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21 de agosto 2021

Manuel Esnaola

UNA LLUVIA QUE NO CAE SOBRE NADIE

Tiempo de lectura: 9 minutos

Díganme, sólo quiero saber,

¿Quién se ha tomado todo el vino?

Carlitos “la Mona” Jiménez

UNO

Cuando todo haya muerto, cuando el ethos de esta ciudad construida entre barrancas y salmos se desvanezca en el aire, cuando todo se haya fugado definitivamente y sólo quede un pueblo de autómatas informes, ignorantes de la sintaxis y los signos lingüísticos necesarios para pronunciar las palabras mágicas: “-¡Ya voy, mamá! Esperate a que termine de prepará estas dos vela pa las ánima, porque si no las dejo ande las véia, no me v´uacordá q´es lúne”; o “vamo Taiereee, carajo, ¡juegue, Taiereee!”; o “hacé pasar la pritty, así armo unarremangao”; o “está güenaso el fernuco… agoya nomá enfilo pa la cancha”; decía, cuando en este claustro se haya borrado cada balbuceo, cada graznido de la lengua -jeroglíficos monstruosos de un fulgor perdido-, todavía entre las copas de los árboles el viento bajará una música remota que hará eco en La Cañada: la música milenaria de los Sanavirones o de los  Comechingones, lo mismo da, que es la música del habla cordobesa, la música como una lejanía que sobrevive a un lenguaje más puro y más oscuro.

Algún improbable escucha del futuro acaso simulará interés en tan temible hallazgo. Se acercará a una radio desvencijada -tesoro de otro tiempo- y apoyará su sensor sonoro para escuchar mejor. Desde el parlante oirá una voz en loop que dice: “El humo de los choripanes indica que ya es la hora de la cena”. No sabrá, claro, que es la voz del Turco Whebe anunciando el final de algún partido de fútbol, donde jugó -y seguramente perdió- Talleres o Belgrano o Instituto, desde Río Cuarto para la posteridad, el Turco Whebe que repite un mantra: se acabó el fulbito, gente, hay que volvé pa´las casa, que mañana hay que laburá.

"Lo que quería decir es que el canto que perdura más allá de esta cosa efímera que es la historia, lo que permanece en el movimiento, es la música, la música cordobesa. Y esa melodía late más fuerte en las orillas, el punto de fuga donde todo empieza."

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DOS

Quisiera decir rápidamente dos cosas: la primera es una advertencia al lector. Del mismo modo que el escritor austríaco Hugo von Hofmannsthal, yo también he perdido por completo la capacidad de hablar coherentemente sobre ninguna cosa. Por eso voy a cantar, como si estuviera en la ducha. Libre y anárquico. La segunda: es necesario cronicar a Córdoba, también, desde las orillas. Es cierto que hubo un tal Domingo Faustino Sarmiento que escribió aquella poderosa imagen: “la ciudad es un claustro entre barrancas”. También escupió todo ese bardeo elegante del habitante que tiende los ojos en torno suyo y no ve horizonte más allá del que se extiende a cuatro cuadras de la plaza. Todo esto no se puede negar. Con la misma tenacidad de los muros de la manzana jesuítica, aún perdura en Córdoba -en el fenotipo cordobés- mucho de esa escolástica que “parapeta la inteligencia” y que advirtiera allá por mediados del siglo diecinueve el amigo sanjuanino.

Córdoba de lo inexplicable. Provincia que presume su tensa llanura desde la mirada desolada de una vaca, donde se refleja la esperanza fértil de los futuros doctos, estudiantes que habrán de enorgullecer a sus progenitores recitando las enmiendas de la patria como si fueran poemas. Metrópolis y campo. Pasto, adoquín, olor a bosta, zapatos de yarará, botas de goma,  teatros, bares de pueblo, soda en sifón de vidrio, vermú, fulbito, pequeña patria la nuestra, sentimiento de sobrar a una nación que siempre anda naufragando, nadie sea capaz de medirse más desgraciada y más grande que Córdoba, corazón del país, un delirio de fierro y máquinas, sojita, tractor, codo bronceado, perfumito francés para ir a la iglesia los domingos. Pero también Córdoba universitaria que lo toma sin soda y exporta su reforma a toda América Latina. Córdoba donde Ramón J. Cárcano expone, en su tesis doctoral de 1884, los argumentos de la igualación jurídica de los hijos extramatrimoniales y se arma alto jaleo en el pueblo, no vaya a ser cosa que los pura sangre se queden sin su porción de infierno y de tierra. Córdoba de Agustín Tosco y el Cordobazo, de Deodoro Roca, del Manifiesto Liminar y de los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan, todas esas canciones bonitas que se cantaron  sobre los muros que dieron asilo a los españoles en las primeras guerras de la revolución.

