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09 de agosto 2023

Florencia Angilletta

SARLO, UNA INTELECTUAL DE LA DEMOCRACIA

Tiempo de lectura: 9 minutos

“Cartas en el asunto” es el primer newsletter de Revista Panamá, escrito por Florencia Angilletta, sobre los 40 años de democracia. Aquí la suscripción para recibir quincenalmente los siguientes envíos por mail.

“Más breve es una época, tanto más se halla ajustada a la moda”

Walter Benjamin

Uno

Una boxeadora con minifalda en 1960. Así lo dijo ella misma, el domingo pasado, durante la edición 2023 de la Feria de Editores (FED) –del 3 al 6 de agosto–. Beatriz Sarlo –desde trabajos editoriales en Eudeba y luego en CEAL, clases, debates, libros, revistas, prensa, intervenciones– transformó las relaciones entre intelectuales en democracia. Organizó una forma de leer la literatura argentina: el escritor de la primera mitad del siglo XX, Borges; el escritor de la segunda mitad del siglo XX, Saer. Literatura y política.

Cuarenta años de democracia. En el anterior envío de estas cartas –que se puede leer acá– la pregunta había sido la de la amistad. La amistad es una vieja medalla. En la dictadura se podía impedir la sindicalización, la política, los compañeros, los correligionarios, los camaradas. Pero, ¿la amistad? La amistad es agua: pasa por abajo de la puerta. Amigos se hacían hasta en la colimba o en la cárcel. Este viejo adversario despide a un amigo. Si esa fuera la sentencia final, Balbín le puso la última palabra a Perón: amigo. Yo, radical. Vos, peronista. La amistad es el puente. Como el final de “Casablanca”: donde termina la guerra empieza la amistad. Toda amistad no es política. Cuarenta años cumplidos en una época rota. Queremos que vuelva el futuro. La democracia, querida carta. Bienvenidos/as a un nuevo envío de estas cartas panameñas: esta vez, Beatriz Sarlo y los intelectuales en democracia.

Dos

En un texto ya clásico, Intelectuales y revistas: razones de una práctica, Sarlo ha dicho “publiquemos una revista quiere decir hagamos política cultural”. Fue directora de la revista Punto de Vista entre 1978 y 2008.

Tres  

1984. Beatriz Sarlo da clases en la Facultad de Filosofía y Letras. Fue docente de Literatura Argentina II de la UBA. (Dictó, también, clases en Estados Unidos y en Europa, aunque por temporadas breves; quién es Sarlo: sobre todo, una porteña.) Pero volvamos. Así se llamaba la mesa de presentación de las Clases de literatura argentina, publicadas por Siglo XXI y editadas por la actual profesora a cargo de Literatura Argentina II, Sylvia Saítta –quien fue estudiante de esas clases, como secretaria de publicaciones a sus veinte años incentivó que las desagraben desde el Centro de Estudiantes (el CEFYL) y escuchó esos teóricos durante casi una veintena–. Beatriz Sarlo, Sylvia Saítta e Hinde Pomeraniec fueron parte de la presentación del libro en la FED. Saítta señaló cómo se propuso construir “la voz de Sarlo en el aula” en la edición de esas clases, las decisiones que tomó para lograrlo –organizadas en las “Notas a la edición” que anteceden al libro–. En él encontramos una selección de algunas de las clases dictadas entre 1984 y 1988. Son las clases de los ochenta. Entre sus páginas aparecen Borges, Saer; pero también Arlt, Walsh, Puig y Piglia, entre otros.

“Cultura democrática” como una forma de procesar esa relación tensa (porque los intelectuales son, también, quienes arman ese mapa entre dictadura y democracia, la “transición”, no una mera cronología)

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Hinde Pomeraniec –periodista dedicada a la cultura argentina, parte de la presentación del libro y estudiante al momento de esas emblemáticas clases–, comparte: “Sarlo siempre se ocupó de hacer el trabajo de divulgación literaria en el modelo de Jaime Rest, que ella misma reivindicaba en la presentación. Esos intelectuales abocados a intentar sacar los materiales de la academia para hacerlos llegar a públicos más amplios. Al conocerla a lo largo de más de cuarenta años, pude ser testigo de las derivas de su pensamiento, su abordaje del periodismo y su instalación como intelectual y como figura pública. Creo que es la intelectual argentina más influyente”. Y agrega: “Lo que la hace polémica pero a la a vez tan rica a Sarlo es el modo de hacer públicas sus contradicciones. ¿Qué significa ser consecuente? Si las condiciones cambian, las personas cambian. ¿Por qué no va a ocurrir? Respeto profundamente que se las banca todas, ese temple, incluso cuando quienes ignoran su enorme tarea intelectual puedan llegar a hostigarla por diferencias políticas. Porque se puede no coincidir con su mirada sobre la política pero jamás dejar de reivindicar que nunca estuvo ni encerrada en su oficina ni alejada. Siempre trata de tomar el pulso. Y es una demócrata. Pienso en las amistades forjadas durante toda su vida, como la que tuvo con Horacio González hasta el final: podían discutir y después se iban caminando; o las diferencias políticas que mantuvo con Saer, quien era un antiperonista visceral –y Sarlo pese a ser peronista por poco tiempo, no coincidía–. Lo que estoy diciendo es que es posible mantener relaciones personales e intelectuales pese a diferencias políticas. Aunque parezca que eso en la Argentina ya no existe. Y algo más: ¿cuántos intelectuales conocemos que hagan públicos sus errores? Ella sí. Como lo que señalaba en la presentación respecto de Julio Cortázar, esas omisiones en los primeros programas. Sarlo es capaz de reconocer esos errores y es capaz de una ironía demoledora”.

