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SOBRE LO SINFONICO

Tiempo de lectura: 3 minutos

La palabra sinfónico da lustre, chapa, por eso la industria de la música comercial inventó con audacia el concepto de sinfónico que da a entender que X artista o grupo pop al contar con una orquesta básicamente de cuerdas atrás sube el nivel. Algo falso de absoluta falsedad.

Ya en los primeros setenta hubo un costado del rock que también se encandiló con “lo sinfónico” y ahí aparecían Emerson, Lake & Palmer reinterpretando obras de Músorgski o Rick Wakeman que se vestía como un cortesano para darle a los teclados en un clima más que nada barroco pero un barroquismo, la verdad, bastante fulero. Ya por entonces lo sinfónico tenía chapa de algo superior, como si en la música el techo estuviera ahí y esto nos lleva a reflotar debates eternos. Traducido rápido, la música de origen europea se posiciona como La Música y todo lo que se gesta allí rápidamente se transforma en cima para el resto del mundo. A esa obviedad respondemos con otra obviedad necesaria: así como Europa dio una música valiosa, lo mismo hicieron los negros norteamericanos con el blues y el jazz y así sucesivamente en cada región del mundo se cocinó una música que supo producir y pintar su aldea (el mundo).

Hace ya bastantes años en nuestro país se instauró lo sinfónico como algo artísticamente superior y la industria de la música no dejó pasar la ocasión. Hasta Joan Manuel Serrat hizo un Serrat sinfónico en el que logró “proezas” como destruir en una versión sinfónica su obra ícono: “Mediterráneo”. La versión sinfónica de “El bombón asesino” de Los Palmeras definitivamente tira para abajo ese éxito popular. La instrumentación sinfónica impone respeto, qué duda cabe, y genera una sensación de elevación pero esa gran orquesta atrás no mejora la obra original. No es ley, como ejemplo podemos tomar “La llave”, uno de los éxitos de Abel Pintos, y la versión que grabó en el Teatro Colón con arreglos del gran Guillo Espel, es indudablemente muy buena, pero no supera a la original.

La instrumentación sinfónica impone respeto, qué duda cabe, y genera una sensación de elevación pero esa gran orquesta atrás no mejora la obra original

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No se trata de pulsear para elegir qué tipo de orquestación es mejor que otra sino en todo caso de desmentir el supuesto parnaso de “lo sinfónico”. Yupanqui no necesitó una gran orquesta para su obra y probablemente si hubiera grabado “Los ejes de mi carreta” con gran orquesta no hubiera logrado ese clima de extrema austeridad de su versión original. Hay músicas, canciones y ritmos a los que la parafernalia sinfónica les funciona como un smoking con pies de barro. Hace décadas un grito de guerra de las muchachadas que seguían las orquestas decía “¡Al Colón, al Colón!”. Se oía eso, por ejemplo, en los clubes de barrio después de que Pugliese y su orquesta hacían vibrar la ciudad con, supongamos, “Tierra querida”. Pero la música popular (con Pugliese, con Troilo) ya entró al Colón y salió mil veces. Ya puso las patas en la fuente. Aquellas viejas jerarquías y sus desafiantes gritos son parte del pasado. Hoy bregamos por una música que vuelva a esa vieja sencillez, a sonar como en ese club original, a construir aquella vieja inquietud misteriosa que nos hacían sentir que eso único que oíamos algún día lo debería conocer el mundo. Pero que estábamos ahí, del otro lado, como únicos espectadores, oyendo el ronquido roto de un acordeón, un bandoneón único, bajo la lluvia, una guitarra a punto de romperse. Sin smoking. Pero con los zapatos más limpios.

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