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05 de noviembre 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura Argentina en la Universidad Nacional de Rosario

SAER EN LA LITERATURA ARGENTINA

Tiempo de lectura: 9 minutos

Si nos atenemos a los diarios de Adolfo Bioy Casares, el lunes 16 de mayo de 1960 comieron en casa del autor de La invención de Morel su padre, Adolfo Bioy, y su amigo Jorge Luis Borges. Unos días antes, el 21 de abril, la ciudad de Brasilia se había convertido en la capital de la República Federativa del Brasil. La noticia dispara en Borges una impiadosa ametralladora de ironías: llama a la nueva capital «sociedad anónima», no comprende que hayan levantado rascacielos en una zona donde la tierra sobra y «debe ser barata» y cuyos antiguos propietarios podrían haber sido «un tapir y un caimán». Y si el traslado de la capital no fue por motivos económicos sino climáticos, sugiere que hubiera sido preferible que la mudaran al Uruguay o a Glasgow donde tal vez, además, encontrarían «gente que los gobernara». El dueño de casa y su padre no van a la zaga en las ironías. Como los ministros aún están en Río de Janeiro, deben comunicarse con sus oficinas por teléfono. Los loros (que se suman ahora a la comparación animalista que desarrollan los contertulios sobre el país vecino) interrumpen las llamadas y, agrega Borges, «cuando se nota una cierta monotonía en las respuestas, no es el presidente quien habla, sino un loro. A veces son dos loros». Al hilo de esta conversación —y tal vez debido a que en una de las capas de su mente, por sobre la noticia convertida en escarnio, vibran los conceptos de territorio, Estado, política y nación— agrega Borges, desviando (por lo menos para sus compañeros de mesa) el tema de la tertulia:

El azar de la Historia política determina las Historias de las literaturas y demuestra la falsedad de las clasificaciones. Porque se hizo independiente, el Uruguay tiene sus Historias y antologías literarias; porque siguió unida a la Argentina, Entre Ríos no. Qué superstición la de los países; con las aduanas, las diferencias de moneda, las banderas, la fomentan. La política corrompe el estudio de la literatura. La gente estudia Historia de la literatura uruguaya; si hubiera ganado Ramírez estudiaría la Historia de la literatura entrerriana. Hay mucho más de común entre la literatura de Buenos Aires y la de Montevideo que entre la de Buenos Aires y la de Salta.

Y de inmediato, en un nuevo pliegue, comienza a recitar a viva voz el soneto de Francisco de Quevedo «Miré los muros de la patria mía».

Una literatura nacional, dice Aira, es asumida como propia cuando se puede empezar a hablar mal de ella

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En efecto, Borges, que fue profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires desde 1956, y que en 1965 había publicado junto a María Esther Vázquez una breve Introducción a la literatura inglesa, tiene razón. La historia política es determinante de las literaturas nacionales y consecuentemente de sus historias y antologías. No hay literatura nacional hasta que no hay Nación. Pero la fanfarria política (muchas veces político–militar) de la creación de una Nación no segrega de inmediato una literatura nacional ni tampoco excluye de una posible y futura literatura nacional a las expresiones literarias producidas y leídas en el territorio donde luego se creará una Nación. La historiografía de la historia de la literatura nacional argentina señala una disputa respecto de esto. Florencio Varela, como es bien conocido, sostuvo —es cierto que al siempre desasosegante calor del presente, en ese entonces signado por el fervor antiespañol— que «ninguna literatura americana pudo haber mientras duró la dominación de España; colonia ninguna puede tener una literatura propia», con lo que manifiesta su certeza en cuanto a que la literatura nacional argentina está condicionada por los hechos revolucionarios de mayo de 1810 e independentistas de julio de 1816. Sin embargo, contemporáneamente, Juan María Gutiérrez, sin dejar, como anota Gregorio Weimberg, «de compartir en líneas generales esa posición», no desechó de plano «todo lo que era “colonia” o tenía relación directa o indirecta con la Metrópoli» ya que renegar del pasado colonial, al que rechazaba con entusiasmo, era, sin embargo, para Gutiérrez, volver incomprensible la propia independencia, en tanto esta había surgido de la misma sociedad que ahora la negaba. Con la perspectiva con la que no contaba Gutiérrez, el primer gran historiador de la literatura argentina, Ricardo Rojas, confirmó sus hipótesis. Para Rojas, pensar el fenómeno de la literatura nacional argentina implicaba correrse «del error de vanidad patriótica o de patriotismo militarista que lo restringe cronológicamente a los términos de 1810». Y, además, es «el espíritu mismo de la nacionalidad y no sus elementos materiales que la constituyen —territorio, política o ciudadanía— la que debe servirnos de criterio cuando clasifiquemos la materia literaria y queramos fijar la extensión de esta asignatura». Es significativa la época en la que Rojas formula esta aseveración: el Centenario de la Revolución de Mayo de 1810. En el marco de una serie de episodios anudados, como anota Carlos Altamirano, bajo el llamado «espíritu del Centenario»: las conferencias de Leopoldo Lugones de 1913 sobre el Martín Fierro, una encuesta de la revista Nosotros de ese mismo año acerca del «significado» del poema de José Hernández, la fundación de la cátedra de Literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires, otorgada a Ricardo Rojas quien, casi en simultáneo, comenzó a escribir su Historia de la literatura argentina. Esas son, al fin, las manifiestas señales de la creación de un nuevo objeto, la literatura argentina, en una época, señala Altamirano, en la que su misma existencia «debía ser probada». El hecho, por supuesto, no desestima la aseveración de sobremesa de Borges sino que la confirma en otra temporalidad. Ya no se trata de que «el azar de la historia política» determine una literatura nacional, pues a lo largo del siglo XIX, aun habiéndose publicado en su transcurso sus dos libros capitales (Facundo y el Martín Fierro), la literatura argentina, como concepto y como objeto de estudio, no es más que una ensoñación o, como puede verse tan netamente en los índices de muchos de los manuales de literatura que se enseñaban en la escuela media desde principios del siglo XX, un capítulo de la literatura española (diríamos: una literatura española de ultramar).