Cuatro

“Para los que vivimos la dictadura, la democracia fue un momento espectacular, como si se prendiera una luz”. Sarlo evocó el domingo en la FED las caminatas en los ochenta, o el poder sentarse tranquila en un bar. “La democracia colaboró, aun para la gente de izquierda, y de izquierda dura como yo, para que empezáramos a matizar nuestro pensamiento político y sobre todo nuestro pensamiento literario”.

El Nunca más fue también eso: “muchachos, a las cosas”. Llegó la democracia. Los intelectuales largaron las armas –o las fantasías de las armas– y fueron a las Facultades. Muchos habían participado o motorizado los grupos privados o lo que se llamó la “universidad de las catacumbas”. Si bien la revista Punto de vista comenzó antes –en 1978– ocupó un lugar decisivo en la cultura democrática. “Cultura democrática” como una forma de procesar esa relación tensa (porque los intelectuales son, también, quienes arman ese mapa entre dictadura y democracia, la “transición”, no una mera cronología). Digamos: una pregunta que no es boluda –¿qué hacen los intelectuales en democracia?–. Las clases de los ochenta, la película 1985. Celebramos los 40 años de democracia el año pasado. (En 1985 Sarlo, en una coincidencia visionaria, escribió para Punto de Vista: “Intelectuales. ¿Escisión o mímesis?”)

Llegó la democracia. Los intelectuales largaron las armas –o las fantasías de las armas– y fueron a las Facultades. Muchos habían participado o motorizado los grupos privados o lo que se llamó la “universidad de las catacumbas”

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Un intelectual produce época: un poco la mira de frente; un poco le da la espalda. Los libros: la primera generación literaria es la primera generación intelectual, la de los románticos, 1837. “Nuestro mas pingüe patrimonio…”. Esteban Echeverría le dio cuerda –un ojo clavado en las entrañas, el otro afuera– y no la soltamos más. (Después de haberse recibido, en 1966 Sarlo defendió su tesis de licenciatura luego publicada, Juan María Gutiérrez: historiador y crítico de nuestra literatura; Sarlo empezó ahí, por el romanticismo y la generación del 37.)

Las ficciones de escritor, las ficciones de intelectual. En el siglo XIX, el intelectual con la espalda, con la pluma y con la palabra que llega a presidente (Sarmiento). A comienzos del siglo XX, la profesionalización del escritor y la autonomización frente al Estado (Lugones) –“La argentina del Centenario. Campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos”, escrito junto a Carlos Altamirano y publicado en Ensayos argentinos, organiza esa recolocación–. El intelectual comprometido (Viñas). El intelectual entre la pluma y el fusil (Walsh). Y el intelectual democrático.

Cinco

Cuando en La pasión y la excepción –creo el libro más “ludmeriano”, donde arma la serie más osada entre materiales– para comenzar, escribe: “Formo parte de una generación que fue marcada en lo político por el peronismo, y en lo cultural, por Borges. Son las marcas de un conflicto que, una vez más, trataré de explicarme”.

Seis

Un intelectual en democracia es una relación con la dictadura. Escribió Albertina Carri en un texto exquisito ante la muerte de Alcira Argumedo: “Anoche mismo, cuando el duelo final estaba suspendido por esas pocas horas que habían vaticinado hasta la despedida, se despertó del sueño de la morfina y gritó ¡Viva Perón! creyendo que estaba del otro lado. Me regaló la última carcajada”.

Siete

Pablo Luzuriaga, docente de Teoría Literaria de la UBA, e investigador –estudia la poesía de Martínez Estrada–, señala: “Los años de formación de Beatriz Sarlo son en la década de 1960, cuando Sartre no es una novedad; lo nuevo es Barthes, Tel Quel. Sarlo se afirma en la revista Los Libros, donde traducen a Althusser, Levi-Strauss, Derrida, Lacan y Barthes; no obstante, el sartrismo en ella más que una cita autorizada o una apelación a la autenticidad, se observa en la práctica. Por eso en el imaginario –no en las posiciones políticas– es la que más se parece a David Viñas. Porque ambos son los que mejor resuelven en Argentina los dilemas que plantea “¿Qué es un intelectual?”, de Sartre. Ahí cuando la vemos en la pantalla del televisor, rodeada de periodistas, politólogos, especialistas en los temas que tratan, sociólogos –o simples panelistas–, ella es la única cuya especialidad no tiene que ver directamente con la política, es la única que no está allí cumpliendo el mandato de otro, no tiene ningún compromiso con nadie, incluso en esto se diferencia de Walsh, porque Sarlo no hace crítica con información, sino con lo que lee desde el punto de vista de las ideologías y la cultura. Sarlo, creo, con Viñas quizás, es la que mejor entiende –pone en práctica– el concepto sartreano de “situación”. Elegir a Williams, a Borges, Punto de Vista, hacer lo que hace con la Facultad, su retiro, el vanguardismo característico de Sarlo, todo eso se entiende bien cuando se coloca en el centro de una situación”. 

