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19 de marzo 2022

Juan Di Loreto

UNA POLÍTICA DEL VACÍO

Tiempo de lectura: 3 minutos

En plena Guerra Fría, Sartre escribía: “Se pretende defender la cultura cuando, en verdad, se la moviliza”. Movilizar es movilizar para el combate. Algo de eso ocurre en la política de estos años. Si bien la política es el territorio de la disputa, lo que ha sucedido en los últimos tiempos es que la política se ha convertido solo en eso.

Si ser humano es siempre ser con otro, ser político tendría que ser la máxima expresión de nuestra humanidad. Ser político es salir del presente perpetuo de la animalidad para pensar el futuro, que es siempre un futuro compartido. Una política que derrumba puentes, que se convierte en un acorazado, es lo opuesto a la política. La soledad no construye políticas. Ser político, también vale para los managers de empresas y organizaciones, es estar reunido y en contacto permanentemente. La muñeca se demuestra charlando.

Hacer política para los propios es muchas cosas, pero no política. Se trata de establecer un balance entre lo propio y lo ajeno. Como siempre la ética de Aristóteles da en el clavo: el justo medio. Ahí vamos a encontrar la virtud, porque el centro no es lo que te hace tibio, sino justo. Lo que te salva del exceso, la hybris a la que tanto le temían los griegos. Cuando incluso le iba demasiado bien, el griego antiguo te desconfiaba. Porque el universo (y su diké, su justicia cósmica, decían) se desbalanceaba. Las consignas del estilo “vamos por todo”, no son del orden político. Porque si vas por todo, ¿dónde queda el otro?

Una política que derrumba puentes, que se convierte en un acorazado, es lo opuesto a la política. La soledad no construye políticas

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Muchas de las formaciones políticas hoy se parecen a la tortuga que armaban las legiones del imperio romano para el combate. Armado con cierta eficacia para la lucha, pero inútil en política. Era una formación hermética, impenetrable. Servía para avanzar casi a ciegas contra el enemigo. Pero claro, eso no era política, era una batalla a campo abierto. La política, o al menos la política que se está pensando aquí, es su opuesto. Es dejarse permear por el otro, cruzar racionalidades e intereses diferentes y construir algo nuevo. Algo que no va a ser enteramente mío ni totalmente del otro. Es otra cosa. Se puede llamar “proyecto de país”, si se quiere.

Lejos estamos de eso. Los sectores políticos parecen demasiado cautivos de su discurso público. Se habla, y evoco a Hannah Arendt, como si todas nuestras “actividades humanas” no dependieran de otros. Cuando la política se vuelve monádica es mejor estar alertas. La mónada, esa entelequia que imaginó Leibniz, era una sustancia simple “sin partes”. “Las mónadas carecen de ventanas”, escribía, donde nada “puede entrar o salir”. Era cosa separada. Es lo particular sin relación con nada. La política es, en cambio, lo que hace consciente la relación con los otros para construir proyectos.  

Otra cosa que alimenta esta política de mónadas es la primacía de un discurso político arraigado en lo moral. Es decir, prima un discurso en el cual todos se consideran “buenos”. El sesgo moral y cognitivo construye un callejón sin salida. Porque lo que termina sucediendo es que la política se formatea en el ámbito de la moral, como decía SlavojZizek en El espinoso sujeto. La política termina cautiva de las necesidades morales, de un supuesto “buenismo”. No se dice que la política carezca de moralidad. No es eso. Pero sabemos que la moral es situacionista. El acuerdo con el fondo es casi el ejemplo perfecto de esto: se prefiere un purismo moral que puede traer consecuencias inmediatas preocupantes, antes de asumir decisiones políticas que tienen “costos”. Nos recuerda al “imperativo categórico” de Kant: “Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne una ley universal”. Es decir, que la política, siguiendo este razonamiento, tiene que tomar decisiones sin contexto. Una política sin contexto es una política sin cuerpo, pero sobre todo sin pueblo ni gente. Una política del vacío. 

La política termina cautiva de las necesidades morales, de un supuesto “buenismo”. No se dice que la política carezca de moralidad. No es eso. Pero sabemos que la moral es situacionista

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Dejando de lado la coyuntura, la decisión siempre es una meta-decisión (meta = más allá), como decía Deleuze. Lo que se elige es elegir (o votar). Por eso dar la discusión es importante. Si hay diálogo, hay política. Tomar una decisión en la que se está del todo de acuerdo es fácil, pero tomar decisiones que cuestan, he ahí el verdadero salto de calidad. Cualquier otra cosa es un salto, pero al abismo.