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06 de mayo 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

UN POEMA PEGADO EN LA HELADERA

Tiempo de lectura: 8 minutos

En el frente de la heladera de la casa de mi mamá hay distintas publicidades imantadas: La Rápida. Destapes y desagotes; Lo Moro. Farmacia y Medicina complementaria; El Sandwicheto; Fausto. Brasería; Servicio técnico Drean; Urgencias; Electricista Martín Arias; Diego Mottura. Servicio integral de la ropa; +Guap. Estética de manos y pies; Senda. Enfermería. Pero en uno de los lados de esa misma heladera, hay pegado un poema de Francisco Madariaga, “Viaje estival con Lucio”, recortado, por lo que se ve, de la página del diario La Nación. Como la hoja amarillea, la publicación ya debe tener sus años. Las referencias de la dueña de casa son personales y no ayudan a precisar un fecha: “Tu padre vivía”.

A fines de los años 1990 entrevisté en Rosario a Juan José Hernández. Estaba alojado en el hotel Savoy. Más bien, en lo que en aquel entonces quedaba del viejo hotel Savoy. Hernández no perdía la ilusión de vivir en un país que aun no se había caído a pedazos –cosa que era sin embargo evidente- y me propuso que la entrevista la hiciéramos en el comedor del hotel, mientras él desayunaba. Pero el comedor hacía rato que estaba clausurado y entonces desde el hotel mandaban a sus huéspedes a desayunar a un bar decrépito, unos metros más allá, que también funcionaba como kiosco y donde además vendían loterías y cobraban las estadías de un estacionamiento contiguo. Impertérrito, Juan José tomaba su café quemado en esa microscópica romería, como si estuviera en París en 1960 y si algo extrañaba de los años viejos era que en el pie de la tapa del suplemento literario de La Nación ya no se publicaran poemas. “Ahora publican publicidad”. Me lo dijo compungidoy rabioso a la vez. La materia había vencido al espíritu, justamente en el lugar donde este residía, para Hernández y para muchos de sus compañeras y compañeros de esa gran generación de poetas y narradores: en el suplemento literario de La Nación. Fueron, se ve, plegarias en algún momento atendidas, pues unos años después, como lo corrobora el recorte pegado en la heladera de la casa de mi mamá, los poemas volvieron a La Nación. Al verlo, sin embargo, en cada una de mis visitas, y leerlo cada vez, al punto de saberlo ya de memoria, entendí que el reclamo de Hernández no era sólo espiritual. Un poema publicado en un diario contiene no un destino, pero sí una posibilidad de destino diferente al publicado en un libro (que es de algún modo sagrado: no se rompe). Mi mamá, de hecho, no arrancó la página de ninguno de los libros de su biblioteca de poesía. Ahí están. Tal vez, muchos, no leídos. Pero enteros. Al del diario lo arrancó, lo cortó, lo pegó en la heladera. Este es:

—Aquí ya empiezan a haber caballos—

            me decía.

Y el viento del nordeste comenzaba a ser verde

            entre los colores del agua de la infancia.

Estábamos ya muy lejos de los bronces, los

            mármoles y los floreros pintados “al gusto de

            la familia” en los cementerios municipales.

Todo aquello quedaba atrás, y el sueño del viejo

            tren casi fluvial nos envolvía.

Mi pequeño hijo de siete años y yo teníamos en

            las manos las ramas de las estrellas y

            el resplandor lentísimo de los ríos rosados,

            donde sangraba el sol de los caballos, las

            vaquerías y las antiguas guerras.

Era el primer viaje solos en el tren marrón que

            no quiere morir.

Un poema publicado en un diario contiene no un destino, pero sí una posibilidad de destino diferente al publicado en un libro (que es de algún modo sagrado: no se rompe)

