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27 de agosto 2023

Martín Rodríguez

TOCANDO EL VIENTO

Tiempo de lectura: 6 minutos

Tocar el viento y parafrasear el interrogante irónico de Zizek que organizó su manifiesto contra la tentación populista: “¿no era mejor la apatía?”. La campaña viene con reseteo. Empecemos por los que corren de atrás a la novedad.

Bullrich quedó en el medio, y le cuesta hacer pie como intermediaria en esa doble demanda de ruptura y preservación, porque si ahora tiene un destino, ese destino es llegar al balotaje contra Milei (todo el mundo repite que el libertario es número puesto en octubre). Ella se construyó, en cambio, para enfrentar al candidato oficialista que sea. Esa incomodidad lleva a la pregunta de si al menos y sólo en este juego de equilibrios Larreta no hubiera sido mejor profesional. Bullrich imaginaba un escenario contra Massa y el kirchnerismo en el que podía conjugar cierta ciencia peronista: ser la revolución y a la vez la que sofocó a la revolución violeta. Enfrentar a Massa diciendo: tengo la fuerza social de Milei y simultáneamente fui el dique de contención para que no sea Milei quien tome el poder. Algo del tan citado y brillante discurso de Perón en la Bolsa de Comercio de 1944, que solía traducirse forzosamente así: soy yo, o es algo peor que yo.

El peronismo corre de atrás con el consuelo de poner la otra mejilla: si no somos el pueblo seremos los hombres de Estado (bajo la fantasía de que eso quiere decir algo aún, en este estado del Estado). Es incomodísimo hoy hablar desde el poder, y desde un gobierno sin relato. Pero tomemos la muletilla que Gómez Bolaños había creado para El Chavo cuando le preguntaban si algo le daba vergüenza (sí, pero me la aguanto). Porque “técnicamente” el lugar más incómodo es el de Massa, pero se la aguanta. No le queda otra. Hacer contracultura oficial al estilo kirchnerista desde el Estado no le sale y no sirve. Massa es poder al desnudo, sin culpa, sin el largo “giro lingüístico” cristinista (¿se le puede decir pobre al pobre?, ¿amor al amor?), y con la mano agarrada al cable que puede hacer volar todo si lo suelta. Desde ahí, desde ese realismo sucio, apunta directo al principal rival y reinicia la campaña asumiendo que al menos con esta “sensación térmica” explosiva (ya sabemos que los votos después son libres) puede estar más cómodo que ella.

La cita

Esta semana de cita en el “Consejo de las Américas”, Massa, Bullrich y Milei expusieron ante los empresarios. Dicen que los empresarios miran con desconfianza a Milei, pero varios obviamente pidieron su ronda de café. Massa habló y fue su mejor performance desde que es candidato, y con la novedad del BRICS detrás, porque habló en lengua madre: fue realista (y capitalista). Les dijo más o menos esto: ¿ustedes se imaginan que puede ganar el presidente más ideológico en cuatro décadas? ¿A quién le van a exportar si nuestros principales socios comerciales serán tachados por comunistas? (El hilo de esa sensatez lo podría haber llevado a un argumento en el que se muerde la cola: ¿ustedes se imaginan que pierda yo, el candidato que a su vez maneja esta economía a punto de explotar?)

Parafrasear el interrogante irónico de Zizek que organiza su manifiesto contra la tentación populista: “¿no era mejor la apatía?”. La campaña viene con reseteo

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Massa fue, pongamos, didáctico. Pero, ¿cómo piensa un empresario argentino? La distancia ideológica, el desconocimiento o la desconfianza a veces terminan -paradójicamente- en la exageración de sus virtudes. Hasta por izquierda cuando se dice “clase dominante”, se coloca ahí una conciencia clarividente, el aura de una misión histórica que después cuesta encontrarla encarnada. Así como en la retórica política se usa “el poder de los gobernadores” para mencionar una supuesta dimensión romana del poder, pétrea, detrás del trono, el poder después del poder, que es inevitablemente idealizada; hay algo de eso cuando se nombra a “los empresarios”. Algo que es perfeccionado, exagerado. “¿Los empresarios están preocupados, Willy?” ¿Y cómo son los empresarios? Como son. Como a veces somos todos. Ventajeros, cortoplacistas, compradores de buzones y vendedores de buzones, audaces, corazón y bolsillo, demasiado argentinos, privatizadores o estatizadores según el viento. Alejandro Galliano y Hernán Vanoli escribieron sobre siete de ellos en “Los dueños del futuro”. Los que la hicieron después de la crisis de 2001, los que inventaron “nuevas economías”; también los que antes ofrecían salarización y estabilidad y ahora actúan con la flexibilidad por mano propia. Eso que, tiempo después, se llamó la “reforma laboral”. La reforma laboral se hizo sola.

