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05 de abril 2024

Silvana Aiudi

¿TAN VIEJO?

Tiempo de lectura: 9 minutos

Sobre don Lope y Tristana

A Alejandro

Don Lope camina por las calles de Toledo. Se detiene, saca pecho y se arregla el bigote. Vestido muy elegante, con un traje, camisa y un pañuelo blanco que sale del bolsillo del saco, se le acerca a una mujer joven y voluptuosa, que camina por la calle, y le pregunta con voz galante: «¿Adónde va la gracia de Dios?». La mujer le responde: «A buscar novio». «Pues ya lo has encontrado, preciosa», contesta don Lope. La mujer le dice, cortante, casi sin mirarlo: «¿Tan viejo?». «No tanto, no tanto, que esté muerto el diablo», finaliza don Lope, mientras la mira irse.

Don Lope es un donjuán otoñal que quiere conquistar y estar con mujeres jóvenes. Interpretado por el actor Fernando Rey, es el protagonista de Tristana (1970), película de Luis Buñuel. Está basada en la novela homónima de Benito Pérez Galdós. No es la primera vez que Buñuel filma novelas de Galdós, pero acá adapta y cambia la historia a la figura de don Lope y su relación con esa femme fatale, más parecida a Lulú que a Lilith, que es Tristana, representada por Catherine Deneuve.

Buñuel filma Tristana con 70 años, coincidente con su propia vejez y su visión de ella: «Soy viejo, esa es mi principal enfermedad», dice en su libro de memorias, Mi último suspiro. Después de leer sus memorias, entiendo que no es casual la burla a un hidalgo español viejo, como don Lope, que se tiñe su barba canosa de negro frente al espejo, va a bares sólo de hombres para recordar viejos tiempos y, además, trata de conquistar a jovencitas.

Esta visión catastrófica de Buñuel coincide con señalar la velocidad o la lentitud del paso del tiempo y cómo él lo siente en su vejez: «A medida que los años pasan, transcurren más deprisa (…) En otros momentos, la vida me parece larga»

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Eres mi hijita adorada

La historia de la película es más o menos la siguiente: en Toledo, don Lope queda al cuidado de Tristana, una jovencita de diecinueve años, que perdió a sus padres. Don Lope, que no acepta su caducidad como seductor, convierte a Tristana en su hija adoptiva, primero. Cuando la va a buscar a la casa, tras la muerte de la madre de Tristana, le dice: «Mira, hija, ni yo puedo mantener dos casas ni tu puedes vivir sola. En su lecho de muerte te me encomendó tu madre. ¿Dónde vas a estar mejor que a mi cuidado? ¿Y quién se atreverá a ofenderte sabiendo que vives conmigo?». Don Lope la quiere proteger, con esos valores masculinos y de cuidado de otra época porque, don Lope, ya no entiende que no encaja. Tristana va a ser la mujer que le remarque y le recuerde la vejez.

Tristana se puede pensar en dos partes. La primera, cuando la protagonista se muda con don Lope, entre sus diecinueve y veintiún años. Y luego, desde el momento en que conoce a un artista y se va con él a Madrid. En la primera parte, Tristana representa la bondad e inocencia. Huérfana de su madre, don Lope la lleva a vivir con él. Allí, cumple el rol de una esposa tradicional a pedido y obligación de don Lope: le pide que lo atienda, le ponga las pantuflas, esté con él y se quede en la casa, es decir, le pide a Tristana un modelo que cumpla con las tareas del hogar, honrar al marido y fidelidad conyugal. Ella no sale y, si don Lope va a algún bar, le dice que es cosa de hombres. También, la obliga a tener relaciones sexuales con él. Varias de las escenas, van a marcar la mirada lasciva del donjuán otoñal y, además, la burla de Buñuel por medio de charlas o frases que ridiculizan al personaje: «Quiéreme como a un padre, Tristanita, y tú serás mi hijita».

En los encuentros en el bar, don Lope y los amigos, fuman habanos, toman licor, café, y con voz ronca, algunos con barba tupida, hablan de un tiempo mejor, una edad dorada que ya no existe. Y de las mujeres, claro:

«―En amor y en mujeres, no advierto que exista pecado nunca.

―Vaya teoría. ¿Y los diez mandamientos?

