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02 de mayo 2022

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

UN RINCÓN PARISINO

Tiempo de lectura: 7 minutos

Obligados por la institución en la que trabajábamos en aquel entonces a llevar a la profesora invitada a tomar un café, elegimos un bar al que íbamos habitualmente, no por su carácter, ni por su belleza, ni por el anís que servían de noche, sino porque era el que nos quedaba más cerca de casa. La profesora, nunca sabremos si de modo sincero y natural, porque estaba de viaje, en otro continente, y eso la llevaba a comparar, con las mejores intenciones, lo nuevo con lo ya conocido o, por el contrario, irónicamente, porque le emergieron, en el extranjero subdesarrollado, aires imperiales o de superioridad, comentó, recién sentados a una mesa de chapa, a la sombra de unos jacarandás: “esto parece un rincón parisino”. Así pasamos a llamar desde entonces a nuestro discreto bar y allí nos encontramos el mes pasado con un amigo, quien hacía por lo menos dos años que no andaba por acá, pero conocía el repertorio de señales del mapa interior.

Yo pensé en Jacques Prévert. No en toda su obra, sino en un poema específico de ciudad y guerra escrito en versos simples que de algún modo podían ser recordados por cualquiera como, en general, se recuerdan los poemas: de a pedazos, de a estribillos

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Había, esa mañana, esa porquería de luz de marzo atravesando la débil resistencia del follaje de los jacarandás, y unas moscas verdes titilando en los bordes de los pocillos recién usados confirmaban la arrogancia del calor que nos seguía por lo menos desde octubre. Nuestro amigo llegaba cargado de noticias personales, visto que aquella promesa que había hecho antes de irse, citando unos versos juveniles de Oscar Taborda (“de bodas/ nacimientos/ y muertes/ nuestras cartas ya te tendrán al tanto”) no había sido cumplida en absoluto y sólo sabíamos de él por vagas informaciones, medio incomprobables, que ordenadas cronológicamente, decían así: Se ve que se enamoró de una mujer casada. Se ve que se separó, pensando que ella también se iba a separar. Se ve que ella no se separó. Finalmente, puesto a contar unos hechos simples que encadenaban una vida común, pero con unos hipérbatos que recordaban las estructuras sintácticas de sus primeros grandes libros y volvían al relato casi incomprensible, como si, en efecto, le costara contarlo, confirmó la versión en toda la línea. No se trataba del final del amor. Ni de una ruptura drástica, de esas que no se ven venir. Se trataba de un amor que se había quedado en pura potencia. Un amor que hubiera podido ser y que, aún, habiendo mostrado sus primeras señales (unos correos intencionados, una tarde caminando tomados de la mano por la costanera, en otro país, los tiempos muertos de la ensoñación) se había desvanecido sin empezar. Ahí se nos vino encima un poema de José Emilio Pacheco quien, con menos, tal vez, justamente, porque era menos (un intercambio de cien palabras, un brillo en los ojos, el roce de las manos que se despiden) sugiere sacar del territorio del amor a la ingrata experiencia de nuestro visitante. Esa variante del amor, le hubiera dicho, de haber estado sentado en nuestra silla, ese instante sin futuro, nunca puede llamarse amor:

Y ahora una digresión: consideremos/ esa variante del amor que nunca/ puede llamarse amor./ Son aislados instantes sin futuro.// En la ciudad donde estaré tres días/ nos encontramos./ Hablamos cien palabras./ Pero un brillo en los ojos, un silencio/ o el roce de las manos que se despiden/ prende la luz de la imaginación.// Sin motivo ni causa uno supone/ que llegó pronto o tarde/ y se lamenta/ (“No habernos conocido…”). // Y sin quererlo ni saberlo/ entraste en un célibe harén de sombras y humo.// Intocable,/ incorruptible al yugo del amor,/ viva en lo que llamó De Rougemont/ la posesión por pérdida.

