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30 de abril 2022

Juan Di Loreto

SER Y ANSIEDAD

Tiempo de lectura: 3 minutos

Cuando algo se extiende por todos lados se vuelve un poco invisible. Se pierde en la pequeñez de la vida social, porque quizás empieza a ser parte de todos. Entonces se puede decir que si el siglo pasado fue el siglo de la angustia, el Siglo XXI es el de la ansiedad. Nos habíamos ansiado tanto. No se habla de casos clínicos de los trastornos diagnosticados, sino de cierta inclinación social hacia la inmediatez absoluta. Todo es ahora, que se podría formular con una vieja frase: no sé lo que quiero, pero lo quiero ya.

Hace poco Alejandro Galliano escribía: “No, el sujeto de la democracia neoliberal es deseante, pobre, violento, frágil, intenso y aburrido, inútil e hiperactivo, individualista y tribal, egocéntrico y en deconstrucción, constantemente crítico y esencialmente pelotudo.” Por ahí, es decir por la subjetivación de la época, viene la cosa. El sujeto hipermoderno es todo eso, pero atravesado de lado a lado por la ansiedad. La ansiedad es el agujero en el ser de esta época que no podemos manejar.

Todo un tiempo en que se volvieron dominantes formas de lo social vinculadas a la impotencia de cambiar algo: ansiedad, impugnación, reacción, cancelación, extremismo

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Tal vez se pueda nombrar como un malestar, como un atropello de lo que nos rodea y nos arrastra hacia afuera, en cada momento. En la ansiedad no hay quietud, no existe la reflexión al estilo de Descartes o el recogimiento religioso. En la ansiedad tecnológica que vivimos no te podés ensimismar, salvo en la misma conexión hiperestimulada. Es la impulsividad de estar en línea. Es un irse a lo que vendrá, a la consumación misma del propio sujeto, que se agota pero no se termina. Por eso es una época donde todos están hartos y cansados. La máquina social nos hace pelota, incluso cuando no estamos haciendo nada (nunca no se hace nada). Ahí es donde la ansiedad emerge en medio de la nada y es como esa mosca inmortal que nos distrae a cada instante y nos lleva a la pantalla táctil que es, sí, un, digamos, lugar de lugares (o un no lugar de no lugares) para potenciar esa pérdida de sentido que nos da la ansiedad, esa urgencia vacía, ese no poder esperar.

La ansiedad probablemente sea el modo de insatisfacción por excelencia de esta época. No hay nada por hacer. No hay nada salvo esperar (sin poder esperar) el próximo estímulo (imágenes, posteos, novedades ya muertas, alertas). Una notificación para un sujeto desfondado. Todo un tiempo en que se volvieron dominantes formas de lo social vinculadas a la impotencia de cambiar algo: ansiedad, impugnación, reacción, cancelación, extremismo. Es mucho menos difícil experimentar la desgracia, decía Freud en El malestar de la cultura. Y los modos en que construimos el mundo (y el mundo nos construye a nosotros) parecen mostrar eso.

Entonces se puede decir que si el siglo pasado fue el siglo de la angustia, el Siglo XXI es el de la ansiedad. Nos habíamos ansiado tanto

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Angustia y ansiedad, un solo corazón. Todo es experimentar el límite, pero de lo limitado que estamos en realidad. La palabra no alcanza, el cuerpo se desborda, la eterna inquietud en que se vive. Porque experimentamos un mundo en el que sobramos. No hay para todos y donde los modos de subjetivación parecen sobrecalentados. La máquina social no da más. Tenés dos trabajos y así y todo no llegás a fin de mes. Con la subjetividad sucede lo mismo. El mundo parece ni siquiera poder inventar nada que creamos para reproducirlo (o quizás sea esa desdicha la que reproducimos). Necesitamos un relato, pero este no llega. Somos como el hombre que describía Schopenhauer: inseguridad, indigencia y ansia. La conciencia infeliz del mundo. Pero claro, es sábado a la mañana, hay un poco de sol, ya está bien fresco y hay que persistir, o es otro día, porque en estas páginas se escriben sin tiempo y sin tinta y sin papel, es sábado y el sin sentido se empequeñece un poco, porque creemos que el fin de semana algo sucederá; un encuentro, un azar, algo que nos entregue de nuevo al deseo y nos saque del tedio y la insatisfacción y nos olvidemos de nosotros mismos, vivamos en la inconsciencia, en el entusiasmo, en la vivacidad esa que te agarra cuando te tomaste una copita de más y ahí sí, creemos por un rato…