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17 de diciembre 2022

Leandro Mora Alfonsín

NO TRATES DE ENTENDERLA, DISFRÚTALA

Tiempo de lectura: 9 minutos

Vamos a extrañar mucho el mundial. Este encuentro con nosotros mismos que duró casi un mes. Este manotazo suelto contra las cuerdas al párpado de ese Ivan Drago que es la vida diaria, viendo que si le pegamos sangra, que he’s not a machine, he’s a man. Esta canción en el cerebro 24×7. Estas ganas de ver videos de Diego y cantar la marcha de San Lorenzo con amigos. Esta morfina contra la solemnidad fingida. Esta felicidad reproduciéndose en segundo plano desde que sale el sol hasta que intentamos dormir. Este puerto de destino con el que desde chicos soñamos sin lograr dimensionar del todo: Final del Mundo. Estamos en la final del mundo.

Este texto no esconde pretensiones; solo busca canalizar la ansiedad mientras se escribe, al igual que usted lector busca canalizarla mientras lo lee. Quiero despedir al mundial con algunos apuntes sobre el fútbol, lo que fue esta Copa del Mundo tan linda y competitiva y sobre Argentina de cara a la final. No voy a ir más allá de lo que un futbolero amateur ve. Es un texto de fútbol escrito por un economista de reciente creciente panza. Hecha la aclaración, avance bajo su propia responsabilidad.

Una pelota, un mundo


El fútbol, con sus 135 años de profesionalismo en el mundo, es hoy el deporte global. Por encima de todos. A diferencia de lo que podía pasar hace 30 años, el mundial hoy no muestra selecciones inferiores por su nóvel involucramiento con la pelota. Ya hace tiempo que no hay un “Zaire 1974” haciendo papelones, ni Australia es “el fácil” de una fase de grupos.

Todas las selecciones tienen jugadores en ligas top. Todas tienen acceso a los mismos videos, estrategias y, más importante, competencias. Es cierto; las selecciones más grandes tienen a las figuras de los principales equipos que se lucen en la Champions League. Pero las demás tienen a los que 4 o 5 veces al año marcan a esas estrellas, les patean al arco o les dan batacazos. Se conocen no solo por video, sino porque compiten.

"Este texto no esconde pretensiones; solo busca canalizar la ansiedad mientras se escribe, al igual que usted lector busca canalizarla mientras lo lee. No voy a ir más allá de lo que un futbolero amateur ve. Es un texto de fútbol escrito por un economista"

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Esto se viene viendo hace varios mundiales, pero en Qatar 2022 lo competitivo ha tocado su punto más alto hasta ahora. Cualquiera puede ganarle a cualquiera. Las selecciones grandes, con su identidad y estilo, tienen que hacer un esfuerzo mayor que años atrás. Lo antes extraordinario se va volviendo cada vez más común. Que Croacia (revelación en el ‘98, su primer mundial sin formar parte de Yugoslavia) clasifique a semis por segunda vez consecutiva dejando atrás a Brasil y Marruecos se cuelgue la medalla de primer africano de la historia en semis dejando atrás a España y Portugal ya no puede verse como “sorpresa”. Tampoco que Japón se haya impuesto a las campeonas Alemania y España, Arabia Saudita a la Argentina hoy finalista o que Ecuador haya puesto en aprietos a la bravucona ex (?) Holanda.

En este mundial hubo rivales muy interesantes en países que vienen apostando hace 30 años y un poco más a su fútbol profesional como el mencionado Japón, Estados Unidos y, en menor medida, Australia y Corea. Y otros que se acostumbraron a competir y exportar jugadores como Senegal.

Esta paridad no solo se vió en casos, sino en números. En fase de grupos solo hubo dos equipos que no sumaron puntos: el anfitrión Qatar y Canadá, a la que no le alcanzó pese a mostrar pasajes interesantes cuando Alphonso Davies (Bayern Munich) estaba inspirado y con piernas enteras. Y en ningún grupo el primero sumó 9 puntos.

Esto no quita que, así como muchas selecciones crecen, las grandes no corran también su frontera. En el largo plazo, las selecciones grandes aún (y por ahora) se imponen. El mundial, de hecho, solo fue ganado por 8 países en 21 ediciones completadas. Y ya sabemos que la edición número 22 no va a tener nuevo campeón, sino a un país bordando su tercera estrella.

Pero la brecha cada vez es más chica. Podés ver selecciones grandes con juego arrollador o una identidad marcada que se impone. Y también podés ver como una selección no “grande” le encuentra la vuelta y te los saca de un mundial. Incluso en primera fase. Ya no hay cucos. El mundial son 7 partidos. Eso lo hace maravilloso por muchas cosas. En una liga, las selecciones con más tradición y experiencia tenderían a imponerse. En un torneo corto, donde en cada partido se juega algo, con alguna distracción y virtudes defensivas rivales estás afuera. No importa que tan lindo juegues.