Martín Prieto, “Saer en la literatura argentina”, Santa Fe, UNL, 2021. Aquí publicamos, como anticipo, el capítulo “Literatura. Cambio. Autor”.

Y recién alrededor de las celebraciones por el Centenario de la definida cesura que supone en la serie política la revolución de 1810, la literatura argentina adquiere su condición de tal. De manera propositiva. Como programa. Como historia. Pero las celebraciones del Centenario fueron también, manifiestamente, acciones políticas. Programadas acciones de gobierno. Y son estas, las de 1910 (al fin, no tan azarosas como imaginaba el ácrata Borges), las que confirman las de 1810. En el medio, en 1883, como una línea tensada entre ambas fechas, Sarmiento, en Conflictos y armonías de las razas en América, preguntó: «¿Somos Nación? ¿Nación sin amalgama de materiales acumulados, sin ajuste ni cimiento? ¿Argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello».

De todos sus compañeros de generación, Rojas fue el único que atendió a las necesidades complementarias de la época, en sus dos libros más importantes: La restauración nacionalista e Historia de la literatura argentina.

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El Centenario, pese a sus convulsiones ideológicas y políticas, estudiadas por José Luis Romero, responde afirmativamente a las preguntas de Sarmiento. Rojas, el primero de todos, en La restauración nacionalista. Y desarma la sinonimia entre Argentina y Nación. Si a la primera, en efecto, le cabe fechar su origen en la revolución de 1810, la segunda trasciende el azar de la historia política (aunque es a la vez condicionado por él) hacia la época colonial y, aun, como se verá en su Historia de la literatura argentina, hacia «el alma precolombina» y «la tradición de los indios». Juan Agustín García, uno de los precursores de las ideas del Centenario —apunta Romero—,en un discurso pronunciado en la colación de grados de la Facultad de Derecho de Buenos Aires en 1899 anotó que «el porvenir de la República» debía responder a sus proyecciones materiales: ferrocarriles, canales, talleres, ciudades populosas, riquezas. Pero que eso no valdría de nada sin la presencia de «un sabio, un artista, un filósofo» que hicieran vibrar el «sentimiento de lo bello, de lo verdadero y de lo bueno». De todos sus compañeros de generación, Rojas fue el único que atendió a las necesidades complementarias de la época, en sus dos libros más importantes: La restauración nacionalista e Historia de la literatura argentina. Y en el segundo, además, en su «Introducción», al definir la cátedra de Literatura argentina de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos, definió, por sustracción, en una formulación conmovedora todavía, su objeto:

la conjunción ideal de esas dos grandes ramas de estudios; de un lado las materias de entonación nacional: paisajes, hombres, árboles, trajes, voces, mitos, emociones —cuanto constituye la tierra y el alma nativas—; del otro lado, las materias de entonación universal: ideales políticos, sistemas filosóficos, formas estéticas, cuanto constituye el fondo generoso y humano de la civilización grecolatina.

La Historia… de Rojas está precedida, como lo ha estudiado Gustavo Bombini, por una serie de manuales o aun protohistorias de la literatura argentina, casi todas extremadamente apegadas a la evolución de la historia política de la Nación, entre las que se destaca la muy importante Literatura argentina, de Emilio Alonso Criado quien en el prólogo de la cuarta edición de su libro, de 1916, anota que sus primeros estudios sobre la materia, de 1908, anticipan, con títulos diferentes, la periodización que luego Rojas presentará como propia. Pero es la Historia… de Rojas, por su ambición, por su tamaño, por su proyección, por su prosa y, aun por las expectativas con las que fue leída y estudiada, la que termina de definir el objeto.

