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14 de abril 2024

Martín Rodríguez

QUERIDA, ENCOGÍ A MI CLASE

Tiempo de lectura: 9 minutos

Oficina del Plan Médico llena. Re da la de “el aire se corta con Gillette”. No es una oficina de ANSES, pero se respira como en una. Un hombre viejo, acompañado por su esposa, que en ocasiones le toma el brazo con un pará, pará, está al borde del ataque nervios. Es uno más que viene a decir: “no puedo pagar el aumento”. La empleada le explica cosas que apenas se escuchan y a él se lo ve tomando carrera siempre para una puteada. Cada temporada argentina de tocar fondo tiene en caja la puteada nacional. Un Arteche y la reputa madre que te parió, aunque no venga al caso. Los argentinos y nuestro umbral de tolerancia: siempre fuimos, somos o seremos estafados. Ese también fue un Preámbulo democrático. Estamos en una larga crisis. No empezó ayer. Los cuatro meses de faena mileísta tienen ese activo: no hay nadie “afuera” que pueda decir “yo no fui”. Ni por izquierda ni por derecha. Pinta que es la última crisis vivida por gente de edad y experiencia que sabe qué fue el Rodrigazo, quién fue Martínez de Hoz o qué fue el corralito de Cavallo. Esta es la crisis de frente de una tropa de chicos y chicas sub 30 que sólo conocen el cepo, o sea, la restricción a tener ahorros, el lento declive. Esta es la crisis de los que piden su estallido. De los que dicen, a través de Milei, “¡me toca!”. Toca que los dejen jugar. Porque cada generación tiene derecho a jugar con el fuego del dólar barato.  

La mujer que del otro lado del mostrador atiende al matrimonio de jovatos lo lleva con estoicismo, aunque por momentos parece que se quiere hundir en su silla, desaparecer. Porque el espectáculo lleva muchos minutos y tiene testigos. Nosotros. O sea, los demás que esperan hacer la misma queja. Ella tiene poco y nada que ofrecer. El hombre no quiere solo un descuento, lleva más papeles encima, tiene que hacerse estudios, es el temario de una asamblea. Se escucha que ella le dice: “Pero usted tiene que mandar un mail con la receta y ahí le indican que…”, y zás, ahí el viejo la corta de cuajo: “¿Un mail a quién, si estoy hablando con usted acá?”. Toda burocracia tiene un momento así: cuando se choca contra su formalidad ridícula. “¿Por qué resolver de otro modo cosas que podemos resolver en este mano a mano?” es una pregunta casi siempre atinada. La empleada ejerce el oficio ancestral, rumano, de estar otro lado del mostrador y mandar a dar un paso más, el paso antes para llegar acá, porque es ley universal: nunca llegarás con los papeles en regla, siempre faltará un sello, un mail, una receta autorizada. Es palabra de Dios. Al rato el viejo gira la conversación, toma aire, dice: “Bueno, y otro tema”. El temario cargado. En piloto automático la empleada le informa de un descuento a su plan. Un 12%. “Hace 41 años que soy socio”, dice él. Como si fuera de un club. Como si dijera: “llevo cuatro décadas de inversión para el día en que iba a necesitar tanto el hospital, y ese día es hoy”. “El mes que viene hay otro aumento”, dice ella, mientras tipea algo como para aclarar que ese 12% de descuento se hace sobre un monto no fijo, que flota. Ah –pienso de lejos- hiciste una de más. Hay ruido a choque de placas tectónicas en esa conversación. El viejo no será negociado. Toma fuerza para la pelea. La esposa lo sostiene. Detrás de todo hombre de clase media hay una mujer que dice “no caigamos”. La clase media morirá de pie, en el ring, cada uno y cada una. En período de ajuste se puede ver de qué está hecho eso indomable que se defiende con uñas y dientes: “apoyar el ajuste no significa que no me voy a defender”. Viejo en la lona, ojos rojos, promete dar su pelea final. Así somos todos. Dueños, en última instancia, de una causa personal. “Nos hicieron neoliberales y no saben cómo gobernarnos”, patentó Alejandro Galliano. La guerra de fondo es esta otra sangre derramada, es la de ciudadanía con puñal, cuerpo a cuerpo. Y lo dicho: ¿cómo se banca esto? No sabemos dónde empieza o termina la clase media, pero podemos ser testigos del pugilato con que se defiende. En la prosperidad las vidas se privatizan (el sueño de pasar a la prepaga), en el ajuste, la paradoja del ajuste: muchas vidas se estatizan. “Yo me bajo del plan, pero que siga mi mujer y mis hijos”. Caer. De a uno. La prepaga, el precio imposible. A más ajuste, más cuello de botella sobre lo público. Querida, encogí a mi clase.

