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10 de julio 2023

Bruno Reichert

PUTOS CRIOLLOS Y PEDERASTAS FRANCESES

Tiempo de lectura: 10 minutos

En literatura hay clásicos, hay olvidados y perseguidos. En las letras argentinas algunos clásicos fueron censurados, pero, como diría Saul Bellow, son más los que mueren de desamor, u olvido, que es casi lo mismo. En la ficción de temática homosexual las prohibiciones oficiales tildaron a las publicaciones de “pornográficas”, por más módicas que fueran sus descripciones del sexo entre varones. La crítica literaria en medios podía desentenderse, apreciar y condenar con la misma facilidad que pendulaba la democracia en el país. Así, en 1976 El beso de la mujer araña fue publicado por Seix Barral de Barcelona y lógicamente prohibido en Argentina. Pero Manuel Puig era un escritor que ya no podía esconderse y la democratización de España lo encontró dando entrevistas a Joaquín Serrano en TVE y luego llegó la caballería de Hollywood al rescate en 1985. No todos tuvieron esa misma suerte y de eso se trata este texto, de recordar olvidados que podrían haber escrito de otra cosa, pero se asomaron al borde de lo prohibido sabiendo que había poco y nada que ganar.

Renato Pellegrini, Tirso y el mundo posible 

Bajo la dirección de Abelardo Arias, en 1956, un joven Renato Pellegrini participa de la fundación de Ediciones Tirso, la cual funcionó hasta 1965 y les permitió a ambos autopublicarse, así como traducir y editar narraciones de temática gay que en Europa ya empezaban a despuntar el título de clásicos (sodomitas). Arias había logrado reconocimiento gracias a su primera novela Árboles Talados (1942). El recién llegado Pellegrini tuvo dentro de Tirso un espacio de creación que dio lugar a Asfalto (1964). Es considerada la primera novela gay de Argentina, aunque también se podría decir que Pellegrini produjo las dos primeras novelas gays de Argentina. En 1957 había dado a luz su primera ficción semiautobiográfica: Siranger. Tanto Asfalto como Siranger tratan sobre adolescentes que se van de sus pueblos hacia la capital. Sin embargo, es en el segundo libro en el que el protagonista, Eduardo Ales, tiene total consciencia del submundo que lo rodea, aunque no tenga demasiada idea si pertenece a él o solo lo atraviesa. Y acá es donde debemos ponernos nominalistas. Los textos de Tirso, sean criollos o traducciones de autores extranjeros, no son libros de la comunidad LGBTI como lo conocemos hoy. La atmosfera de Asfalto es un mundo de varones de traje y bigote. Las locas y a las maricas (hoy diríamos trans o simplemente formas disidentes de la masculinidad) conforman una otredad que ocasionalmente se acerca para jamás pertenecer del todo.

Los textos de Tirso, sean criollos o traducciones de autores extranjeros, no son libros de la comunidad LGBTI como lo conocemos hoy. La atmosfera de Asfalto es un mundo de varones de traje y bigote.

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Eduardo Ales es un chico de pueblo que sueña con convertirse en cantor de tangos. Va aprendiendo sin muchos preconceptos el mundo que lo rodea: tipos decentes, tipos de cuidado, maricas un poco vergonzantes, pederastas que dicen que su amor por los niños es puro. Las mujeres no aparecen, salvo una, cuya presencia nos dice que Eduardo puede ser bisexual o que solo recorrió ese mundo de desviados porque en él podía encontrar un refugio cuando ya no había un mango para pagar una pensión. Como sea, Eduardo camina con los pies ampollados una ciudad de lobos esteparios. De los viejos siempre es mejor cuidarse. La relación de estas narraciones con la edad se asemeja a la crueldad aplicada por James Baldwin en Giovanni´s Room (1956). El amor de David y Giovanni (ambos al final de sus veintes) es tan atribulado como puro y lleno de formas estereotípicamente masculinas. Los hombres de más de cincuenta años que los desean e intentan comprarlos son, en voz de un narrador en primera persona, reinas viejas y tristes que solo pueden valerse de su dinero. 

