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12 de julio 2021

Diego Labra

UNA SAILOR MOON PERONISTA

Tiempo de lectura: 7 minutos

A comienzos de este segundo año pandémico 2021, el Museo Evita montó en sus salones una exposición temporaria llamada “Banderas y banderines”, compuesta por piezas de Fátima Pecci Carou. En ella, los titulares objetos son lienzos en los que la artista plástica retrató postales de la vida de Evita y de su labor político-social, con la particularidad de haberle dado un toque de estética de dibujo animado japonés. “Quise salirme del típico ícono que se conoce de ella para recuperar otra imagen, donde está presente el uso del animé en las pinturas pero que de algún modo se ubican también entre lo documental y lo pictórico”, explicó Pecci Carou a Télam.

En la elección estética hay algo del uso político del arte (“el animé permite acercar a las nuevas generaciones […] porque es como un imán“), pero también de lo biográfico que precede a la toma de posición ideológica. Una expresión de la experiencia formativa de una artista que antes serlo fue “fanática del animé desde chica”. Una marca de origen de haberse criado a finales del siglo XX, durante la década de la importación fácil y barata que hizo que la globalización dejara de ser un concepto y pasara a ser algo que se vivía todos los días.  

“Soy hijo de los 90”, tuve “consolas de video juego a muy temprana edad” (“Family, Sega, Play Station, Play Station 2”) y cada día antes de ir a la primaria almorzaba mirando “’los dibujitos esos’, mientras comíamos y mi abuela y mi vieja hablaban de otras cosas”. Así se presenta Alan Ojeda para hablar del rol que dibujos animados japoneses como Caballeros del Zodíaco, Sailor Moon, Ranma ½, Sakura Card Captor o Dragon Ball tuvieron en su “educación sentimental”. Como él, miles de coetáneos nos formamos delante de un televisor en el país con la penetración de TV por cable más alta de la región, y una de las cuatro o cinco más altas del mundo.

Este es el mundo globalizado e hiperconectado donde habitamos, esta es la cultura compleja y asimétricamente híbrida en la que nos criamos inmersos. Donde toda cosa es una apropiación de otra y cada imagen contiene más referencias que un artículo de Wikipedia

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En ese Perón kawaii y esa Evita que otorga derechos en el Nombre de la Luna confluyen las tardes de Nesquik y Magic Kids con la militancia y las marchas del 24 de marzo que atraviesan a quienes comenzaron a votar en el siglo XXI. Aunque muchos copiaron el “disruptiva” con que adjetivó Télam, y alguno tentó con un “polémica” en el título, la presentación de la muestra de Pecci Carou no generó mayor revuelo. Esto es, hasta las recientes denuncias de plagio contra la artista surgidas en las redes y el debate que abrió sobre de la apropiación y referencia en el arte contemporáneo.

La controversia no hace más que subrayar un elemento latente de las piezas: este es el mundo globalizado e hiperconectado donde habitamos, esta es la cultura compleja y asimétricamente híbrida en la que nos criamos inmersos. Donde toda cosa es una apropiación de otra y cada imagen contiene más referencias que un artículo de Wikipedia. Y, sin embargo, los consumos culturales siguen siendo, quizás necesariamente, políticos. O, cuanto menos, politizados.

“Ahora no nos meten más el Pato Donald” porque “tenemos a Zamba, a San Martín, a Belgrano, a la Juana Azurduy […] nuestros propios héroes”, arengaba al final de su mandato Cristina Fernández de Kirchner. Probando que él también leyó a Dorfman y Mattelart, Alberto Fernández afirmó años después, en medio de una charla con “Pepe” Mujica en la Universidad Tres de Febrero, que los “medios de comunicación y los dibujos animados son formas de control social”, que “Bugs Bunny […] fue un modelo de gran promoción del individualismo” y que “el animé japonés inyectó la lógica de la violencia y las disputas en los dibujos animados”.

la apropiación, los usos y abusos que hacen los argentinos de productos culturales masivos importados aparecen como un lugar incómodo. Un desborde de lo “pop” que se le escapa por no ser “nac”

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Ayudado por Clarín, que tituló chicanero “Alberto Fernández, contra los dibujos animados”, los dichos del por entonces presidente electo de Argentina generaron una fugaz polémica entre los estudiosos de la cultura. Las intervención de firmas de la talla de Pablo Alabarces y Sergio Puyol demostraron que existe un acuerdo tácito en dejar atrás la denuncia maniquea de “imperialismo cultural” que cristalizó ese sempiterno best-seller para manteros en la puerta de facultades de sociales que es Para leer al Pato Donald. Pero que no existe igual consenso sobre cómo seguir adelante para pensar el complejo problema de la producción, circulación y consumo de productos culturales masivos en el globalizado mundo contemporáneo. Sobre todo cuando “lo popular” sigue siendo un imperativo a la hora de hablar sobre cultura.

Acá viene bien la capacidad del peronismo de metabolizar contradicciones, de habitar el oxímoron. De echar a Donald y a Mickey de la plaza, pero invitarla a Daenerys Targaryen. Y, sin embargo, la apropiación, los usos y abusos que hacen los argentinos de productos culturales masivos importados aparecen como un lugar incómodo. Un desborde de lo “pop” que se le escapa por no ser “nac”.

