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06 de agosto 2022

Juan Di Loreto

UN PUNTO NO ES UN FINAL

Tiempo de lectura: 5 minutos

Ya no hay nada que hacer. Ya está. Una escritora o un escritor, en algún lado, puso punto final. Ya lo había hecho antes, claro. Envió el manuscrito, lo revisó el editor, los correctores, volvió a sus manos y listo. El cuerpo del texto entra a imprenta. Es el momento en que libro y escritor se separan para siempre. El manuscrito lleva su firma, pero su vida ya es de los lectores anónimos, de las conversaciones, de los que lo van a reseñar y criticar, de los que lo van a presentar o leer en jornadas, los que lo van a citar, copiar, desmembrar, parafrasear, postear, fotografíar…

Todos se van a apropiar del texto, pero quien lo escribió queda al margen, en un duelo extraño, íntimo, un poco absurdo tal vez. Porque es el duelo de quien ha perdido algo creándolo. Hay una obra nueva, pero que el escritor pierde. A cada lectura su texto huye un poco más ante los ojos de un extraño. “El día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza”, decía Marguerite Yourcenar. Pero hay otro estado que vive solo aquel que ha escrito un libro: el vacío, la nada, la angustia de terminar un proyecto de escritura. Tenía tanto y ahora no tengo nada. El libro es la ausencia del escritor. ¿Pero esto será realmente así? ¿Se angustian cuando terminan de escribir? ¿Qué les sucede mientras la obra se está escribiendo? ¿Qué significa un libro terminado?

Escribir es siempre una especie de vaivén entre el entusiasmo y la depresión. Uno sueña una novela que pertenece al reino de las posibilidades

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Comienzo mi pequeña indagación consultando a Ingrid Sarchman, escritora y ensayista. Cuenta que siente alivio al terminar una obra. Pero todo se da en una serie de estados asociados a la escritura. “Cada vez que me pongo a escribir (no importa si es algo corto o largo) tengo una idea que, muchas veces, no sé si lograré plasmarla tal como la pienso. Entonces, terminar algo, cerrarlo, me alivia.” Pero lo que la inquieta no es la conclusión de la obra en sí, sino lo que viene después. “Me da un poco de ansiedad la recepción. Es decir, si es una nota o un ensayo, quiero que el editor (o quien me la haya pedido) la lea y me haga una devolución. No voy a negar que necesito y busco la aprobación de quien lee.” Por último, Sarchman me dice: “No siento ese vacío que mencionás, porque, por suerte (o no) nunca paro de escribir. En el caso de la ficción, tardé bastante entre la escritura de la primera novela (Respiración ovárica) y la segunda (inédita) porque no encontraba un tema que me interesara especialmente. Cuando lo encontré, me senté a escribir y volvieron a aparecer, primero el alivio, luego la ansiedad. Supongo que, en ese caso, tampoco sentí angustia porque la ficción es algo en lo que no me siento tan presionada como en el ensayo”. Porque claro, el ensayo es más imprevisible.

Mariana Skiadaressis, escritora, adelanta: “En mi caso no hay vacío”.  Explica al respecto: “Cuando creo que llegué a la escena final de una novela, primero siento un gran alivio, la sensación de haberme sacado un enorme peso de encima y felicidad por haber logrado la proeza de tener un libro más en puerta”. Ponerle fin también es el inicio de la búsqueda de una oportunidad: “Tengo que salir a buscar editorial, conseguir contactos de editores, mandar mails…”. Pero hay una concepción más profunda en ese buscar, no existencial, pero sÍ algo tiene que ver con el amparo de la palabra producida, hecha texto, pero en su forma de materialidad más fuerte: “Hasta ahora tuve la suerte de que dos hermosas editoriales como Entropía y Nudista me dijeran que sí. No lidio bien con los rechazos, pero son parte de terminar un libro en esta intemperie de no tener una editorial segura que me cobije, no por nada les dicen casas editoriales”. Pero con Siempre las sombras, Skiaradessis aleja un poco esos fantasmas de no encontrar lugar y sobre la angustia concluye: “Como siempre estoy escribiendo algo, nunca hay un vacío, siempre algo se está cocinando, no sin sus asperezas, claro. Escribir es arduo, pero nada que sea fácil me interesa en verdad”.

“El día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza”, decía Marguerite Yourcenar. Pero hay otro estado que vive solo aquel que ha escrito un libro: el vacío, la nada, la angustia de terminar un proyecto de escritura

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En ese momento me acuerdo de Pablo De Santis y El buscador de finales. Él, que siempre está inventando laberintos de historias, quizás sepa lo que es la angustia. Pero su respuesta es contundente: “Nunca me pasó que al publicar un libro sintiera ese vacío”, dice. Su proceso de escritura no es lineal, sino que se disemina en una simultaneidad de escenas. Explica: “Trabajo en varias cosas a la vez, y escribo más de lo que publico, así que tengo siempre algunas novelas inéditas que por una razón u otra no me decido a editar”. Hace una pausa larga. Mira algo indeterminado y luego ensaya un gesto con las manos: “Pero recuerdo que Ricardo Piglia me comentó una vez, hace muchos años, cuando acababa de salir La ciudad ausente, que al terminar una novela no podía empezar de inmediato otra. De algún modo quedaba atrapado por las lecturas que iba teniendo esa novela, hasta que pasaba un tiempo y podía empezar de nuevo”. En algún punto se encuentra con la ansiedad que nombra Sarchman antes. De Santis aprovecha y va un poco más allá y me dice: “Escribir es siempre una especie de vaivén entre el entusiasmo y la depresión. Uno sueña una novela que pertenece al reino de las posibilidades. Luego, ya en las librerías, forma parte de la más modesta región de los hechos. Y toda esa carga de ilusiones que el escritor siempre lleva consigo las muda a su próximo libro”. 

Las luces del atardecer se mezclan con la indiferente palidez del alumbrado público. Recibo el correo de Martín Kohan, el autor de Confesión y La vanguardia permanente entre otras obras. Cuenta: “En mi caso no ha habido nunca ninguna angustia, ningún vacío. Diría que me pasa lo contrario: si llegué hasta el final del libro, eso significa que resultó, que me salió”. Lo que sí aparece es la incertidumbre misma del proceso: “Un libro podría siempre trabarse, naufragar a mitad de camino, quedar trunco, frustrarse. Terminarlo significa que nada de eso pasó. Se disfruta mucho de escribir, pero está siempre esa zozobra: ¿saldrá? Llegar al final significa que salió. Lo que aparece después, más que un vacío, es un tiempo disponible. Eventualmente disponible para escribir (otra cosa, otras cosas). De manera que tampoco sentí ahí ninguna angustia”. Por último, Kohan cuenta un poco cómo se da en su caso el escribir una obra de largo aliento: “Aclaro que la escritura de los libros nunca me lleva demasiado tiempo; suelen ser dos o tres meses, no mucho más. Quiero decir: no conozco la situación de estar con un libro entre manos durante uno o dos años. Seguramente ahí las cosas cambian”.

Es de noche en todas partes, aquel escritor hipotético que estaba un poco atormentado por haber llegado al final se desvanece. Era un mero artilugio para ver qué singularidad había detrás de eso que podemos llamar “fin de obra”. Luego de la conclusión de un libro vemos que pasan muchas cosas. El escritor perdura secretamente en nuestros fatigados oídos y sabemos, sí, que delante solo tenemos “los ponientes y generaciones”.

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