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02 de abril 2024

Pedro Yagüe

PERONISMO, MALVINAS Y DESIERTO: ENTREVISTA A CARLOS GODOY

Tiempo de lectura: 12 minutos

A mediados de la década del dos mil escribís Escolástica peronista ilustrada. Al hacerlo, ¿estabas pensando en el presente?

Sí, tanto Escolástica como La construcción, Jellyfish, Él o la novela inédita que tengo son ejercicios, lecturas e hipótesis sobre el presente. Quizás hablar de “presente” como concepto tenga que ver con tratar de captar los mecanismos con que la política interfiere en los flujos, en las corrientes de la vida de las personas. Me importa más eso que la etnografía del instante. Lo que dice Horacio González [en Kirchnerismo: una controversia cultural] es que la Escolástica es uno de los primeros libros que empieza a ver al kirchnerismo como un objeto cultural, antropológico.

Hay una parte de Escolástica en la que decís “La poesía/ de los ‘90 es/ peronista/ la literatura/ de hoy/ es menemista”. ¿Cómo ves desde el presente esa época en la que empezaste a publicar?

En esa época los blogs generaban mucha circulación y discusión. Ahora está Médium como referencia de ese soporte de producción escrita, pero no tiene la misma explosión de los dosmils que, en nuestra versión vernácula, estaban salpicados o contaminados de política. Escolástica se publica primero en un blog. Dicen que es el primer libro argentino que se publica íntegro primero en internet y después en papel. No sé si es cierto, pero tiene sentido. Yo lo subo a mediados del 2006 y a principios del 2007 ya sale la primera edición. Estaba escrito principalmente para el público de los blogs, donde el peronismo era un tema. En esos años se discutía mucho. Era un buen momento de Martín Rodríguez, con su blog Revolución Tinta Limón. También estaba Lucas Carrasco con República de la soja y Alejandro Rubio, que murió hace poco, tenía mucha participación como comentador: Maiakovski. A mí siempre me pareció muy linda esa situación de que cuando un autor se muere, se empiezan a generar nuevas circulaciones urgentes y espontáneas. Hay una cosa genuina de las redes sociales cuando la gente empieza a compartir textos de algún productor de sentido que acaba de morir. En esa circulación que se generó, mucha gente también compartió comentarios que Rubio hacía en los blogs y en Twitter. Se lo recordaba como un gran contendiente. El chabón te empezaba a re putear… y siempre estaba bien lo que decía, siempre proponía una lectura política, histórica o literaria sólida desde la cual criticarte. La dinámica era plantártele, recoger el guante. Yo creo que ese es el clima en el que se publica Escolástica. Tiene que ver con el lenguaje del blog, que era agresivo, directo y argumental.

Nombraste a Alejandro Rubio. En una entrevista, Rubio dice que al escritor peronista lo diferencia una cierta forma de percepción. El ejemplo es Leónidas Lamborghini, poniendo el ojo en las patas en la fuente. ¿Había también algo de cambio perceptivo en esa época de los blogs?

Para mí la literatura peronista siempre fue Rubio, Rodríguez, Gambarotta, Terranova… Yo soy cordobés, yo creo en la aristocracia. Mi idiosincrasia cordobesa me lleva a creer en un modelo político y social donde se articula un movimiento popular conducido por una aristocracia. Y cuando me refiero a una aristocracia no estoy pensando en un modelo conservador, en una aristocracia perpetua. Pienso más bien en una aristocracia emergente, que se manifiesta como un sujeto político de las circunstancias. Hablo de una aristocracia moderna que sin dudas propone un cambio perceptivo y conduce de acuerdo a esa mirada. Por eso mismo creo que puede haber una estética peronista que sea fina, que tenga su barroquismo, que tenga cosas que no sean solamente plebeyas. Me interesan los autores en los que reconozco eso. Hoy estamos en un momento que es difícil pensar el peronismo, entonces más difícil es pensar una estética del peronismo.

La batalla cultural, para mí, tenía que ver con intentar saldar ciertas cuestiones dentro de la población. Como por ejemplo la brecha digital, los servicios, las comunicaciones. En un país tan grande y con tanta desigualdad, la batalla tiene que darse principalmente en términos de gestión

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¿Y por qué decías que la poesía del 2007 era menemista?

Había una idea de que la poesía de los noventa era frívola. Y la poesía que le siguió terminó siendo mucho más frívola. Me parece que tiene que ver con eso.

Y paradójicamente, esa nueva frivolidad se enunciaba a sí misma como política.

Sí, seguro. Parte de esa frivolidad es la actuación política. Justamente, los poetas de los noventa no se presentaban como peronistas. Pero esos poetas y esos textos que produjeron tuvieron mucho más que ver con el peronismo que la literatura más declarativa que apareció después.

