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16 de junio 2024

Martín Rodríguez

MUCHOS MUNDOS

Tiempo de lectura: 8 minutos

Uno

La música del afilador, ¿a qué mundo pertenece? Líneas paralelas. La música del afilador, mezclada al parlante de la camioneta que anuncia el Califato de la crisis: “compro heladeras, compro televisores, compro electrodomésticos…”, ¿a qué mundo pertenecen? La música del afilador, el Califato de la crisis, los timbres de los Testigos de Jehová y de los que piden ropa, ¿a qué mundo pertenecen? Líneas paralelas. “El mundo está hecho de muchos mundos. Algunos están conectados y otros no”. La frase es de un diálogo de la película de Wim Wenders, “Días perfectos”, una en que los diálogos no sobran. Vi la película después de ver una ola crítica a su favor. Mal hecho (me mal predisponen los consensos). Y como todo lo que explica demasiado, la frase lleva al riesgo de ahogar la historia. ¿Pero qué historia cuenta? Una historia sencilla: un hombre que limpia baños en Tokio en dos horas que mantienen en leve tensión la pregunta acerca de qué hace esa clase de persona limpiando baños. La historia es sencilla pero el hombre no. No es la clase de los que limpian baños. ¿Y qué clase de hombre es? ¿De qué clase? En la contradicción reside el secreto: dos horas de “sencillez” en las que no sabremos demasiado de Hirayama -el protagonista-. Salvo que es un fotógrafo exquisito, que vive solo, que tiene una relación difícil con su hermana rica y una sobrina rebelde que lo admira, que es analógico, que escucha cassettes a la mañana rumbo al trabajo en su camioneta y que por las noches lee a Faulkner. ¿Y qué hace limpiando baños? En un momento ocurre ese diálogo con la sobrina: “el mundo está hecho de muchos mundos”. Los dos van felices en bicicleta frente al río que cruza la ciudad. “¿Qué pasa con mi mundo? ¿En qué mundo estoy yo?”, le pregunta la sobrina. La felicidad de “Días perfectos” no contagia. Desconcierta.  

Lo extraño del personaje es que hace dos cosas a la vez: limpia baños (último eslabón de sacrificio) y lo hace con pasión “de autor”, con obsesión delicada. ¿Qué culpa limpia en lo que limpia? ¿Hirayama está cumpliendo una probation? Hace nueve décadas Chaplin selló la modernidad: el trabajo fordista enloquece. A Hirayama su repetición mecánica con cepillos y esponjas lo reconforta. En cada rutina habrá un pliegue del que emerja la maravilla oculta, una instantánea, un copón de luz que extrae algo de la memoria y lo hace flotar como un negativo en el agua, rutinas y sorpresas, juegos de tatetí escondidos en un retrete con una chica misteriosa que usa el baño. Chaplin denunciaba la explotación de las fábricas, Hirayama es “una fábrica de emociones”.

El mundo está hecho de mundos y con él se irá un silbador. Como los gorriones que migraron

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Dos

Si yo fuera Hirayama leería antes de dormirme el libro de Marcos Peña. El arte de subir y bajar la montaña. La dimensión desconocida: la dimensión humana del liderazgo. Hay un antagonismo entre Hirayama -el hombre levemente misterioso que hace feliz una tarea ingrata- y Peña, el hombre que hace un libro sobre la “demoledora” experiencia de haber estado en el poder. A Peña todo le pareció ingrato.