Pero yo quería hablar de las orillas, Esnaola. Tenés razón, cabeza.  Volvamos al comienzo, entonces. Lo que quería decir es que el canto que perdura más allá de esta cosa efímera que es la historia, lo que permanece en el movimiento, es la música, la música cordobesa. Y esa melodía late más fuerte en las orillas, el punto de fuga donde todo empieza. Ya en los siglos dieciocho y diecinueve hubo en Córdoba una sociedad marginal, eludida por la urbe de doctores y señoras distinguidas. Aquellos vagos, indios, mulatos, negros, gentes de servicio, inmigrantes, peones, obreros, prostitutas, guitarreros, pendencieros, mendigos, librados a su destino de marginación y orilla, fueron perpetrando, como todas las mujeres y hombres de la tierra, los arduos menesteres del amor, fundiéndose, incesantes, en otro cuerpo nuevo, diluyendo sus rasgos y su sangre en una estirpe que el tiempo y las barrancas acabarían por consolidar con el mismo signo de sus antepasados: el signo de los desclasados. Las chinas y los chinos cordobeses de cara aindiada, como escribiría el periodista italiano Eugenio Troisi, retrasando el reloj mil años, hace ya mucho tiempo, es decir, hace más de mil días de la marmota, los cordobeses de cara aindiada “(…) donde se divisa todavía el hijo del país, descendiente de los conquistadores y de la mujer de los salvajes”.

Hoy sobrevive todavía aquel desdén hacia el cordobés de los suburbios, el que mejor conserva  en su forma de hablar la única huella rastreable de nuestra identidad contradictoria. Desdén que muchas veces no sólo es social sino también institucional. Poco me cuesta reconocer en algunas expresiones que escucho actualmente por la calle o en las ya canónicas detenciones por portación de rostro, los vestigios de aquellas memorias descriptivas que escribían ciertos personajes a comienzos del siglo XX. Manuel Gálvez, por ejemplo, describe al antiguo barrio “El Abrojal” como un “lugar siniestro en donde nadie se atrevía a penetrar de noche (…) una barriada miserable, el principal foco de la mala vida cordobesa”. Sobre el barrio San Vicente, fundado en 1870 como un sitio de retiro veraniego, merecido escape campestre de las familias ricas, Arturo Capdevilla nos hace notar que allí reverdecía también un submundo, un “poblado vulgar, cuando no ranchería, sórdido y sucio, tumbado entre marañas de cactos hirsutos”.

Así, la expresión del rasgo cordobés, cultivado entre batallas, frailes, civilización y barbarie, sulkis que llegaban atiborrados de gente, inmigrantes, cantores de orilla, vagos, cuchilleros, damiselas bien perfumadas, doctores, aristócratas, estudiantes progresistas, trabajadores, todos madres y padres, en igual medida, de esta parte céntrica de la patria, decía, la expresión del ethos cordobés es, al mismo tiempo, revolucionario y reaccionario, liberal y conservador, creativo y obtuso, una fisura serpenteante, como La Cañada, ese malecón de aire y piedra que se adentra en la ciudad para marcar un límite, una frontera donde rebota el gentío como si fueran olas.

Vamos cerrando este punto, mi loco. ¡Ok! Una cosa más: cuando todo muere siempre hay algo que sobrevive. Eso es la música. Sobrevive la musicalidad de las lenguas de los pueblos originarios, esa partitura deshecha y metabolizada por una sucesión de bocas enmudecidas por las conquistas; el silbido de los ayos que acordonaron infatigablemente los zapatos embarrados de niños mimados; la milenaria melodía balbuceada por la señora del servicio, la que ayuda en la casa; la canción que tararea mi amigo el “negro” Lanfran cuando me invita a la cancha: “Se me para el corazón / cada vez que vos perdés / me pongo de la cabeza y otra vez te vengo a veeer / Muchaaaachoos, traigan vino / juega Talleress / me emborracho bien borracho, si nos vamos de la B”. En esa estoica acentuación de la sílaba pretónica  siempre al final de una oración, de algún modo, sobrevivimos. La música parece decir aquello que mediante las palabras no puede ser dicho. Hay cierto secreto allí que nos hermana…. una especie de sueño difuso, de esos que cuando despertamos no conseguimos recuperar del todo pero que al mismo tiempo nos provocan un tierno e inexplicable placer. Es para vo, cabeza, la que canta el Gobernador: “Queridos cordooobeses, hoooy les quieero decir…”. Y la música que llega atravesando siglos y ruinas.  

 

"Hoy sobrevive todavía aquel desdén hacia el cordobés de los suburbios, el que mejor conserva  en su forma de hablar la única huella rastreable de nuestra identidad contradictoria. Desdén que muchas veces no sólo es social sino también institucional."