Gobernar es entender la Argentina cuando ya no estás a tiempo de huir

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A Milei tampoco le es fácil por una virtud y falla del sistema. Los presidentes se quieren con mayorías, blindados de legitimidad electoral. Pero ganar en un balotaje produce esta esquizofrenia de poder: tener, por ejemplo, un bloque escaso en diputados, y simultáneamente contar con la pila de votos que te dio ese balotaje. Eso no se combina fácil. Mesianismo con techo parlamentario. El treinta y pico de las Generales y el cincuenta y seis del Balotaje chocan y crujen. Para ir contra la casta se necesita casta. El meme del hombre araña es el motor de la Historia. Los templos se derriban por dentro. Entre miles de dramas simultáneos, ese es el drama de un De Loredo. Un político que no sabe contenerse las lágrimas es un drama vivo. ¿Por qué llora?, ¿porque sabe que es un kamikaze? De Loredo vestido toma la última copa al pie del avión, del Zero, bandera nipona de fondo. Imperio del Sol.

Y, sin embargo, gobernar no será solo contra o sobre o a través de la casta. Gobernar es entender la Argentina cuando ya no estás a tiempo de huir. Gobernar es una trampa. Es entender tarde. Gobernar es estar con el caballo a mitad del río (aunque hayas empezado ayer, porque Argentina no empezó ayer). Entender a los que quieren su sangre prometida, a los donantes, a las mil excepciones con que se hace la regla, al lobby, el contra-lobby, entender que si das tarifa plena se la llevan, que nadie invierte “hasta que no invierta el otro”, que podés empezar por ley Mucci y podés terminar con un ministro que te pone la CGT, que al final es ingrato, decepcionante, que tenés que entender a todos, pero nadie te entiende a vos. Y, también, viendo estos viajes presidenciales al exterior, gobernar es que te paguen la gira, la fuga celestial, conocer a tu ídolo. Lo supo Sarmiento, que le pasó sus “eventuales” al Estado, pero inventó lo que vale la pena de este país. Por empezar, millones de argentinitos vestidos como de nieve. Gobernar es que te cague tu clase. Gobernar es ser cornudo. Gobernar es cagar a tu clase.

“Le están declarando la guerra a la clase media”, fue el tuit de Luis Caputo contra las empresas de medicina prepaga. ¿El enemigo semanal del gobierno? Sí. Las prepagas. Pero un enemigo más profundo. “No somos pro empresarios, somos pro mercado”, dijo Adorni el miércoles y quiso decir que el gobierno prepara medidas. O sea, que los va a psicopatear y no sabe cómo regular lo que su propop gobierno desreguló. Interrumpió esa mañana el respeto irrestricto al proyecto de vida del otro, y abrieron los ojos ante una actividad cartelizada que desregularon ellos. Gobernar, finalicemos, siempre será una tarea anticapitalista. Un poquito, al menos. Aunque los ojos de Elon Musk te pierdan.  

Distintas encuestas insisten en que el presidente, incluso, recupera algo de la imagen que perdió. Se volvió un lugar común repetir que también, cuanto más alto nivel de estudio más esquivo el acuerdo con muchas medidas. Milei es popular en la popular. En los estudios cualitativos, dice Shila Vilker, “se entienden los ajustes que pesan y los ajustes que no”. El ajuste se mastica en casa. El ajuste se rumia. “El consumo sedentario (salir a comer, ir al cine, los paseos) se ajusta y ese ajuste se naturaliza, fin de fiesta, pero cuando el recorte alcanza a los chicos, ¿cómo se le dice que no a un chico?, ahí duele más”, explica Shila. Su impresión es que todavía actúan redes de contención social: márgenes en las tarjetas, préstamos familiares, alguna soga, o los “canutos” que mencionó Milei para mencionar esa guita de abajo del colchón que acolchona su ajuste. Milei es el político que más le pidió a la clase media en menos tiempo.  

Soluciona la inflación, y luego existe

A la vez, “no es tan lineal lo económico como para tener un impacto automático”, dice Shila. Sobre todo, en un gobierno que cumple su promesa de dolor. “Las narrativas inciden: ahora pega el ‘nosotros siempre estuvimos mal’. Así como los políticos son una mierda, pega el siempre estuvimos mal, sin distinguir etapas mejores”. La idea de verdad: las cosas hay que pagarlas lo que valen. “La expectativa presidencial sigue alta. Él va a solucionar la inflación y eso será una panacea para el resto de los problemas, cree mucha gente” según Shila Vilker. A caballo regalado no se le miran los dientes. Pero las décadas de “tarifas regaladas” fueron las mismas décadas en que el kirchnerismo volvió un tabú cualquier segmentación y en que, lejos de hacer de esa política de subsidios su puente con la clase media, la usó más como argumento para tener razón contra ella (y desde adentro de ella). Históricamente el motivo concreto por el cual Néstor Kirchner congeló al imprudente vicepresidente Scioli cuando allá lejos, en el 2003, osó pedir “actualización de tarifas”.