Para mucha gente politizada Marcos Peña resulta el prototipo de un “blanco fácil”. Chuparse los dedos y “me preparé toda la vida para ser su crítico.” Ocurre que hay en él, en su libro, su packaging liviano, su lenguaje de autoayuda para poderosos (para sobrellevar la casta), sus resabios tecnocráticos, algo que no contiene su “drama”, y sin embargo, lo expresa, lo saca afuera. “Yo perdí”, dice Peña, en el fondo. Casi nadie dice eso en Argentina, el país de políticos sin retiro voluntario. Leo el libro con mezcla de irritación y piedad. Su lucha proteica por traernos el padecimiento de las “personas en situación de liderazgo” se recorta sobre otra melancolía: también habla desde una generación amplia (la nuestra). De los nacidos a fines de los años setenta: demasiado jóvenes para ser del siglo 20 y demasiado viejos para ser del siglo 21. Peregrinos del limbo, usando la palabra de Mariana Moyano. De allí quizás la relación mortificada con la Historia: entre negarla (los animales en los billetes) y repetirla (las viejas juventudes militantes con su legado ciego de setentismo filial). No matarás al padre. Así, en la balanza de ese “nosotros” amplio, cuyas elite de distintas procedencias política y misma clase (kirchneristas, macristas, radicales, socialistas, etc.) podía cruzarse en las cenas de fin de año de fundaciones o editoriales, ¿quién podría decir “yo no fui derrotado”? Nadie. Aunque su libro rodea un trauma histórico más concreto de aquel gobierno: ¿por qué en abril de 2018 se abrió la ventana del avión? ¿Por qué el gobierno de los expertos en economía edificó algo tan frágil? ¿Hubo un gobierno tan previamente elaborado como el que asumió en 2015, que iba aprendiendo la política mientras ofrecía su expertís de economía? Pero Peña y Durán Barba construyeron un camino largo, el poder pastoral de una filosofía en la que “el líder” o “la persona en situación de serlo” iba a ser la consecuencia de una sociedad más horizontal, sin líderes mesiánicos, más bien agentes de extensión del metro cuadrado de la preocupación ciudadana. ¿Cómo se lee este libro en la era Milei que, además de sostenerse en pilares mesiánicos, es la licuadora del viejo partido amarillo?

A su vez (un poco a su favor), la locura del presidente Milei podría confirmar la opinión del libro: ¿qué pasa cuando no se atiende “lo de adentro”, la psiquis emocional de la-persona-en-situación-de-liderazgo? Quizás por eso, el camello de este texto sea Macri, el líder efectivo de la experiencia fracasada a quien se menciona poco. ¿El libro consuma la venganza del Pro (disolver a su creador)? Peña cuenta el poder cuando se pierde, el agua que cae de las manos, el río que sigue su curso y lo deja solo, y una vuelta a sí mismo ante ese vacío. Es sincero, aunque el estilo cuidadísimo refute sinceridad, pero es sobre cuarenta años rotos y su parte en el asunto. Hay más sobre qué me hice a mí mismo que un qué hicimos con el país. En su gira de promoción se lo ve feliz o aliviado. Son sus “días perfectos”. La felicidad en el detalle, cristales sucios limpiados por dentro.

Tres

Cristian Guerrero se presenta como lo que es: “obrero de fábrica”. Los días de agite como estos, con una ley tan negociada, con la moneda en el aire, solemos conversar e intercambiar mensajes. Él tiene un oído en la fábrica y otro en la militancia, como dos mundos, como quien oye el ruido de las placas tectónicas separándose. Su impresión el día después en que Milei logró un paso para la Ley Bases, es la de por qué no voló una mosca más allá del cuadrilátero de pugilismo callejero. Dice Cristian:

“Fábrica -zona oeste- obreros: La semana pasada y esta fueron iguales, ayer y hoy fueron iguales, ni peor ni mejor, iguales como si se tratara del mismo día siempre. Digo esto porque toda la coyuntura nacional no genera NADA, algunos no sabían que se votaba algo y otros lo sabían, pero les parecía una acción parlamentaria más. El único comentario de actualidad sigue siendo que todo está muy caro y listo. Eso en mi contexto de fábrica y con los pibes laburantes de mi barrio.”

Hasta ahí, el resumen de uno de sus oídos. Llega el del otro mundo:

“Ahora mis amigos militantes y gente de participación activa en la política fue un bombardeo de hilos, hashtags y eslóganes al aire, con frases del tipo ‘el pueblo no olvida’ o ‘los trabajadores luchan por sus derechos’, ‘no pasarán’, ‘se va a caer’. Todos los días disparando con eso y en la praxis laboral no se ve, cerramos paritarias del 16% y nos morfaron el retro de marzo, y nadie dijo NADA. Es como si hubiésemos desinstalado la app de lucha obrera. No desmerezco la lucha activa de los pibes ni mucho menos, pero está tan desprovisto de sentido el discurso y es tan larga la brecha entre las cosas que gritamos y las que están pasando de verdad que la oscuridad parece eterna. Por lo menos en este pedazo de territorio veo eso, ojalá esté viendo mal.”

