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20 de noviembre 2021

Juan Di Loreto

MONTEVIDEO

Tiempo de lectura: 2 minutos

Montevideo nos recibió con un aguacero. La lluvia caía a baldes. Boulevard Artigas era un fantasma borroneado por el agua que caía. Al otro día el viento ya soplaba del Sur, trajo frío y sol. Es raro volver a Uruguay después de tanto tiempo. Todo está ahí, igual pero distinto. La pandemia quizás cambió algo, pero dejó intacta esa humedad que cala los huesos.

Del otro lado había algo. Caminando para el lado de Ciudad Vieja por Avenida Rivera el sol da de frente a la tarde, como en Cabildo o Santa Fe. Los parroquianos ya se acomodan en el bar La Toja para el primer whisky; enfrente, se discute de trabajo, de la vida, de los temas que nos consumen a diario. Pero en el Río de la Plata suena la misma milonga, oriental o porteña: lo caro que está todo y la inseguridad que hay. Aunque no se nombra la palabra, la inflación está en el aire. El precio del paquetito de yerba de “El Cebador” estaba a 10 pesos, hoy 15. En Argentina eso es un dato casi invisible, caminás y te aumenta todo. En Uruguay, un 50% es una “pila” de guita.

Uruguay siempre fue caro, me aclaran. La comida no se puede pagar, te lleva el sueldo. Y el dólar, siempre presente. Un cartel de una ferretería reza: cerámica desde 5,90 dólares. Ya le decía Zitarrosa a Doña Soledad: no quiera saber cuánto le cuesta un ataúd.

Bajando la cuesta está la rambla Wilson. Bordea toda la ciudad, el Parque Rodó está florenciente en esta época del año. La pregunta obligada: ¿cómo está todo por acá? ¿Qué dicen del “Cuqui” Lacalle? Entró y lo agarró la pandemia. Los del Frente lo critican más, claro. ¿Y Argentina? No pueden entender el quilombo que es el país. Intento explicar la cantidad de dólares que hay. Eso sí, en todos lados al que llega con pesos argentinos se lo toman a 0,07 centavos; más que James Bond, Misión Imposible.

Uruguay siempre fue caro, me aclaran. La comida no se puede pagar, te lleva el sueldo. Y el dólar, siempre presente. Un cartel de una ferretería reza: cerámica desde 5,90 dólares. Ya le decía Zitarrosa a Doña Soledad: no quiera saber cuánto le cuesta un ataúd

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Nadie llega con pesos argentinos.

Montevideo es grande, pero se llega en diez minutos a todas partes. No es una cuadricula, más bien son calles entre lomas, atajos, diagonales y donde siempre hay una salida al Río de la Plata. Porque el río no está escondido ni le dan la espalda. Ya sea desde Punta Carretas o Barrio Sur, uno llega caminando a la rambla (acá Costanera). La gratuidad de lo sublime: irse a sentar a la rambla con el mate, a ver un poco pasar la vida; contemplar la tormenta que se acerca o ver cómo se esconde el sol. Para los porteños esto es un poco inalcanzable. La costanera es un lugar lejano, casi exótico; hay que tener auto pero sobre todo tiempo. El río es otra ciudad.

Ahora el día se muere en todas partes. Desde el puerto de Montevideo se ve El Cerro ensombrecido por el atardecer, se escucha algún tango perdido en Radio Clarín y los clubes de barrio preparan las parrillas para recibir a la gente.Pero uno ya está en medio del río, en otra parte, en todos lados.

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