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 TRES

Hay un libro hermoso de Anne Carson que se llama Charlas breves. En uno de esos pequeños fragmentos, escribe: “Mi madre nos prohibía caminar para atrás. Porque eso hacen los muertos, nos decía. ¿De dónde habrá sacado aquella idea? Tal vez de alguna mala traducción. Los muertos, finalmente, no caminan hacia atrás, sino más bien detrás de nosotros. Carecen de pulmones y no pueden llamarnos, pero amarían que nos diéramos vuelta. Muchos de ellos son víctimas del amor.” A veces pienso que Córdoba es simplemente el resultado de una mala traducción. Digamos, más o menos se entiende la cosa, pero hay algo que se pierde en el medio. Los muertos no caminan hacia atrás para darnos perspectiva, sino que vienen detrás nuestro con sus mil y un relatos distintos. Cada quien reclama a su muerto y cada muerto dice lo que quiere cada quien. Cómo un juego de escondidas, un gallito ciego sin casa para volver, Córdoba reclama una autenticidad de cotillón a las patadas. En el medio, en esa entreverada mezcla de autodeterminación y edificación de un puerto -puerto de guadal y camino-, los cordobeses son víctimas del amor: del amor a sí mismos. Y ese amor, en última instancia, los justifica. 

Porque es un amor tan capitalino como el amor que trepa por el Obelisco, amor que el mismo Sarmientito atizó en la hoguera del Facundo para avivar una brasa antigua… ¿Tiene Universidad [Buenos Aires]?, ¿Cuántos conventos tiene?, ¿Tiene paseos como éste?…. entonces no es nada, concluye socarrón. ¿Y qué se le dice al señor Domingo Faustino?… ¡Juira!, vaya pa´ las casa nomá; Pero mira, mira, mira que ironía / un hijo ladrón de un padre policía / son las cosas que duelen y tiene la vida.

"Lo que quería decir es que acá también, en Córdoba, late una canción detrás del relato, no importa quién sea el que lo pronuncie: en el fondo siempre hay una orilla, una métrica tan antigua como la música misma."

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CUATRO

Borges chupó hasta la última gota de la mitología de “las orillas” para mamarse bien mamao y desembarcar así en su unánime noche. Ese idioma que él inventó -y que también inventó Arlt- fue el idioma que inauguró una literatura argentina, en el sentido de la musicalidad de las palabras.

En este orden de las cosas, lo que quería decir es que acá también, en Córdoba, late una canción detrás del relato, no importa quién sea el que lo pronuncie: en el fondo siempre hay una orilla, una métrica tan antigua como la música misma. Son los tambores que retumbaron en las barrancas del valle de Quisquisacate -que en idioma Sanavirón significa “encuentro entre dos ríos”- y que acabarían por meterse en las modulaciones de los colonizadores, de los padres y madres fundadores, que comenzaron a cantar en medio de ese remolino de sangre, ruina y cruza. Cuando todo haya muerto, ahí estará todavía, bajando por la copa de los árboles, haciendo eco en La Cañada, la única cosa en el mundo incapaz de morir: la música.

Ahora mismo escucho desde la TV el canto tenaz del buen Sanavirón o del jocoso Comechingón, usurpando un cuerpo nuevo. Es la música que persevera en su ser: habla el Sr. Gobernador, orgulloso de su cadencia refinada por la transmutación de los siglos -aunque nunca exenta de comentarios burlones- y en realidad no es él quien está hablando. Él es el instrumento de una secreta supervivencia: habla el orillero, el “Cabeza colorada” -guitarrero de las barrancas-, el “negro” Ramón Villafañe -canillita pintor-, Fernando Albiero Bertapelle -alias Jardín Florido-, hablan las nodrizas que entregaron la robustez de sus pechos para salvar los senos de la aristocracia, habla la Mona Jiménez y Lugones y Filloy, habla un sujeto anónimo que el improbable escucha del futuro no entiende pero acaso eso ya no le importa. Oye una música que brota desde una radio antigua y confirma aquello que escribió el poeta, eso de que entre todos los sonidos que suenan / en el abigarrado sueño de la tierra / hay un sonido silencioso / para quien escucha en secreto

Heidegger decía que el lenguaje es la casa del ser. Yo digo, sin ninguna autoridad pero con altas llantas, loco, que la música es la casa del ser. Unos albañiles que sudan bajo el sol de la tarde en el barrio de Nueva Córdoba, pala en mano, al verme pasar en joggineta rumbo al Parque Sarmiento, me gritan: “¿No pensasti in í a laburá?” Y sin saberlo reproducen ahí, para mí solito, la más maravillosa música ancestral.  

En la capital, en Buenos Aires, todavía hay gente que también reproduce la otra música, la vieja canción de la historia argentina -o de una de las historias- donde aúllan en síncope las bestias, las rivalidades y los absurdos. Desde la plaza Puerto Argentino, en Costanera Norte, alguien mira hacia el río y piensa: allá, en el mar, también cae la lluvia. Pero no cae sobre nadie, porque no cae acá. 

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