Más entrados los 2010 se da una especie de salto tuyo de la poesía a la novela. ¿Cómo fue ese proceso?

Yo siempre escribí poesía y narrativa al mismo tiempo. De hecho, yo creía que escribía narrativa pero más o menos a los 20 años conozco a Arturo Carrera en una clínica que fue a dar a Córdoba (ahí conocí por ejemplo a Luciano Lamberti y Federico Falco), y fue Carrera el que me convenció de que “eso” que yo escribía no era narrativa sino poesía. No sé si hay un “salto” de un género a otro. Lo que me pasó es que, en el 2010, cuando nació mi primera hija, no pude escribir más poesía y estuve más atento al ensayo y a la narrativa. Pero ahora me puse a escribir poesía de nuevo, de repente volvió. Cumplí cuarenta años y volví a escribir poesía. Depende un poco de cómo se van acomodando las cosas en mi cabeza. Creo que cuando nació mi hija vi en la poesía algo que representaba más una pérdida de tiempo que algo vital. Ahora quizás volví a encontrar en la poesía esa vitalidad, ese modo de decir cosas que necesito decir. Últimamente anduve escribiendo más poesía y ensayo y creo que es porque son formas de estructurar las ideas. Si ves Escolástica… no sé si diría que es poesía. Hay algo de ensayo ahí. Es una forma breve y rítmica. A mí me gustan los poemas que son así. Probablemente, en la narrativa me deje dominar por el universo de la imaginación y esté más alejado de las ideas explícitamente enunciadas. Porque yo escribo una poesía de ideas. Hay una premisa que es la forma, el ritmo, que es lo que me cautiva de escribir poesía o de escribir cualquier cosa. Pero específicamente en la poesía hay ideas, frases, conceptos, aforismos que de repente empiezan a tener una cadencia, un ritmo que les permite participar del mundo de la oralidad y del sonido además que del pensamiento.

En 2014 publicás La construcción.¿Por qué decidís meterte con Malvinas y por qué lo encaraste desde la narrativa?

Después de Escolástica yo sentí que tenía que irme para otro lado. Escribí un par de libros de poemas más que fueron estilísticamente muy diferentes a la Escolástica pero sobre todo empecé con una novela, La construcción, y un libro de cuentos que ahora está descatalogado porque mutó en otra cosa, algo así como una novela estructurada en relatos, que se llamó Can solar. Cuando empecé a planificar la novela me di cuenta de que Malvinas era un tema que no se estaba tocando. En ese momento había muy pocas novelas publicadas bajo ese tópico. Las más importantes eran Los Pichiciegos de Fogwill y Las islas de Gamerro. Yo tenía presente que en el 2012 se iban a cumplir los treinta años de la guerra y realicé una investigación exhaustiva sobre la geografía, la historia, la flora y la fauna, los recursos naturales y la historia de las Islas Malvinas. Y descubrí ahí una posibilidad para problematizar temas irresueltos de la identidad argentina y que fueron justamente el objeto de estudio y la plataforma de construcción de soberanía del peronismo de Perón: la patria, la nación, el territorio y sus agentes problematizadores (el pueblo). Mi idea era que se publicara en el 2012, pero, si bien comencé a circular un manuscrito de la novela desde el 2010, a nadie le interesó. Se publicó recién en el 2014.

¿Por qué pensás que nadie se interesó? Teniendo en cuenta que se cumplían los 30 años.

No estaba en agenda. Pero iba a estar. Eran los treinta años de Malvinas, ¿te pensás que no se iban a aprovechar políticamente? En el 2014, cuando sale la novela, Cristina inaugura el museo de Malvinas. Recién ahí Malvinas entró en agenda. Ese paralelismo lo plantea Paula Puebla en su libro de ensayos Maldita tu eres.

En tus novelas sobre Malvinas hay un abordaje telúrico. Tienen un lugar muy significativo la geografía, el clima. ¿Por qué tomaste esta decisión?

Por esas cosas de la vida, es también la orientación que hace el Museo de Malvinas. No sé si fuiste, pero el museo propone la hipótesis de una soberanía natural. Muestra que Malvinas es igual que Tierra del Fuego y que Santa Cruz. Es nuestro. Esa hipótesis del museo es casualmente la hipótesis con la que yo laburé. Me pareció que había que encararlo desde ahí. Me interesaba hablar de los bichos, de la geografía, las inclemencias del clima y el agua.

En la Antártida hay tres poderes que ejercen soberanía: científicos, militares y diplomáticos. En un momento, la población civil, conformada por diplomáticos y científicos, exigió a los militares tener una base manejada por ellos. Y se les prendió fuego, fue un desastre. Hay zonas en que necesitamos milicos eficientes que las sostengan

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En los dos libros publicados de la trilogía, trabajás el vínculo de tierra, patria y soberanía.

