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18 de mayo 2024

Juan Di Loreto

SI ESTO ES UNA MÁQUINA

Tiempo de lectura: 5 minutos

“…prestar atención al rastro de los dioses huidos”.

Martín Heidegger

No los vemos porque (todavía) están en la fábrica. Cumplen con un flujo de trabajo continuo y en silencio. El fetichismo de la mercancía esconde a sus trabajadores y a sus robots; el fetichismo del lenguaje esconde los programas de Inteligencia Artificial que se deslizan debajo de nuestros dedos.

Si existe un movimiento trabajador en los siglos que vienen, éste tendrá a un obrero humano y un trabajador máquina con los puños en alto. Tal vez el futuro no sea el apocalipsis que imaginamos, porque nuestra imaginación política envejeció o murió directamente, los más integrados, para usar la palabra de Umberto Eco, imaginarán un coworking entre máquinas y humanos. Un futuro al estilo Star Trek, donde el mundo es diverso y no solo es un crisol de razas, sino de clases de entes: humanos, máquinas y combinaciones de ambos.

¿Por qué planteamos esto? Porque los robots comienzan a tener rostro; las máquinas comienzan a tener mirada, arrugas, comienzan a querer caminar entre nosotros. Ya hay fábricas alrededor del mundo creando humanoides. Parece lejano todo eso cuando la preocupación cotidiana es ver qué fideos secos están de oferta porque a mitad de mes empezás a tarjetear todo. Todo parece una ensoñación al principio. ¿Te acordas cuando dijeron que había que usar barbijo? Parecía ridículo. Lo mismo cuando descubrimos con el Blackberry que te podían llegar los correos electrónicos al teléfono. ¿Quién va a querer que le llegue un mail al celular? Ahí estamos, ya trabajando en el colectivo antes de llegar al laburo.

Aceptación o rechazo, difícilmente no terminemos con un robot en casa. Al principio será para tareas sencillas, “el robot que me ayuda en casa”

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Todo tiene su tiempo y su aparición. Esos robots torpes de Tesla o esa máquina china que parece una chica salida de un animé todavía es el beta del beta del beta…. una prueba y error infinita por delante. Los humanoides nos dan impresión porque son nuestros dobles. Fabricamos como cultura lo que podemos engendrar naturalmente. Pero ese fabricar (que tiene tu mirar) tiene su más alta complejidad en lo simple. La Inteligencia Artificial puede resolver cálculos o tirar 20 recetas con calabaza en segundos, pero difícilmente pueda atarse los cordones. Es lo que se conoce como la paradoja de Moravec, quien decía: “Es comparativamente fácil hacer que las computadoras muestren un rendimiento de nivel adulto en pruebas de inteligencia o jugando al ajedrez, pero difícil o imposible darles las habilidades de un niño de un año en lo que respecta a la percepción y la movilidad”.

La respuesta está a la vista: a la IA hay que darle un cuerpo para que sea un verdadero humanoide. Solo la incomodidad (y el placer) de ser-tener-parecer un cuerpo le puede dar a las máquinas una perspectiva que no sea la lógica computacional. Lo cual se vuelve inquietante para nosotros. ¿Por qué duplicamos el mundo? ¿Por qué duplicamos seres que se nos parecen si los podemos engendrar? ¿Qué es lo que buscamos? ¿Productividad? ¿Sed de infinito? ¿No morir? ¿No trabajar? Todas las preguntas a la final. Un ensayo de respuesta es que en menos de un siglo el mundo estará lo suficientemente devastado para que la agricultura sea en el 99% manejada por robots en el terreno y los humanos sean los managers de los proyectos. ¿Quién saldrá a la calle cuando las olas de calor se extiendan por semanas o meses? Exacto. Entre las condiciones ambientales extremas y el imperativo productivo, la calle no nos pertenece más.

Pero en el Siglo XXI tampoco somos tan originales. Construir humanoides es una insistencia a lo largo de las épocas. Como casi todo, el primer autómata aparece en los mitos griegos. Talos, ese es su nombre, era un gigante de bronce que protegía a Creta de piratas e invasores. En el 250 a.C., se fabrica en Grecia una criada autómata con la función de servir vino y cientos de años más tarde Leonardo Da Vinci boceta sus propios hombres mecánicos. Y siguen los ejemplos históricos de máquinas que realizan tareas determinadas.