Aun con diferencias persistentes, en la cancha cada vez más somos todos iguales. Eso lo vuelve cada vez más divertido, aunque a veces deslucido. A la democratización de los resultados la acompaña una homogeneización de sentimiento futbolero que ya no conoce ninguna frontera. En la pelota nos unimos. Llevamos cada uno nuestras guerras, nuestros pasados coloniales, nuestras identidades. Las ilusiones vuelven a estar cero a cero. Todos pueden ser héroes un rato. Por más que sea un espejismo, nadie te quita lo ilusionado.

"Todas las selecciones tienen jugadores en ligas top. Todas tienen acceso a los mismos videos, estrategias y, más importante, competencias. A diferencia de lo que podía pasar hace 30 años, el mundial hoy no muestra selecciones inferiores por su nóvel involucramiento con la pelota. Ya hace tiempo que no hay un “Zaire 1974”"

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Nos volvimos a ilusionar

Sobre Argentina no voy a ser nada creativo: Tenemos un equipazo. Más allá de resultados, es de las selecciones argentinas que más he disfrutado ver jugar.

La construcción del proyecto Scaloni tiene algo que lo diferencia de las experiencias anteriores en la “era Messi” (2008 en adelante): todas las pelotas ya no van a Messi para ver qué hace, volviéndonos predecibles, haciendo que lo marquen de a seis y obligándolo a buscar la pelota adelante de la zaga central los 90 minutos.

En el Scalonismo, fase superior del Bilardismo, hoy Argentina juega a tener la pelota, ocupar los espacios sin una pizca de ingenuidad en defensa y a buscar a Messi cuando es preciso. Argentina usa a Messi de lo que Messi jugó toda su carrera. Dejamos de llorar que “Messi no juega como en el Barcelona”, para hacerlo jugar como lo hacía en el Barcelona; con un equipo atrás que lo explota de forma inteligente y no desesperada.

Y tenemos, a sus 35 años, una gran versión. Para mí, su mejor versión.. Una versión madura, con voz de capitán y que no se come ninguna. Que no le deja pasar ningún intento de viveza a ningún rival, árbitro vedette o periodista clickbait. Esta semana abundan las cartas de amor a Messi en todos lados, el mejor de esta era. El que se impuso a otros extraterrestres que se conformaron con quedarse en la puerta. El que para terminar de enamorar a todos tenía que transformar todos los sapos tragados en espuma que le sale por la boca. El mejor de todos los Messi, integral y diegótico. El único que se sienta en la misma mesa que Di Stéfano, Pele y Maradona.

Argentina sale a dominar todos los partidos. Y, hasta el momento, siempre se mostró superior a sus rivales. Laburando cada rincón de la cancha. No somos más que nadie, pero de ninguna manera menos que el resto, incluyendo a los grandes cucos de este mundial (casi todos ya mirándolo desde casa). La muestra de carácter contra Holanda y el knockout propinado a Croacia ya son parte de una historia grande que vamos a recordar en muchos asados en los años que vengan.

"En el Scalonismo, fase superior del Bilardismo, hoy Argentina juega a tener la pelota, ocupar los espacios sin una pizca de ingenuidad en defensa y a buscar a Messi cuando es preciso. Argentina usa a Messi de lo que Messi jugó toda su carrera. Dejamos de llorar que “Messi no juega como en el Barcelona”, para hacerlo jugar como lo hacía en el Barcelona"

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Tanto se disfruta que hasta confunde. Nosotros no somos los que ganan una semifinal 3 a 0. En una ruta de no sufrimiento nuestro GPS se queda sin señal. Nos entregamos al festejo pero mirando a los costados. Como esos sueños en donde te dicen que debes una materia del secundario 20 años después y la calma vuelve cuando te despertás y tu vida sigue siendo tuya. Entregarse a creer; la identidad está en permanente construcción. Eso es parte de tener un equipazo.

Tenemos jugadores en altísimo nivel. No solo nuestro Oliver Atom, el 10 y su Tom Misaki, el 11. Lo de Otamendi es clase mundial; él también transformó sapos en espuma y es el mejor defensor de la Copa del Mundo. Enzo Fernández y Julian Álvarez parece que juegan hace 5 años en la selección; son dos irrespetuosos que todavía tienen el poster de Messi y Di María colgado en sus cuartos. Cumplieron el sueño con el que se iban a dormir hasta hace no mucho. Alexis Mc Allister está jugando un mundialazo; los laterales están bárbaros, hay arquero (y qué arquero hay, como te quiero Dibu Martínez), el Cuti y Lisandro Martínez son súper sólidos. Paredes cuando entra no deja pelota sin trabar (Boca, ooooca, aaaaaaacaaa). Y de Paul, de menor a mayor, es insaciable del equipo. Nunca me pasó de estar feliz con un plantel entero al mismo tiempo, de aplaudir hasta el quite más rutinario.

