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16 de junio 2024

Ramiro Gamboa

¿QUÉ ES UN PADRE?

Tiempo de lectura: 4 minutos

El mío es el que trata de empezar de nuevo. Una vida en flashes: nació en Corrientes, en un pueblo al lado de Brasil. Vivió también en Misiones y en la Patagonia. En el sur dice que le costó hacerse amigos, que las personas eran frías, que no le devolvían el saludo. Jugó en el seleccionado de rugby de Chubut: “Era el crack del equipo”, dicen quienes jugaron con él. Ágil como un ciervo, supo infiltrarse por los espacios libres. Uno de sus mejores amigos se murió mientras buceaba. Le pidieron que fuera a identificar el cuerpo. Hoy todavía habla del amigo que ya no está.

Fue a la universidad en Buenos Aires, empezó por ingeniería, pero decidió cambiarse a arquitectura porque cuenta que en el fondo quería ser un artista, “y en ingeniería eran todos cuadrados”. Conoció a mi madre a los veintiún años en el curso de ingreso de la facultad. Le gustó el sonido de su risa. Ella se enamoró de él, él de ella, y luego algo pasó: hijos.

Mi viejo hizo guita, después vino la hiperinflación y se quebró. Vio cómo los ahorros se disolvieron. El colapso. La vida rota. Se quedó sin auto, sin prepaga y sin trabajo. Mi hermana tuvo una mononucleosis de muy chica y no la quisieron atender en la clínica por falta de pago. La llevaron en brazos al hospital público. Se curó. Mi viejo llevaba a mi hermana al jardín de infantes para después ir en bondi a buscar laburo.

Hace poco caminamos hacia el mar donde había arrojado las cenizas de sus padres. Permanecimos de pie un rato, escuchando el sonido que hacía el agua. Nos abrazamos

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Un día mi hermana se quedó encerrada en su cuarto cuando tenía cuatro años y mi viejo rompió la puerta a golpazos. Y entró. Recuerdo que la madera del cuarto donde dormíamos con mi hermana siguió rota hasta el último día que vivimos en ese departamento de tres ambientes en Villa Urquiza.

Cuando tenía cinco años, me sacaron un lunar del brazo y mi viejo entró a la sala de operaciones conmigo. Hacía chistes y estaba relajado. “Dame la mano”, le pedía. Entraba a mi cuarto, gritaba “tortura china” y me hacía cosquillas hasta que no podía más de la risa. Se quedó hasta tarde estudiando historia, geografía y literatura cuando al otro día tenía una prueba en la primaria. “Vos estudiá. Es lo más importante. Nadie te puede robar lo que tenés acá”, y señalaba mi cabeza. Deportista y bostero antes que arquitecto, me hizo de Boca y me llevó a la Bombonera, a ver a Messi, a ver a los Pumas y lloró el día que su club -nuestro club-, Deportiva Francesa, ascendió a primera en 2007.

A mis once años, en sexto grado, algo pasó que tuvo que vender su auto; hace poco me dijo lo que no me había dicho entonces: “Lo vendí para pagar la cuota de tu colegio. Estaba corto de plata y no quería que te quedaras afuera”. Caminó por un tiempo. La cosa mejoró; construyó casas y edificios que aún hoy las señala y las identifica cuando pasamos por el frente. Con los años, mi mirada sobre el trabajo de mi viejo cambió, y hoy valoro su talento, su don para dibujar, diseñar, crear; encuentro su huella y veo el alma que tienen sus obras. El aura de un artista: mi padre.

La profesión le abrió horizontes inesperados. Le dedicó su vida a eso. Salió adelante. Arquitectura. En París me explicó cómo construyeron Notre Dame; en Grecia señalaba las columnas y contaba detalles importantes, y en Nueva York lagrimeó cuando vio el Guggenheim.

Un día mi hermana se quedó encerrada en su cuarto cuando tenía cuatro años y mi viejo rompió la puerta a golpazos. Y entró

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Lo vi despertarse rutinariamente a las seis de la mañana para ir a trabajar. Ducha matutina, canción de los Rolling Stones, perfume, taza de café cuando la mañana todavía estaba oscura y a recorrer las obras. Lo vi dibujar planos hasta la madrugada con un bolígrafo negro en su mano derecha y ese papel calco que usan los arquitectos. Lo vi equivocarse, ser descuidado y tomar de más. El alcohol causa problemas, siempre el alcohol. También lo vi disculparse y decir la verdad sin adornos. Le tendí la mano. “El análisis también hace de los padres, padres posibles”, escribe Alexandra Kohan.

La escucha de mi viejo es su rasgo distintivo. Es alguien generoso con el oído y con la plata. No me soltó la mano, y es probable que, si no fuera por él, estaría cercado por las catástrofes financieras. En 2022 su corazón casi se paró. Caminó de la mano de la muerte, aunque por suerte se las soltó. El episodio dejó el miedo a despertarme y encontrarme con que se haya ido. Miedo a la muerte cuando se acerca.

Hace poco caminamos hacia el mar donde había arrojado las cenizas de sus padres. Permanecimos de pie un rato, escuchando el sonido que hacía el agua. Nos abrazamos. Siento ese abrazo en momentos cruciales de la vida. “Cuando algo nos hiere, volvemos a las orillas de ciertos ríos”, dice Czesław Miłosz.

Después de cuatro años de vivir en otra ciudad, en otro continente, podemos festejar cara a cara como en los viejos tiempos. Feliz día, padre. Gracias por armarme para la vida; por enseñarme el arte de empezar de nuevo. Quería decírtelo.