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15 de abril 2021

Luz Giardoni

RADIOGRAFIAR LA CORRECCIÓN

Tiempo de lectura: 6 minutos

Cuatro escritores muy diferentes entre sí (distintas obras, distintos estilos, distintas miradas) y una periodista, buscan extender los límites del discurso y la crítica. Cinco voces de trayectorias, edades y “palos” para nada homogéneos que se proponen debatir sin cerrar filas, que paren un libro excepcional por su diversidad. Una diversidad que no se pronuncia, una diversidad que no es bandera, una diversidad que se da sin que nadie la fuerce o imponga. Hablo de “La literatura frente al mercado y el estado. Radiografía de la corrección política”, editado por Casa Grande y Último Recurso, y prologado con gran sentido del humor por Manuel Quaranta. Se trata de un trabajo excepcional en su vocación de interpelar la coyuntura sin bajar línea y evitando, en la medida de lo posible, recurrir a una pedagogía. Un trabajo que se anima a lo que la mayoría elude, pero que no pretende escandalizar ni hacer que nadie se rasgue las vestiduras, un trabajo que, finalmente, no pretende complacer, ni quedar bien con dios y con el diablo.

Realizadas por Nancy Giampaolo bajo el sello cultural “Encuentro Itinerante”, y en plena pandemia, las entrevistas a Alan Pauls, Ana María Shua, Martín Kohan y Ariana Harwicz resulta un libro que sorprende en cada página. Coloquial, muy dialogado, da al lector la sensación de estar ahí, escuchando a personas que se predisponen a discutir sin premeditación ni tapujos. Un texto sin filtros.

“Afrodescendiente –dice, contundente, Kohan – pero no le sacás la rodilla de la nuca”. El tema es las nuevas reivindicaciones raciales y su doble filo. El diálogo avanza en un sentido inequívocamente crítico: “El cuidado hipócrita de las formas deja el problema de fondo intacto”, continúa el autor de “Confesión”. Nancy Giampaolo advierte que en las luchas identitarias hay nuevos señalamientos que reeditan viejas discriminaciones y el escritor concluye en que “poner el régimen de lo políticamente correcto para cancelar la palabra negro” es otra forma de prolongar un problema, porque “el núcleo del conflicto queda intacto, por eso sigue pasando lo que sigue pasando”.

Las redes y su hegemonía

“En un punto las redes sociales están contaminando con su propia lógica, que es una lógica inmediata, totalmente inmediatista, es una lógica del escrache, es una lógica del impacto, es una lógica de la confrontación completamente compulsiva: están contaminando en cierto sentido la dimensión de la discusión política un poco de la misma manera en que en los últimos diez años la discusión política en la tele fue contaminada por los programas de chimentos y los programas de farándula”, dice Alan Pauls. Viviendo en Alemania desde hace un tiempo, ve con cierta distancia los problemas locales y se muestra sorprendido por la ausencia de vocación crítica generalizada: “me llama la atención que no haya una especie de contra movimiento que venga, por supuesto de los colectivos más lúcidos que están trabajando en política ahora en Argentina, que no haya un contra movimiento que diga: ‘che, pero, ¿qué es esta ridiculez?, ¿podemos discutir esto?, ¿cómo puede ser que quieran linchar al que quiere discutir?’ Yo pensé que discutir era una buena palabra en términos políticos, incluso que era una palabra progre. Pero me parece que no”. Sin embargo, el libro que se está gestando para el momento de estas conversaciones constituye exactamente eso, un paso contra la construcción de consensos forzosos.

Yo pensé que discutir era una buena palabra en términos políticos, incluso que era una palabra progre. Pero me parece que no

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“¿Sabés qué? Vamos en camino a decir que San Martín era pedófilo. Porque San Martín tenía 32 años y se casó con una chica de 14. Entonces qué, ¿hay que pensar que era un pedófilo? – ironiza Ana María Shua – Si uno lo piensa en función de lo que hizo la National Gallery rechazando las obras de Gauguin, porque tenía relaciones con chicas muy jovencitas de Tahití, ¿qué es eso? ¿Por qué tenemos que juzgar todo con los parámetros actuales de determinados grupos, además?”. Después de repasar los años en los que escribir no suponía una inscripción automática en un género desde el que pararse, la autora de la mítica novela erótica “Los Amores de Laurita”, añade anécdotas personales que hacen entender por qué es parte de un libro de estas características: “Yo tengo una amiga argentina, que vive en Estados Unidos desde hace muchos años, que vino acá y la llevaron a un espectáculo de tango. Susana Rinaldi cantaba un tango en que una mujer decía que le gustaba que su hombre le pegara. Y ella se levantó y se fue, le pareció intolerable. Entonces ¿qué es lo que queremos?, ¿borrar la historia? Uno puede dar explicaciones, y puede y debe dar ciertas explicaciones, sobre todo cuando las cosas son para chicos, ¿no?”