Yo soy de la hipótesis de la construcción de un Estado a partir de una guerra. Si no desarrollás dentro de tu relato histórico nacional una guerra contra un enemigo externo, finalmente el enemigo se manifiesta desde adentro. Y a eso también te conduce la geopolítica, a que nos peleemos entre nosotros. Por eso me parece que Malvinas permite problematizar qué es la patria, qué es el territorio, qué es la soberanía. Hay muchos temas irresueltos con respecto a la nación. Temas que se pueden discutir desde Malvinas y la Antártida tratando de llegar a un terreno menos hostil, buscando ciertas zonas de consenso. Puede que suene un poco terrible, pero creo que la causa Malvinas tiene más consenso en la ciudadanía que los treinta mil desaparecidos. Porque aunque en los dos términos de la comparación hablemos geopolíticamente de lo mismo (del ejercicio violento del colonialismo sobre nuestro territorio, nuestra ciudadanía y nuestros recursos), la causa Malvinas deja entrever mecanismos más evidentes. También es cierto que hay dos visiones sobre la guerra. La progresista, que dice que fueron chicos sometidos por la dictadura; y una castrense, que plantea que no fueron chicos, sino soldados defendiendo la patria. Yo creo que fue un poco y un poco. De cualquier modo, fue un evento que nos permitió somatizar, percibir en el empeluzcamiento de la piel un sentimiento o un deber asociado al instinto de supervivencia necesario para defender a una nación.  Y lo tuvimos muy cerca. El ‘82 es lo más cerca que tenemos de gente que dio la vida por la patria, la nación o si querés decirlo del modo más desideologizado posible: el territorio.

Esto que decís implicaría también una reflexión sobre el lugar de las Fuerzas Armadas, que después del ’76 se convierte en un tema difícil de plantear y pensar.

En la Antártida hay tres poderes que ejercen soberanía: científicos, militares y diplomáticos. En un momento, la población civil, conformada por diplomáticos y científicos, exigió a los militares tener una base manejada por ellos. Y se les prendió fuego, fue un desastre. Hay zonas en que necesitamos milicos eficientes que las sostengan. No las puede sostener la sociedad civil. El debate sobre Malvinas está muy asociado a la dictadura, y así y todo hay un linaje heroico malvinero. Hay un prontuario milico de las Fuerzas Armadas que todavía no se limpió y que tenemos que encontrar la forma de hacerlo. Porque si no lo hacemos, adquiere la forma del enemigo interior. Ese sentimiento paranoide y tenso que se vivió durante la guerra fría. Quizás Milei genere justamente los mecanismos para saldar ese conflicto. A veces me levanto muy decepcionado y pienso que estamos llegando a un nivel de destrucción que va a ser muy difícil de remontar. Pero otras veces, siendo un poco más optimista, pienso que justamente este nivel de destrucción nos va a forzar a salir del laberinto por arriba. A buscar estrategias nuevas, que no sean las de siempre. Quizás nos fuerce a acordar nuevos pactos, no sé si democráticos, pero al menos soberanos.

En La Limpieza hablás de “limpiar un lugar destruido para volver a poblarlo”. Cuando leía eso me daba la sensación de que no solo pensabas en Malvinas, sino también en la historia del Estado Nación.

Lo paradójico es eso, que La Limpieza podría leérsela como este momento político actual donde el ejecutivo propone justamente volver al siglo XIX, momento en el que se discutían las condiciones para el nacimiento del Estado Nación. La tercera parte (inédita) se llama La Dominación y narra la creación o la implantación de un Estado. Y ahí lo que trabajo es cómo el territorio empieza a afectar sobre ese Estado y las dinámicas sociales cuando se ejerce un modo de vida con un proyecto imaginativo que no tiene en cuenta el territorio sobre el que se emplaza.

En unos textos que publicaste en Tierra Roja, te referís al desierto argentino pensando en su geografía.

Es que lo telúrico es un suelo común. Y el desierto, al mismo tiempo, es una figura compleja. Al desierto se lo llena de significado. Se lo puede poblar, se lo puede vender, se le puede hacer cualquier cosa. No es una figura menor en la construcción del Estado argentino, en la configuración de su territorio. Tenemos mucho desierto, mucho espacio sin gente. Tenemos la Antártida que es todo desierto. Nosotros somos una población acuífera y desértica, las dos cosas. Pero no tenemos ninguna idiosincrasia asociada a eso, ni con el desierto ni con el mar. Creo que por eso me interesa la dimensión telúrica en las historias y en los personajes de mis novelas. Hay una impronta natural a la que le estamos escapando. Y paradójicamente, eso mismo que negamos es lo que nos configura y determina. Quizás esta tensión negadora con nuestra identidad territorial o telúrica, como decís vos, sea nuestro talón de Aquiles y nuestra puerta abierta al colonialismo en todas sus variantes.