Hoy, cuando se evocan esos cigarrillos –los franceses del 68 cuando la imaginación quiso tomar el poder, los gitanes y gauloises con los que desde el 83 perfumaron los análisis sobre la clase política– pregunto ante los estudiantes: y la mayoría no fuman, o apenas fuman armados

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Esta intervención de Pablo Luzuriaga forma parte de las reflexiones de la materia de la que es parte, a cargo de Miguel Vitagliano, dedicadas a leer la crítica argentina con los “dos ojos”: los de la biblioteca argentina, y los de la biblioteca occidental. Sartre –y también Simone de Beauvoir– habían dado un giro desde los años cincuenta en las figuras de intelectuales. Se los veía en los bares, en las calles, con el pucho en la boca. Una icónica foto de David Viñas registra este cambio sensible: la foto de escritor ya no con la biblioteca detrás sino en “situación”; literalmente, fuera de la casa. Los intelectuales son escritores de una época. 

Las III Jornadas Diálogos en Letras, organizadas por el Departamento de Letras de la UBA, va a concluir hoy con la mesa “La crítica. ¿Qué es y cómo circula en el presente?”, integrada por Leonora Djament, Martín Kohan y Hernán Vanoli, y moderada por Emilio Jurado Naón. En el programa, se señalan parte de estos conflictos y se formulan preguntas como: “¿Cambió la forma en que se construyen los vínculos entre editoriales, revistas/suplementos literarios y el ámbito académico? ¿Quién lee crítica y para qué?”.

Ocho

Una palabra de los ochenta, “psicobolche”. Un elemento de esa “cultura democrática”: el cigarrillo. Fumar como rebeldía, o como ejercicio de exteriorización de una cruz, de algo roto. Todavía recuerdo fumar en los bares cercanos a la Facultad de Filosofía y Letras y en los pasillos antes de dar un final. Recuerdo a grandes docentes fumar mientras daban teóricos. Hoy, cuando se evocan esos cigarrillos –los franceses del 68 cuando la imaginación quiso tomar el poder, los gitanes y gauloises con los que desde el 83 perfumaron los análisis sobre la clase política– pregunto ante los estudiantes: y la mayoría no fuman, o apenas fuman armados. No es nostalgia: un lugar transferencial de la intelectualidad argentina es haber visto fumar a Beatriz Sarlo. La boquilla. Un intelectual es una relación oral.

En un de los pasajes de El principito, de Saint-Exupéry, se apela a la relación con la rosa. Pocas veces podemos recordar el momento exacto en que conocimos un amor, esa primera imantación, el nombre. Cuando tenía dieciséis años, una amiga con la que ensayábamos una obra de teatro, Gabriela, unos años mayor, ya era estudiante de Letras. Estábamos en Palermo, entre el verde, y dijo: “Sarlo”. Sus labios pronunciaron esa primera vez. Sacó el libro Escenas de la vida posmoderna de su mochila. Eran los primeros dos mil. La Sarlo de revista Viva.

Cuando llegué a la Facultad ya no estaba Sarlo. O sí. Porque incluso quienes no la vimos en el aula percibimos su estela. Dejó huella. En la dicción, el porte, la audacia. Después lo que ya sabemos: Sarlo tiene sus blancos fáciles (¿por qué criticar lo obvio?). (Después las diferencias, mi formación está atravesada por los textos de Josefina Ludmer, pero eso importa menos. No me importa ni a mí. Su vida y sus lecturas produjeron efectos, incluso –o en especial– para quienes no los compartimos.)

Ha sido la última demócrata, la última intelectual en democracia. Primero: porque se ha construido como una ineludible. Quien ha marcado los parámetros de un habla en democracia. Segundo: porque ha sido parte de forjar una relación entre cultura letrada, modernización, democracia de mercado y lo que el alfonsinismo grabó como una dialéctica entre “derrota” y “destape”. Tercero: porque incluso para quienes quisimos cambiar esa conversación tuvimos que pasar por ella.

Nueve

Esta historia la escuché. Transmisión oral. Beatriz Sarlo advirtió cuando David Viñas ya no estaba bien porque un día se dejó de parar cuando la vio entrar al bar. Ojalá en el cielo haya también café, ginebra y whisky cuando le toque reencontrarse con los que se fueron antes y sigan dándole a la lengua. Por lo que falta, sobre todo. La democracia es más grande que nosotros, sus deudas también.

Hasta la que viene.

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