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11 de octubre 2023

Florencia Angilletta

UN TECHO PARA MI PAÍS

Tiempo de lectura: 6 minutos

“Cartas en el asunto” es el primer newsletter de Revista Panamá, escrito por Florencia Angilletta, sobre los 40 años de democracia. Aquí la suscripción para recibir quincenalmente los siguientes envíos por mail.

El domingo pasado, en el debate, en el bloque que incluía “vivienda”, ninguno de los candidatos fue contundente sobre el voto de su espacio ni esbozó cómo puede volver a lograrse el acceso a la primera vivienda. Termino esta carta mientras en Diputados están votando esta madrugada la ley de alquileres. El dólar superó la barrera de los mil pesos. Faltan poquito más de diez para las elecciones. Se sienten días de amianto. Las imágenes que llegan desde Israel nos parten al medio. Los binarismos y ciertos titubeos para la condena al terrorismo, también. Mientras, octubre, mes de las madres (y de las brujas). La democracia tuvo su partera. Los encuestadores (las personas con las que nunca apostarías nada, ni de qué lado cae la moneda en el aire) señalan que los votos de las mujeres serán decisivos en estas elecciones. Así, también, empezó: no me votan los obreros pero me votan sus esposas. Bienvenidos/as a un nuevo envío de estas cartas panameñas: esta vez, una canción para esta semana.

En la infancia, en el psicotécnico laboral y hasta incluso en la conversación amorosa –que suele arrancar por el “¿dónde vivís?”– hay un nudo del que parte todo lo demás. Dibujar la casa. Contarla. La piedra fundacional. Y ahí están esas representaciones codificadas. Detrás de las mil y una formas de vivir parece haber una simbología definida: la puerta, las ventanas, el cuadrado, algún techito a dos aguas, ¡la chimenea!, el jardín, el árbol. En el fondo del dibujo nuestro corazón delator: la casa, esa promesa. Esas promesas sobre el bidet de la democracia.

No hay modernidad sin arquitectura. El pasaje del feudalismo al capitalismo es, además, una intervención precisa sobre la vivienda. De la imagen feudal –y estereotipada– del carpintero confeccionando una pieza mientras una mujer cocina y los niños crecen alrededor –un continuum labor/vida–, a la imagen moderna –y estereotipada– de la fracción de la jornada (con la escisión negocio/ocio) y la distribución del ámbito de la fábrica u oficina –para los varones–, del ámbito de las viviendas –para las mujeres– y del ámbito de las escuelas –para los niños y niñas–. Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. 

Todas las vanguardias del siglo XX –y sus precursoras del XIX– coinciden en esto: las calles. Mézclese. Vaya afuera. Incluso, ésa es la lucha inicial de muchas mujeres que sacuden el delantal de sus madres (que, no olvidemos, en general han logrado el techo propio gracias a las políticas del Estado de semi-bienestar) y desafían el mandato privado: estudiar, trabajar, hacer plata, o militar. Irse de la casa para poder volver. El cielo por asalto empieza en el colchón. Los cuartos como las primeras trincheras. Historización política de la casa.

En la infancia, en el psicotécnico laboral y hasta incluso en la conversación amorosa –que suele arrancar por el “¿dónde vivís?”– hay un nudo del que parte todo lo demás. Dibujar la casa. Contarla. La piedra fundacional

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Dentro de esas paredes: cambios de piel cual serpientes. La casa se fue transformando (a veces, en forma rotativa), y más descarnadamente desde la pandemia, en oficina, en aula, en lavadero, en tienda, en diván, en pequeña pyme, en gimnasio, en telo, en restaurant. Cada vez cuesta más tenerla y cada vez le pedimos más. Para quienes viven de malabares con chicos en un dos ambientes; para quienes comparten más tiempo con la mascota que con un ser humano. (Cuando las papas crujen, un smartphone no es un hogar. Techo queremos todos. Cuidado, también.)

Junto a Joaquín Linne escribimos un artículo sobre las “pet family” –su traducción literal sería “familia-mascota”–. Allí proponíamos que es un término para dar cuenta del dispositivo que conforman las familias interespecie. Lo escuchamos por primera vez en el camarote de un tren en Marruecos en 2018, donde nos pusimos a conversar con un joven marroquí, becario en una universidad estadounidense. Él, ya con dos hijos, se refirió a su directora de tesis como integrante de una “pet family”, porque su configuración familiar era con su gato. Cito: “Con ‘pet family’ y ‘eco-family’ no referimos sólo a la dimensión relacional, sino a la configuración cotidiana entre discursos, afectos, prácticas, estrategias y especies. Estos dispositivos producen modulaciones específicas de la subjetividad y propician nuevas configuraciones afectivas en el siglo XXI: nuevos modos de vivir juntos. […] Dos procesos en simultáneo: la dificultad económica del acceso a la primera vivienda, que lleva a cada vez más jóvenes a alquilar y compartir vivienda –no sólo en los sectores más frágiles, sino también entre hijos/as de propietarios– y la tendencia a la formación de hogares unipersonales”.

