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02 de marzo 2024

Emmanuel Taub

PROPIEDAD Y LIBERTAD: EL FONDO DE LA OLLA DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Tiempo de lectura: 6 minutos

Con estas palabras el presidente argentino Javier Milei envió al Congreso de la Nación la Ley de Bases y Puntos de Partida para La Libertad de los Argentinos: “Con el espíritu de restituir el orden económico y social basado en la doctrina liberal plasmada en la Constitución Nacional de 1853, presentamos al Honorable Congreso de la Nación el proyecto de ley y manifestamos nuestra firme voluntad de emprender, inmediatamente y con instrumentos idóneos, la lucha contra los factores adversos que atentan contra la libertad de los argentinos; que impiden el correcto funcionamiento de la economía de mercado y son la causa del empobrecimiento de la Nación. Promovemos estas reformas en nombre de la Revolución de Mayo de 1810 y en defensa de la vida, la libertad y la propiedad de los argentinos.”

El 26 de agosto de 1789 la Asamblea Nacional Constituyente francesa aprobó la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Por primera vez en la Historia del ser humano, marcada por la destrucción, el arrasamiento de pueblos y civilizaciones y, especialmente, la desigualdad, los aconteceres teológicos, políticos y sociales convierten en realidad un ideal que no era olvidado, sino inexistente: la igualdad entre los hombres como parte de un hecho tan simple como dejado en las sombras del pasado, que el sólo hecho de nacer iguales nos hace iguales. De esta forma, la Declaración se convierte en uno de los documentos simbólicos más importantes y revolucionarios que la Revolución Francesa dejó de herencia para el mundo venidero.

Aunque se marque que los mentores intelectuales sobre la idea de libertad del presidente argentino son Ludwig von Mises (1881-1973) y Friedrich Hayek (1899-1992), en esta reflexión nos trasladaremos al texto en donde la libertad y la propiedad renacen como derechos naturales y cambian para siempre. Ideales que se constituyen como bases del nuevo mundo moreno y que sin esta transformación tampoco von Mises y Hayek hubiesen tenido las simientes desde donde construir sus pensamientos.

Si la propiedad determina la libertad es porque sin Modernidad no hay Capitalismo, y sin Capitalismo no hay Modernidad. La propiedad es el residuo bajo la alfombra y que sobrevivió al pasaje del mundo feudal y estamentario

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Regresemos entonces a la “Declaración…” de 1789: si ya el primer artículo del documento se dice que los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos, en el segundo artículo lo clarifica: “La finalidad de cualquier asociación política es la protección de los derechos naturales e imprescriptibles del Hombre” y que aquellos derechos que de ahora en adelante serán fundamento de las bases de los nacientes Estados nacionales, son “la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Ahora bien, si elevamos la Declaración al mausoleo de los textos que marcaron el cambio del viejo mundo a la Modernidad y el Capitalismo no fue sólo con la intención innegable de reconocer su peso simbólico en esta transformación, sino también porque la trampa del mausoleo es su valor histórico, pero también su valor como materia: no deja de ser una piedra. Hay una hermosa canción de Rammstein llamada Diamant que ejemplifica esto como ningún otro ejemplo: “Y ese brillo en tus ojos / me chupará el alma / eres hermosa como un diamante. /  Tan hermoso a la vista como un diamante. / pero por favor déjame ir / que poder, que ilusión / hermosa como un diamante / pero solo una piedra”.

La Declaración fue fundamental y revolucionaria para el nuevo mundo y la construcción del ser humano moderno y el cambio de cosmovisión que se tenía de éste, pero también encerró en la jaula de la Razón y el Bien Común a la propiedad y la libertad elevándolos a derechos naturales y desde allí no dejándolos avanzar ni transformar en realidad su valor como pilares para los Estados nacionales, y por lo tanto generaron ambigüedad y terminaron por mostrar su otro rostro: que eran piedras de monumentos llenos de moho  que se limpian cuando se los necesita para ensalzar los discursos políticos.

De la misma manera, las “Bases para la reconstrucción de la economía argentina” enviando por Milei asocia la libertad con la propiedad y la propiedad con la economía y la base social del país: “Que la REPÚBLICA ARGENTINA se encuentra atravesando una situación de inédita gravedad, generadora de profundos desequilibrios que impactan negativamente en toda la población, en especial en lo social y económico. Que la severidad de la crisis pone en riesgo la subsistencia misma de la organización social, jurídica y política constituida, afectando su normal desarrollo en procura del bien común.”

