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09 de diciembre 2021

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

NUESTRAS PROPIAS NOVEDADES

Tiempo de lectura: 7 minutos

Estaba sobrevolando, en busca de alguna información, una biografía de Borges, firmada por María Esther Vázquez. La autora cuenta que a fines del invierno de 1985, “en medio de tantas invitaciones que le llegaban de países lejanos, la Comisión de Cultura del Jockey Club de Rosario, por intermedio de un hombre extraordinario, el doctor Juan Manuel Vila Ortiz, le pidió a Borges que fuera a protagonizar un reportaje público. Aceptó y yo lo acompañé”. La tenida, cuenta María Esther, “fue un éxito”. Borges habló casi dos horas y dio por terminada la conversación porque “estaba muy cansado”. Al finalizar, una mujer se le acercó y lo felicitó “no tanto por su obra como por su excelente estado de salud” que, nos precisa la biógrafa, “ya no era buena”.

¿Cómo fue que no fuimos a escuchar a Borges en 1985? ¿Cómo se nos pasó? ¿O no se nos pasó y decidimos no ir? ¿O no se nos pasó y no es que hubiéramos decidido no ir, sino que, simplemente, no fuimos? ¿Cómo, si fuimos, ese mismo año, o el anterior, al Salón de Actos de la Facultad de Humanidades a recibir (y a ovacionar) a Augusto Roa Bastos? ¿Habría algo político, en ese nosotros hiperpolitizado de aquellos años, en el fondo de la decisión, activa o pasiva, de no ir a escuchar a Borges? ¿Restos aun vivos, titilantes, del rencor por sus posiciones a favor de las dictaduras de Videla y de Pinochet? ¿Desinterés, en una época de retornos (volvía Viñas, volvía Jitrik, volvía, por un segundo, Cortázar, volvían Marilyn Contardi y Hugo Gola, Leónidas Lamborghini y Antonio Di Benedetto) por uno que había estado todo el tiempo, todos esos años, en los diarios, en la radio, en la televisión? ¿Fervor teórico, según las modas de la época, que, más o menos, descartaban la idea de que ese genio abstracto, esa “figura”, cuyas obras completas leíamos, subrayábamos y admirábamos sin restricciones tuviera algo que ver con ese viejo que venía a Rosario en tren o en remís a dar una conferencia? ¿Animosidad social hacia el ámbito en el que esta sucedería —el Jockey Club donde tal vez, imaginamos o fantaseamos, ni nos dejarían entrar— y aun hacia la presentadora —pobre María Esther, qué tendría que ver—? ¿Un conjunto formado por partes de todas estas partes? Puede ser. Pero también, ojo.

¿Habría algo político, en ese nosotros hiperpolitizado de aquellos años, en el fondo de la decisión, activa o pasiva, de no ir a escuchar a Borges?

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Hace poco un amigo leyó unos poemas (buenísimos para mí: uno de los futuros posibles de la poesía argentina concentrado en veinte minutos) en una librería ínfima que, no solo por su tamaño, yo imaginé que explotaría de jóvenes poetas, lectores y estudiantes ansiosos por escuchar las novedades que, yo descontaba —como sucedió— podrían leerse en las líneas o entrelíneas de esos poemas principales. Bueno, no había nadie. O estábamos “los de siempre”. Más o menos los mismos que no habíamos ido a escuchar a Borges en 1985. Dos semanas después fui al mismo lugar a retirar un libro. No es una librería por la que se pasa. Hay que ir. Acertar con la boca de la galería, subir unas escaleras (y no otras), decidir si al patio se lo atraviesa en diagonal hacia la izquierda o hacia la derecha. Leía en ese mismo momento, me enteré casi al llegar, un joven poeta. Sus versos eran, para mí, una suerte de guía contradictoria. Me señalaban, por un lado, la buena senda, el justo camino a seguir: de donde venían las voces, estaba la librería. Pero también “como aquel que resoplando/ sale por fin del mar hasta la orilla,/ y se da vuelta y espantado/ el agua amenazante mira,/ así giré temblando para ver/ esa selva que mata al que la habita”, esos versos que escuchaba, esos poemas dóciles a toda norma vigente que vociferaba el pájaro cantor, me apremiaban a retroceder. Cumplí, de todos modos, con el modesto destino de mi esporádica salida de casa (retirar un libro que ya había pagado). Y como toda decisión tiene su enseñanza, allí estaba la mía. Aquellos jóvenes poetas, lectores, estudiantes, que no habían ido dos semanas antes a escuchar uno de los posibles futuros de la poesía argentina conformaban ahora una pequeña multitud que se había dado cita para escuchar y aplaudir su discreto presente. No en nombre de la literatura (esta era la lección) sino en nombre de la amistad, del grupo, de la camaradería. Tal vez también por eso no fuimos a escuchar a Borges aquella vez. No solo no era nuestro amigo. Tampoco lo era su público, tan precisamente representado, según un delicado detalle narrativo de María Esther Vázquez, por la señora que lo felicitó no por su obra, que tal vez le fuera indiferente, sino por su aparente excelente estado de salud, que a lo mejor ambicionaba. 