Volviendo a la cuestión de la no comunidad disidente en los libros de Tirso, vale una salvedad: periodistas y escritores han señalado hasta el cansancio la no comunidad y la estratificación de estos mundos según qué tan cercano o lejano se estuviera de las formas de la masculinidad dominante. No obstante, a diferencia de otros textos de la literatura occidental de la época, Asfalto es un libro escrito sin máximas que nos digan cómo es el mundo homosexual. Por el contrario, lo vamos entendiendo sin adjetivaciones con el mismo asombro que lo hace ese chico de diecisiete años.

En la otra punta de este laconismo nos encontramos Corydon (1924) del nobel de literatura André Gide, también traducido y publicado en Argentina por Tirso. Se trata de un ensayo en defensa de la homosexualidad narrado de manera ficcional y cargado de una argumentación naturalista pero que hoy mantiene su principal vigor en sus primeras cincuenta hojas. En este inicio Gide no nombra a Durkheim pero estructura una argumentación sociológica donde se explicita el concepto de acción social y la diferencia entre lo natural y la construcción consuetudinaria. Gide es claro en su visión: lo gay es es inherente a lo humano. La aversión social es una construcción que nada tiene que ver con el respeto al orden natural y los invertidos en tacos altos son un problema de la psiquiatría.

En término de formas, Asfalto deambulan entre una experimentación fallida y una claudicación que le permite brillar una vez que se ata a las formas corrientes de la escritura. Pellegrini comienza redactar con descripciones de una o dos palabras y diálogos casi del mismo largo. Una vez que la historia comienza a espesarse, la necesidad de darle profundidad a los personajes y al mundo que los rodea termina por devolvernos a formas clásicas de descripciones y de presentar los diálogos. Utilizar muchas veces la personificación del asfalto citadino requiere más que monosílabos para espaciarla. El resultado final es más que logrado.

A diferencia de otros textos de la literatura occidental de la época, Asfalto es un libro escrito sin máximas que nos digan cómo es el mundo homosexual. Por el contrario, lo vamos entendiendo sin adjetivaciones con el mismo asombro que lo hace ese chico de 17 años.

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La publicación de Asfalto implicó acogida y censura. Ganó el premio Kraft (el mismo que había consagrado a Denevi con Rosaura a las Diez) y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Ambos fueron retirados posteriormente por considerar el libro inmoral. Manuel Mujica Láinez se había preparado para ser una suerte de embajador del libro en el mundillo literario de Buenos Aires, pero debió retirar su propio placet frente a las críticas. El prólogo que había preparado para el libro no llevó su firma. Antes de la publicación de Asfalto, Ediciones Tirso llevaba algunos años siendo fustigada por autores como Héctor Morena (Sur y La Nación) quien sostenía que la editorial era una suerte de introducción de elementos europeos de moral degradada y -algo que se repite aún en día- un intento de hegemonizar conductas desviadas. Solo algunos autores como Martha Lynch se animaron a sostener su agrado por la obra de Pellegrini. No hubo más intentos de su parte de escribir ficción. El libro hoy es más fácil de conseguir en España que en Argentina. La edición madrileña fue publicada por la editorial Las Amistades Particulares, con prólogo del argentino Alejandro Virué.

