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13 de febrero 2021

Bruno Reichert
@BrunoReichert

PATO, PUTOS, COLECTIVOS Y AVIONES

Como si el contexto valiera lo que el peso durante la hiperinflación, al día siguiente de los de la convulsión generada por el femicidio de Úrsula Bahillo, Patricia Bullrich twitteaba su reunión con Eduardo Prestofelippo, más conocido como El Presto. Se trata de un youtuber cordobés famoso por sus comentarios ultralibertarios, homofóbicos y misóginos. Si bien Prestofelippo tuvo éxito en Youtube y Facebook, saltó a una triste fama cuando en 2020 fue denunciado por el abogado Gregorio Dalbón por tweets en los que El Presto le presagiaba la muerte de Cristina Kirchner, luego de un supuestamente inminente estallido social.

La imagen de Bullrich, uno de sus colaboradores más cercanos y El Presto, generó una reacción inmediata en Twitter en el que se le recordó a la ex ministra de Seguridad de la Nación la foto de un joven Prestofelippo entrevistando a Videla. Además, se exhibieron tweets donde demostraba su odio a las lesbianas, entre otras pinceladas que dibujaban una figura grotesca. El mensaje de la ex jefa de la cartera de Seguridad macrista a favor de El Presto sostenía palabras condescendientes y amistosas con el personaje, valorando “que haya jóvenes comunicadores que se animan a hablar y a manifestar sus ideas, sin ser políticamente correctos”. Patricia Bullrich parece haber internalizado que un sector de la sociedad considera que ser de derecha es un acto de rebeldía. La declaración es paradójica, sobre todo si tenemos en cuenta que no existe ningún sistema de valores en la política contemporánea que haya logrado hegemonizar el discurso público en su totalidad. Mientras hubo progres, crecieron los trotskos. Mientras hubo liberales, sacaron pecho los libertarios.

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Las declaraciones de apoyo de Bullrich a El Presto se suman a la reciente entrevista de Infobae a otro personaje ultrareaccionario y hoy cercano a Patricia:  Álvaro Zicarelli, un influencer abiertamente homosexual que se define como analista político, que considera que la salida política es dinamitar al peronismo y refundar una nación con Estado mínimo. Lo que más llamativo de la entrevista fue su relato de vida y la discordancia en su visión política o, mejor dicho, antipolítica: “Padecí cosas inenarrables. Desde violencia verbal hasta una posible agresión sexual en manada”, relataba Álvaro frente a la periodista Mariana Dahbar. Para perplejidad del lector, sumó: “Detesto a todo aquel que hace de su condición homosexual un kiosco. Todos aquellos que, por ejemplo, quieren ser el primer diputado gay, el primer ministro gay, el primer presidente gay”. El relato siguió como una historia de superación personal, un selfmade man que no se hizo rico, pero sí “resiliente”.

Está claro que Zicarelli no esta tan lejos de tener razón cuando afirma que una condición sexual no garantiza idoneidad para un cargo público. Pero su discurso configura una negación del avance de las libertades individuales de las minorías como un triunfo de lo colectivo. Al mismo tiempo que nos recuerda lo “jodido” que era hacer la primaria en los ´80 y la secundaria en los ´90, nos asegura que su estabilidad emocional y firmeza de convicciones políticas es solo mérito de él y nada más que de él. Lo cual es, también, una manera de decirnos que de su lado jamás saldrían propuestas como el recién creado cupo trans para la Administración Pública Nacional.

Los actos de seducción publica con los influencers libertarios de Patricia Bullrich y el ala derecha de Cambiemos se enmarcan en un análisis de que el voto más seguro de captar es el de los votantes de José Luis Espert, Juan José Gómez Centurión y el de los seguidores del economista Javier Milei. Una interpretación extraña, dado que estas fuerzas de derecha no obtuvieron altos guarismos, pero, sobre todo, porque implica desconocer que luego de la irrupción del radicalismo y el peronismo en el terreno público, la hegemonía política tiende a ubicarse en el centro. Argentina siempre se polariza, pero rara vez se radicaliza. La UCEDE, para poner un ejemplo, fue lo que fue en tanto participó de un gobierno peronista.

Sea por extrapolaciones erróneas de lo ocurrido en la política estadounidense y brasilera o por simples tentaciones ideológicas, algunos personajes de la vieja política suponen que la salida es solo por derecha. Eso implica meter mano en la nueva política (influencers, aliados apolíticos, caracterizaciones extremas del adversario, etc.) así como por disputar ciertos espacios sin salir del nicho conservador.

