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03 de junio 2023

Lorena Álvarez

NUESTRO CUARTO DE HORA

Tiempo de lectura: 5 minutos

Cuando la semana pasada Cristina Fernández de Kirchner habló del traspaso de poder deslizo que quien probablemente gobernase en los próximos años fuera un hijo de la generación diezmada. Una primera interpretación personal fue que no estaba hablando sólo de los hijos de la militancia de los años setenta. Traduje, porque como con las canciones de Los Redondos todos podemos reinterpretar los discursos de Cristina, que también se refería a los nacidos entre 1968 y 1982, o sea la generación X: los que se flexibilizan pero, a pesar de todo, nunca se rompen.

Entonces la oferta parecía vasta e incluía desde Wado de Pedro o Axel Kicillof hasta un Sergio Massa e incluso al mismisímo Javier Milei, que en otro sector de la puja, y a pesar de las diferencias abismales, nació al calor de esos revisionados años 70. Sin embargo, ese guiño enseguida fue tomado en su versión más literal. No sólo porque de Pedro tomó la posta para lanzarse como candidato, sino que ese fragmento del discurso pareció darle a muchos la oportunidad de vender a Wado con una pátina épica.

Como si no pudiéramos desprendernos del mapaternalismo de la generación diezmada, constituida a base de un heroísmo inalcanzable para vender un futuro.

Alguien nos dijo que nos veíamos radiantes en el caos. El click de la cámara y el recuerdo para la posteridad

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Fuimos

El problema a esta altura es que no solo somos “hijos de otra generación”, sino también hacedores de un destino propio. De hecho, aunque nos guste el rol de adolescentes tardíos, por edad ya hasta podemos ser abuelos. Pero entonces, ¿cuál es la identidad de esta generación de cuarentones y cincuentones? ¿Qué tenemos para ofrecer cuando nos llegue el cuarto de hora? De jóvenes nos dijeron que éramos la contracara de nuestros antecesores, los apáticos de la historia. ¿Fue tan así? ¿O fuimos eso y fuimos mucho mas que eso?

Fuimos una generación que se flexibilizó, que fue frívola, que disfrutó la democratización del lujo, que estudió, que afrontó la llegada de internet cuando veniamos de usar una papa y agujas de tejer para sintonizar la antena de teve, que aprendió de las trampas del 1 a 1, que se rearmó, que sustituyó importación, que trabajó de lo que pudo, que no le tiene miedo a adaptarse y que también parió a una generación de chicos tan hartos como lo estábamos nosotros en los 90.

El desafío es que también podamos vender esperanza. Y quizás podemos. No solo haciéndole honor a nuestros antepasados generacionales sino haciéndole honor a nuestra propia historia. Una historia que si solo queda en manos de los revisionistas admiradores del peso igual al dolár nos puede hacer repetir un cuento de terror. Ahora, encima, con el arco narrativo de la dolarización.

Crecimos en el sepia del miedo latente de los años de la dictadura, vimos cómo se perdió una guerra en Malvinas, la corrupción militar frente a las colectas de chocolates y frazadas para los soldados, el endeudamiento con el FMI, la llegada de la esperanza demócratica y con ella la primera promesa rota: con la democracia no se comía, ni se educaba ni se sanaba. No todos. Suba de precios, desocupación, levantamientos militares y un mundo haciéndose añicos. Hiperinflación y caída del Muro.

Ni el Superagente 86, que nos acompañaba a la hora de la cena, tenía sentido ya sin Guerra Fría. Entramos a la adolescencia en un mundo que nos invitaba a consumir pero nos echaba de la fiesta si no comprabamos la entrada. De colado no nos querían. Ya no íbamos a luchar por la explotación, pedíamos a gritos que nos incluyan. Teníamos mucho para comprar pero no teníamos cómo.

De jóvenes nos dijeron que éramos la contracara de nuestros antecesores, los apáticos de la historia. ¿Fue tan así? ¿O fuimos eso y fuimos mucho mas que eso?

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Yerba mala

Esta semana, para distenderme un rato, decidí responder el desafío de un usuario de twitter que invitaba a subir a la red una foto de nuestra época veinteañera. Y recordé una que me gusta mucho y que tengo siempre a mano. Sentada en una silla de madera en una previa antes de ir a bailar, se me ve bronceada con un corpiño carísimo de la marca Caro Cuore. El primer lustro de los noventa reflejado hasta en la chaqueta de cuero que brilla como mi prolijísimo pelo. Incluida.

Pero en la búsqueda de otra fotografía, encontré una de mis veintiséis años. Enero del 2000 y un retrato que denota que pasaron seis años de una economía arrasadora. En vez de nostalgia me acordé de aquel cuello de botella que fue el final de la convertibilidad. La soga que nos ahorcaba pero nos gustaba usar como pañuelo.

La imagen me trasladó al contexto: estoy en la playa Bristol, Mar del Plata, en una feria junto a una amiga y a un vecino senegalés, uno de los primeros migrantes que llegaron a finales de los 90. Estamos trabajando entre percheros y ropa. Recién había asumido la Alianza y ese verano se inauguraba el paseo de compras de la Bristol : una feria al aire libre entre los lobos de mar y la inmensidad del Atlántico. Desocupados, buscas y artesanos de todo el país buscando el milagro de una temporada exitosa envuelta en la esperanza de un tiempo nuevo. En la foto tengo puestas unas calzas batik y mi amiga luce un vestido color turquesa. El solero de bambula que en breve se convertiría en mi tabla de salvataje.

Dos años después, post crisis letal del 2001, devaluación mediante, la sustitución de lo importado trajo miles de nichos económicos. Uno de ellos, reemplazar la ropa hindú por atuendos artesanales. Ese vestido sería uno de los reemplazantes del importado. Los colores y la alegría ya no iban a ser propiedad exclusiva de los brasileños para deleite de muchos. La bambula local en realidad es una tela llamada lienzo. Un tejido de hilos de algodón que toman color rápido a la hora de la tintura. El calor hace que la tela se arrugue y tome suavidad.

De colado no nos querían. Ya no íbamos a luchar por la explotación, pedíamos a gritos que nos incluyan

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Las máquinas textiles paradas de la zona bonaerense de Luján volvieron a ponerse en marcha. Ese mismo género en crudo se utilizaba también para cortinas y accesorios para la casa. El “Todo x Dos Pesos” de finales de siglo había detenido toda esa producción. La venta de cortinas de poliéster importadas era imposible de empardar en el precio. Hasta que lentamente en el 2002 las máquinas volvieron a  encederse. Volvía la fabricación de ropa, almohadones, cortinados y hasta morrales, en pequeñas escalas. Y así como con la ropa, la fabricación de vidrio, lámparas y hasta muebles volvían a ser parte del paisaje cotidiano.

Sin prisa y sin pausas. Dijo esta semana el abogado y entrevistador Tomás Rebord en el programa de Luis Novaresio, algo así como que los argentinos somos nuestro propio commodity, un humano “híper adaptado”. Y aquella foto me confirmó esa intuición. Nubarrones densos, una tormenta intensa que se aproximaba y nosotros  levantando la mercaderia -nuestro sustento- a toda velocidad. De fondo, la música de Rodrigo, el potro córdobes, que ese verano galopaba a mil y era la banda de sonido de los puesteros.

Alguien nos dijo que nos veíamos radiantes en el caos. El click de la cámara y el recuerdo para la posteridad. Aún sabíamos reir, quizás, como ahora.

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