¿Y por qué creés que le escapamos?

Puede sonar muy paranoico, pero somos una población muy dominada, muy colonizada. Ahí también aparece la importancia de Malvinas.

Y también tenés el tema del agua y el desierto. Por cómo pintás Malvinas, parece un desierto.

Sin dudas, Malvinas es eso.

En uno de estos artículos de Tierra Roja decís que el desierto no se refiere tanto al vacío, sino a lo inentendible, a lo inabordable. Y de nuevo eso me llevaba a Malvinas. ¿Por qué pensás que Malvinas nos resulta tan difícil de abordar?

Cuando escribí La construcción, trabajé sobre una hipótesis que es “Malvinas no existe”. Porque no teníamos data, nada de data. Después, con esta remalvinización de Cristina, estuvo un poco más en agenda. Ahora hay noticias. Pero las Malvinas siempre fueron algo espectral para nosotros. De hecho, la marcha a las Malvinas dice “tras un manto de neblina…”. Hay algo espectral, como también lo es nuestra nación, nuestra patria, nuestra soberanía. Es como si todo el Estado argentino se construyera sobre una niebla baja, como si no hubiera nada firme. Estamos apoyados sobre humo. Eso es lo que hay que discutir. No dejamos de ser un país muy colonizado. Y el presidente que tenemos ahora fomenta de un modo peligrosamente bestial esa colonización.

Durante estos últimos años hubo un “como si” de la discusión política sin la constitución de un cuerpo colectivo a la altura de lo que se estaba queriendo disputar. Me preguntaba si esto se podría articular con la ausencia de conceptos como soberanía y patria en la agenda política.

No estuvieron en agenda y cuando estuvieron en agenda lo hicieron de un modo extraño. El saldo de la batalla cultural de la que tanto se habla es una derrota. Es algo muy claro porque la batalla de Milei es complemente cultural. Por eso puede avanzar tanto. Hoy se pone en evidencia que nadie está dispuesto a defender nada. Todos esos pisos y consensos de la democracia están siendo defendidos por muy pocos. O, para ser más claro, solo son defendidos por sujetos politizados. No lograron pregnar un poco más allá.

¿Por qué creés que se perdió?

La batalla cultural, para mí, tenía que ver con intentar saldar ciertas cuestiones dentro de la población. Como por ejemplo la brecha digital, los servicios, las comunicaciones. En un país tan grande y con tanta desigualdad, la batalla tiene que darse principalmente en términos de gestión. Esa es la real batalla cultural. Construir escuelas, hacer rutas, fomentar polos industriales, nacionalizar puertos, lanzar satélites. Pero se generó una batalla discursiva que terminó siendo muy elitista, muy marginadora. Fue expulsiva. En vez de incluir a la gente con rutas, escuelas y comunicaciones, se excluyó a la gente por no compartir una agenda. Y desde ahí avanza Milei. Uno de los pocos consensos que hay en los sujetos electorales actuales es que a la gente no le gustó esa pedagogía moralista. Si no formabas parte, te convertías en una otredad. Incluso Malvinas se tocó por momentos de ese modo.

Hay algo espectral, como también lo es nuestra nación, nuestra patria, nuestra soberanía. Es como si todo el Estado argentino se construyera sobre una niebla baja, como si no hubiera nada firme. Estamos apoyados sobre humo. Eso es lo que hay que discutir. No dejamos de ser un país muy colonizado

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¿Cómo sería una mirada sobre Malvinas que no sea progresista ni castrense? ¿Hay tal cosa?

Y sí. La que plantea el Museo de Malvinas. Vos tenés que pensar la batalla cultural con estrategias concretas para avanzar sobre el territorio, y no como commodities de ciertas expresiones estéticas o culturales. En ese sentido, creo que el Museo de Malvinas plantea una visión por fuera de la guerra. A los veteranos no les gusta, pero bueno. Se puede generar una agenda desde lo cultural que no sea excluyente. Se puede generar un montón de cosas con Malvinas que vayan más allá de la batalla diplomática o de un enfoque centrado en la guerra. La soberanía se ejerce desde la cultura no solo poniendo bases militares. Porque si vos seducís a la población con relatos, historias, promoviendo estrategias de pertenencia, de filiación, de amor y enamoramiento de un territorio, es mucho más factible que ese territorio sea defendido, cuidado por una mayoría. Por eso es tan importante la Ley [26.651] que impulsó Cristina, que consta de la obligatoriedad del uso del mapa bicontinental argentino en todos los establecimientos educativos y en los organismos estatales.

(Fotos: Laura Wohlgemuth)

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