peor. 

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