“¿Qué pasa con mi mundo? ¿En qué mundo estoy yo?”, le pregunta la sobrina

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Cuatro

Jorge es ayudante de encargado en un viejo edificio. Empezó en 2008 ahí y va a terminar ahí. Imaginó una vida ordenada cuando entró de joven a la Caja de Ahorro y Seguros, hasta que la privatizaron y fletaron. Así pululó hasta llegar a este puesto. El encargado titular, al que Jorge “ayuda”, el principal, vive en el edificio, pero lleva años de tratamiento psiquiátrico. Va y viene de licencias. Y viene de una larga después del último brote: una mañana apareció con peluca, peinándose frente al espejo en la mitad del pasillo, y las malas lenguas dijeron que salía de noche por Corrientes, que llevaba una guitarra colgada que se había comprado con el aguinaldo, que iba con su nieto a tocar y manguear plata. Pero siempre queda Jorge cubriendo huecos, al pie del cañón.

Jorge lidia -además- con el consorcio del edificio, con viejas y viejos a los que las familias olvidaron, con abogados y contadores, con muchos expertos en volar en círculo en esas manzanas donde el poder pasa y quedan los artistas, con solteros y casados, viudos y viudas, estudiantes colombianos que alternan estudios y trabajo para app’s, en fin, flora y fauna porteña: la caspa tropical del verano largo y el invierno corto. El consorcio se puso a la moda: contrató el servicio de esa pantalla donde una persona monitorea entradas y salidas. Un ser humano te pondrá like si te están robando. Pero todo ese mundo es al que Jorge responde, desde temprano y hasta tarde. Si fuera un sioux lo llamarían “Huevos De Amianto”. Llega de Moreno hasta el viejo edificio, arrastra las viejas formas de un porteño que hace algo que ya casi nadie hace: silba. Silba una canción, un tango, el jingle de la radio. Es silbador.  

En el edificio la mayoría de ancianos y ancianas van a hacer compras. Vuelven de hacer compras. ¿Y si el ascensor no anda? ¿Y si no hay luz? Jorge silba piso a piso llevándoles la carga. Los invisibles, los que hacen que el mundo funcione. La Loca del Cuarto o el Loco del Quinto contra su peor enemigo: el don del buen humor. A Jorge le quedan pocos pelos. Y así como los girasoles se mueven con el sol, los pocos pelos que se le levantan del Lord Cheseline con que se untó a la mañana van dando la hora a medida que se sueltan. Avisan que es tarde. Es hora de volver a casa. Subte, tren, colectivo.

Jorge está cansado y espera que los papeles se completen. A la tarde, en la siesta, si se queda dormido, tiene un resorte en el traste al menor ruido. Lo imagino con la mente en un acantilado. “Ya salen, ya salen”, dice sobre los papeles. “Era en marzo, pero…”. Espera la jubilación. Irse a cuidar nietos, plantas, viajar, conocer más provincias, ciudades, el norte andino, el sur, el turismo carretera de la clase media, y si el tipo de cambio ayuda, cruzar la frontera. Trabaja en el kilómetro cero. Dice “mi señora”, como Willy Quiroga, el de Vox Dei. Jorge se parece en algo a Hirayama: los pisos con él brillan como un diamante loco. “Mirá lo que hicieron mis nietos”, dice, ríe y muestra un video de él haciendo gimnasia que subieron a TikTok. El mundo está hecho de mundos y con él se irá un silbador. Como los gorriones que migraron. Esos que trajo Sarmiento cuando había que hacer de Buenos Aires la París de Sudamérica. Jorge votó a Bullrich en nombre de un justicialismo acéfalo hinchado las pelotas del despelote nacional, así su rabia, pero desde que llegó Milei en el pasillo se habla menos de política. Ya veremos, dice el cartel invisible que sostiene el silencio prudente, como los obreros de Morón. Aunque, claro, de economía sí se habla. Ni Martínez de Hoz a punta de picana logró que “el silencio fuera salud” sobre la víscera sensible.

A veces se escuchan bombos del sindicato estatal con sede en la cuadra. El ruido corta la monotonía. Pero a Jorge no le rompen la vida. Ni él rompió la de nadie. No subió ni bajó montañas, escucha a los viejos y ayuda: la mitad de lo que hace en el día ya está fuera de reglamento (¿o dónde figura que se debe de oír a los demás?). No lo sabe, pero es más poderoso que esa gente un poco más rica: los escucha. He ahí su fuerza. Feliz día, Jorge, y con vos, a todos los padres del país.