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En el 2000 o 2001 fui al Festival de Poesía de Medellín. Me regalaron un cd con lecturas de poetas invitados en ediciones anteriores. No me acuerdo de ninguno, salvo del poema de Madariaga. Del poema, y de la voz de Madariaga, cantándolo. Lo escuché cientos de veces. Había, esto me resultaba enigmático y atractivo, una disociación entre la fecha del poema, que se había publicado en libro en 1997, es decir que era un poema relativamente nuevo, y cierto aire (condensado en algunas palabras o conjuntos de palabras –cementerios, viejo tren, morir-) que me hacía pensar que el mismo poema era “viejo” y que yo me lo había perdido (en tanto noticia, o novedad). Un viejo poema de Madariaga, tal vez perteneciente a sus libros de los años 1950, que se me había pasado por alto y sobre el que no había tenido oportunidad de decirle nada a su autor, habiendo tenido ocasión: hacerle un saludo como lector, en términos personales. Pero el poema era nuevo. Y cuando yo lo escuchaba en ese cd, Madariaga ya había muerto. Hace poco encontré en youtube una lectura suya en la Universidad de Entre Ríos. Madariaga lee, en 1998, poemas del recién publicado País Garza Real. Cuando presentó el poema, que unos años después mi mamá recortaría del diario y pegaría en la heladera, recordó que en 1992 se había enterado por los diarios de la firma de un decreto presidencial según el cual se suprimiría la mayoría de los trenes de pasajeros. Entre ellos, dice Madariaga, “nuestro viejo tren Nordeste argentino, que antes había sido el Ferrocarril de Entre Ríos, en el cual yo viajé desde que nací, hasta esa época,de Corrientes a Buenos Aires y de Buenos Aires a Corrientes”. Dada la noticia, invitó a su hijo Lucio, que tenía 7 años, a que conociera el tren. E hicieron juntos ese viaje, por única y por última vez.No es entonces que el poema fuera viejo, sino que como en el proceso de acumulación que da como resultado una piedra de carbón mineral, juntaba años, más de sesenta, de viajes entre Corrientes y Buenos Aires, en ese “tren casi fluvial”, encerrado “al borde de los/ esteros nocturnos”, había escrito en otro poema, que ahora dejaba de correr. Y que sus imágenes (“las ramas de las estrellas”, el viento del nordeste que “comenzaba a ser verde/ entre los colores del agua de la infancia”) surgían (ese es el verbo que usa Madariaga en la Universidad: “surgió el poema”) no solamente después de ese viaje con Lucio, sino como decantación, magnificente y ultrasensible, de años de percepciones y de ventanillas. Siempre cambiantes, pues no es lo mismo lo que vemos cuando se viene que cuando se va. Y a veces, para complicar un poco las cosas, cuando uno de los puntos terminales del viaje es la casa natal, ni siquiera sabemos si estamos en camino de ir o de venir.

Arnaldo Calveyra en la cocina de su casa en París, 2011.

Me costó un rato (que llevó años, también: mi propia piedra) entender por qué mi mamá había elegido activamente (arrancar, recortar, pegar) ese poema. No lo terminaba de ver. Tal vez porque yo hacía una proyección mecánica de los personajes del poema y de su vínculo filial al nuestro. En ese poema, leído por mi mamá –según entendía yo que lo leía ella- y para decirlo de manera un poco primitiva, yo era el niño de 7 años que viajaba por primera y última vez solo con ella, en un tren que no quería morir. Y eso no me daba nada (o me lo daba muy forzadamente). Luego, en un momento, mi padre ya no vivía. Yo iba a visitar a mi mamá, entre la tarde y la noche, a la hora, escribiría Madariaga, en que sangraba el sol. Hablábamos, tomábamos whisky. Mi mamá, más que de mi padre, me hablaba del suyo. Se emocionaba. Los recuerdos de un pasado que ya tenía más de 80 años emergían nítidos y desplazaban a los más próximos. Finalmente, cuando una mañana vi a mi mamá restaurar el papel de diario que tenia impreso el poema para volverlo a pegar en la pared de la heladera, me di cuenta de que en el poema la niña era ella, que viajaba por última vez con su padre en un tren que ya no volvería a salir, dejando atrás los cementerios municipales con floreros pintados pero, a la vez, como el camino era tanto de ida como de vuelta de la casa natal, yendo hacia ellos, hacia sus bronces, hacia sus mármoles donde, al fin, cuando llegaran, terminaría todo recuerdo y toda conversación. Morir, como el tren marrón, aunque no se quiera morir.

cuando una mañana vi a mi mamá restaurar el papel de diario que tenia impreso el poema para volverlo a pegar en la pared de la heladera, me di cuenta de que en el poema la niña era ella