Otra fuerza incipiente frente a Milei es la sensación generalizada de que “no hay alternativa”. Fueron muchos años de estirar “la alternativa” a lo que hay ahora. Milei es el centro de la escena como único disponible. ¿Ciudadanía que quiere acompañar para que nazca un nuevo orden y eso vuelve más digerible el ajuste? Ajuste no es más una mala palabra, por lo pronto, aunque es obvio el cómo y el a quién. Una cosa serán los despidos en zonas remotas del Estado, otra son los tarifazos debajo de la puerta. Y estamos en ese umbral: empezaron a llegar las boletas. De a poco. Los canales se empezarán a llenar con la ruptura glacial, en vivo, de cada Pyme. La batalla crucial del gobierno mientras el dólar se mantiene estable, y tanto que comienza a repetirse en la mitad de los programas de la “primera mañana” radial el concepto que sabemos por viejos: atraso cambiario. Pero el riesgo país en baja, bancos que se compran (el Galicia compró al HSBC), esa pax son los meses en que si Milei sólo mirara el mundo financiero estaría chocho. Pero esta misma semana se conoció el Índice Construya (IC) de marzo, el que mide las ventas de los grandes proveedores de la construcción. Sigue en baja: un 40% por debajo del nivel de marzo de 2023. La actividad golpeada por la reducción de la obra pública. El índice mide la evolución de los volúmenes vendidos de ladrillos cerámicos, cemento portland, cal, aceros largos, carpintería de aluminio, adhesivos y pastinas, pinturas impermeabilizantes, sanitarios, calderas y sistemas hogareños y centrales de calefacción, grifería y caños de conducción de agua, pisos, revestimientos cerámicos y materiales eléctricos y electrónicos. Estamos al horno de lo frío.

Su impresión es que todavía actúan redes de contención social: márgenes en las tarjetas, préstamos familiares, alguna soga, o los “canutos” que mencionó Milei para mencionar esa guita de abajo del colchón que acolchona su ajuste

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El rebote (la V) de la economía también depende de la obra pública, además de la inversión y de la recomposición de salarios y jubilaciones. Ese “fuego” está apagado y no se va a encender. Milei no quiere recomponer la Macroeconomía para que después funcione lo que funcionaba antes. Macri sí creía en la obra pública y sí hizo obra pública. Milei quiere cambiar la economía.

Cuerpo a cuerpo

El cuerpo a cuerpo tiene otras escenas. Se empezó a hacer costumbre leer que en pleno centro porteño un grupo de presos se escapan de una comisaría. Indagando suena lógico: hay un cuello de botella que lo explica. Las comisarías y alcaidías que alojan detenidos están a disposición de la justicia nacional y la justicia de la Ciudad. La Ciudad de Buenos Aires tiene detenidos que dependen de los jueces penales locales y otros detenidos de jurisdicción nacional. La capacidad de las alcaidías se calcula alrededor de mil y hay el doble de detenidos. El secretario de un juzgado dice en off: “la capacidad de alojamiento es mil porque le inventan ese número, pero para llegar a ese número tuvieron que habilitar calabozos en las comisarías que estaban clausurados justamente por esto, porque no son lugares aptos, son horribles, sin ventana, no tienen nada”.

¿Qué pasó? Una explicación dice que desde la Pandemia se empezó a restringir el ingreso del Servicio Penitenciario. El argumento: “tienen que hacer un aislamiento y no pueden ingresar la misma cantidad que antes”. Era lógico, si entraba un preso con Covid contagiaba un pabellón. Así, entonces, empezaron a restringir el cupo de ingreso, pero la cantidad de detenidos -tanto de Ciudad como de Nación- no bajó, y no hubo políticas para restringir esas detenciones, y se siguió acumulando gente en comisarías y alcaidías, ya sean condenados o con prisión preventiva. Son lugares no preparados, sin colchones adecuados, sin tratamiento penitenciario, ni posibilidad de reinserción después, no tienen baños, ni hay un sector médico, las visitas familiares son otro drama. El Comité Contra la Tortura advirtió lo que venía pasando. El único ruido que queda son las notas que cada tanto mencionan fugas. Presos escapando por la calle Perú o Tucumán, comerciantes que los vieron saltar por los techos, una pintora en su taller de calle Defensa que vio pasar uno rajando, descalzo, y había que ver cómo pisaba el empedrado fino, dice, casi pintándolos en la fuga, corriendo sobre las piedras.

Así estamos. La ropa mojada. Cada clase encogida en sí misma. Mientras las oficinas de todos los reclamos se llenan, los hospitales se llenan, las comisarías se llenan, las plazas se llenan. Y, como escribió Bukowski, ninguna otra cosa se llena.

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