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02 de julio 2023

Martín Rodriguez

NO ACLARES QUE OSCURECE

Tiempo de lectura: 7 minutos

1

La foto, la foto. ¿Cuál es la foto del año? ¿Ya la tenemos? Estamos en julio y lo que sí sabemos es cuál es el libro del año. Y en la tapa está la foto. Y en esa foto Perón sonríe como nadie, Rucci levanta el paraguas feliz, pero Abal Medina está serio, serio como perro en bote. Abal Medina es ahí el político. El oído absoluto de las placas tectónicas. Y entonces el libro, su libro, funciona –también– como larga respuesta al porqué de esa cara de culo en plena fiesta: porque el peronismo (FREJULI) cerraba su unidad con las heridas sin curar. ¿Escuchan? Están arrastrando la marquesina del FRENTE DE TODOS por el empedrado. Juan Manuel Abal Medina lo sabía porque tenía el trabajo de “hablar con todos”: la izquierda, la derecha, los diferentes y los indiferentes. Esto cerró mal, sabe, piensa. Hoy no hay un Perón. Ni hablar. Y el viaje en el tiempo muestra que el Frente de Todos pecó de eso mismo: coser las heridas sin curarlas. Creer demasiado que el fracaso macrista era la tierra arrasada que subsidiaba la insinceridad de la unidad. Con Menem, con Duhalde y luego Kirchner, las vueltas del peronismo eran con el cartel de Yo No Fui y un país que lo necesitaba. En 2019 el fracaso macrista no vino ni con híper ni con implosión. Y fue cuestión de que el Frente de Todos ganara para que empiece su cuenta regresiva. “Encender la economía”, “ordenar la sociedad desordenada”. Todas eran consignas de mecánica simple y escasa. Pablo Semán en este texto nos permite entrever el fondo de quienes por ejemplo aún no le perdonan al gobierno pero especialmente a Alberto Fernández, no sé, supongamos, que-no-expropió-Vicentín. ¿Cómo no va a distribuir el ingreso si yo le di like, si en mi grupo de guasap estamos poniendo el cuerpo? La revolución no es un derecho, dice Semán. La Voluntad. Pero para todo se propusieron soluciones superficiales: poner de jefe de gabinete a un gobernador porque ahora sí, sombra terrible, ¡llegará un caudillo!; o cambiar el ministro de Economía después de cascotear a Guzmán con argumentos donde Máximo parecía un dirigente del FIT… para que llegue Sergio Massa. Todo así. ¡Cambiemos el nombre del frente!, pero la herida sigue. ¡Cerremos con lista de unidad!, pero la herida sigue. ¡Empecemos la campaña!, pero la herida sigue. ¿Qué herida? Hay muchas y una seguro es incurable: la narcisística.

2

Las internas, el fuego amigo (el que más duele), todo eso indisciplinado pero en nombre de mantener a raya las coaliciones. El peronismo tiene una frase de viejo “marco teórico” que dijo el General (“no nos estamos peleando, nos estamos reproduciendo”), pero a esta altura las “reproducciones” llegaron al colmo de arruinar un gobierno propio (a este ritmo el futuro será con hijos de padres separados). Del otro lado, alguien esbozó que el que gana conduce y el que pierde acompaña pero esta semana se volvió a pudrir. Será cierto que las internas en los Frentes si te dejás llevar solo por la cobertura c5 o ln+ (“¡Se están matando!”), o sea, el canal de Cristina y el de Macri, las presentan (las de los “otros”) tan truculentas que da ganas de desdramatizar y decir que las PASO son exactamente para esto, para los contrapuntos, salir del closet, lo que la sociedad se pierde si se pierde de vos. En los “sagrados ochenta” Angeloz hizo renunciar a un ministro de Economía en plena campaña.

