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Tiempo de lectura: 5 minutos

España fue o quiso ser la madre patria de la democracia argentina. Milei tiene puntería. Su pelea con Pedro Sánchez nos retrotrae a ese parto en el establo: Felipe González llegó al poder en 1982, un año antes que Alfonsín, y en nombre de aquella socialdemocracia que quiso sintetizar democracia con modernidad, OTAN y progresismo, acompañó el ascenso del nuevo presidente radical. ¿Adónde fue el primer viaje de Alfonsín al exterior? A España.

El punto de contacto fue por caminos distintos: si Felipe sacó a su partido del marxismo, Alfonsín lo sacó del balbinismo. Pero Felipe González tuvo largo aliento, se entendió con radicales y peronistas. Visto hoy, su legado encarnó las dos almas del ascenso democrático argentino a la vez: fue la democratización de Alfonsín y fue el giro liberal de Menem para España. Gobernó hasta 1996, es decir, logró protagonizar prácticamente tres décadas (si contamos el ascenso en las filas del PSOE que se coronó en 1979 con su triunfo interno contra el ala izquierda en el Congreso Extraordinario de su partido). Llegó alto y quedó en el centro de gravedad.

-Carlos, ¿cómo viviste la noche del 19 de diciembre de 2001?

-Bueno, esa noche estábamos en mi casa cenando con Felipe González.

Eso contó el riojano del largo día de 2001 que voló por el aire el orden nacido en 1983. Felipe González estaba en suelo argentino cenando en la casa de Menem aquella noche crucial. Realidad y metáfora. Los presidentes españoles fueron protectores de la democracia… y del capitalismo, o sea, de la apertura del mercado argentino a los negocios de las empresas españolas. Lobistas premium. Todos se entendieron con todos. Felipe González con Alfonsín y Menem, José María Aznar con Duhalde y Kirchner. Y así. La democracia argentina no nació sola en esa madrugada: se miraba en el espejo de la transición española, aunque cada transición fuera un mundo propio, cercano y distinto. Pero Serrat y Telefónica resultan el orden y progresismo de ese “protectorado”: cuidar la democracia argentina es cuidar sus propios negocios.

Duhalde lidió con el exabrupto de un presidente uruguayo, Jorge Batlle, que dijo: “Los argentinos son una manga de ladrones, del primero hasta el último”. ¿Qué pasó? Alguien dejó la cámara encendida

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¿Qué ocurre ahora? Milei parece viajar en el tiempo. Esta vez, y tras el traspié irresponsable de un ministro español que lo llamó drogadicto, viajó hasta el viejo sabor ibérico del orden democrático, a nuestros primeros días alimentados a bellotas, a lo que él considera el origen de un error histórico común de ambas naciones: que la democracia debía ser “social”. Para Milei ahí se fundó el supuesto socialismo de nuestra democracia. Imaginemos que en su fantasía entra al estudio de radio, patea la silla de un viejo Sacristán y le grita: “Te pasaste estos cuarenta años hablando de los cuarenta años”. Viaja a romper aquel pesebre del que salimos. Aquel parto en el desierto. Y lo hace en un incidente “histórico” contra uno de sus herederos: Pedro Sánchez. Que paradójicamente es, en última instancia, otro verdugo de Felipe González en el PSOE. Sánchez es un político voraz que lleva encima varias degluciones (si incluimos a los muchachos de Podemos, aquella banda de la indignación). Tomás Di Pietro hace poco menos de un año trazó este completísimo perfil sobre Pedro Sánchez. 

¿Antecedentes de incidentes así? Podemos recordar capítulos fragmentados. Alfonsín contra Reagan, un emblema que los alfonsinistas picantes por izquierda traen en tándem con el discurso de la Sociedad Rural del 88. La diplomacia con Cuba, desde los noventa, fue otra zona caliente, pese a que Menem, alineado al Consenso de Washington, mantenía esa amistad llena de regalos con Fidel. Luego Fidel se enojó con Rodríguez Giavarini durante el gobierno de De la Rúa. Fidel llamó “lamebotas de los yanquis” a un gobierno de la Alianza que le entraban todas las balas. Duhalde lidió con el exabrupto de un presidente uruguayo, Jorge Batlle, que dijo: “Los argentinos son una manga de ladrones, del primero hasta el último”. ¿Qué pasó? Alguien dejó la cámara encendida, lo mismo que le pasó a Pepe Mugica un día que despotricaba en tono campechano así: “esta vieja es peor que el tuerto”. Pero esa vez en 2002, Batlle (que pasó parte de su infancia en Argentina, en Buenos Aires, en una pensión del barrio de Belgrano) cruzó el río para calmar las aguas. Y Duhalde, componedor nato, redujo al mínimo el incidente. Se sacaron fotos. Hubo disculpas sin humillación.

Lobistas premium. Todos se entendían con todos. Felipe González con Alfonsín y Menem, José María Aznar con Duhalde y Kirchner

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“El kirchnerismo provocó una innecesaria crisis con Uruguay por las pasteras, pero nada personal o ideológico”, dice un curtido diplomático de La Casa en un café, con el diario abierto, mientras espera nuevo destino. Llegaba al poder Tabaré Vázquez, completaba el álbum de figuritas de los presidentes progresistas de principios de siglo, pero el conflicto social aterrorizaba a Kirchner, y no tuvo empacho en enfrentarse con el nuevo presidente del otro lado del río. Hasta hizo un acto en el corsódromo de Gualeguaychú. A Kirchner no le importaba tensar con el primer gobierno del Frente Amplio tal vez porque aún actuaba disciplinado por los efectos del 2001 y su secuela de jacobinismo entre las capas medias y bajas: al menor quilombo social que hubiera había que subirse. Así, con Blumberg y con las pasteras surfeó dos olas más por conveniencia que convicción. A un emisario del preocupado Tabaré, Kirchner le dijo: “vos sos un cuadro político, él es un cuadro político, ustedes entienden”. ¿Qué significa el retiro del embajador español de estos días?, le pregunto al diplomático. “Es política. Le bajás el rango a la relación bilateral. Queda un encargado de negocios. El problema puede ser si España manijea a la Unión Europea. Nosotros estamos solos. Estamos peleados con las cuatro economías más grandes de América Latina: Brasil, Chile, México y Colombia.”

Más de cien empresas españolas están instaladas en Argentina. Desde el Banco Santander, Cabify, el supermercado Día hasta Editorial Planeta y Telefónica. España es el segundo país inversor, sobre todo en petróleo y gas natural. Pero el incidente no toca esta política que hizo de Argentina una plaza de negocios permanentes. Cada presidente, por su lado, saca provecho. Así dicen de Pedro Sánchez, así lo hace Milei, en su incansable proyección mundial. En este ensayo, Luciana Vázquez lo define bien como “un hombre de Estado que paradójicamente niega la fuerza constructiva del Estado y, en cambio, le reconoce potencia transformadora a los individuos, muy por encima de esos Estados. Milei es el Elon Musk de la política internacional: enfant terrible dispuesto a romper el juguete en un fuego con pretensión purificadora”. El internacionalismo de Milei le hace jugar dentro de España. Porque para él España es la pata internacional de la casta en ese viejo entramado democrático que se remonta al origen. Milei se juega para el triunfo de su amigo Santiago Abascal. Las simpatías kirchneristas con los chicos de Podemos nunca llegaron tan lejos. Para Milei las únicas fronteras son las fronteras ideológicas.