Héctor Lastra y el exilio interno

Después de dos libros de cuentos bien recibidos, el periodista Héctor Lastra pública su novela La boca de la ballena (1973). Un libro inscripto en el realismo de denuncia imperante desde los cincuenta pero con un anclaje en formas clásicas: largas descripciones y espesos flujos de conciencia. Narra la historia de un adolescente que vive en una derruida casona de las barrancas de San Isidro. La familia es descendiente de uno de los responsables de la Campaña del Desierto, casi no tiene dinero y la madre y la tía del chico depositan sus esperanzas en una fe católica que es refugio y convicción de que el peronismo debe morir bajo la cruz y la espada. Días y hojas pasan mientras esas dos mujeres reparten su tiempo entre recuerdos de un mundo que fue mejor y noticias salidas de Radio Colonia sobre un posible derrocamiento del peronismo. Un entorno de soledad, escapularios y paranoia oprime al personaje principal, quien encuentra su válvula de escape en el Bajo de San Isidro. Entre ranchos sobre pilotes habitan los peronistas de la caridad de Eva. Un mundo sin plan quinquenal ni noticias de quién rebuznaba en la SRA. Entre hojalateros y chicos que pescan bagres con olor a olor a gasoil, el protagonista de Lastra encuentra el amor en Pedro, un morocho simpático que al igual que el Eduardo de Asfalto, sueña con ser cantor de tangos mientras changuea en un aserradero.

Cuenta Andrés Avellaneda en Autoritarismo, censura y cultura en Argentina (1986) que cuando el libro se publicó en 1973 por Ediciones El Corregidor (luego de ser rechazado por otros cuatro sellos) los ejemplares fueron secuestrado por caer en el rótulo de «libro pornográfico». Adjetivación en la que cayeron las novelas Territorios, de Marcelo Pichón-Rivière, Solo ángeles, de Enrique Medina y The Buenos Aires Affair, de Manuel Puig. El motor de la censura de La boca de la ballena comenzó con una denuncia de la Liga de Madres de Familia de la Parroquia del Socorro. Tan poco y tan suficiente en esos años.

En una entrevista realizada en 1986, Lastra declara: “en la novela, el personaje central (y además narrador en primera persona) en ningún momento se daba cuenta de su homosexualidad […]  la homosexualidad no sólo no era culposa, sino que a la vez no era desencadenante de lo dramático”. 

En otros términos, podríamos decir que el personaje principal no tiene interés alguno en preguntarse si su orientación sexual tiene carácter positivo o negativo, De hecho, “eso que ocurre” no se muestra como una forma de ser, sino de hacer. Una lanza sentimental dirigida al pecho ancho de un compadrito que corresponde con más o menos ganas según el contexto, pero con la misma seguridad de que las cosas simplemente son. El enamoramiento del chico de las barrancas implica una rebelión con su mundo y consumar ese lazo es una construcción propia por fuera del incensario familiar.

En otros términos, podríamos decir que el personaje principal no tiene interés alguno en preguntarse si su orientación sexual tiene carácter positivo o negativo, De hecho, “eso que ocurre” no se muestra como una forma de ser, sino de hacer

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Así, mientras que las descripciones de la casona con vista al río nos muestran un mundo perecedero, el bajo y sus ranchos tiene el aroma de las cocinas y la floresta. También el sonido de un mundo en movimiento que lucha por vivir, mientras la casona de más arriba se cae pedazo por pedazo. La boca de la ballena es un libro sobre fuerzas que son más fuertes que sus protagonistas independientemente de sus identidades. Es un libro de denuncia, pero también de lamentos por una historia que se tragó a los individuos.

El mismo gobierno municipal de Buenos Aires que había premiado el libro en enero de 1974, ordenó confiscarlo en junio de ese año. La dictadura renovó su prohibición con la venía de discursos de refuerzo a la censura como los de la revista Somos que, explica Avellaneda, se ponían a la orden del exilio interno de autores que eran exhibidos como elementos extraños en el engranaje literario. Para escritores díscolos y sin militancia partidaria, el resultado era el exilio interno.

La editorial Legasa finalmente editó La boca de la ballena por segunda vez en 1984. Recién volvería a editar una segunda novela en 1996, Fredi. El libro obtuvo buenas críticas, no así el éxito que hubiera devuelto a Lastra a la palestra que se merecía.