Como afirmo en cualquiera lugar que me lo permita, considero que Los Simpsons son uno de los fenómenos culturales más importantes de los últimos 40 años en nuestro país, haciendo gala de una transversalidad que envidiaría el Martin Fierro. Un romance que es canónico, como prueba el documental que realizó Morgan Spurlock con ocasión de los veinte años de la serie animada, en el cual el cineasta vino específicamente a Argentina por saberlo el lugar más fanático de la familia amarilla en el mundo. Único donde The Simpsons Movie fue la película más taquillera del 2007, hay una taberna de Moe real, y dos argentinos se metieron en problemas legales por producir cerveza “Duff”.

A fuerza de décadas de repeticiones en aire y cable por igual, y lo que el teórico italiano Marco Pellitteri llama el “modelo de sinergia espontánea”, es decir, una masa de merchandising de baja calidad creados sin demasiado planeamiento y expresamente para usufructuar un inesperado éxito en TV, la serie animada se ha transformado en un lenguaje simbólico que lo abarca todo. Un sistema de referencias en las que caben tanto las penurias y alegrías del tipo laburador como las vacaciones soñadas en un parque temático en Miami. Masivo, pero también cabalmente popular. Con la explosión del Internet 2.0, la obsesión amarilla se codificó en un alfabeto de memes, que trascienden barreras ideológicas que parecen infranqueables, burlándose por igual de Cristina y de Macri, de las aborteras y del feto ingeniero. Todas las banderas lo tienen a Homero Simpson, desde los trapos de la barra más pesada a la insignia de egresados de la escuela más cheta.

En el último lustro, la evaluación de los productos culturales etiquetados como cultura masiva ha tenido una recepción más amable de la mano de una mirada feminista. Lo dice Fátima Pecci Carou, quien encontró en “las batallas culturales que tenemos que dar las mujeres, lesbianas, trans” el puente entre Evita y las “femininjas guerreras”. Este es un tópico común en la biografía de mujeres artistas contemporáneas, especialmente aquellas que producen historietas, quienes evocan en las heroínas empoderadas de Sailor Moon y les protagonistes que escapan a la binaridad que abundan en el manganime una influencia definitiva y formadora que venían a cortar con tanto Batman y Fierro.

No existe la “sustitución de importaciones” en el comercio cultural. No es tan fácil como sacar al Pato Donald y poner a Zamba, especialmente si querés saber cómo sigue Game of Thrones

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Había algo profundamente desestabilizador en esos dibujos importados que traficaban desde una cultura lejana “ambigüedades generadas por personajes que se escapan de la heteronorma”. Mientras todavía “poníamos” a Francella en el prime time local y nos reíamos con el sketch “la nena”, en los canales infantiles tuvimos nuestro primer contacto con la atracción sentimental y sexual entre personajes del mismo sexo, así como otros que desafiaban el binarismo sexogenérico del mundo en que vivíamos.

Todo esto no quita que el tema de los números sea complejo, el salto de la ESI a la ISI una dificultad. Por un lado, porque no existe la “sustitución de importaciones” en el comercio cultural. No es tan fácil como sacar al Pato Donald y poner a Zamba, especialmente si querés saber cómo sigue Game of Thrones. Por otro, porque esos hábitos de consumo cultivados en los noventa, esos sueños de atraso cambiario que hacen a proyectos y metas de las personas que componen el inmenso universo inmenso de quienes se imaginan a sí mismos como clase media, le suman presión a una balanza comercial deficitaria.

Moreno’s Disney World

Cuenta la leyenda que durante la década pasada Guillermo Moreno, todavía en funciones como Secretario de Comercio Interior, sentó a los representantes locales de los grandes estudios de Hollywood. Apuntando sus cañones al de Disney, el funcionario recordó que Walt Disney había visitado Argentina a comienzos de los cuarenta en medio de la producción de Saludos Amigos y Los Tres Caballeros (parte, además, de una estrategia geopolítica financiada por el Estado norteamericano para contrarrestar la diplomacia del Eje en la región). Sugirió entonces que el norteamericano “era ‘un jodido’ que ‘se robó la idea de Bambi’ de los bosques del sur”. “’A ver si no nos terminan debiendo guita ustedes’”, sentenció.

A la hora de proponer soluciones al nudo gordiano del comercio cultural, Moreno osciló entre la vieja doctrina de la sustitución de importaciones, proponiendo que “’por cada película que estrenan [las distribuidoras hollywoodenses] en el país, tienen que producir o exportar una argentina’”, y demandar que Universal instale “un parque temático como los que la compañía tiene en Orlando o Los Ángeles para equilibrar la balanza comercial negativa”.

Inmersos en el laberinto de la circulación global de productos culturales, donde se sigue ninguneando por prurito ideológico a los ejemplos más exitosos de exportación (todo lo que hizo Cris Morena), y el prime time convalece entre telenovelas turcas, la repetición de formatos de realities importados y una  ficción nacional que no convence a nadie, quizás no sea tan mala idea que, en lugar de echar a los Simpsons, los invitemos a que se muden al conurbano.

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