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13 de abril 2024

Lorena Álvarez

SALVEN A LA CLASE MEDIA

Tiempo de lectura: 5 minutos

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Cuando en 1998 canal 13 puso al aire la telecomedia “Gasoleros”, estaba dándole la bienvenida la televisión al retrato de la clase media que sobrevivía. Esa que pasaba sus días achicada y cuyos decorados incluían pensiones, colectivos o talleres mecánicos manejados por sus dueños. La misma que, trabajando muchas horas, mantenía intacto el orgullo de pertenecer, aunque al filo, a la clase media. No eran pobres, eran ajustados y con esperanza.

Pol-ka, la factoría detrás de ese éxito, al año siguiente insistió con esas polaroids y agregó al prime time “Campeones de la vida”, una historia donde los recolectores de basura se convertían en los galanes de la hora de cenar. La exclusión era el gran fantasma de la época y pelearla para no salirse del margen era un temón. Faltaba poco para que otra ficción, Okupas, de la dupla Stagnaro- Caetano, se convirtiera en el retrato de la caída final. Aunque, a decir verdad, y si bien hoy en día es una ficción de culto, en tiempo real las telecomedias del 13 eran mucho más exitosas.

No todo el mundo quería sordidez en épocas tan tumultuosas donde el excluido, la próxima, podría ser uno. Era preferible cenar con el último hilo de fe. Queríamos evitar la caída. O al menos verla.

A Alberto Migré se le preguntó qué historia de amor le había quedado pendiente de escribir. Él contestó: “una donde ellos se cruzan en un piquete, mientras él corta una calle y ella va en su coche”

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Hoy, como si fuera otra foto de la ficción, la política encontró un hit para pasar este otoño: salvar a la clase media. Otra vez. Una canción que empezó a entonar todo el arco sin distinción alguna. Desde el oficialismo, con el ministro de economía Luis Toto Caputo, actuando preocupación por los desmedidos aumentos en las prepagas (avalado por el mismísimo gobierno que integra), hasta Lilita Carrió que abandonó por un rato el ostracismo para volver a brillar frente a las cámaras aseverando, con su habitual tonalidad apocalíptica, que a ese sector van a destruirlo. Sin olvidarnos de los Unión por la Patria y los radicales que ya están ensayando la misma inquietud: cuál será el destino de la clase de la que más se jacta este país, ya que, aunque nos duela, ni los ricos ni los pobres tienen el prestigio de esa franja distintiva.

La clase que se supone nos acerca a Europa y nos aleja del destino latinoamericano -del que amamos sentirnos parte solo cuando vamos de mochileros a buscar nuestro destino adolescente-. El resto del tiempo, somos la clase que se siente como parisinos perdidos en New York con vaso de latte incluido. Porque en este país el título lo tenemos casi todos: los que son, los que fuimos y los que desean llegar y están casi al borde. La clase en la que todos recostamos nuestra tranquilidad de norte a sur del país.

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Parece increíble, pero este siglo comenzó con un tórrido y fugaz romance entre los piquetes y las cacerolas. La mancomunión entre excluidos pobres y clasemedieros a los que le habían bolsiqueado sus ahorros duró lo de que un suspiro en una asamblea. Una pasión entibiada apenas llegó el otoño, que tuvo un fugaz flirteo durante el invierno, cuando fueron asesinados en el Puente Pueyrredón, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

El último mensaje de afecto, quizás, hasta que empezara nuevamente la sospecha y el rencor. En esos años durante una entrevista al autor Alberto Migré (creador de los más exitosos teleteatros de los años dorados de la televisión) se le preguntó qué historia de amor le había quedado pendiente de escribir. Él contestó: “una donde ellos se cruzan en un piquete, mientras él corta una calle y ella va en su coche”.

La mejor síntesis de un amor imposible de la pluma que más sabía de desamores. El autor falleció en 2006 por eso quizás pensará en esa historia como algo mínimamente factible. Es que aún nada era tan álgido. El rencor aún guardaba las formas.

Desde reducción de compras hasta cambios de prepaga por obra social u hospital público justo en un momento donde el éxito es sinónimo de lo privado, las vidas silvestres parecieran en camino a estatizarse

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Este 2024 nos agarra en medio de un fuertísimo ajuste llevado a cabo por un gobierno que se ha salido de todos los manuales de análisis, pero también, esa misma clase media se muestra fuera de cualquier libreto consabido.

Como si no existiera guionista que pudiera adelantar ni siquiera medio capítulo, buena parte aguarda pasar el chubasco para ver salir el sol dolarizado mientras otra parte observa preocupada sobre cuántos metros será la caída, sabiendo, encima, que es indefectible por la confianza que aún sienten sus votantes.

Igual, toda la clase media está tan imbuida en su ombligo que los niños pobres del Chaco-que tanto desvelaba a algunas conciencias en tiempos de controlar adónde iba a parar el IVA de los fideos- volvieron al galpón de lo que no importa. Ante la imprevista laxitud de este gobierno con la palabra casta muchos sienten que no hay tiempo para lagrimear por otros. La casta puede ser uno y la motosierra impiadosa pasarnos por encima.

Más aún cuando faltan los aumentos de tarifas que, si son de la magnitud que se supone, terminará asestando un golpe letal a todos los emblemas de la clase. Desde reducción de compras hasta cambios de prepaga por obra social u hospital público justo en un momento donde el éxito es sinónimo de lo privado, las vidas silvestres parecieran en camino a estatizarse. Otra de las pesadillas que, al parecer, sus votantes están dispuestos a tolerar en pos de la luz al final del túnel. La paciencia inesperada.

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Quizás la serie de Mariano Cohn y Gastón Duprat, “El encargado”, sea la foto perfecta de la desconfianza entre las distintas caras de la clase media. Por sueldo el encargado es un par de los vecinos y hasta quizás gane más que muchos de los habitantes del edificio.

Fuera de esa ficción en la realidad también es cierto lo enemistada, hace años, que se encuentran las distintas facciones de ese sector, creyendo que es insalvable su relación con la otra parte, ya que, como dice Martín Rodríguez, la grieta también fueron los años de “lucha de clases medias”.

Además, por lo difícil que es englobarse ya tiene varias aristas el motivo de sentirse parte: por educación, por economía, por herencia. Como un linaje en el que se agrupan el que tiene su emprendimiento de botellas de vidrio, el que trabaja en la administración pública, la que tiene la peluquería, la que da clases en la facultad, la terapeuta, el plomero, el colectivero, la esteticista, el programador, el médico, la policía o el empleado raso de una corporación.

Por eso quizás ante un enemigo externo, el ajuste, la baja del consumo, los despidos, las tarifas, milagrosamente hagan las paces, como cuando andaban de la mano con los piqueteros en el nacimiento del siglo, dejando de lado el desprecio, por un breve lapso, que también se tienen estos pares, para unirse al grito de “flat white y shopping la lucha es una sola”. Sin tirarse con que unos son unos frívolos y los otros unos hipócritas. Al menos, hasta que estén a salvo.

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