París era una fiesta importada

La literatura con componentes homosexuales tendió a ser una importación posible a través de los magros circulante en la Argentina anterior a los sesenta. El catálogo se incrementó a partir del trabajo del dúo Arias-Pellegrini, quienes no solo editaron a través de Tirso, sino que dejaron traducciones luego utilizadas por sellos como Sudamericana. Ya nombramos a André Gide pero el autor de mayor peso en su catálogo fue el bestseller Roger Peyrefitte. La editorial tradujo y publicó la primera y más conocida obra de Peyrefitte: Las amistades particulares (1945), un texto sobre los enamoramientos de adolescentes en un internado católico de elite en la Francia de comienzo de siglo XX. De seguro la mejor y más perenne creación de Peyrefitte. Chismoso, hecho puntada a puntada para ser parte del jet set europeo y autoproclamado pederasta, sus libros posteriores al gran debut fueron una mezcla de estética grecolatina y cotilleo sobre intimidades de escritores, nobles y políticos varios. Junto con Peyrefitte, André Gide, Henry Montherlant, Julian Green y otros autores publicados por el dúo Pellegrini-Arias caen en la sobreexplotación del ideal estético griego, que puede incluir desde el concepto de belleza masculina, la relación maestro discípulo o de virilidad como equivalente a racionalidad masculina, versus las pasiones inútiles que representan al ser femenino. 

Veinte años después de la publicación de Las Amistades Particulares, la obra fue llevada al cine y el escritor francés comenzó una relación con Alain-Philippe Malagnac, un chico de doce años que había participado como figurante en la película. Más tarde, Peyrefitte escribiría Nuestro Amor (1967) y le diría al juez que lo llamó a declarar que todo era ficción. A la revista Gay Sunshine de San Francisco le sería más sincero, pero con la aclaración de que la intimidad duró el tiempo que el niño no estuvo cubierto por el bello corporal que lo convertía en un adulto definitivo. 

En 1967, tres años después de la publicación de Asfalto, se creaba la agrupación Nuestro Mundo, la cual incluía tanto varones gays como lesbianas. Este germen iba a dar lugar al Frente de Liberación Homosexual, fundado en agosto de 1971

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Idealizar la antigua Grecia, su concepción androcéntrica de razón, saber y arte, así como sostener la falsa idea de que en ese mundo las relaciones homosexuales eran completamente libres; resultaba un comodín argumental más que útil. Para Gide y Peyrefitte si la homosexualidad es el amor entre hombres, la pederastia es parte de ella de manera tan natural como cumplir roles activos y pasivos en la relación sexual. Si el efebo de Lord Byron era siempre un niño argelino o el del propio Peyrefitte en sus años de diplomático, un pobre botones de hotel, eso no parece ser tomado en cuenta. El arte es un saber y los hombres de ciencia y arte no erran, solo aman, cuidan y enseñan (Sí, acá es donde usted dice “viejos bufarras” y nadie se ofende).

Pellegrini parece ser consiente en Asfalto de la hipocresía imperial francesa y presenta al personaje pederasta como un ex diputado caído en desgracia que un día, envalentonado por su poder, se metió con el hijo de un tipo con más poder político que él. Eduardo está a salvo, con diecisiete años, es demasiado grande para ser su objetivo sexual. También es demasiado neófito para no tomar como válidas las explicaciones del pederasta. Toma todo como una descripción de la fauna nativa que aún no conforma una comunidad como hoy la conocemos.

En 1967, tres años después de la publicación de Asfalto, se creaba la agrupación Nuestro Mundo, la cual incluía tanto varones gays como lesbianas. Este germen iba a dar lugar al mítico Frente de Liberación Homosexual, fundado en agosto de 1971, dos años antes de la publicación de Lastra. La organización tuvo que salir del ojo público durante la dictadura, pero más allá de su corta existencia, la unidad le permitió aumentar filas y dejar publicaciones que iban poder retomar impulso con el regreso democrático. Así, hoy recordamos que los chongos de Néstor Perlongher habitaban la misma trama urbana que se destejía en las hojas de Juan José Sebreli. Todo cambiaba a la criolla, con represión fratricida incluida.

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