Si la propiedad determina la libertad es porque sin Modernidad no hay Capitalismo, y sin Capitalismo no hay Modernidad. La propiedad es el residuo bajo la alfombra y que sobrevivió al pasaje del mundo feudal y estamentario; pero además, en la constitución del hombre moderno fue rescatado por el Estado como valor, principio, derecho y límite. Si el pasado es olvido, el Capitalismo no sólo convierte en derecho natural a la propiedad como elemento para establecer la jefatura de la tierra, sino que la Modernidad y la sociedad nacional poseen en la propiedad, en el centro de los derechos que nos igualaban, el valor de la desigualdad y la construcción social de un otro al que en su otredad pueda excluirse o negarse.

Pero la libertad rápidamente muestra su cara de piedra debajo de su antifaz libertario: por más que creas que tus acciones son libres y que ellas son limitadas por la existencia del otro, el único límite real es la Ley

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Pascal había confrontado con el poder soberano en el Discurso a los poderosos con una frase tan punzante como irremplazable: nadie puede definir el estamento social, el lugar que ocupará, solamente por el nacimiento, ya que todos nacemos inter faeces et urinam nascimur [nacemos entre heces y orina]. Todos nacemos entre pis y mierda y por ello el nacimiento no debería definir nuestro lugar en la sociedad. La “Declaración..” trajo consigo la novedad de la igualdad y la libertad como valores naturales del mundo moderno que nacía y, sin embargo, dejó en la propiedad los hongos nacientes que rápidamente crecen entre las piedras: la propiedad nunca ha dejado de ser, desde 1798, el pis y la mierda que dividen y rompen con la igualdad entre los hombres.

El cuarto artículo define el ideal devenido mausoleo que hoy es parte fundamental del discurso político: la libertad. Así dice la “Declaración…”: “La libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudique a los demás. Por ello, el ejercicio de los derechos naturales de cada hombre tan sólo tiene como límites los que garantizan a los demás Miembros de la Sociedad el goce de estos mismos derechos. Tales límites tan sólo pueden ser determinados por la Ley.” Ante todo, lo revelador de esta definición de libertad es que internaliza y resignifica el postulado teológico cristiano haciendo de un valor central de la Modernidad un valor teológico político que penetra en el corazón de nuestros Estados y usos políticos. Para ello debemos ir a Mateo 7 en donde dice: “Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos”. La libertad moderna nos habilita a la acción libre, a la autonomía y al deseo sin ataduras, pero siempre y cuando ninguna de nuestras acciones perjudique a otro. La ética cristiana también pone su límite y frontera en las acciones del otro.

Pero la libertad rápidamente muestra su cara de piedra debajo de su antifaz libertario: por más que creas que tus acciones son libres y que ellas son limitadas por la existencia del otro, el único límite real es la Ley. Somos tan libres como la Ley quiera que sea nuestra libertad, y esta Ley es el Estado, y el Estado es el poder soberano que en la Modernidad/Capitalismo estiran o acortan la correa de nuestra imaginaria libertad.

Es así que en el documento presentado por el nuevo presidente argentino la palabra libertad siempre está asociada a una cuestión de índole económica o del mercado comercial. Más aún, la primera vez que aparece pronunciada dice: “Que en aras de impulsar inversiones y radicaciones comerciales y generar empleo es necesario derogar la Ley N° 19.227 -que limita la ubicación de mercados mayoristas- y la Ley N° 20.657, otorgando más libertad para las decisiones privadas en el comercio”.

Es así que en el documento presentado por el nuevo presidente argentino la palabra libertad siempre está asociada a una cuestión de índole económica o del mercado comercial.

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Por ello la realidad se vuelve más compleja cuando incorporamos al Capitalismo como contraparte constitutiva de lo moderno, porque: ¿De qué libertad nos hablan cuando la libertad es el centro del discurso político de nuestros días? De una libertad que, ante todo, no puede ser pensada sin la propiedad, entendiendo la propiedad como el Capitalismo liberal, rostro que esconde al mercado como nomos oculto de la economía, la política y las relaciones sociales. Es así, finalmente, que no sólo nunca somos libres, sino que la bandera de la libertad que todavía acompaña nuestro realismo mágico nos considera libres según la libertad que el mercado dispone como límite por un lado, y, por otro lado, somos libres según lo que podemos darle al mercado para que defina los límites de nuestra ficticia libertad.

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