―Los respeto todos, salvo aquellos que refieren al sexo porque tengo la seguridad de que fueron añadidos a aquellos divinos por Moisés por razones políticas que a mí no me atañen (…) Allí donde topemos con una mujer, si ella es consentidora y está en nosotros hacerla consentir, que el encuentro sea placentero, pero con dos claras excepciones: la esposa del amigo y esa clara flor que nace hoy en día y que nace de una perfecta inocencia».

En el capítulo dedicado a Luis Buñuel, «Luis Buñuel y el melodrama surrealista», de su libro ¿Qué es más macho? (FCE, 2023), Gonzalo Aguilar analiza el cine de Buñuel y lo piensa desde la crítica a la masculinidad. Dice: «No es casual que hayan sido directores latinos los que llevaron más lejos, en la era del cine moderno, la crítica a la masculinidad. Admito que el término ‘latino’ es ambiguo, pero me refiero, sobre todo a los países en los que una cultura latina y católica ha creado una figura (la del macho latino) que ha recorrido el mundo. Marco Ferreri, Arturo Ripstein, Federico Fellini, Luis Buñuel son algunos de los directores que han puesto su ojo en este espécimen y lo han diseccionado. En este panorama, Luis Buñuel configura un caso único porque, en su vida compartida entre España, Francia y México, realizó unas mezcolanzas muy originales que unen melodrama clásico y surrealismo, mirada clínica y catolicismo, burla a la burguesía y disección del deseo». También propone pensar que la masculinidad en el cine de Buñuel aparece según tres moldes: el creyente católico, el modernizador y el hombre de harapos. En el caso de don Lope, un modernizador, su buen comportamiento como burgués oculta el trato hacia Tristana pero que, como afirma Gonzalo Aguilar, «apenas pueden controlar las pulsiones de posesión que los arrastran». Buñuel se burla de la mirada masculina como posesión y, agrego que, en Tristana, le suma la vejez de don Lope. «Los hombres suelen ser célibes y sin hijos, pero con las mujeres establecen una relación incestuosa: el tío que quiere casarse con Viridiana, los dos hermanos de Abismos de pasión, la relación entre don Lope y Tristana: ‘eres mi hijita adorada’ ‘soy tu padre y tu marido’», dice Aguilar.

Don Lope la quiere proteger, con esos valores masculinos y de cuidado de otra época porque, don Lope, ya no entiende que no encaja. Tristana va a ser la mujer que le remarque y le recuerde la vejez

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Entre Tristana y Don Lope no hay eros. No al menos por parte de ella, que lo desprecia y le va a recordar varias veces: «Usted es un viejo». Pero la negación de don Lope al paso del tiempo se muestra: cae enfermo y Tristana le recuerda que debe tener cuidado sobre todo a su edad. A lo que don Lope responde: «Yo no sé qué tiene que ver la edad con un catarro. A más de un jovenzuelo fortachón quisiera ver yo con un catarro de esta categoría y ¡deja en paz la manta! ¡Y no me cuides tanto, déjame en paz!», exclama don Lope fastidioso mientras Tristana lo tapa y le da un jarabe.

En lo que se puede pensar como la segunda parte de la película, Tristana conoce y se enamora de un artista, Horacio, interpretado por el actor Franco Nero. Ella va caminando por las calles de Toledo y decide ir sin rumbo: ahí lo ve, pintando. Ambos empiezan a verse hasta que Tristana le cuenta todo lo que pasó y sufrió con don Lope. «Si me quisiera como una hija lo querría», le dice Tristana a Horacio, pero él exclama: «¡viejo asqueroso!». Así Tristana empieza a salir de la casa sola y ya no quiere dormir con don Lope: se va a otra habitación. Mientras tanto, don Lope insiste en invitarla a salir, le dice que se arregle, y comienza a teñirse la barba de negro.

Don Lope se pone posesivo, celoso y le promete ser bueno con ella, pero Tristana desobedece. Y acá Buñuel nos regala un momento que vuelve a dejar en ridículo a don Lope, burlándose de la masculinidad y sus costumbres, de su vejez: va a buscar a Horacio y le propone pelear como “caballeros”, pero Horacio lo llama «viejo verde». Con su traje, sombrero, la barba teñida y un bastón, reta a duelo a Horacio y lo golpea con unos guantes negros en la cara, como costumbre antigua. Horacio le pega una piña y lo deja tirado en el suelo. Lejos de continuar la pelea, Buñuel decide introducir dos personajes que aparecen caminado, ayudan a levantar a don Lope del suelo y dicen «¿No se da cuenta usted de que es un viejo?», mientras le preguntan a don Lope si está bien y Horacio le alcanza el bastón. Luego, Tristana se a vivir con Horacio a Madrid. Con el tiempo, tiene un cáncer de pierna y se la amputan. Entonces, ella vuelve a Toledo con don Lope, quien la recibe muy entusiasmado, la cuida y trata de redimirse. Pero, Tristana dejó de ser inocente, lo odia y espera e, incluso, colabora con su muerte.

