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15 de junio 2024

Juan Di Loreto

MONUMENTOS, MIS NOCHES TRISTES

Tiempo de lectura: 5 minutos

Monumentos, mis noches tristes

La realidad es esa pesadilla de la que no te podés despertar. Vivir en una vigilia perpetua, ido de sí mismo. La zona de Congreso, y tal vez la Capital Federal toda, es ya, de nuevo, un territorio escrito por Roberto Arlt. La zona está llena de conspiradores, barriletes, esos tipos que están para cualquier cosa, simplemente están ahí, para lo que venga. El hombre desnudo arriba del monumento de la Plaza de los dos congresos se hizo metaforiza a sí mismo. ¿Hay algo del argentino que quiere demostrar subiéndose a lugares? ¿O es, acaso, el único ascenso que nos queda? ¿Subirse a algo? La cosa es escalar de alguna forma. Escalar es escapar, subir, subir, y te das cuenta que no hay laberinto para pasar por encima. O te quedas ahí subido, o te bajan como de un hondazo o te caés y juntan como sorete con pala ancha.

No hay imagen de una caída social como los desesperados que huyen para arriba. La calle es como el inconsciente de la sociedad, ahí lo que se expresa es síntoma, momento de verdad, de alguna verdad. ¿Vos no sentiste que está más picante? La cosa es que la calle es la que se transforma y no te das cuenta. O cuando te das cuenta es tarde y si es tarde, es tardísimo.

Los que venían a minimizar el Estado crearon un ministerio elefantiásico… es decir crearon una estructura que se mueve lenta, de a poco, con los pruritos propios de la burocracia de años, pero con el tanteo ciego de lo nuevo. El Ministerio de Capital Humano es un cúmulo de responsabilidades que ni el mejor hombre de Estado podría manejar con la efectividad y la urgencia que necesita. Conjugaron un Aleph de demandas en un solo ministerio y acortaron las firmas y pisaron los presupuestos. Cualquiera que trabajó en el sector público o privado sabe que la gestión puede ser lenta y desordenada, que no tiene que ver con la estatalidad. Las estructuras son complejas, no importa cuándo escuches esto.

Ante todo, el cristianismo religa, vincula, enlaza. Solo en la juntura se hace lo común, lo de todos. La comunidad es lo que hace que seamos más de lo que somos

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Pero todo se vuelve la “complejidad de la complejidad” cuando te das cuenta que el de Capital Humano, en última instancia, es el ministerio de la calle. Pone las condiciones en que el flujo de guita se mueva junto con el de economía. Si repartís mejor y más alimentos las familias tienen más cash para otras cosas. En una escena propia de Gasalla (qué antigüedad) la ministra había salido a atender de a uno a los que hacían fila en la puerta. Se podían dar esos lujos amateurs porque la brecha del dólar tendía a cero, Elon Musk señalaba a Argentina como la tierra prometida y todos compraban bonos que hacían bajar el riesgo país como nunca antes en miles de años.

La calle tiene universidad y ministerio. Es el territorio que el mapa reemplaza. Si la política online del gobierno, ese algoritmo cansado de autocitarse, se rompe lo que queda es la calle, lo que no podemos agarrar, lo que se escapa, el viejo que pasa en bicicleta y te putea. Sabes cómo está la calle por la exasperación, los arrebatos, ese “a nadie le importa nada”. La ilusión era que todo sube, pero terminamos llegando igual. Ahora no, casi no sube y no llegamos. La calle no te miente. Por eso te duele tanto. El pobre chango que está durmiendo en la ochava no te miente. Las mujeres y los hombres que te cruzas con una vara de metal o un viejo paraguas para dejar abiertos los contenedores de basura no te mienten. No importa qué dicen, es lo que hacen que no se puede dibujar. La miseria no miente.