En el año 2010, en el marco de las celebraciones por el segundo centenario de la Revolución de Mayo, se realizó en Rosario un congreso llamado Literaturas americanas: 200 años después de la emancipación política. En la mesa Las literaturas nacionales y los textos fundadores, César Aira leyó un trabajo titulado «Amalia»:

Parto de la hipótesis de que una literatura se hace nacional, y es asumida como propia por los lectores de esa nación, cuando se puede hablar mal de ella, no cuando se puede hablar bien; esto último cualquiera puede hacerlo, con o sin sentimiento de pertenencia.

Unos días antes, el 21 de abril, la ciudad de Brasilia se había convertido en la capital de la República Federativa del Brasil. La noticia dispara en Borges una impiadosa ametralladora de ironías: llama a la nueva capital «sociedad anónima»

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Unos años después, en 2017, en el cierre del Coloquio Juan José Saer —realizado en Santa Fe y del que participaron la mayor parte de los críticos y escritores que estudiaron, valoraron y celebraron la obra del autor santafesino—, Beatriz Sarlo, en una polémica exposición, subrayando algunas de las ponencias leídas en esos días se preguntó, retóricamente, «¿Se puede decir de Saer, como se dijo de Homero, que a veces duerme?», destacando que ya no había, de parte de los críticos, necesidad de defender la obra de Saer y que, aun, como en los casos de Shakespeare, Flaubert, Baudelaire, podían distinguirse, en el corpus de su obra, libros malos o menores. Y que eso sucedía porque la obra de Saer ya había entrado en la posteridad. Ya formaba parte de la literatura argentina.

Una literatura nacional, dice Aira, es asumida como propia cuando se puede empezar a hablar mal de ella. Un escritor como Saer, dice Sarlo, es definido como grande cuando se puede empezar a hablar mal de su obra.

Las categorías (literatura nacional/argentina y autor/Saer) son diferentes y responden también a convenciones diferentes. Pero es un hecho que mantienen un vínculo de interdependencia fundamental para la vigorización de ambas. La fuerza de la literatura nacional argentina, por más que su origen y fundación se hayan cocinado al fuego del azar de la política y de la historia, se la dan sus escritores. Y la potencia de un escritor nacional está dada, también, por su relación, en términos de influencias, cancelaciones y proyecciones, con los otros escritores nacionales (esos que responden a esa «conjunción ideal» de la que hablaba Ricardo Rojas). Borges, para dar un ejemplo que no admite discusiones, entre Sarmiento, la gauchesca y Macedonio Fernández —hacia atrás— y Rodolfo Walsh, Juan José Saer y César Aira, entre otros, hacia adelante.

Por eso Saer —que como Borges y como Aira prefirió siempre apoyarse en una tradición literaria cosmopolita— señaló, en una entrevista de 1993, preguntado acerca de qué esperaba de sus libros: «Que gusten, que duren, que queden. Me gustaría ocupar un lugar, pequeño aunque sea, en la literatura argentina. Me gustaría formar parte de la literatura argentina».

Saer dando una charla en Instituto de Cine de la Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe, mediados de los años 60.

BIBLIOGRAFÍA

César Aira,(mayo 2012). Amalia. Cuadernos hispanoamericanos 743. http://www.cervantesvirtual.com/

Emilio Alonso Criado, (1916). Literatura argentina. Librería de García Santos.

Carlos Altamirano,(noviembre 1979). La fundación de la literatura argentina. Punto de Vista 7. https://ahira.com.ar/

Adolfo Bioy Casares,(2006). Borges. Destino.

Gustavo Bombini,(2011). Los arrabales de la literatura. La historia de la enseñanza literaria en la escuela secundaria argentina (1860–1960). Miño Dávila.

Jorge Luis Borgesy María Esther Vazquez, (1965). Introducción a la literatura inglesa. Columba.

HindePomeraniec,(marzo 1993). Un paso de comedia negra, Clarín. En Martín Prieto (comp.) (2016),Juan José Saer. Una forma más real que la del mundo. Mansalva/Espacio Santafesino Ediciones.

Ricardo Rojas, (1957). Historia de la literatura argentina. Kraft.

Ricardo Rojas, (2010). La restauración nacionalista. Universidad Pedagógica. 

José Luis Romero, (1987). Las ideas políticas en la Argentina del siglo XX. Ediciones Nuevo País.

Beatriz Sarlo, (2017). Conferencia de cierre. En Coloquio internacional Juan José Saer.http://conexionsaer.gob.ar/beatriz-sarlo-cierre/

Domingo F. Sarmiento, (2016). Conflictos y armonía de las razas en América. Akal.

Florencio Varela, (1886). Informe de la comisión calificadora. En Juan Bautista Alberdi, Obras completas (Tomo 2). http://www.cervantesvirtual.com/.

Gregorio Weimberg,(1957). Prólogo. En Juan María Gutiérrez, Escritores coloniales americanos. Raigal.

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