Luis Majul, en un libro histórico publicado en los primeros noventa, los llamó “Los dueños de la Argentina”. La mejor manera de no ser fácilmente estigmatizante (y abonar al anticapitalismo de cátedra) es recordar que en el universo empresario hay de todo: los hay grandes, garcas, muy grandes, más grandes que cualquier ministro o secretario de turno (que buscan empujar una medida que les cambia el balanceo de ganancias y pérdidas), otros grandes que son muy buenos; así como hay empresarios Pyme que son hijos de la cultura del qué tienen para darme en este despacho que me haga recuperar impuestos, y también pymes luchadores contra viento y marea, de la hiperinflación al Tequila, del 2001, de la crisis de 2018, de la pandemia y la alta inflación otra vez. “Y ese hay de todo es entender que la lógica empresaria es por incentivos, y los moldea el contexto”, dice Leandro Mora Alfonsín, que conoce el paño privado y público, y suma matices a la visión del mundo empresario. Sobrevivientes y sobrevividos.

Massa debe ser de los políticos de primera línea más creyentes en ese mantra uniforme de los empresarios. Macri (quizás Milei, aunque en el foro los quiso motivar), y antiguamente Cavallo, a varios de ellos los odiaron. Prebendarios, subsidiados, lobistas de palacio, forrados en protección mediática y contrarios al emprendimiento y al riesgo. La idea de que nuestros políticos más deliberadamente pro mercado y pro capitalistas son, además, mejores amigos de todos los empresarios realmente existentes, puede ser falsa o exagerada, de mínima; aunque compartan árbol genealógico, sociedades, barrios, o tengan las mismas ideas sobre lo público. Pero el fondo de las cuitas judiciales como la causa de los cuadernos, con la exposición de esa otra parte (quienes coimeaban), también retrató la traición a su clase que quizás Macri deseaba cumplir. La sangre prometida. La sangre en el ojo. Los freudianos para principiantes dijeron: Macri quiere matar al padre. No a todos, no todo el tiempo, pero con el caldo de cultivo de una economía transnacionalizada (que también explica la presión por la salida de capitales), hay una fantasía en esta vena libertaria: acabar con nuestro capitalismo criollo, atado con alambres. Romper eso también. Si refundamos, refundamos todo. También la República de Manzano.

Pero ante la crisis o la decadencia y el año electoral, hoy nos encontramos como nunca antes discutiendo el piso de las cosas

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“Tiene que haber más empresarios porque cada vez hay menos. Necesitamos más abrazadores de CUILes –dice Leandro Mora Alfonsín– en un panorama donde el CUIL es una especie en extinción. ¿Cómo llenar de concreto la fractura en el terreno entre empresarios y los demás? Urge una coalición productivista de CUILes cuyos ingresos le ganen a esa inflación que te deja flotando, pero no creciendo.” Digamos recurrentemente: no hay país posible sólo con mil ideas sobre cómo distribuir y menos ideas sobre cómo producir. “Las crisis moldean a esos tomas y dacas, entonces no son necesariamente el ogro progresista de los ‘formadores de precios’, no 24/7 al menos. Los precios son una consecuencia de procesos. ¿Podés ganar jugando con stocks en momentos de inflación? Sí ¿Te sirve para animarte a crecer? No”, anota Mora Alfonsín.

Ni Moncloa ni Moncada

Esta semana que oscilamos entre la alarma social por los saqueos y el llamado al 911 por los robos piraña, el guasap de un corredor de vinos se llenó de mensajes de este tipo: chicos, en Don Torcuato la mitad de chinos cerrados por miedo a saqueos. El aviso tenía una convicción: no se molesten en ir. Feriado de facto por una amenaza imprecisa. Pero era otra capa que se suma a las de estos días: a los proveedores que no tienen precios, a los negocios que prefieren cerrar especulativamente. La “amenaza de saqueos” no era la única amenaza. Pero era un déjà vu. La caja de truenos del 19 y 20 de diciembre tuvo también eso. “La caída del neoliberalismo” como concepto sellado opacó y uniformó la “memoria” de aquel diciembre. También había lugar para otras imágenes simultáneas. Alfredo Coto elogiando que sus empleados con palos “defienden sus fuentes de trabajo”. Capas medias asustadas y rebeladas entre el corralito de Estado y los saqueos.

Final. No subiremos a la montaña a firmar el Pacto y tampoco haremos la revolución. Seguramente muchas de las cosas nuestras se explican con continuidades, aunque la prensa y la Historia se escriben con rupturas. Pero, sin embargo, tuvimos sedimentos. El hábito del sedimento. Nuestros consensos son retroactivos, se reconocen en el tiempo. Los gobiernos llegan a comerse la cancha, pero no rompen todo. Algunas cosas “quedan”. Queda el Mercosur, queda una Constitución, quedan acuerdos comerciales, quedan asesinos presos, queda una AUH, quedan algunos ministerios. Los presidentes se dejan comida en la heladera. Pero ante la crisis o la decadencia y el año electoral, hoy nos encontramos como nunca antes discutiendo el piso de las cosas. Con quién comerciar de nuevo, qué moneda, qué pacto romper, qué es gratuito y para quién, y así. Si las elecciones siempre son momentos de epifanía, de tomar el cielo por asalto, de “¡vamos que no tenemos techo!”, de “¡a triunfar!”, de “¡país normal!”, de “¡sí, se puede!”… ahora estamos discutendo lo que hay debajo. El corazón delator. El piso, el piso. ¡Rompé, Pepe!