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25 de noviembre 2020

Mariano Schuster

UNA RELACIÓN PERSONAL CON D10S

Tiempo de lectura: 2 minutos

“No me importa lo que hizo Maradona con su vida, me importa lo que hizo con la mía”. Así se construyen los Dioses. Aunque algunos distingamos mayúsculas de humanos, amor de exageración. Y si hubo uno que fue el Dios que se hizo hombre, hubo hombres a los que otros hombres hicieron Dios. Y si uno tenía el poder sobrenatural de convertir el agua en vino, el otro, de hacer de un gol un acto incomprensiblemente bello. Uno era capaz de devolverles la vista a los ciegos. El otro, de enceguecer con sus piruetas a los que ya veían. Los dos hicieron felices a los humildes. Los dos liberaron a los quebrantados de corazón. Los dos anunciaron buenas noticias a los pobres.

Diego, como aquel otro, fue negado muchas veces. Tuvo sus Pedros. También sus Judas. Tuvo y tendrá sus Pablos. Lidiará, como lidió durante todo el tiempo que duró su ministerio, con el manoseo que hagamos de él. Quizás por eso sobrepasa a toda Iglesia, incluso a la Maradoniana con sede en Rosario. Sobrepasa sus mandamientos y sus altares. Sobrepasa sus imágenes, sus oraciones y sus himnos. Excede la estructura de cuatro paredes, de un cura o un predicador y de unos fieles exigentes que siguen rigurosamente un culto con normas y rituales. El templo de Diego, como el de Dios, está en nosotros. “Somos los hombres huecos”, decía Eliot. Ahí andamos, llenándonos. Si algo tenía -tiene- es el don de la ubicuidad: vive en cada uno de muchas maneras. Propicia un culto ecuménico. Una pasión laica.

En la democracia, en la economía de mercado, en la desigualdad, en la crisis permanente, ¿cómo y de dónde armamos un Dios? Alguien dijo hoy una frase excesiva, como todas estas que ahora yo también escribo. Dijo: “Fue el mediador que nos testimonio lo divino y la gracia”. Atravesó su calvario. Y fue también nuestro cordero.  Nunca pudimos borrar el pecado de nuestras vidas. A cambio de la felicidad entregada, decidimos borrarlo de la suya. Nuestro D10S era humano. El anverso de la santidad y la divinidad. Pecador y luchador, incapaz de frenar. Y, por eso, uno de los elegidos por el otro.

Hoy hay tragedia en el mundo. La sensación de orfandad y de muerte pesa sobre los liberados. Quizás en tres días resucite y se muestre frente a algunos elegidos. Si no lo vemos, no dudemos. Sigamos relacionándonos con él. No lo busquemos en el cementerio, sino en la cancha y el recuerdo. ¿Por qué buscar entre los muertos a aquel que está vivo?

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Comentarios

  1. Herran Enrique

    el 25/11/2020

    Excelente editorial

  2. J

    el 26/11/2020

    ¡Genial, Schuster!

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