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13 de agosto 2022

Juan Di Loreto

POLÍTICA E INGENUIDAD

Tiempo de lectura: 3 minutos

Alberto quizás no construyó poder pero sí elaboró una inercia de Gobierno que le permitió elaborar un dispositivo muy parecido a una forma de poder. Como bien sabemos desde Foucault, el poder no es algo que se “tenga”, sino una red de relaciones que atraviesa el cuerpo social. Porque el albertismo sí existió y su forma fue la capacidad de diferir ad infinitum cualquier clase de relación con la gestión. Por eso debimos tomar en forma literal el “no creo en planes”. La abundancia significante del presidente era inversamente proporcional al significado material. Era un hombre de palabras y nada más que palabras. Mucho ruido para tan poca nuez. Ni siquiera es como el noble potrillo “que justo en la raya, afloja al llegar”. Esa fracción del gobierno ni siquiera parece haber largado.

Pero Alberto no estaba solo. El cristinismo tampoco llegó a constituir una trama de poder, sino más bien un entramado de veto, como dijeron muchos analistas. O como decía Foucault, se concibió una forma clásica de poder, el poder de decir “no”. Una forma degradada de la política, cuyo mayor logro parece ser ocupar cargos públicos. Se perdió la forma productiva de poder, donde el poder es también seductor y “multiforme”. El poder dice sí y no. De todas formas, el cristinismo tuvo una eficacia en sitiar al albertismo; detonó puentes, trató de matarlos de sed, pero aquella inercia prevaleció. Y en Alberto descubrimos una segunda forma de poder: el poder esperar. Es alguien a quien no pudieron apurar. Todo lo que se quiera, pero la firma es mía.

Se perdió la forma productiva de poder, donde el poder es también seductor y “multiforme”. El poder dice sí y no

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Hasta hace unas semanas ése fue el gobierno. Un pantano de poder. Una acumulación de agendas que no iban a ningún lado. Y aquí entra Massa. Su movimiento para irrumpir en el gobierno, que no fue solo de él, sino de otros actores que lo circundaron, rompió la dinámica absurda que era el gobierno. La secuencia parece haber sido así: hay una reunión del presidente con gobernadores, los cuales salen sin decir mucho. Allí probablemente se acuerda la llegada de Massa. Pero no conformes con esa reunión, al otro día comienza el “operativo clamor” por parte de mandatarios provinciales y “mini gobernadores” (intendentes), como dice Jorge Asís. Porque ya han visto cómo actúa Alberto. Sabían que la inercia de diferirlo todo podía carcomer cualquier músculo político. Sobre el pucho convierten la llegada de Massa en un hecho. Aceptar o aceptar. Por su lado, Massa consigue el apoyo de Cristina, que se plasma en una foto. Massa anula el poder de diferirlo y el veto de la vicepresidenta.

Como se ha dicho, otro cantar comienza. O eso parece. Mientras, interpretamos. Massa es un Primer Ministro en funciones. Se lo describe como si fuera el único político cambiante y con relaciones de poder. Massa pidió “todo” porque le quedaba, probablemente, una sola puerta de acceso a algo parecido a una presidencia. Como Duhalde, lo que el voto no da la crisis lo otorga. Lejos de los proverbios chinos las crisis verdaderamente son una oportunidad para esta clase de hombres.

Es ingenuo creerse el “ultra pragmático” que todos dicen que somos. Veremos lo que es Massa pero en un contexto determinado: en el Frente de Todos, con Cristina, con Alberto y muchos otros actores. Ni el más vivo es un actor descontextualizado

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También se ha dicho que es demasiado ambicioso y tal vez aquí encontramos su verdadero talón de Aquiles. Su exagerada confianza, sus ansias como describe Diego Genoud, es su mayor obstáculo. Porque la ambición en sí misma no es “mala”, sino que puede dotarnos de un grado de ingenuidad donde nos la creamos. El exceso del que hablaban los griegos. Y creérsela es una de las formas del voluntarismo, es creer que tenemos algún atributo natural. En el caso de Massa, creer que es el Massa que los demás pìensan que es. Porque incluso aquellos que fuman debajo del agua, que todo lo calculan, también pueden quemarse. Como bien enseñó Freud hay una parte de cada uno a la cual no accedemos. Nadie se salva de enfrentar a la crisis que se devora a todos. Es ingenuo creerse el “ultra pragmático” que todos dicen que somos. Veremos lo que es Massa pero en un contexto determinado: en el Frente de Todos, con Cristina, con Alberto y muchos otros actores. Ni el más vivo es un actor descontextualizado. No es el Massa de sus versiones anteriores, aunque se les parezca. Porque la red de relaciones de las que forma parte lo hacen ser de otra forma.

Por último, si Massa entiende el poder como entiende el funcionamiento del Estado, es decir, si entiende todo ese entramado del cual forma parte y, además, comprende que dentro de esas relaciones está la economía política, quizás haya una esperanza para el país. Más allá de opiniones, la estabilidad del sistema de vida argentino es urgente. Porque si cae Massa, caemos todos. En la estantería ya no hay más fusibles.