Las sociedades deberían juzgarse por el grado de distracción que uno puede tener en la calle, en un parque, en una plaza. Pero el futuro que nos prometen es justamente el contrario. Cada sociedad en cada momento define qué es ser pobre, incluido, aceptado o paria. Pero la miseria no es una cuestión material (o no solo), la miseria es sobre todo una cuestión ideológica y hasta moral. Las sociedades deciden quién merece esa ayuda, quién es legítimo que la reciba… Pero esa “decisión”, que tiene un dedo ejecutor (un funcionario, un burócrata), pero no un dedo decisor, porque es en la dinámica anónima de nuestros sistemas de vida que se designa quién es el miserable, el pobre. Porque, como sabe cualquiera que haya visto los números del Estado, la mayoría de la guita se la llevan otros, los que sí tienen.

Si más tenés, más podés aspirar a tener. Los restos de la sociedad solo pueden aspirar a eso: sobras, puchos. El pobre de verdad, el que ni siquiera pudo hacerse chorro o estafador, vive una existencia reducida. Lo justo y lo necesario, y ni siquiera eso a veces. Quedás reducido a la unidad. Hoy el proyecto de Milei es un poco eso: quedar reducido a la unidad. Un gobierno de uno, un pueblo sin alma colectiva, mónadas agrupadas en segmentos de públicos.

El proyecto libertario es el reverso de lo que planteó Thomas Hobbes: no quiere un Estado al que obedecer, sino millones que lo puedan destruir. Lo contrario de lo común es la dispersión y la ruptura de lazos con los otros. Hobbes lo advirtió sin mucho eufemismo, la ausencia de Estado no es sinónimo de libertad, sino apego a la animalidad, donde el único reposo es el sueño. Así lo escribe en el Leviatán: “Así, el hombre que avizora muy lejos delante de sí, preocupado por el tiempo futuro, tiene su corazón durante el día entero amenazado por el temor de la muerte, de la pobreza y de otras calamidades, y no goza de reposo ni paz para su ansiedad, sino en el sueño”.

El Ministerio de Capital Humano es un cúmulo de responsabilidades que ni el mejor hombre de Estado podría manejar con la efectividad y la urgencia que necesita. Conjugaron un Aleph de demandas en un solo ministerio y acortaron las firmas y pisaron los presupuestos

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Si el contractualismo nació como un acuerdo originario de todos los hombres, lo que propone el libertario es una suerte de “Contractualismo del Yo“, donde el hombre ya no es más social sino que es uno que suelta las amarras. Como si la política hubiera sido tomada por los emprendedores, donde todo es fácil y rápido y el bien común no solo no existe, sino que es una afrenta contra los individuos. Islas en vez de hombres.

No es casualidad que en este contexto la Iglesia aparezca como un actor destacado. Aunque todo sea político, la Iglesia se opone ontológicamente al esquema actual. Ante todo, el cristianismo religa, vincula, enlaza. Solo en la juntura se hace lo común, lo de todos. La comunidad es lo que hace que seamos más de lo que somos. El objetivo filosófico de los libertarios es otro: cortar lazos, desanudar, desarmar para ganar una libertad teórica. Aunque suene paradójico es un movimiento individualista.

El objetivo común es no tener nada en común. Para utilizar una vieja categoría de Jean Paul Sartre: el destino que proponen es la serialización, la serie, la fragmentación, recortarnos como unos que no pueden juntarse otros. Ya es tarde, no podemos ser anteriores a esto totalmente social que somos. Pero una de nuestras mayores verdades es que no estamos solos y no podemos estarlo. Somos animales gregarios. Ir en contra de eso, cortarse solo produce un mundo demasiado sórdido, con “las pesadillas que oprimen el cerebro de los hombres del presente”, como recordaba un viejo texto.

Recuerdo, ahora, la dedicatoria que Roberto Arlt le hace a su esposa, Camen Antinucci en El jorobadito, ahí está todo, no hay escapatoria. Escribe Arlt:

“Me hubiera agradado ofrecerte una novela amable, como una nube sonrosada. Pero quizás nunca escribiré obra semejante.

De allí que te dedico este libro trabajado por calles oscuras y parajes taciturnos, en contacto con gente terrestre, triste y somnolienta”.