¿Dónde veo el punto débil y por qué tenemos momentos de zozobra como los de Arabia, Australia y Holanda? En la falta de variantes dentro de nuestros 26 jugadores. Entre lesiones y jugadores a disposición, no hay tantas variantes en el banco. Se siente la falta de Nico González (concedo que me parecía un jugador que “meh”, pero Scaloni lo usa muy bien), y la de Lo Celso. Nos falta altura también dentro de las variantes; nuestros defensores y delanteros top (porque llevamos lo mejor de lo mejor que tenemos) no son tan altos.

Y por eso me parece aún más que Argentina es un equipazo: porque maximiza su nómina de jugadores. Es hermoso ver cómo pueden adaptarse a distintos sistemas de juego (usamos hasta 3 por partido, es una locura que amo profundamente), circunstancias de partido y rotaciones con mucha disciplina, orden táctico y sin negociar ni 1% de entrega. Sin quejas, sin caras largas, aun cambiando media formación inicial de un partido al otro. Todo compromiso, todo colectivo. Todo bajo la premisa más hermosa de la vida y la política: lo que hacemos es más importante que nosotros. El que busca lo personal por encima de la causa común, que se vaya a la casa. Basta de solistas cuya soberbia está arriba de su ego.

Argentina tiene muchas variantes en un partido. Con errores a mejorar, si, por supuesto. Pero juega de distintas cosas en 90 minutos en un fútbol donde la competencia te lo exige. Y pocas veces me tocó ver eso en la selección. Sobre todo, con tanta aceptación del plantel.

"Tanto se disfruta que hasta confunde. Nosotros no somos los que ganan una semifinal 3 a 0. En una ruta de no sufrimiento nuestro GPS se queda sin señal. Nos entregamos al festejo pero mirando a los costados. Como esos sueños en donde te dicen que debes una materia del secundario 20 años después"

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Y esto, claro que sí, es mérito de Scaloni, un técnico del recontra carajo. Un tipo que ojalá esté en la selección muchos años. Por el equipo técnico de hiper serio que armó y porque le encontró la vuelta al recambio generacional sin que nadie se sienta incómodo. El intangible de coincidencia es total entre equipo técnico y jugadores.

El Scaloni resistido. Al que le desearon en TV que no gane un título al aire porque no era de su gusto. El Scaloni que se formó en el mejor lugar, el que estaciona aviones cuando da indicaciones desde el banco. El que nunca se enojó con los buitres que miraban una mitad de su CV en lugar de su trabajo.

En esta selección, tanto técnico como jugadores, cada vez que hablan de fútbol dan clase. Es hermoso de escuchar, tienen clarísima la idea de juego y les gusta explicarla, como quien está orgulloso de algo que estudió para un examen.  Esto se notaría mucho más en las conferencias de prensa si en lugar de mayoría de preguntas que apelen a “la emoción y cómo lo viven” como si el mundial fuera un “Juntos por un amiguito en Qatar”, ganasen terreno las que van al juego.

Difícil en una época donde muchos periodistas mainstream (no todos, para nada todos y usted lector sabe bien de quienes hablamos y de quienes no) se sienten más protagonistas que los jugadores, al punto de filmarse relatando fingiendo emociones extremas en cualquier partido, siendo capaces de insultar a jugadores por un error o de armar campañas contra el técnico porque no les da una nota y reniega de sus códigos mediáticos de dueños de la verdad. A esos, como a los forasteros sommeliers de conductas de los que hablamos la semana pasada, también se los calla en la cancha. Pero no hay que olvidarlos; porque ni recibo acusan de los dedos que mal levantaron.

Estamos en la final del mundo. Ese lugar del que nos hablaron desde siempre. Esa tierra prometida esquiva. Llegamos a donde merecemos estar. Y como Rocky enfrentó a Ivan Drago, nosotros hoy a Francia, el cuco que queda, casi en navidad y en una tierra extraña. El último campeón. El que pareciera no acusar recibo de perder en su plantel al mejor jugador del mundo 2022, Benzemá y al mejor número cinco del mundo, Kanté. El equipo cuya figura cree que los países sudamericanos no somos competitivos. Y si, ellos son buenísimos. Y si, tal vez sean superiores. Tal vez “solo podamos resistir todo lo que ellos tengan. Pero para vencernos, tendrán que matarnos, y para matarnos van a tener que tener los cojones de pararse frente a nosotros. Y para hacerlo, tienen que estar dispuestos a dejar la vida ellos también”.

Disfrutemos este momento eterno. Estamos en la final del mundo.

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