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En 1957, Arnaldo Calveyra escribió Cartas para que la alegría, publicado dos años después. Nacido en Mansilla, en la provincia de Entre Ríos, Calveyra vivía entonces entre La Plata, donde estudiaba Filosofía, y Buenos Aires. Treinta años después recordaría el bamboleo del subterráneo de la línea A a Caballito que había tomado tantas veces para ir a visitar a Carlos Mastronardi. En 1960 fue a vivir a París, donde murió en 2015. El libro de 1959, reeditado por José Luis Mangieri en 1988 (esa fue la edición que supuso la vuelta de Calveyra a sus lectores de acá), comienza con este poema en prosa:

            El viaje lo trajimos lo mejor que se pudo. De todas las mariposas de alfalfa que nos siguieron desde Mansilla, la última se rezagó en Desvío Clé. Nos acompañamos ese trecho, ella con el volar y yo con la mirada. Venía con las alas de amarillo adiós, y, de tanto agitarse contra el aire, ya no alegraba una mariposa sino que una fuente ardía. Y corrió todavía con las alas de echar el resto: una mirada también ardiendo paralela al no puedo más en el costado de tren que siguió.

            La gallina que me diste la compartí con Rosa, ella me dio budín.El tren es casi lo mismo que andar en mancarrón.

            Los que tocaban guitarra cuando me despedías vinieron alegres hasta Buenos Aires.

            Casi al mediodía entró el guarda con paso de “aquí van a suceder cosas”, y hubo que ocultar a cuanta cotorra o pollo inocente de Dios se estaba alimentando.

            En el ferry fue tan lindo mirar el agua.

            ¿Y sabes?, no supe que estaba triste hasta que me pidieron que cantara.

Calveyra se va de Mansilla, la casa natal, en un tren (tal vez del mismo Ferrocarril de Entre Ríos del que habla Madariaga) que viene lento como caballo mancarrón. Su destino inmediato es Buenos Aires, pero el definitivo, aunque aun no lo sepa, es París, donde se casará, tendrá hijos, escribirá el grueso de su obra. ¿Si lo supiera estaría contento? No podemos saberlo. Sabemos que probablemente su mamá, a quien está dedicado el libro, le regaló una gallina como vianda para el viaje, que él compartió con su compañera de asiento, de quien rápidamente supo su nombre, Rosa, (una reverencia a la exorbitada y encantadora sociabilidad de Calveyra) quien a su vez lo convidó con budín. Hay un detalle compositivo en el poema de altísima factura. Calveyra, que parece estar hablando con su mamá, le dice, en un momento del poema, que los que tocaban la guitarra cuando se despidieron en el andén “vinieron alegres hasta Buenos Aires”. Parece un detalle de color o de contexto. Unos guitarreros, medio tomados, como personajes secundarios del poema. Como el guarda picando boletos. Como los viajeros que llevaban de contrabando cotorras o pollos vivos. Pero, en un momento, los borrachines se expanden en el vagón. Quieren, cómo no, que canten todos. Y sólo cuando le piden que cante, Calveyra supo que estaba triste. El verbo es fundamental. No es que se puso triste al cantar. Sino que se le reveló, supo, que ya estaba triste. Desde que se había subido al tren, desde antes quizás. Desde cuando tomó la decisión (sin embargo irrevocable) de irse de Mansilla, y de irse de su mamá. A la mía, tal vez, le pasó lo mismo cuando decidió irse, a los 18 o 19 años, de Santiago del Estero a Buenos Aires, en tren.

Francisco Madariaga

Bibliografía

Francisco Madariaga. País Garza Real. Buenos Aires, Argonauta, 1997.

Arnaldo Calveyra. Cartas para que la alegría – Iguana, iguana. Buenos Aires, Libros de Tierra Firme, 1988

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Comentarios

  1. Patricia Supisiche

    el 07/05/2021

    La emoción y la sutileza. Hacia mucho que las letras no me hacían llorar

  2. Guille Vergani Mior.

    el 11/05/2021

    Lo perdido y no tanto que resiste como raíz de algarrobo talado. Mientras alguien lo haga palabra, canto y esperanza, el poema, el tren, la niñez nunca mueren!Guille Vergani Mior.

  3. Gualberto

    el 11/05/2021

    Tiene magia la poesía no siempre me gusta pero esto es bueno

  4. Carlos

    el 11/05/2021

    Uno que escribe.

  5. Valeria

    el 14/05/2021

    Hermoso, Martín. Muy lindo de leer.

  6. Ele

    el 14/05/2021

    El tren vuelve en las palabras. Gracias.

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