A Pauls le parece “escalofriante” que los trigger warnings vayan estableciéndose sin resistencias. ¿De qué se trata? Pauls lo explica: “es un nuevo procedimiento que adopta cada vez más a menudo la industria editorial del mundo, sobre todo en el mundo anglosajón, que consiste en poner en las primeras páginas de un libro, antes de que empiece la novela, el libro de cuentos o lo que sea, advertencias de cosas que van a aparecer en el libro en tal página, en tal capítulo y que pueden disparar –dicen los trigger warning– emociones traumáticas, recuerdos dramáticos, sufrimientos, angustia, stress, lo que sea”. Lo que se señala, aclara, “son escenas eróticas, escenas de violencia física, escenas de violencia verbal, un cierto tratamiento de las jerarquías sociales, una cierta pintura de relaciones de dominación, representación de minorías, representación de mujeres, etcétera, etcétera”. Y deja una pregunta: “¿qué tipo de sujeto imaginan los editores y las editoriales que son los lectores y las lectoras y les lectores de estos libros?”.

Moral y consumo

Sobre la saga de cancelaciones del mundo del cine, Kohan se explaya: “Vos nombraste a Woody Allen o nombramos a Polanski. Si no estamos hablando de sus vidas –yo no integro el consejo rabínico, no integro el vaticano, yo no soy autoridad de las vidas– y, llegado el caso, si hubo delito que actúe la ley. (…) La complejidad de las representaciones artísticas toca a la complejidad que tienen los fenómenos sociales. Hoy, dicho al revés, una instancia muy adecuada para indagar y discutir la complejidad de los hechos sociales son las obras de arte, dado que tienen también una complejidad de composición y de representación muy propicia. Entonces, llegado el caso, en vez de cancelar Lolita, leámoslo y discutamos qué pasa ahí y cómo funciona eso”.

Giampaolo advierte sobre la contradicción de transformar reivindicaciones sociales en bienes de consumo. En una línea similar, Harwicz dice sobre el feminismo: “Yo lo que reivindico es que no se vuelva un consumo más, la ideología de consumo. ¿Qué querés consumir? ¿Ahora consumís feminismo?”. Radicada en Francia desde hace muchos años, se permite ver algunas cosas en perspectiva y hacer comparaciones entre el mercado europeo y el local. Propone como deber del artista ir contra aquello que resulta condicionante de la libertad creativa, incluso aunque lo beneficie: “Tenés que quejarte de eso cuando a vos te da beneficio, es decir: tenés que ser justa y tenés que luchar contra ese patrón también cuando te beneficia, también cuando por ser mujer –linda, joven, homosexual, lesbiana, musulmana, negra, judía– también cuando ese estatuto de víctima del cual luchás, te beneficia. Porque por eso te editan, por eso te ponen en primera plana –no hablo de Argentina, hablo en general– porque realmente esto no se restringe a Argentina. Argentina lo ve desde un foco argentino, ¿no?”. A diferencia de muchas escritoras de su generación o más jóvenes, construidas a partir de activismo feminista, la autora de “Degenerado” denuncia una situación sobre la que la mayoría calla: “hay editores, hay editoras, hay agentes literarios que dicen vamos a meter a una mujer porque vende que sea mujer, vamos a meterla en primera plana”

Giampaolo advierte sobre la contradicción de transformar reivindicaciones sociales en bienes de consumo

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Interpretar la palabra

Criticado duramente a partir de unas apreciaciones que dio sobre el lenguaje inclusivo hace un par de años, Pauls se explaya: “No es que no quería que cambiaran el paradigma ‘a’-‘o’, femenino-masculino, por un ‘paradigme’. No era eso lo que me preocupaba, la pureza o la integridad del lenguaje, me importa un carajo eso realmente, soy escritor precisamente a partir de pensar que no hay ninguna integridad a defender en el lenguaje. Lo que me parecía es que había por un lado como una cierta idea un poco ingenua, un poco cándida, que tenía que ver con que si efectivamente se intervenía en el paradigma gramatical ‘a’-‘o’, femenino-masculino, iba a producir un tipo de transformación política en lo real”. Esa extraña fe en el poder de las palabras no atañe al lenguaje inclusivo solamente, sino a casi todo lo que en este libro se analiza y discute. “A mí me ha pasado tener que traducir un pedazo de Macbeth, la parte de las brujas de Macbeth, de Shakespeare, en que las brujas van tirando en el caldero los objetos más horribles y repugnantes: patas de sapo, cosas podridas, alas de murciélago…una nariz de judío. Y yo dudé, dudé por un momento. ¿Dejo la nariz de judío o la saco? –cuenta Shua en un gesto de impresionante honestidad intelectual- Y después digo: no, ¿cómo puedo estar dudando de esto? Eso fue lo que escribió Shakespeare, que las brujas tiraban al caldero una nariz de judío, porque era algo terrible, desagradable, repugnante… Y bueno, entonces hice una nota aclarando, contando cómo eran las cosas en ese momento y qué era lo que el autor podía pensar de eso. Pero no lo saqué, porque esa es nuestra historia, de eso estamos hechos”.

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