Y el viaje en el tiempo muestra que el Frente de Todos pecó de eso mismo: coser las heridas sin curarlas. Creer demasiado que el fracaso macrista era la tierra arrasada que subsidiaba la insinceridad de la unidad

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3

La política argentina está maldita. Una maldición clásica: ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires llega a la presidencia. Otra maldición: los intendentes porteños sí llegan. Scioli fue gobernador bonaerense y quiso pero no pudo, Axel quisieron que quiera pero no quiso. Y Larreta podría llegar a ser el tercer intendente porteñoen caminar los cien pasos, pero los macristas lo odian. Esta semana hizo calentar a sus rivales porque rompió su monotonía para decir una obviedad. Habló contra el negocio del país dividido, el estilo polarizado de Macri y no sé qué más y le saltaron al cuello. “Larreta pará la mano!” Pero dijo lo que podrían decir muchos si omiten el control de calidad ideológico del Instituto Patria o del politburó macrista: la política, así como está, con este formato, no sirve para nada. Negocio del país dividido = más de diez años de país sin rumbo.

La política argentina está maldita. Una maldición clásica: ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires llega a la presidencia. Otra maldición: los intendentes porteños sí llegan

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4

Cristina habló con un avión detrás, y no cualquier avión. Todo el tiempo que usó para describir los detalles del cierre lo hizo con ese telón de fondo. Cuadro delicado para un acto absurdo y confuso que adelantaba esa clásica pretensión con todo candidato “no propio”: propenderle un curso acelerado de progresismo, empacharlo de símbolos. Pero el discurso de la vice terminó de armar el matete. No dio respuestas, más bien dejó preguntas. ¿Entonces quién puso a Massa? ¿La unidad o el vacío? ¿Tengo un candidato para la PASO pero si hay unidad tengo otro? ¿Scioli era traidor pero en 24 horas es el traicionado? ¿Santiago Cafiero inventó la picardía de las bancas en un peronismo que se ufana del monopolio de la realpolitik, el barro y los chorizos, donde hasta el último orejón del tarro repetía el chiste de “nos cagaron entré yo solo”? Cristina dice que va Massa porque no hay PASO, pero quedó habilitada la lista de Grabois, en la que muchos cristinistas dicen que llevarán su voto. Todo en el discurso de ese lunes sonaba como descartable, empezando por los candidatos. Y, a su vez, con una renovada fe en la “transparencia” de mostrar un detrás de escena, un con qué se hacen las salchichas, los detalles rosqueros y sus versiones cruzadas, “miren, acá tengo el guasap”. Transparentar algo de lo opaco y discreto como si la sociedad tuviera problemas en que la política se haga a sus espaldas. Para transparencia de las decisiones se hubieran hecho las PASO.

5

Como dice el Tao: El Gran Camino es llano y simple.

¿Santiago Cafiero inventó la picardía de las bancas en un peronismo que se ufana del monopolio de la realpolitik, el barro y los chorizos, donde hasta el último orejón del tarro repetía el chiste de nos cagaron entré yo solo'?

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6

El Plan De Operaciones Bonaerense. El kirchnerismo nació con dos condiciones: 1) que la sociedad desconocía a Kirchner y eso era un valor (más vale malo por conocer en tiempos de cacerolas, se pensaría); 2) que la política desconocía de Kirchner su capacidad de construir poder. Venían del lugar al que Alfonsín quiso mandar todo: el sur, el mar, el frío. La palabra “sur” era una palabra de la transición democrática. Después de la guerra de Malvinas y con la llaga todo era sur: el plan Austral, la capital en Viedma… Pero somos más blandos que el agua. Y en 2003, con veinte años de democracia hecha un desconche, llegó del sur un nuevo presidente a refundar algo así como la “segunda transición”. Pero sinceremos: de ese kirchnerismo sureño, patagónico, pingüino, ¿qué queda? El kirchnerismo devino identidad bonaerense. Mucho se habla del plan “bonaerense” de resistencia cristinista. ¿Es una consecuencia de no haber roto el límite duhaldista, el régimen de gobernar el conurbano para gobernar la nación? Ahora se dice que Cristina se repliega, una ecuación obvia: si pierde Massa la derrota no fue mía, dirá. Pero incluso ese “plan” arrastra algo inédito si se concreta el triunfo bonaerense pero la derrota nacional: ¿cómo será gobernar la provincia para Axel sin la canilla libre presupuestaria de Alberto? Porque Felipe con Néstor, Scioli con Cristina y Vidal con Macri sintieron el rigor de que “te pisen la manguera”. De Alberto dirán mil cosas, menos que se la pisó.