De esta posición salió una especie de grupo de difusión en redes sociales que se define como “La Puto Bullrich”, un grupo de jóvenes del colectivo LGBT que le confiaron al diario La Nación su particular perspectiva: “Remarcan que, en aquellos países con las políticas liberales más establecidas, la comunidad LGBT vive con menos opresión. Por eso, dicen, hay una contradicción entre el progresismo que promueven el kirchnerismo y la izquierda”, comenzaba diciendo la nota del diario fundado por los Mitre. La agrupación, que por las fotos que suben a su cuenta de Twitter parece estar conformada en su totalidad por varones, no parece tener muy en cuenta el bajo apoyo que prestaron las fuerzas políticas que conforman hoy Juntos por el Cambio a las leyes de matrimonio igualitario o aborto.  Utilizan una respuesta que les parece univoca: Pato siempre estuvo a favor de ambas cosas. Cuando la agrupación abrió su cuenta en Twitter, desde el pasquín La Derecha Diario, titularon “El progresismo se adueña de la imagen de Patricia Bullrich y quiere convertirla en una referente del lobby LGBT”. El sitio web se nutre de noticias falsas y de los influencers ultrareaccionarios que hoy son recibidos y publicitados por Patricia. La bandera con la silueta del rostro de Bullrich cubierta por los colores del arcoíris es una afrenta para los libertarios, que consideran que el colectivismo es lobby, es antimeritocrático y, en definitiva, perdida de privilegios.

La agrupación, que por las fotos que suben a su cuenta de Twitter parece estar conformada en su totalidad por varones, no parece tener muy en cuenta el bajo apoyo que prestaron las fuerzas políticas que conforman hoy Juntos por el Cambio a las leyes de matrimonio igualitario o aborto.

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El bullrichismo (si no es prematuro llamarlo así) parece ser una versión de algo que primigeniamente se dio en el espacio de la Coalición Cívica. En los inicios de los 2000 el ARI fue un espacio progresista donde una importante cantidad de varones homosexuales fueron atraídos por una dama tratada de loca en los medios nacionales, que gritaba en el prime time televisivo conducido por Mariano Grondona “para la derecha no hay proyecto, el proyecto de la derecha en este país es la banca off-shore”. Pero el partido fue apegándose cada vez más a premisas conservadoras, mientras cambiaba reiteradamente su nombre y su líder, Elisa Carrió, giraba hacia el cuadrante de la centroderecha. Muchos militantes abiertamente homosexuales que se pasaban el día en la Plaza del Congreso de la Nación militando la ley de matrimonio igualitario, llegaron a esa fría noche de mayo de 2010 a la plaza sabiendo que su jefa política no iba a votar a favor del proyecto, en base a sus ideas católicas. También sabían que como buena jurista iba a argumentar cuestiones de forma e iba a culpar a Néstor Kirchner por llevar a un, según ella innecesario, enfrentamiento con la Iglesia Católica. Como si esto no fuese poco, debieron atragantarse un poco más: esa noche arrastró la vida privada de una de sus colaboradoras para justificar su voto. “Si aquí hay sentadas mujeres, jóvenes, hombres y personas de distinta identidad sexual, en este Parlamento y en todos los de la Argentina, es por la Coalición Cívica. Nosotros los hemos incluido, no mandándonos la parte, haciendo discursos. Y mi bloque mayoritariamente va a votar este matrimonio. La miembro informante de mi bloque es una persona que tiene una identidad sexual diferente”, vociferó. “No soy homofóbica, las denuncias las redacto con una lesbiana”—podría haber dicho. Sin dudas, Elisa sabe reeditar los clásicos. Dato de color: en la web oficial Carrió se puede leer el voto de esa noche del 5 de mayo, pero está tan editado que no se puede leer este párrafo, sino que tampoco se puede saber cómo votó. Si se imagina a un lector recién llegado al país, Elisa es una cristiana que quiere que Dios cobije a gays, lesbianas y, quien sabe, tal vez hasta a las y los trans.