En el periodo que Tristana no está con don Lope, él va a ir envejeciendo. Se hace amigo de unos curas, con quienes toma chocolate con churros, habla de la muerte de sus otros amigos de la tertulia y de la vejez: «ya son muchos los achaques y esta bomba ya no…», dice mientras se señala el corazón y se retira un momento para tomar «las pastillitas». Más allá de la burla a este donjuán otoñal, no puedo dejar de pensar a la figura de don Lope con la de Buñuel y sus propios miedos sobre envejecer.

Mi último suspiro

Hace rato vengo pensando sobre cuáles son los miedos frente a la vejez. En sus memorias, Buñuel le dedica un capítulo entero: el último capítulo que se titula «El canto del cisne»: «Solo y viejo no puedo imaginar sino la catástrofe o el caos. Una u otro me parecen inevitables. Sé muy bien que, para los viejos, el sol era más cálido en la época lejana de su juventud. Sé también que al final de cada milenio es costumbre anunciar su fin. Me parece, no obstante, que el siglo entero conduce a la desgracia. El mal ha ganado la vieja y tremenda lucha. Las fuerzas de destrucción y dislocación han vencido. El espíritu del hombre no ha realizado ningún progreso hacia la claridad. Quizá, incluso, ha retrocedido». Esta visión catastrófica de Buñuel coincide con señalar la velocidad o la lentitud del paso del tiempo y cómo él lo siente en su vejez: «A medida que los años pasan, transcurren más deprisa (…) En otros momentos, la vida me parece larga». Una nostalgia por un mundo distinto, una edad mejor que marca Buñuel en su niñez, en su juventud, en su amistad con Dalí, los surrealistas, en aquella edad de oro, a lo largo de sus memorias.

Un Buñuel ateo, aunque terminó siendo amigo de un cura con el que charlaba, se burla del Infierno, piensa en la nada y en la muerte como personaje, las formas que puede adoptar

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No es hasta los setenta y cinco años que Buñuel comienza a detestar la vejez: el tiempo, las enfermedades, lo atraviesa corporalmente: «Sólo me siento bien en mi casa, fiel a mi rutina cotidiana. Me levanto, tomo café, hago media hora de ejercicio, me lavo, tomo otro café mientras como alguna cosa. Son las nueve y media o las diez. Salgo a dar una vuelta a la manzana, y luego me aburro hasta el mediodía. Mis ojos son débiles: no puedo leer más que con una lupa y una iluminación especial, lo que me fatiga muy pronto. Mi sordera me impide desde hace tiempo escuchar música. Entonces espero, reflexiono, recuerdo, animado a una loca impaciencia, echando frecuentes miradas al reloj». El reloj, el tiempo que parece no pasar, la rutina, los amigos que recibe y con quienes charla, la lectura de La vejez de Beauvoir, lo hacen pensar en su vejez. Y escribir sobre ella. También sobre la muerte y su cercanía. El pensamiento y la cercanía de la muerte le resulta familiar. Hablar de la vejez con humor, permite pensar en ella sin romantizarla. Un Buñuel ateo, aunque terminó siendo amigo de un cura con el que charlaba, se burla del Infierno, piensa en la nada y en la muerte como personaje, las formas que puede adoptar. Y lo relata, o me lo imagino, como una nueva película filmada por él o por Ingmar Bergman, no por nada le gustaba Fresas salvajes, y una IA que colabore, claro, que sirva de algo, para revivir algo de ese cine (si así pudiera una máquina reemplazar el talento y la creatividad): «Al aproximarse mi último suspiro, imagino con frecuencia una última broma. Hago llamar a aquellos de mis viejos amigos que son ateos convencidos como yo. Entristecidos se colocan alrededor de mi lecho. Llega entonces un sacerdote al que yo he mandado a llamar. Con gran escándalo de mis amigos, me confieso, pido la absolución de todos mis pecados y recibo la Extremaunción. Después de lo cual, me vuelvo de lado y muero. Pero, ¿se tendrán fuerzas para bromear en ese momento?».

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