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MIRTHA CUMPLE 40

Tiempo de lectura: 4 minutos

La dictadura agonizaba en abril de 1982 cuando en aquel monoambiente de la calle Don Bosco me castigaba con el álbum “Traduzir-se” del brasileño Raimundo Fagner. Abría con una versión maravillosa de “La Saeta” con el mismísimo Serrat de invitado. El álbum venía sonando fuerte desde el año anterior y se mantenía con fuerza. En aquellos años no abundaban las FM, no existía ni la 100 ni Rock & Pop, mucho menos La Mega. Por entonces la rompían la FM de Splendid, la de Radio El Mundo y la de Del Plata, que se poblaron de rock argentino cuando la dictadura impuso la prohibición de pasar música cantada en inglés. Escuchar el sonido estereofónico de la frecuencia modulada era un gran placer, tanto como hacerse la cabeza con los pechos de Catalina Bahía que sonaba a cada rato o energizarse con el Colorado Cantilo rompiéndola con “La Gente del futuro” y “La jungla tropical” mientras no dejaba de llamar la atención el comienzo de “Va por vos, para vos”, aquel hitazo con el que conocimos a Miguel Mateos y su banda Zas. Explotaba también Celeste Carballo con su álbum “Me vuelvo cada día más loca” mientras que Roque Narvaja la rompía con su fabuloso “Amante de Cartón” (aquel de “Menta y Limón” y “Santa Lucía”).

Al fin de la dictadura lo musicalizó el rock con canciones que, en líneas generales, eran para cortarse las venas. Visto a la distancia, quizá no podía ser de otra manera. ¿Cómo evitar que León Gieco se desgarrara con decenas de historias amargas, o que Baglietto fuera top con el disco “Tiempos difíciles”, que traía historias del subsuelo: la del reo que sale de la cárcel y vuelve a lo de Mirtha, o el dramón de  la pareja que pierde un bebé recién nacido, o el irrespirable clima de la previa a un suicidio de “Sobre la cuerda floja”? Se venía la primavera democrática, pero estas eran canciones de otoño. En ese 1982 había llegado a La Plata, donde vivía mi hermano recién recibido de médico. En La Plata conocí las peñas en los Centros de Estudiantes, ahí vi al maestro Carlos Di Fulvio, regalo que me dio la vida. A veces siento que “Tiempos Difíciles” acompañó mi llegada a la gran ciudad, aquel tiempo donde como todo provinciano pedía un cospel en el subte consignando el destino “Un cospel hasta Piedras”.

¿Pero qué traía este disco de la “trova rosarina”? ¿Quiénes eran estos nuevos jóvenes “de regreso”?

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El rock emergió de la dictadura hecho jirones a la hora de contar historias, y si bien todo era jolgorio entre gran parte de la monada, en líneas generales mucho de lo que se cantaba convocaba más al llanto que al pogo festivo. No podría haber sido de otra manera. No se pasa de la noche al mediodía sin el amanecer en el medio. El rock salió de la noche milica como pudo, abriéndose paso entre efigies de desaparecidos, jóvenes masacrados en Malvinas y la censura feroz. Le costó años borrar esas marcas.

Pero en 1982 Soda Stereo preparaba su primer disco bajo la producción de Federico Moura, Virus descubría “Wadu Wadu” y “Agujero interior”, aparecería “Yendo de la cama al living”, el primer disco solista de Charly, sonaban Los Abuelos de la Nada, Sumo y Spinetta Jade, ya tocaban Los Redonditos de Ricota. Todo apuntaba al futuro y la modernidad. ¿Pero qué traía este disco de la “trova rosarina”? ¿Quiénes eran estos nuevos jóvenes “de regreso”? El disco de Baglietto, “Tiempos Difíciles”, y toda su banda ponían un pie en la ciudad de Buenos Aires y la conquistaban. La vieja canción urbana, testimonial, no había muerto. E incluso tenía esta novedad.

La Trova Rosarina oxigenó la canción urbana, sumó otras voces, otros autores, otras miradas. No nos daba la papa en la boca, simplemente contaba historias y miraba la época desde donde la mirábamos muchos de nosotros

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El disco conmovió la escena. Una fórmula de letras durísimas que describen deliberadamente un tiempo, sin alusiones políticas tan evidentes, porque nos habla de un clima denso e introspección. Cuenta lo que pasaba en la calle y cuenta lo que te pasaba a vos. Vereda y buhardilla. Corazón y bolsillo. La historia negra de “Mirtha de regreso” del genio de Adrián Abonizio, y le sigue “Era en Abril”, que pone palabras a algo tan arduo como la desolación de una pareja ante la pérdida de un embarazo (y en aquellos días creíamos que la canción describía algo vivido por su autor, Jorge Fandermole, que incluso tuvo que aclarar que la historia la empezó a garabatear cuando tenía 15 años). Después se te viene encima una zamba bellísima donde descubrimos a una de las mejores voces del rock, el “Rengo” Rubén Goldín, y que la canta con Silvina Garré… pero justo ahí irrumpe un quiebre demoledor con dos temazos de Fito Páez: “Puñal tras puñal” y “Sobre la cuerda floja”. ¿Cómo puede ser que con tan poca edad alguien pueda componer tamaños dramas en letra y música?

Puñal tras puñal,
cigarrillo a cigarrillo,
cuando soñás que te tiran no hay sangre,
cuidado porque algo anda mal.

Y “Sobre la cuerda floja” es cosa seria: cuenta los últimos minutos de vida de un solitario invadido por la rutina y la soledad que decide acabar con su vida:

Nunca nadie le ofreció motivos
como para estar, como para hablar.
Nunca nadie le ofreció su casa
para que no pase solo Navidad.
El invierno que pegaba fuerte,
lo encontraba a veces en la seccional.

¿Cómo remontás el clima? Ahí nomás llega un candombe al palo: “La música del Río de la Plata”, otra joya de Fito con la viola del “Rengo” en primer lugar y el final se viene con otro tema de esos que adquieren el mote de himnos: “La vida es una moneda”:

Mi vida es una hoja en blanco
un piano desafinado
diez dedos largos y flacos
y un manojo de palabras…

“Tiempos Difíciles” vino a sumar nuevas miradas, a ser locomotora de un convoy venido del interior, aunque Rosario no esté tan lejos. Eso que se llamó La Trova Rosarina oxigenó la canción urbana, sumó otras voces, otros autores, otras miradas. No nos daba la papa en la boca, simplemente contaba historias y miraba la época desde donde la mirábamos muchos de nosotros: en el final de una era y el comienzo de otra, y sin saber cómo haríamos para vivir y ser felices.

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