Así, señalábamos cómo la arquitectura resulta fundamental para leer el pasaje y la conexión entre estas prácticas y las formaciones sociales, dado que permite enlazar los afectos de las ‘pet families’ con las condiciones epocales, en especial, con los procesos de financiarización de la vida, la liquidez del trabajo y la dilución de los órdenes arquitectónicos típicos del siglo XX.

La relación entre los salarios y el acceso a la vivienda se ha visto –justamente desde los ciclos de financiarización capitalista que empiezan en los setenta– desarticulada. Fenómenos mundiales de inquilinización y dólar tatuado en la frente argentina. La ley de alquileres, sancionada en medio de la pandemia, ha implicado un intento de ordenamiento de estos complejos entramados. Finalmente, tras largas deliberaciones, hoy se aprobó en Diputados la (nueva) ley: los puntos más salientes son las modificaciones que había recibido en Senado: el mantenimiento de los tres años del contrato y el ajuste semestral –ya no anual–, aunque con un índice específico y no atado a los particulares.

Cuando pestañee habrán pasado veinte años de alquileres. Viví con amigos, con parejas, sola. En una punta de la ciudad y en la otra. Alquilar no es el decorado –el trasfondo donde la vida sucede– sino una organización del tiempo (el del contrato) y del espacio (donde haya una oportunidad)

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Gervasio Muñoz, referente de la Federación de Inquilinos Nacionales, sostiene: “Necesitábamos que se termine el debate sobre la Ley de Alquileres, que se vote el proyecto que viene del Senado y que quede claro cómo se tiene que alquilar en la Argentina. Hoy pasó. Y mañana empezaremos la discusión y la pelea para que se cumpla”. Sobre el futuro, propone: “¿Cómo garantizar el derecho a la vivienda de las mayorías? O sea de los 10 millones de inquilinos que hay en la Argentina. Sin dudas una política de vivienda, de verdad, puede ser solo con el Estado interviniendo pero no solo el precio de los alquileres sino las condiciones, como la cantidad de viviendas vacías, el alquiler turístico, las realidades del mercado como la prohibición ilegal de no alquilar con niños”.

La clase es transformar dinero en calidad de vida y la casa es el resguardo último de la clase. Un fantasma recorre las neurosis argentinas: el techo es el lugar donde todos los demás derechos pueden empezar. La elección de un papel higiénico dice mas que mil conversaciones en focus groupsobre la aspiración del baño propio. Mientras, las cadenas de precariedades y quienes enfrentan las condiciones más vulnerables en la discusión sobre la vivienda: cuando ni siquiera imaginan que pueden tener una (alquilada). Al pie de los edificios, en las esquinas, cada vez más ranchadas. Familias, parejas, algunos solos: los últimos.

No me gustan los cargos en las firmas de los mails aunque si hay algo que me organiza y escribiría: inquilina. Cuando pestañee habrán pasado veinte años de alquileres. Viví con amigos, con parejas, sola. En una punta de la ciudad y en la otra. Alquilar no es el decorado –el trasfondo donde la vida sucede– sino una organización del tiempo (el del contrato) y del espacio (donde haya una oportunidad), una relación directa con la economía (el salario rinde según el porcentaje que coma el alquiler), un trabajo ad honorem (el empleo del tiempo en gestionar tener donde vivir). Este es el peor momento para alquilar en las últimas dos décadas.

Con la democracia… ¿se tiene techo? La política argentina posterior al retorno de la institucionalidad democrática está atravesada por la presencia de las mujeres. Una lista, incompleta y discutible, comienza con la lucha por los derechos humanos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo; el asesinato en 1997 ‒aún impune‒ de la trabajadora Teresa Rodríguez en las primeras manifestaciones sociales en Cutral Có (Neuquén), emblema del movimiento piquetero y de las puebladas al norte y sur del país; la implosión en las calles de los sujetos políticos feministas, sobre todo a partir de 2015 con Ni Una Menos; las trabajadoras de la economía popular. No parece coincidencia que Charly García, en ese álbum de la caída de la primavera democrática con su portada hecha de flores, cante Cómo conseguir chicas. Profecías: las mujeres son el rostro de la democracia. Dicen que en la primera huelga de inquilinos de comienzos del siglo XX pelearon con las escobas. Cuidan la sociedad. Las madres también: son la partera de la democracia en el uno a uno. Aunque no se nombren como “madres”. Haya escena para la foto o no. Feliz día este próximo domingo.

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