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19 de abril 2021

Juan Molina

Cura y teólogo. Licenciado en Ciencias Políticas de la UCA.

NADIE SE CONDENA AISLADO

Tiempo de lectura: 4 minutos

La pelea por la figuración en la conferencia de prensa del éxito fue sintomática. Fue la gota que rebalsó el vaso de los dolores que venía desnudando hora tras hora la desaparición de esta menor. “Mía”, la nombró equivocadamente el Ministro de Seguridad de la Provincia en una extraordinaria metáfora involuntaria. La romántica postal de la coordinación de las fuerzas de seguridad duró demasiado poco. Era esperable: los fracasos son colectivos y los éxitos individuales. Hasta diluirse.

La búsqueda fue televisada por cadena nacional. El transcurrir de las horas daba rienda suelta a una catarata de análisis e hipótesis éticamente condenables. Como cuando una reportera le preguntó a la abuela de la nena desaparecida si tenía esperanzas de encontrar a la nieta viva. Nada fue tan patético como la competencia por ver quién daba la primicia, la foto. Los mismos que horas más tarde dejaron de nombrar a la menor para absurdamente identificarla con una letra. A veces preservar la identidad se parece un poco a despersonalizar.

El inicio de la tragedia de un lado de la General Paz y la finalización del otro, dejaba en ridículo las pretensiones de deslindarse de responsabilidades. Si todos piensan que el otro es el culpable, es probable que en realidad los culpables sean todos. Los muros cartográficos entre territorios se desvanecieron. “¿Quién es el intendente de Lugano?”, preguntó una periodista desorientada. Tanto querer diferenciarnos y parece que estamos mucho más cerca de lo que imaginamos.

Después de la aparición, una notera de Telefe recorría los pasillos de Parque Avellaneda, a pesar de que Julio insistía que eso no era Parque Avellaneda porque su mamá había vivido toda su vida en ese barrio que no era el que aparecía en la tele. La notera se sorprendía por la cantidad de comedores comunitarios. La notera hacía esfuerzos por armar el imposible árbol genealógico de la víctima. La notera hablaba con una hermana a la que tampoco podía identificar el domicilio. Subrayaba la solidaridad del barrio y cómo habían influido en el hallazgo. Tuve la sensación de que las imágenes de Marte de meses pasados podrían serle menos ajenas que la realidad que mostraba.

Si todos piensan que el otro es el culpable, es probable que en realidad los culpables sean todos. Los muros cartográficos entre territorios se desvanecieron. “¿Quién es el intendente de Lugano?”, preguntó una periodista desorientada

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En TN se entrevistaba vía zoom al titular de un organismo de control que se pavoneaba por estar al frente después de quince años de sede vacante. Durante la entrevista opinó sobre todo lo que se podría hacer omitiendo el detalle que había sido invitado al programa en calidad de entrevistado y no de panelista. Repartió responsabilidades y exigió paciencia por estar recién llegando. Paciencia que me faltó a mí para no cambiar de canal en la tercera vez que dijo “visibilizar”, un excelente indicador de quienes venden humo. La nota habría terminado con alguno de esos periodistas genéricos sermoneando.

A la noche vi en IP una entrevista a un diputado que promovía el tratamiento de proyecto de ley que buscaba algo así como la atención integral a las personas que viven en situación de calle. Consistía en una mejora de los paraderos que reciben a personas en situación de calle porque “muy temprano les sacan los bolsos a la calle”. La integralidad de la atención incluía un número de teléfono de atención y obviamente una comisión, consejo o como quieran decirle a esos comités de ilustrados. La frutilla del postre era un registro de quienes se encuentran en situación de calle. Como si vivir en la calle fuera una decisión, un estado permanente, una categoría de escritorio.

Es casi un lugar común decir que las redes sociales posibilitan que todos nos transformemos en comunicadores. Mientras escribo estas líneas, más me preocupa que todos nos transformemos en opinadores. Que los cargos, las vocaciones y los trabajos no sean más que tribunas desde donde gritar y, en el mejor de los casos, opinar. La dinámica social reproduce lo que está pasando en los estadios de fútbol, pero al revés: somos hinchas de un equipo que no está (jugando). Todo lo malo ha sido profundizado por la pandemia porque de tanto seguir protocolos terminamos aislados en burbujas. Pompa es otra manera de decir burbuja.

Los diferentes niveles del Estado pretenden solucionar problemas con ravioles. Y ahí donde hay una necesidad ya no hay un derecho, sino un cargo. La pregunta por qué necesidades (o derechos) debe cubrir un Estado sólo en parte es filosófica y se ha vuelto más moda, mercancía política y un bien capitalista. Por ejemplo, personalmente no tengo tan claro si un Estado debe asegurar comida en la escuela existiendo muchísimas redes, comedores, iglesias y asociaciones que lo saben hacer (mejor). En esta semana llegaron al comedor de la parroquia cuatro cargas de mercadería. Un poco por derrame y otro poco por solidaridad, todas venían de escuelas (públicas o privadas). Ni hablar de las partidas presupuestarias que se van en eventos, reuniones y caterings elegantes en donde ilustrados se juntan en torno a canapés para ver cómo distribuir polenta.

La dinámica social reproduce lo que está pasando en los estadios de fútbol, pero al revés: somos hinchas de un equipo que no está (jugando)

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Al mismo tiempo la decadencia de la Iglesia la ha ido convirtiendo en la tierra donde se hace lo que se puede. La utopía no está dormida, pero seguramente un poco encerrada entre protocolos, reuniones, reflexiones autorreferentes, acciones más proselitistas que evangelizadoras y un derrotismo humano. No te salva el Estado, te salva Jesucristo. No se multiplican cargos, pero sí vicarías. La estructura está dañada: proporcionalmente hay más obispos que sacerdotes. Y está tan dañada que mucha energía se va en sostenerla. Yo no sabía que ser cura además de planchar incluía tantas estructuras. Providencialmente -porque sí creo que Dios está soplando fuerte en este tiempo- aparecen jóvenes que te desarman, el infatigable pueblo de Dios que te ilusiona y san Expedito que te soluciona. La cuarentena acomodó a muchos y a otros hizo descubrirnos encerrados, lejos, aislados, vendedores de carne en un país de vegetarianos.

Tengo la impresión de que la pérdida y hallazgo de esta niña en Luján (hermosa metáfora) nos cacheteó. A un mes no podemos seguir igual. No podemos olvidar el dolor ni siquiera como recurso de supervivencia. Son acontecimientos que nos hacen tocar fondo. Y lo bueno de tocar fondo es que ya no estamos en el aire ni en caída libre, sino que nos pone con los pies sobre la tierra. Pone sobre la mesa la pregunta irrenunciable del cómo salimos. Entre todos. Frente al cambio, juntos por todos. Porque si la pandemia -gracias al profeta de este tiempo que es el papa Francisco- nos recordó que “nadie se salva sólo”, también debemos hacernos cargo de su revés: nadie se condena aislado. 

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