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19 de febrero 2022

Juan Di Loreto

REMEDIO PARA MELANCÓLICOS

Tiempo de lectura: 3 minutos

Tardé en darme cuenta que la señora leía Rayuela de Julio Cortázar. El martes parecía que había comenzado el libro, el jueves casi lo terminaba y el viernes apenas había empezado. Es lo que tiene caminar por la ciudad. Uno anda por aquí y allá y va descubriendo constantes en los recorridos: la señora con el libro en el boulevard, el portero que toma mate con el kiosquero, la chica que fuma cigarrillos armados, el que espera en doble fila en una calle lateral. 

Es verdad de feria: no se camina la metrópoli como el pueblo. En Buenos Aires discurrimos (utilizo el nosotros inclusivo para explicitar el centralismo porteño que mal disimulamos), nos damos a la calle con la velocidad que la misma urbe impone. Acá hay que caminar ligerito. Si te parás, es a un costado y para no cortar la circulación. El transeúnte vive la clásica fragmentación de su mapa mental: camina como en París, tiene la fantasía metafísica de un alemán pero se comporta como un americano, del Norte.

Su patria es su cuadra. Si tiene suerte se radica en un café o un bar, establece cierto circuito cultural, traba amistades, hace legendario un cine de barrio. Así, los porteños conviven con mezcla vana de arraigo y ansias de exilio. A fin de año quieren escapar hacia el mar o la montaña, pero en marzo están instalados en la metrópoli. El porteño es un animal de nuevas costumbres: ya no sale temprano los domingos a comprar el diario. Se despierta y en la extensión de su brazo habita el diario, los suplementos culturales, el tiempo. Ya es un cyborg más en una época sin remedio para melancólicos.

Una biografía urbana compuesta de memoria, es decir, compuesta de retazos y fabulaciones. Es la forma que tienen las ciudades de hablarnos

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Vuelve a la calle y vuelve a vivir. Lo porteño se tramita afuera; el asfalto es su inmenso río que desemboca en históricas plazas y parques. Se camina la ciudad como se lee un texto: qué es una ciudad si no una gramática -unas reglas, unos usos- para recorrerla. Y sobre esa ciudad titila una ciudad textual, mezclada como papeles en un cajón, donde uno llega a preguntarse: “¿encontraría a la Maga?”, donde serpentea el escritor ciego, donde manijean los siete locos, donde Piglia escribe cuadernos en una pieza de Almagro, donde el Gran Félix de Cabecita negra camina por Avenida de Mayo: “Estaba solo en el mundo y la lluvia caía suavemente sobre la avenida de viejos hoteles de cúpulas negras”.

Y sobre aquellos mapas textuales hay otros mapas, furtivos, personales, que tienen que ver con la pena, la espera, la humedad, las casas marchitas prontas a derrumbarse. Una biografía urbana compuesta de memoria, es decir, compuesta de retazos y fabulaciones. Es la forma que tienen las ciudades de hablarnos.

Errar por la ciudad es un poco como conocerse. Por eso, caminar por Buenos Aires no te lo pueden robar. Ahí sí, es como si cerraran Balderrama. Te afanaron el río y el cielo, pero patear la ciudad no. No se puede. Quizás se intente, ojo. La burocracia tecnificada sueña con monstruos a diario. Cuando no encuentren qué demoler, se picarán las calles y se cortarán sus árboles y los ficus y los tilos se deshojarán para no llorar, que no es lo mismo pero es igual; y en lugar de veredas harán estaciones para transeúntes, porque estaremos tan apiñados que ya no habrá lugar a dónde ir, porque seremos, al fin, y como quieren todos los mercados libres, seres estáticos de pantalla táctil tocar y pedir y bajar y recibir para sacar, sí, con el ímpetu que da la artificiosidad, esa foto, con ese ángulo, para mostrar eso que se es: un hombre de una época infame.