7

Massa es ministro de Economía. A través de ellos también se puede contar la historia de la democracia. Tuvimos de todo: industrialistas, tecnócratas, súper ministros, ignotos, los que hablaban con el corazón, una ministra… Kirchner quiso sepultar al “súper ministro”. Rémora de Cavallo, bestia política. Y lo hizo sacando de la cancha a Lavagna, que duró poco pero que tenía visión propia, pantalones largos y el mérito de venir del Vietnam duhaldista. ¿Cuántos ministros fueron candidatos a presidente? Massa es el tercero después de Cavallo y Lavagna. ¿Otra maldición? Ninguno lo logró.

Cuando Alfonsín eligió a Grinspun, hombre de partido y visión industrial, se decía que subestimaba la herencia del Proceso. De Sourrouille dicen que era tan buen técnico que no tuvo realidad. Como dijo Sarlo de Carrió: “es tan interesante que ya no es política”. Menem tardó un par (uno murió en las vísperas) y encontró uno con quien disputó la paternidad del modelo. Era tal la pica que Cavallo amagó romper hasta que se fue. ¿Se acuerdan cuando recibió a Chacho y Graciela en su despacho contra Yabrán? Memoria completa. Y la Alianza fue tal bluff que repatrió a Cavallo en 2001 para afirmarse en su prejuicio: finalmente eran solo un “menemismo blanco”. Menos de lo mismo. El “Negro Oro” esos días decía algo bonito de oír: “Mingo cree que cagando a pedos a todo el mundo va a arreglar la economía”.

Massa es ministro de Economía. ¿Cuántos ministros fueron candidatos a presidente? Massa es el tercero después de Cavallo y Lavagna. ¿Otra maldición? Ninguno lo logró

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Duhalde tuvo en este país histérico de renunciantes, gambeteadores del bulto, cultores del “animémonos y vayan”, de “yo argentino”, uno que fue capaz de asumir los costos de una decisión. Remes Lenicov. ¿Quién le ponía punto final a la convertibilidad? Como dice Tomás Borovinsky en “¿Qué hacemos con Menem?” cuando explica la “lealtad” de la clase política con el 1 a 1: “Una época marcada por un nivel tal de consenso sobre los pilares del ‘modelo’ que el orden implotó”. Remes llegó como el personaje de Harvey Keitel en Tiempos Violentos. “Soluciono problemas.” Dice Borovinsky sobre la paradoja de los años noventa: el excesivo consenso. En aquella cadena Remes dijo, más o menos, que un país es una moneda propia. Dramático volver a oírlo aún sin moneda.

Kirchner heredó a Aníbal, a Ginés y a Lavagna, portadores sanos del duhaldismo que estaba obligado a matar. La continuidad de Lavagna dice mucho de ese 2003: que lo peor había pasado, que si tenía “más desocupados que votos” el rebote y crecimiento compensaría, que a él le tocaba la tarea política de darle forma a la recuperación, un relato, un envase. Y finalmente, enterrar los “súper ministros”. Macri tampoco quiso. Para Macri no había “súper nada”. Hubiera armado un ministerio para cada tema con tal de que nadie tuviera demasiado poder. El “pecado” de Alberto fue poner un ministro de Economía con pensamiento propio. Guzmán pagó el precio en un gobierno loteado bajo el engendro del “poder de veto”. Los súper ministros eran economistas que se hacían políticos. Massa es al revés. Y tiene la sola carta que evidentemente no es bajar inflación. Es otra. Es la del que conoce la bomba. Cable rojo o cable verde. Massa a fin de cuentas se sostiene en el argumento del tuit que retuiteó hace poco Malena: “Massa se queda hasta el final, porque el final es cuando se vaya Massa”.