El poema, como lo anuncia su título, “Ô toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais!”, es una digresión, una continuación, o un comentario del final del famoso poema de Baudelaire, “A une passante”, que todos habíamos leído y estudiado en la versión masiva de Nydia Lamarque: “tú, a quien yo hubiera amado, tú, que lo comprendiste!”.

“A una transeúnte”

La calle aturdida en torno de mí aullaba./ Alta, fina, de luto, dolor majestuoso,/ una mujer pasó, que con gesto fastuoso/ recogía las blondas que su andar balanceaba.// Ágil y noble, con esa pierna de escultura./ Por mi parte, bebí, como un loco crispado/ en su pupila, cielo del huracán preñado,/ placer mortal y al tiempo fascinante dulzura.// Un relámpago…¡y noche! — Fugitiva beldad/ cuya mirada me ha hecho de golpe renacer,/ ¿no he de volver a verte sino en la eternidad?// ¡Lejos de aquí! ¡O muy tarde! ¡O jamás, ha de ser!/ Pues dónde voy no sabes, yo ignoro a dónde huiste,/ ¡tú!, a la que yo hubiera amado, tú que lo comprendiste!

La conversación de poetas de ciudades no podía prescindir de quien ostentaba, desde hacía cuarenta años, en nuestros paseos, en nuestras conversaciones telefónicas, en nuestras cartas escritas a máquina, en nuestros mails, el título de maestro principal: Constantino Cavafis

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Y entonces, a cuatro manos, medio a los gritos, sobre servilletas, olvidados del calor, del sol que, como un foco seguidor, acompañaba nuestros sucesivos desplazamientos de mesa, en busca de una sombra imposible y, también, olvidados de las asquerosas moscas verdes, subrayamos, imprevistamente, el mote con que la profesora viajera había bautizado el lugar, y escribimos nuestra propia versión del poema, en prosa:

“A una que pasa”.

La calle, como si fuera perro o, mejor, lobo, aullaba a mi alrededor. Era, la mujer que pasó, alta, sí, y fina también, de negro era, de luto de no sé qué dolor y tenía andar majestuoso, sí, ágil, piernas de escultura de mármol, de esas que no hay en los museos de acá. Antes, apenas antes de que terminara de pasar, tomé, como un loco, de su pupila, que parecía un cielo cargado de huracán, un trago de placer mortal y de fascinante dulzura. Un relámpago,y la noche después, más negra que su ropa, una belleza escapándose que me hizo, de golpe, renacer. ¿Es que no te volveré a ver hasta la eternidad? ¿O lejos? ¿O tarde? ¿O nunca? Porque el asunto es que  voy para donde no sabés, y que ignoro hacia dónde huiste. Vos, a quien yo hubiera amado, vos, que lo entendiste.

José Emilio Pacheco.

Hablamos de poetas de ciudades. Tenían que estar muertos. No tenían que ser argentinos. El visitante, un poco jactancioso, como si tuviera en la mano una pierna de ases, dijo, sin dudar, en este orden: Umberto Saba, Giorgio Bassani, William Carlos Williams. Y acompañó cada nombre con el de una ciudad, real o imaginaria: Trieste, Ferrara, Paterson. Yo pensé en Jacques Prévert. No en toda su obra, sino en un poema específico de ciudad y guerra escrito en versos simples que de algún modo podían ser recordados por cualquiera como, en general, se recuerdan los poemas: de a pedazos, de a estribillos. Lo tradujimos, otra vez a mano alzada, en prosa, así:

Acordate, Bárbara: llovía sin parar ese día en Brest. Vos caminabas bajo la lluvia sonriente, floreciente, encantada, empapada. Acordate, Bárbara, llovía sin parar en Brest y nos cruzamos en la calle Siam. Sonreíamos los dos. No nos conocíamos. Pero acordate, Bárbara, acordate de ese día. Un hombre que se resguardaba de la lluvia bajo el techo de un zaguán gritó tu nombre, Bárbara, y vos corriste bajo la lluvia floreciente, encantada, empapada y te tiraste en sus brazos. Acordate de eso, Bárbara. Y no te enojés si te tuteo: tuteo a todos a los que amo, así los haya visto una sola vez, tuteo a todos los que se aman, aunque no los conozca. Acordate, Bárbara, no lo olvidés: esa lluvia calma y feliz, sobre tu cara feliz, sobre esa ciudad feliz, sobre el mar, sobre el arsenal plantado frente al mar, sobre el barco que iba a la isla de Ouessant. Ay, Bárbara, qué estupidez la guerra. ¿Dónde estarás ahora, bajo esta lluvia de hierro, de fuego, de acero y de sangre? ¿Y el que te recibía amorosamente en sus brazos estará vivo, muerto, desaparecido? Bárbara: llueve sin parar en Brest, como llovía antes. Pero ya no es igual: está todo roto. Es una lluvia de duelo terrible y desconsolado. Ya no es ni siquiera una tormenta de hierro, acero y sangre. Son simplemente nubes que revientan como perros que desaparecen sobre el agua de Brest y van a pudrirse lejos, muy lejos de Brest, que ya no existe. 

Nuestro amigo llegaba cargado de noticias personales, visto que aquella promesa que había hecho antes de irse, citando unos versos juveniles de Oscar Taborda (“de bodas/ nacimientos/ y muertes/ nuestras cartas ya te tendrán al tanto”) no había sido cumplida en absoluto

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La conversación de poetas de ciudades no podía prescindir de quien ostentaba, desde hacía cuarenta años, en nuestros paseos, en nuestras conversaciones telefónicas, en nuestras cartas escritas a máquina, en nuestros mails, el título de maestro principal: Constantino Cavafis. No tanto (aunque también) el poeta de las ciudades históricas (Delfos, Roma, Itaca, la vieja Alejandría, Sidón) sino el de los esbozos realistas de su propia Alejandría de principios del siglo XX, circunscripta a unos escenarios muy específicos (un café, un garito, una taberna, una calle estrecha y sucia, una pieza de un hotel de mala muerte, una recámara) donde casi siempre es de noche. Y a unos personajes muy específicos también, siempre jóvenes, seductores, encantadores, bellos, ardientes, de labios voluptuosos, purpúreos, bocetados desde la ambivalente perspectiva serena (finalmente serena) y sin embargo ansiosa de la vejez. Por eso, al final, de todos, y antes de despedirnos elegimos uno, llamado, justamente, “Un viejo”, en el que tal vez se confundieran una imagen en fuga del propio Cavafis, quien lo escribió siendo aun un joven de 34 años, y en una perspectiva no inmediata, pero acechante, la nuestra. Y en base a todas las versiones que encontramos en el teléfono, lo escribimos así:

Un viejo está sentado al fondo del café, inclinado sobre una mesa, leyendo el diario. Piensa en lo poco que ha disfrutado de los años en los que tenía fuerza, elocuencia y belleza. Se da cuenta de que está hecho un viejo y sin embargo le parece que era joven hasta ayer y que el intervalo fue brevísimo. Piensa que la Prudencia (que le decía “Mañana, todavía tenés mucho tiempo”) le mintió. Y recuerda cuántos impulsos contuvo, cuánta felicidad sacrificó en nombre de esa Prudencia, a la que ahora detesta. Pero tantos pensamientos aturden al viejo, que se duerme apoyado en la mesa del café.

Constantino Cavafis.

Bibliografía

Oscar Taborda y otros. Con uno basta. Rosario: ediciones La hoja de poesía, 1982.

José Emilio Pacheco. Irás y no volverás. Poemas 1969/ 1972. México: FCE, 1973.

Baudelaire, Charles. Oeuvres. Paris: Bibliothèque de la Pléiade, 1938.

Baudelaire, Charles. Las flores del mal. Traducción y prólogo de Nydia Lamarque. Buenos Aires: Losada, 1976.

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