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RULLI

Tiempo de lectura: 4 minutos

(Para que la muerte no tenga la última palabra le dejamos la palabra a Jorge Rulli, que se acaba de morir. La juventud eterna de un hombre que fue JP cuando prácticamente no había un alma ahí, en los años sesenta. Este recuerdo que compartimos es parte del libro A la intemperie (Ciccus, 2022), que atesora los diálogos de Jorge Rulli y Julio Bárbaro con Carlos Mackevicius, Tomás Richards y Juan Manuel Strassburger. Un libro que ya es parte de su legado. Que en paz descanse después de todas las guerras. MR)

Arranquemos con la muerte de Perón.

Jorge Rulli: Cuando muere Perón estaba en un campo de San Pedro, trabajando, como siempre. 

¿Cómo fue que llegaste ahí?

Rulli: Nosotros veníamos militando en La Matanza desde hacía años. Cuando asume el gobierno de Cámpora, a mí me ofrecen ser el Director de Cultura del municipio, pero al final me terminan dejando afuera y me ofrecen un cargo de menor rango, que no acepto. Iniciamos una toma muy grande del edificio de la Dirección de Cultura de La Matanza, que quedaba en Ramos Mejía, y duró varios días. Pero en una asamblea en la que yo no estaba, mis compañeros deciden levantarla. Yo tenía una rebeldía en ese momento que era muy difícil de seguir, digamos que mis compañeros estaban mucho más dispuestos que yo a apoyar y tener expectativas en el gobierno. Ante esta ruptura de la disciplina, asumo que la etapa cambia y quedo otra vez bastante solo, sin laburo y con mi familia a cuestas. Entre Guardia y los montos se habían repartido todos los cargos del gobierno, le ofrecían al presidente listas de tres o cuatro militantes por cargo, no quedaba casi lugar para los independientes. Así que me pongo a buscar donde trabajar, en cualquier cosa. En esa situación, medio de casualidad, en una reunión con un compañero y amigo, que era abogado y estaba trabajando para la Facultad de Agronomía de la UBA, me comenta que estaban buscando un ingeniero agrónomo para que se haga cargo de un campo que la Facultad tenía en San Pedro, en la provincia de Buenos Aires. El problema era que como implicaba asentarse en el campo, ninguno de los que habían entrevistado hasta ese momento quería agarrar porque no querían dejar la Capital Federal. Inmediatamente mi esposa de aquel entonces, que estaba presente, preguntó si era necesario que sea ingeniero agrónomo porque si no yo podía ocupar el cargo. Así que con el apoyo de la mayoría de las autoridades de la UBA, el decano en ese momento era Rodolfo Puiggrós, y de la mayoría de los sectores del peronismo representados en la vida académica, salvo la de los militantes que respondían a Montoneros, que se opusieron abiertamente, me designaron en el campo de San Pedro con una jerarquía como la que tienen los rectores de los colegios que dependen de la UBA. Después el campo dejó de pertenecer a la Facultad de Agronomía y pasó a  depender directamente del decanato de la UBA. Así fue que nos mudamos con toda la familia.

Pasamos por el pueblo de Santa Lucía, donde teníamos la base política de la JP, era el lugar más cercano, un pueblo semi abandonado. Reunimos a la gente rápidamente, les contamos lo que pasó (ya sabían algunos), nos preguntaron qué hacer y les dijimos que hicieran un velatorio, un féretro simbólico

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¿Cómo fue entonces que te enteraste de la muerte de Perón?

Rulli:Me acuerdo que en ese momento estaba en el parque de la estancia y la veo llegar, envuelta en un poncho, a mi ex compañera, a Pelusa, llorando. Ella me abraza y me dice que había muerto Perón. Por la radio sabíamos que estaba mal, pero no a tal punto. 

¿Fue sorpresivo?

Rulli: Y sí. Todos sabíamos que estaba mal, pero creo que él mismo se pensaba eterno y todos lo pensábamos eterno, no estábamos preparados. Fue muy fuerte. Inmediatamente convocamos a todos los que nos quisieron acompañar. Teníamos un pequeño ómnibus Mercedes Benz, entrábamos unas veinticinco personas, y nos fuimos con los más seguros a Buenos Aires dejando la estancia en manos de algún responsable sin saber qué iba a pasar. Entrábamos en una dimensión desconocida, se mezclaba todo: lo personal, lo familiar, el trabajo. Era un fin. Además del dolor, era esa conciencia de cierre de etapa. Pasamos por el pueblo de Santa  Lucía, donde teníamos la base política de la JP, era el lugar más cercano, un pueblo semi abandonado. Reunimos a la gente rápidamente, les contamos lo que pasó (ya sabían algunos), nos preguntaron qué hacer y les dijimos que hicieran un velatorio, un féretro simbólico. Nos dicen que se van a organizar y seguimos viaje a Buenos Aires. Todo fue muy tremendo, mucho dolor y una incertidumbre muy grande a futuro. Pero lo que quiero contar es que pasamos ahí más de lo que suponíamos, nos quedamos casi una semana en Buenos Aires viendo qué iba a pasar, conversando con todos los compañeros de los grupos independientes de Montoneros y de lo que ya era Lealtad, a ver si concertábamos alguna política juntos. Esto implicó muchas reuniones. Y un día volvemos al campo. Llegamos como a las doce de la noche y pasamos por Santa Lucía. Estaba totalmente oscuro, por supuesto, vemos una luz y ahí nos acordamos de la capilla ardiente, de lo que antes habíamos organizado, y vemos que estaba toda la gente ahí. Me dan ganas de llorar [llora]. Estaban igual… Se nos había olvidado y decidimos no acercarnos. Nos fuimos al campo y regresamos al día siguiente. Vuelvo a ver gente en la capilla. Me sentí tan superado por la gente… Porque nosotros ya estábamos en la especulación política y ellos todavía estaban sufriendo. Esa es la anécdota fuerte que registro. La gente del pueblo abandonado. Te hablo de veinte personas. La distancia entre un militante y la gente de base… 

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