A María Esther Vázquez la conocí en Paraná, unos años después de que acompañara a Borges a Rosario. Esta vez el suyo no era un viaje de trabajo, sino más bien, imagino, de vacación, acompañando al poeta y traductor Horacio Armani, su marido. Una institución entrerriana había organizado un concurso de ensayos dedicados a Juan L. Ortiz. Presenté el mío. Fue seleccionado finalista, entre otros varios. El nombre del autor del ensayo ganador se daría a conocer en un acto, en un hotel de Paraná. Los organizadores habían contratado como maestra de ceremonias a la actriz Leonor Benedetto, dado su origen entrerriano, y su fama, entonces aun vigente. Los finalistas teníamos que estar presentes en la celebración, pues el concurso seguía la estructura sentimental de la entrega de los premios Oscar, según la cual es tan importante la alegría y emoción del ganador como la frustración, la tristeza y la decepción de la ristra de los finalmente rechazados por el jurado principal. La semana anterior, sucede a veces con los premios, empezó a correrse la voz del nombre de quien se llevaría el cheque. Amigos de Paraná y de Santa Fe me llamaban para darme la buena nueva como “confirmada”. Una poeta de Rosario, a quien también le había llegado la noticia, me llamó y, haciendo patente el inverosímil parangón con los premios de la Academia de Hollywood me preguntó, sin ni siquiera decirme “Hola”, si ya me había comprado el smoking. Viajamos a Paraná en el Renault 12 que nos había prestado uno de los abuelos de mis hijos: ¿estarían ellos también anoticiados de que su padre volvería a la humilde morada cargado de dinero? Finalmente, el presentador —Leonor estaba reservada para recibir al ganador y fotografiarse con él sosteniendo una representación maximalista de un cheque, un cartón enorme con una cifra para nosotros descomunal— dio el nombre del afortunado juanelista. Empecé a pararme apenas pronunció la primera sílaba de mi nombre. Y caí desplomado en la butaca cuando lo completó: “Mar-celo…”. No recuerdo el apellido. Lo olvidé. Más tarde, desde una de las mesas del comedor del hotel, me llamó María Esther Vázquez. Simplemente para saludarme. Supongo que mundanamente habrá hecho lo mismo con cada uno de los diez o doce que habíamos subido previamente al escenario a recibir un diploma. Armani, que era uno de los jurados, hizo un comentario sobre mi ensayo que también olvidé. Y la circunstancia, en perspectiva, exagerada y ridículamente infeliz, me impidió saludar convenientemente al autor de algunos poemas que entonces leíamos con partes iguales de gusto y reserva y, sobre todo, al traductor de Eugenio Montale, de esa edición de Librerías Fausto, de 1978, que incluía Huesos de jibia y Las ocasiones y ese par de versos que, creo, nos formaron en una idea de ascetismo y rectitud en la que, muy sensiblemente, el jurado de aquel premio decidió confirmarme: “Bienes no conocí, más que el prodigio/ que ofrece la divina Indiferencia”.