Los derechos civiles conforman un terreno plural de disputa con el otro y con el igual, grupos en eterna tensión de la que surge una síntesis que puede ser considerada una victoria total o pírrica, según como se la mire. Es difícil entender dónde encuentra coherencia en el accionar grupos que ven la libertad como un no hacer del Estado. Pero tal vez ver el mundo LGBT desde lo más llano ayude un poco. El primer lugar de socialización en el mundo de la disidencia sexual son los espacios de ocio. Momentos y lugares donde se aprende a tener amigos, escuchar una misma música, hablar de temas comunes, buscar sexo casual o romántico. En resumen, se aprende a ser sin el peso de la mirada del otro.  Estos encuentros, que generalmente se viven en la nocturnidad, están mediados por el acceso a círculos. “Seré puto, pero al menos no me rodeo de negros” es una triste expresión que se escucha seguido. Así, estos círculos encuentran la manera de querer que el mundo los acepte, pero buscan maneras de que ese cambio tenga límites precisos. Evitar mercantilizaciones discursivas, discutir privilegios sociales, alianzas con un feminismo que ve en el patriarcado estructuras materiales de dominación y otros diálogos con la otredad son inaceptables.

Los derechos civiles conforman un terreno plural de disputa con el otro y con el igual, grupos en eterna tensión de la que surge una síntesis que puede ser considerada una victoria total o pírrica, según como se la mire.

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La comodidad no evita la discriminación y ciertos círculos exclusivos pueden ser particularmente difíciles. Lo saben los criados a unos kilómetros a la redonda del Episcopado de San Isidro y quienes fueron jóvenes del Club 20 de febrero de Salta. Pero la historia da cuenta que el odio se sufre peor cuando no hay palenque donde apoyarse. En el México porfiriano de finales 1901, una redada de la policía interrumpió un baile de la alta sociedad de la capital mexicana. Los medios de la época relataban que cuarenta y un hombres, la mitad de ellos vestidos de mujer, fueron detenidos por crímenes contra la moral. Los rumores de la época estaba el yerno del presidente Porfirio Díaz. Este episodio de sottourbanidad es conocido hasta el día de hoy como “El baile de los 41” y desató semejante ola de comentarios que las autoridades policiales se vieron obligadas a comunicar a la población que los detenidos habían sido enviados a una cárcel de Yucatán. Pero los hechos fueron relatados por fuera de la versión oficial en el libro Los cuarenta y uno: novela crítico-social de Eduardo A. Castrejón, publicado en 1906 y reeditado recientemente por la UNAM. El libro de Castrejón (tan homofóbico como minucioso) reconstruye los hechos hasta el ingreso al penal: solo diecinueve de los detenidos tuvieron condena, el resto logró comprar su libertad y nunca se supo la identidad de ninguno de los detenidos. El crítico y ensayista Carlos Monsiváis recuerda el número 41 en México quedó excluido de nombres e insignias oficiales: no existe el Regimiento 41, el Estado central no organiza festejos por el aniversario 41. En definitiva, no se hacen cosas de “jotos”, dirían en tierras de Diego Rivera.

Así como el kirchnerismo en sus primeros años pudo poner en valor la intervención del Estado, los últimos años del periodo liderado por Cristina Fernández fueron percibidos por muchos como un autofestejo estatal. El avión de Aerolíneas Argentinas estacionado en el ingreso del predio de Tecnópolis debió ser uno de los ejemplos de estos actos discursivos hechos monumento. Una clase media que se reconectaba con el mundo gracias a sueldos en dólares aun altos y pasajes baratos, mientras los niños del tercer cordón del conurbano pasaban con sus guardapolvos blancos por el avión adorno. Unos conocían Nueva York, otros filas de asientos y turbinas. Frente a un Estado que se regodeaba en sí mismo, el macrismo supo hablarle a distintos sectores sociales desde valores individuales. El emprendedor podía ser un empresario pyme o un esforzado parrillero de la Ruta 11. También la sexualidad podía ser un hecho individual sin banderías políticas si estábamos “juntos”. Hoy esa misma fuerza política parece no poder evitar llevar esos artilugios narrativos a un extremo: se habla “del IVA de los fideos de los pobres” para evitar cualquier presencia estatal que se considere superflua, al mismo tiempo que se pide bajas de impuestos y menor intervención de las cadenas de valor. Aunque más llamativo parecer ser sus constantes acercamientos a sectores de la derecha “sin complejos” que habla de ideología de género y lobby gay.

Las concepciones mercantilistas pueden cubrir aspectos de la vida pública y otros que la exceden, porque, como tantas veces se escribió sobre paredes, lo privado también es político.  Los géneros, la sexualidad y el respeto por la dignidad del diferente no pueden ser solo banderas partidarias. Pero en democracia es imposible abstraerlas del terreno de disputa de los partidos. Es preferible una bandera bien robada que una que se da de baja por la comodidad que genera no ser el último orejón del tarro.

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