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30 de octubre 2021

Ivan Vivas

UN AMOR QUE REDIME CON ALGO MÁS QUE DOS GOLES

Tiempo de lectura: 6 minutos

Apenas dieron las 0.00 del 30 de octubre de 2021, las redes comenzaron a plagarse de fotos, frases, entrevistas y homenajes a Diego. Como cada cumpleaños, el pueblo argentino lo celebraba. Hoy, sin embargo, la cosa es distinta. Es la primera vez que el rito se produce sin Diego acá, en este barrio. Sin embargo, acá estamos todos nosotros.

La inclinación constante de los maradonianos a hablar de Diego en términos religiosos es llamativa. Vinculamos su vida y lo que ella significó para nosotros con algo mágico, misterioso, indescriptible. Las articulaciones teológicas cristianas, los aspectos del pensamiento mítico griego o de la religiosidad popular argentina se funden en una imagen que lleva la cara del astro y la camiseta del 10. A la hora de dar cuenta del amor hacia Diego, al momento de transmitir los sentimientos que siempre ha despertado en su pueblo, aplicamos el filtro de lo trascendente. Como si necesitáramos pensar en él en términos extrahumanos, extraterrestres, por fuera de lo cotidiano y de lo finito. Este modo de hablar de Maradona desde una óptica de lo trascendente hace que a su figura se le acoplan casi involuntariamente una serie de adjetivos que usualmente se utilizan para los dioses o seres superiores en diferentes religiones. Eterno e infinito son, tal vez, los adjetivos que más se destacan del montón.

Pero ¿qué es esta inclinación? ¿A qué se debe esta necesidad de entender, pensar y sentir a Maradona como un ser asociado a lo trascendente? ¿Por qué será que estamos más cómodos pensándolo como un semidiós, un mesías o un santo patrono popular? ¿Qué hay en nosotros y qué hay en Diego para que esta conexión se establezca en clave de creencia o de fe?

Estas preguntas no están en la mesa para ser atendidas con respuestas cerradas, finales y, por tanto, siempre problemáticas e insuficientes. Están, en cambio, como llave de acceso para pensar –también desde lo teológico–, la forma en la que el lenguaje y el discurso religioso se mete en las pequeñas rendijas de nuestro pensamiento al momento de hablar de un amor (que consideramos) superior hacia una persona a la que no podemos ver solo como terrenal. La respuesta, en algún punto, se hace obvia. Pensar la vida de Diego solo desde el ámbito de lo terreno es casi desconocerla.  Su carácter emblemático impide que lo terreno no sea “contaminado” por lo divino.

Fuimos y somos espectadores de Diego. El rol de espectador provoca identificación. Aunque se haya dicho ya, conviene repetirlo: cada vez que Diego sufría, todos sufríamos con él; cada vez que Diego era feliz, todos éramos felices con él. En cada abrazo a sus hijas, éramos un poco mejores padres y madres; en cada frase fulminante hacia los poderes hegemónicos de la política (desde un presidente de un país o de la FIFA hasta el Papa mismo) todos nos indignamos un poco más de lo habitual (agitando fuerte el brazo, con el puño cerrado). Cada vez que él se emocionaba, todos llorábamos. Este “todos” es el plural maradoniano: porque incluso cuando haya quien se jacte de no ser parte, la palabra “todos” sigue sin mancharse.

¿A qué se debe esta necesidad de entender, pensar y sentir a Maradona como un ser asociado a lo trascendente? ¿Por qué será que estamos más cómodos pensándolo como un semidiós, un Mesías o un santo patrono popular? ¿Qué hay en nosotros y qué hay en Diego para que esta conexión se establezca en clave de creencia o de fe?