¿Fervor teórico, según las modas de la época, que, más o menos, descartaban la idea de que ese genio abstracto, esa “figura”, cuyas obras completas leíamos, subrayábamos y admirábamos sin restricciones tuviera algo que ver con ese viejo que venía a Rosario en tren o en remís a dar una conferencia?

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Y si la del Jockey Club fue la última visita de Borges a Rosario, es muy probable que la primera haya sido la del mes de abril de 1922. En una carta dirigida el mes siguiente a Guillermo de Torre, escribe Borges:

No sé si te hablé ya de un reciente viaje al Rosario de Santa Fe, con Eduardo González Lanuza, Guillermo Juan y Piñero. Lanuza dió una conferencia muy aplaudida y leyó poemas de nosotros todos. Al salir, nos acompañaron a un café una treintena de muchachos entusiasmadísimos. Nosotros cansinoassensiamos (en el buen sentido del verbo) con algún fervor y doctoral seriedad. A raíz de eso, ha surgido en el Rosario un núcleo ultraísta que producirá tal vez cosas buenas. Están bastante documentados: conocen Cosmópolis, frecuentan Tableros, usan el Lunario Sentimental, acostumbran leer Prisma, y suelen arrimarse a las obras de Ramóny de Cansinos-Asséns. (Disculpa el desorbitado criollismo de nueva cepa que hay en la frase anterior.)

¿Hubiéramos ido, ahora sí, a escuchar y a aplaudir la conferencia de Eduardo González Lanuza, acompañada de poemas de Borges, de Guillermo Juan y de Francisco Piñero? ¿Nos hubiéramos entusiasmado como se entusiasmó aquella treintena de jóvenes que tendrían, aproximadamente, la misma edad que los conferencistas y, también, la misma edad que teníamos nosotros cuando no fuimos a escuchar a Borges 60 años después? Seguramente allí hubiéramos estado, de buena gana. Los hubiéramos seguido hasta el café. Hubiéramos conversado sobre el Lunario sentimental, sobre las revistas Cosmópolis, Tablero y Prisma. Sobre la traducción de Cansinos-Asséns del célebre poema de Mallarmé Un coup de dés, versionado en esa ocasión como Una jugada de dados. Pero, más que sobre la traducción, sobre su prólogo fundamental del que nos sentiríamos inmediatos descendientes. Sobre esos justísimos conceptos que pensábamos que nos tocaban a todos:

Mallarmé ha creado la moderna sintaxis lírica, ha reintegrado en toda su importancia a la imagen, ha estudiado su escenificación, al modo wagneriano, ponderando el empleo de todos los medios que pueden realzarla —pausas, elipsis y anacolutos— y hasta la intervención de los medios gráficos que constituyen su escenario material  y visible, rodeándola de blancos espacios.

Pero, eso sí, no hubiéramos sido dóciles al afán impositivo de la avanzadilla ultraísta ni nos hubiéramos convertido (tal parecía ser el fin persuasorio de nuestros visitantes) ni en sus discípulos ni en los propagadores de sus noticias, siendo que nosotros también, faltaba más, tendríamos las nuestras.

BIBLIOGRAFIA

María Esther Vázquez. Borges, esplendor y derrota. Tusquets, Barcelona, 1996.

Dante Alighieri. Infierno. Traducción y notas de Alejandro Crotto. Audisea, Buenos Aires, 2020.

Eugenio Montale. Huesos de jibia y Las ocasiones. Traducción, prólogo y notas de Horacio Armani. Librerías Fausto, Buenos Aires, 1978.

Jorge Luis Borges. Carta a Guillermo de Torre. Citada en Carlos García. Sobre la revista Nun (Rosario, 1941). En línea: https://www.ahira.com.ar/wp-content/uploads/2020/05/Sobre-la-revista-Nun-Rosario-1941.pdf

Rafael Cansinos-Asséns. “Stéphane Mallarmé. Una jugada de dados”. Revista Cervantes, Madrid, noviembre 1919.

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