La Inteligencia Artificial puede resolver cálculos o tirar 20 recetas con calabaza en segundos, pero difícilmente pueda atarse los cordones

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Como la Inteligencia Artificial, la promesa es potenciar al ser humano. Pero en realidad siempre estamos buscando reemplazarnos. El mundo lo hemos transformado en base a nuestro cuerpo y mente. Herramientas, autos, edificios, tamaños de las cosas que pueblan la Tierra tienen la medida del Hombre. Por eso necesitamos que el robot se parezca a nosotros. Necesitamos que se siente a nuestra mesa, que enseñe a nuestros hijos en un aula, que abra puertas o sepa a qué temperatura se sirve un mate. Algunos estudios con humanoides, por ejemplo en hogares de ancianos, dieron resultados muy positivos. Cuando los ancianos jugaban al bingo, preferían hacerlo con el robot que con un terapeuta que siempre estaba apurado y no tenía tiempo. El humanoide repetía los números y estaba concentrado en la tarea de jugar al bingo. 

Con un humanoide creado a nuestra semejanza el verdadero miedo no es perder el trabajo, sino ser reemplazados en los otros órdenes de la vida (donde ya venimos bastante desplazados). Estamos en la carrera hacia eso. Pero no hay que echar culpas a las máquinas. Está época, de transición, como todas las épocas, no es otra cosa que la “preparación cultural”, como decía Lewis Mumford, hacia lo que viene. Aceptación o rechazo, difícilmente no terminemos con un robot en casa. Al principio será para tareas sencillas, “el robot que me ayuda en casa”. No hay que tener mucha imaginación. Por caso, la empresa Figure AI ya ofrece al mercado robots para usos generales en la industria.

También es probable que los robots sean otra consecuencia, tardía, de esas cenizas de donde todavía se huele el humo, que es “la Muerte de Dios”. Friedrich Nietzsche llevó al extremo esa sensibilidad al expresar con la figura de “El loco” el sin sentido que es la vida del hombre contemporáneo. No es que no se puede creer en Dios o que la creencia en Dios no exista. Lo que Nietzsche marca es que lo que hemos matado (“Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos”) es un centro en el cual gira la vida y costumbres de toda la época. “Todos somos sus asesinos”, quiere decir que el mundo se ha desacralizado. El principio que lo explica todo, el Alfa y el Omega, ha dejado de existir. “¿Cómo hemos podido bebernos el mar? -escribe Nietzsche en La gaya ciencia– ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? […] ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros?”.

¿Por qué duplicamos el mundo? ¿Por qué duplicamos seres que se nos parecen si los podemos engendrar? ¿Qué es lo que buscamos? ¿Productividad? ¿Sed de infinito? ¿No morir? ¿No trabajar? Todas las preguntas a la final

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El hombre es objeto de una eterna e inmensa caída. El vacío es grande, todos lo sabemos. Como bien decía Albert Camus en El mito de Sísifo, todos vamos por la vida eludiendo la pregunta definitiva. Las cosas en realidad no tienen mucho sentido o no lo tienen en absoluto. ¿Cuál es nuestro fundamento? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? Los robots tal solo encubren lo obvio: son una respuesta epocal a nuestra falta de fines. En el Siglo XX al menos teníamos el Estado de Bienestar y el consumo como salvavidas. Con la caída de esos relatos no aspiramos más que a contar nuestra propia crónica de niños solos. 

En Caminos del bosque, Heidegger daba una respuesta que no te salvaba, pero era hermosa: “Si acaso hay algún lugar donde los hombres sin dios puedan hallar todavía rastros de los dioses huidos será sólo éste:

. .. . ¿y para qué poetas en tiempos de penuria?

Hölderlin contesta humildemente a través de la boca del amigo poeta, Heinse, a quien interpelaba la pregunta:

Pero ellos son, me dices, como los sagrados sacerdotes del dios del vino,

que de tierra en tierra peregrinaban en la noche sagrada”.