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¿Alcanza la identificación del público con la estrella para convertir a un hombre en parte de la religiosidad popular? Quizás falte algo más. Los Dioses entran en terrenos que, de un modo u otro, ya consideramos sagrados. El césped verde, la pelota de cuero, los once jugadores. El fútbol era ya, antes de Diego, una pasión nacional. Con él y con su Dios ganamos en la más alta competición internacional, vencimos al país que inventó el deporte, y lo hicimos, además, en el contexto de los años posteriores a una guerra en la cual enfrentados con el mismo país (sin necesidad de ahondar en detalles) perdimos vidas, soberanía y justicia. En la redención popular de la tragedia, Diego Armando Maradona dijo presente.

Diego fue solidario. Sus raíces y su infancia no se quedaron en las puertas de Villa Fiorito. Consideró que había causas justas, pero, sobre todo, personas a las que extender la mano. Los motivos podían ser distintos, pero las personas siempre estaban ahí. En el épico partido contra Inglaterra también hubo solidaridad. Con una causa justa, sí, pero también con la necesidad de que un país volviera a sentir algo luminoso que le permitiera vivir con intensidad en medio de las tinieblas que ansiaba dejar atrás. Me pregunto si en algún punto la identificación con Maradona no estará fundada en que, al final de cuentas, todos queremos ser solidarios como él, pero no siempre nos sale. 

Ese partido se ganó con dos goles de Diego: el primero transgrediendo las reglas del juego, el segundo transgrediendo las leyes de lo esperado en un partido. Algo inhumano. Lo trascendente es la capacidad del hombre de hacer lo que no puede hacer para conseguir que otros puedan mostrar aquello que no siempre se atreven a mostrar. El llanto ahogado, lleno de frustraciones, de anhelos y esperanzas, se fundió en un grito de gol. Las rivalidades locales se tomaron una pausa ese día, los problemas cotidianos se congelaron por aquellas horas y todo lo guardado en forma de muerte cobraba cierta forma de resurrección momentánea. Los argentinos nos dimos una suerte de licencia para juntar nuevamente las cartas y dar de nuevo. Porque lo que viene después de las grandes tragedias no siempre es una hazaña victoriosa que te devuelve las fuerzas para continuar. Aquella tarde calurosa desde México, Diego nos regaló, entre otras cosas, eso: redención. Redención individual para cada futbolero, redención para cada argentina y argentino con heridas, redención social para un país golpeado que necesitaba resucitar después del dolor y la muerte. Redimir, ¿no es acaso eso lo que hacen los dioses?

Aquella tarde calurosa desde México, Diego nos regaló redención.

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La redención siempre está asociada a la emancipación. En términos teológicos, sin embargo, está más vinculada a un acto liberador. Prometeo entrega su vida responsabilizándose por los mortales, Jesucristo liberó a la humanidad de su pecado entregando su vida en la cruz. En la religiosidad popular, el Gauchito Gil y la Difunta Correa también portan ejemplos heroicos: no piensan en sí mismos a la hora del final (el Gauchito piensa en el hijo del comisario y la Difunta Correa en su propio hijo) dando vida, liberando, redimiendo a otros. Las historias que se enlazan en las creencias de un colectivo social contienen solidaridad y entrega extrema. En el momento en el que alguien deja de pensar en sí mismo, algo se mueve en la estantería de las emociones. Eso alcanza para articular algún tipo de fe. En las religiones politeístas de los primeros siglos (tanto previos como posteriores al cristianismo), en las tres grandes religiones monoteístas, y en las diversas formas de la religiosidad popular, este es un hecho evidente que opera, siempre, de distintas maneras.

Ya es popular. Escribimos la palabra “D10S”. Reemplazamos las letras por los números. Fundimos la emblemática dorsal de Maradona con la palabra en español para hacer alusión a la divinidad suprema del cristianismo. Hablamos de su mano. De la mano de Dios que vence. Nos redimimos en Maradona. Ponemos sus fotos y sus videos, lo evocamos. En definitiva, ponemos nuestro amor a su disposición. Y es que, cuando hay amor, no hay que explicar nada. Porque cuando hay amor hay misterio. Y cuando hay misterio puede haber fe. Y cuando hay fe puede haber religión. Hemos visto a Maradona.

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